Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 35 #5
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—Soy Wintrow, padre —dijo, cerrando la puerta a su espalda. Ya no podía trancarse; durante el amotinamiento, alguien la había abierto de una patada antes de probar la manilla. Pero la puerta se quedó cerrada, y los dos caramapas que Sa’Adar había apostado como centinelas no intentaron abrirla.

El hombre que estaba tendido en la cama no se movió.

Wintrow dejó la palangana de agua y los trapos que había rescatado sobre los resquebrajados restos del escritorio de Gantry y se giró hacia su padre.

Se apresuró a buscar con los dedos el pulso en su garganta y sintió que su padre recuperaba el conocimiento, sobresaltado por el contacto.

El hombre se apartó de él estremeciéndose con un sonido incoherente y se sentó a toda prisa.

—No pasa nada —lo tranquilizó Wintrow—. Soy yo.

Su padre enseñó los dientes en una caricatura de sonrisa.

—Eres tú, sí —concedió—. Pero que me aspen si no pasa nada.

Tenía un aspecto espantoso, peor que cuando los esclavos intentaban arrojarlo a la serpiente.

«Viejo —pensó Wintrow—. De repente, parece viejo».

Tenía las mejillas hirsutas y la barba incipiente embadurnada con la sangre de la herida en la cabeza.

Había venido con la intención de limpiar y vendar las heridas de su padre.

Ahora sentía una extraña renuencia a tocarlo.

No era repulsa por la sangre, como tampoco era demasiado orgulloso para hacer ese tipo de tareas.

El tiempo que había pasado en la bodega atendiendo a los esclavos había acabado con esos reparos hacía tiempo.

Si se resistía a tocarlo era porque se trataba de su padre. El contacto podría reafirmar ese lazo.

Wintrow se enfrentó a sus sentimientos sin pestañear. Deseaba de todo corazón no tener lazos con este hombre.

—He traído agua limpia —le informó—. No mucha. Las reservas de agua potable son escasas en estos momentos. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que intente conseguirte algunas galletas? Es casi lo único que queda.

—Estoy bien —dijo tajantemente su padre, sin responder a la pregunta—. No te molestes por mí. Ahora tienes amigos más importantes a los que agasajar.

Ignoró la elección de palabras de su padre.

—Kennit está durmiendo. Si quiero tener alguna posibilidad de curarlo, necesitará descansar para reunir fuerzas.

—Así que lo vas a hacer de verdad. Sanarás al hombre que te ha quitado tu barco.

—Para mantenerte con vida, sí.

Su padre soltó un bufido.

—Sandeces. Lo harías aunque me hubieran tirado a esa serpiente. Es lo que haces siempre: acobardarte ante quienquiera que ostente el mando.

Wintrow intentó considerarlo con imparcialidad.

—Seguramente tengas razón. Pero no es porque ostente el mando. No tendría nada que ver con quién es. Es la vida, padre. Sa es vida. Mientras haya vida, cabrá la posibilidad de mejorar. Así que, como sacerdote, tengo el deber de preservar la vida. Hasta la suya.

Su padre soltó una risita.

—Hasta la mía, querrás decir. —Wintrow asintió sucinto. Kyle volvió el lado magullado de la cabeza hacia su hijo—. Entonces pon manos a la obra, sacerdote. Es lo único para lo que sirves.

Wintrow no se dejó provocar.

—Antes quiero echar un vistazo a tus costillas.

—Como prefieras. —Moviéndose envaradamente, su padre se levantó lo que quedaba de su camisa.

Tenía el costado izquierdo negro y morado.

Wintrow hizo una mueca al ver la nítida impronta de una bota en su carne.

Obviamente, se lo habían hecho cuando ya estaba en el suelo.

Los trapos y el agua eran todos los suministros de que disponía; el cofre con las medicinas de a bordo había desaparecido.

Tenaz, se propuso al menos vendar las costillas para darles algo de sostén.

Su padre jadeó cuando lo tocó, pero no se apartó.

Cuando Wintrow hubo hecho el último nudo, Kyle Haven habló:

—Me odias, ¿verdad, chico?

—No lo sé. —Wintrow humedeció un trapo y empezó a enjugarle la sangre de la cara.

—Yo sí —afirmó su padre, al cabo—. Lo llevas escrito en la cara. Casi no soportas estar en la misma habitación que yo, y menos tocarme.

—Intentaste matarme —se oyó decir Wintrow con calma.

—Sí. Sí que lo intenté. —Su padre soltó una risita desconcertada, antes de jadear a causa del dolor que le provocó—. Que me muera si sé por qué lo hice. Lo que está claro es que en su momento me pareció una idea excelente.

Wintrow intuyó que no obtendría más explicación que esa. Quizá no quisiera ninguna. Estaba harto de intentar comprender a su padre. No quería odiarlo. No quería sentir nada por él. Se descubrió deseando que su padre no hubiera formado nunca parte de su vida.

—¿Por qué tenía que ser así? —se preguntó en voz alta.

—Tú lo elegiste —sentenció Kyle Haven—. No tenía por qué ser así. Si lo hubieras intentado a mi manera…, si hubieras hecho lo que se te decía, sin preguntas, ahora todos estaríamos bien. ¿No podías confiar, ni por una sola vez, en que había alguien que sabía lo que te convenía?

Wintrow paseó la mirada por el camarote como si estuviera contemplando la nave.

—No creo que esto le convenga a nadie —murmuró.

—¡Porque tú lo has echado todo a perder! Tú y la nao. Si los dos hubierais cooperado, ahora estaríamos a medio camino de Chalaza. Y Gantry y Sute y… todos seguirían con vida. ¡Tú tienes la culpa, no yo! Tú elegiste esto.

Wintrow intentó pensar en una respuesta, pero no se le ocurrió ninguna. Empezó a vendar lo mejor posible la herida que tenía su padre en la cabeza.

Esos piratas con ropa chillona trabajaban bien en sus cubiertas.

Desde los tiempos de Ephron que no disfrutaba de una tripulación tan receptiva.

Se descubrió aceptando a su vez su competente maestría de sus velas y sus jarcias con una suerte de alivio.

Bajo el mando de Brig, los antiguos esclavos se movían en ordenada procesión, cargando cubos de agua y llevándolos abajo para limpiar sus bodegas.

Algunos bombeaban las sucias aguas de pantoque mientras otros restregaban su cubierta con piedras de fregar.

Daba igual cuánto frotaran las manchas de sangre, su madera jamás se libraría de ellas.

Lo sabía, pero no dijo nada. Con el tiempo, los humanos comprenderían que era inútil y desistirían.

La comida desparramada se había recogido y vuelto a almacenar.

Unos pocos trabajaban quitando las cadenas y los grilletes que festoneaban sus bodegas.

Poco a poco la devolvían a su antiguo ser.

Era lo más parecido a la satisfacción que sentía desde el día en que se avivó.

Satisfacción. Aunque sentía algo más, algo perturbador. Algo mucho más fascinante que la satisfacción.

Extendió su consciencia. En el camarote del segundo de a bordo, Kyle Haven estaba sentado al filo del estrecho catre mientras su hijo le lavaba en silencio la sangre del corte que tenía en la cabeza.

Ya le había vendado las costillas. En el cuarto imperaba una quietud que iba más allá del silencio, como si ni siquiera tuvieran un idioma en común.

Era un silencio doloroso. Se apartó de él.

En la sala del capitán, el pirata dormitaba intranquilo.

Vivacia no lo percibía con tanta nitidez como a Wintrow.

Pero podía sentir la intensidad de su fiebre, el ritmo sincopado de su respiración.

Como una polilla atraída por la llama de una vela, se acercó a él.

Kennit. Probó el nombre con su lengua. Un hombre perverso.

Y peligroso. Un hombre perverso, peligroso y encantador.

A Vivacia no le caía bien la mujer. Pero Kennit…

Había dicho que la conquistaría. No podía, por supuesto.

No era de la familia. Pero descubrió que le producía un enorme placer anticipar sus intentos.

«Mi señora de madera y viento», la había llamado.

«Tan veloz como hermosa». Qué cosas más ridículas podía decirle un hombre a una nao.

Vivacia se apartó el cabello del rostro e inspiró hondo.

Quizá Wintrow estuviera en lo cierto. Puede que ya fuera siendo hora de descubrir lo que ella quería.