35 #4
—Mi señora Vivacia . —Kennit ensayó una reverencia, no tan pronunciada como la de un hombre sano, pero sí algo más que un mero cabeceo.
Al enderezarse, le devolvió la inspección.
Wintrow asistía intranquilo, pues el hombre ensanchó las ventanas de la nariz y la sonrisa que le curvó la boca era tanto de aprobación como de avaricia.
Su franca valoración ruborizó a Vivacia .
En una respuesta casi infantil, se echó hacia atrás y levantó las muñecas para cruzarlas sobre los senos.
La sonrisa de Kennit no hizo sino agrandarse.
Vivacia abrió mucho los ojos, pero pareció incapaz de evitar la sonrisa que asomó a sus labios. Fue la primera en romper el silencio:
—No sé qué quieres de mí. ¿Por qué has intentado apoderarte de mí de esta manera?
Kennit se acercó un paso más.
—Ah, mi señora de madera y viento, tan veloz como hermosa. Lo que quiero no podría ser más sencillo. Deseo hacerte mía. Así que mi primera pregunta debería ser: ¿qué quieres de mí? ¿Qué debo hacer para conquistarte?
—Yo no… Nadie… —A todas luces azorada, se volvió hacia Wintrow—. Wintrow es mío y yo soy suya. Los dos hemos descubierto que nada puede cambiar eso. Tú no puedes interponerte entre nosotros.
—¿No? Eso dice la joven que habla afectuosamente de su hermano hasta que su amante le roba el corazón.
Wintrow se había quedado sin habla. Puede que la única persona tan atónita como él ante esta conversación fuera la mujer que había llegado a bordo con Kennit.
Tenía los ojos entrecerrados, como una gata en presencia de un perro hostil.
«Celosa —pensó Wintrow—. Está celosa de los halagos que le prodiga a la nave.
Igual que yo siento celos ante la confusión y la alegría de Vivacia ».
El fino grano de sus mejillas había adoptado un tono rosáceo. Se le había entrecortado el aliento que mecía sus pechos desnudos tras sus brazos.
—Soy un barco, no una mujer —le señaló ella—. No puedes ser mi amante.
—¿No? ¿No he de conducirte acaso por mares que ningún otro hombre osaría, no hemos de ver juntos tierras como solo pueblan las leyendas?
¿No hemos de aventurarnos juntos bajo cielos donde las estrellas todavía carecen de nombre?
¿No hemos, tú y yo, de tejer un tapiz de aventuras tal que suscite la admiración del mundo entero?
Ah, Vivacia , permite que te diga sin rodeos que serás mía. Sin temor te lo digo.
La nao miró de Kennit a Wintrow. Su confusión resultaba adorable, como lo era la dulzura del placer en sus palabras.
—Nunca ocuparás el lugar de Wintrow, digas lo que digas —consiguió articular—. Él es de la familia.
—¡Por supuesto que no! —respondió Kennit con calidez—.
No es ese mi deseo. Si él te hace sentir segura, lo mantendremos a bordo para siempre.
—De nuevo le sonrió, una sonrisa traviesa y aviesa al mismo tiempo—.
En cuanto a mí, yo no deseo hacerte sentir segura, mi señora.
—Se cruzó de brazos y, pese a su muleta y su pierna acortada, consiguió parecer apuesto e intrépido—.
No tengo ningún deseo de ser tu hermano pequeño.
En medio de este cortejo, su pierna debía de seguir doliéndole, pues vaciló y su sonrisa pasó a ser un rictus de dolor. Inclinó la cabeza con un jadeo y al instante Sorcor estuvo a su lado.
—¡Estás herido! ¡Tienes que descansar de inmediato! —exclamó Vivacia antes de que nadie pudiera decir nada.
—Eso me temo —admitió Kennit, con tanta humildad que Wintrow supo que estaba más que complacido con la reacción de la nao. Se preguntó incluso si no sería ese el efecto que había buscado el hombre—. Ahora debo dejarte. Pero volveré, ¿puedo? ¿En cuanto sea capaz?
—Sí, por favor. —Vivacia dejó caer las manos de su pecho. Extendió una hacia él, como si lo invitara a tocarle la palma.
El pirata consiguió realizar otra honda reverencia, pero no hizo ademán de tocarla.
—Hasta entonces —se despidió, ya con afecto en la voz. Se giró de costado y añadió en tono más brusco—: Sorcor, necesitaré tu ayuda una vez más.
Mientras el fornido pirata cargaba con el peso de su capitán y empezaba a guiarlo hacia popa, Wintrow vio la mirada que le dirigía la mujer a la nao. No era agradable.
—¡Sorcor! —Todos se volvieron ante la orden imperiosa de Vivacia —. Ten cuidado con él. Y cuando hayas terminado ahí, me gustaría que me prestaras algunos arqueros. Aunque sea para desalentar a estas serpientes.
—¿Capitán? —preguntó dubitativamente Sorcor.
Kennit se apoyaba en él. Tenía la cara empapada de sudor, pero aun así sonreía.
—Dale a la dama lo que pida. Una nao rediviva bajo mis pies. Cortéjala por mí, hombre, hasta que yo pueda conquistarla por mis propios medios. —Con un suspiro que era casi un estertor, se dobló en los brazos de su segundo de a bordo.
Mientras Sorcor lo levantaba y se lo llevaba a lo que había sido el camarote de su padre, Wintrow se sintió intrigado por la extraña sonrisa que no se borraba del rostro de Kennit. La mujer se fue caminando tras ellos, sin apartar los ojos del capitán pirata.
Wintrow se dio la vuelta y se acercó despacio a la proa, hasta el mismo punto en que había estado Kennit. Nadie hacía nada por detenerlo. Era más libre que nunca a bordo de la nao.
— Vivacia —susurró. El mascarón de proa seguía a Kennit con la mirada.
Salió de su ensueño para mirar a Wintrow.
Tenía los ojos redondos de asombro. Brillaban.
Le tendió una mano y él se inclinó para dejar que sus palmas se tocaran.
No hacían falta palabras, pero las dijo de todos modos—: Ten cuidado.
—Es un hombre peligroso —convino ella—. Kennit. —Su voz acarició el nombre.
Abrió los ojos en una habitación bien amueblada.
El grano de las paredes con paneles se había seleccionado a juego con el mobiliario.
Las lámparas atornilladas estaban hechas de un bronce que reluciría de nuevo cuando se abrillantara como era debido.
Las cartas de navegación adornaban la balda de los mapas como orondas gallinas en sus cajetines.
Serían un filón de información, la riqueza acumulada de las cartas de navegación de una familia de mercaderes del Mitonar.
También había otros lujos. El lavamanos con su bacín y su escancia de porcelana.
Los cuadros enmarcados y sujetos a las paredes.
Los postigos minuciosamente labrados para las ventanas de gruesos cristales.
Una habitación de lo más refinada y elegante.
Cierto, la habían revuelto y las pertenencias del capitán yacían desperdigadas, pero Etta se puso manos a la obra para ordenarlo todo.
Se percibía un olor a incienso barato que no lograba disimular la peste soterrada propia de un barco de esclavos.
Pero para Kennit era obvio que la Vivacia no llevaba mucho tiempo dedicada a ese negocio; debería ser posible sanearla.
Volvería a ser una embarcación pulcra y radiante.
Y este era el camarote de un auténtico capitán.
Se miró. Lo habían desvestido y cubierto las piernas con una sábana.
—¿Dónde está nuestro niño capitán? —le preguntó a Etta. La mujer giró sobre sus talones al oír su voz y corrió a su lado.
—Se ha ido a atender las costillas y la cabeza de su padre.
Dijo que no tardaría y me encargó despejar el camarote de desperdicios antes de intentar sanarte.
—Lo miró y meneó la cabeza—. No entiendo cómo puedes confiar en él.
Seguro que sabe que, si vives, esta nave jamás podrá ser suya.
Tampoco entiendo por qué permites que un simple chiquillo vaya a hacer lo que a tres curanderos expertos les prohibiste pensar siquiera en la Ensenada del Toro.
—Porque él es parte de mi suerte —respondió suavemente Kennit—.
La misma suerte que me ha dado este barco con tanta facilidad.
Debes darte cuenta de que esta nao es la que me corresponde.
El muchacho es parte integrante de eso. — Quería que Etta comprendiera.
Pero nadie debía saber de las palabras que había pronunciado el amuleto al asomarse el muchacho a sus ojos.
Nadie debía saber del vínculo que se había forjado entre ellos en ese instante, un vínculo que había atemorizado tanto como intrigado a Kennit.
Habló de nuevo para impedir que le hiciera más preguntas—: Bueno, ¿estamos ya de camino?
—Sorcor nos conduce de regreso a la Ensenada del Toro. Ha puesto a Cory al timón y a Brig al mando de la cubierta. Seguimos a la Marietta .
—Ya veo. —Sonrió para sí—. ¿Y qué te parece mi nao rediviva?
Etta esbozó una sonrisa agridulce.
—Es encantadora. Y ya estoy celosa de ella. —Se cruzó de brazos y lo miró de reojo—. Creo que no vamos a llevarnos bien. Es una cosa demasiado rara, ni mujer ni madera ni barco. No me gustan los halagos con que la cubres, como tampoco me gusta ese chico, Wintrow.
—Y, como de costumbre, a mí me importa poco lo que a ti te guste o te deje de gustar —repuso Kennit con impaciencia—.
¿Qué puedo darle a la nao para conquistarla, sino palabras?
No es una mujer en el mismo sentido que tú.
—Cuando la puta adoptó una expresión enfurruñada, Kennit añadió sin piedad—: Y si no me doliera tanto la pierna, te tumbaría de espaldas y te recordaría lo que eres.
Los ojos de Etta cambiaron del hielo negro al fuego oscuro.
—Lástima que no puedas —dijo suavemente, y le repugnó la calidez de la sonrisa que le había merecido su pulla.
Kyle Haven yacía en el catre desnudo de Gantry, de cara al mamparo.
Todo lo que los esclavos saqueadores habían dejado de las posesiones del segundo de a bordo estaba esparcido por el suelo.
No había gran cosa. Wintrow pasó por encima de una silla de madera labrada y un calcetín desparejado.
Todo lo demás que había sido de Gantry —sus libros, su ropa, sus útiles de talla— había sido sustraído o hecho pedazos, ya fuera por los esclavos en su fiebre saqueadora o por los piratas en una recogida de botín mucho más organizada.