Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 35 #3
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El capitán Kennit levantó las manos despacio para agarrarse a las muñecas de Wintrow.

El muchacho lo dejó hacer. En esos momentos estaba en condiciones de provocarle un dolor inmenso, suficiente tal vez para matarlo por la conmoción.

Las profundas arrugas que surcaban el rostro del pirata revelaban que también él lo sabía.

Agónicas gotas de sudor le perlaban la frente.

Por un instante, Wintrow se fijó en el extraño broche que lucía el capitán en la muñeca.

Una cara diminuta, retrato de la del pirata, le sonreía con malicia.

Era perturbador. Volvió a mirar al hombre a la cara, buscó sus ojos como pozos de frialdad y se asomó a ellos.

Aquellos ojos le devolvieron la mirada y parecieron penetrar aún más en su ser. Se resistió a dejarse intimidar.

—¿Y bien? ¿Qué me dices? —preguntó Wintrow con una suave sacudida—. ¿Tenemos un trato?

La boca del pirata apenas se movió cuando, con un susurro casi imperceptible, Wintrow le oyó decir:

—Valiente granujilla. A lo mejor se puede sacar algo bueno de él.

—¿Qué? —preguntó furioso. Una rabia salvaje se alzó en su interior ante las burlas del hombre.

Una expresión muy peculiar se había apoderado de los rasgos del pirata.

Kennit lo observó con una suerte de fascinación.

Por un instante, pareció reconocerlo, y también Wintrow tuvo la extraordinaria impresión de haber estado ya aquí, de haber pronunciado estas mismas palabras y hecho estas mismas acciones.

Había algo fascinante en la mirada de Kennit, algo que reclamaba atención.

El silencio que se extendía entre ellos parecía vincularlos.

De pronto, Wintrow sintió una punzada en las costillas. La mujer que empuñaba el cuchillo dijo:

—Toma a Kennit con cuidado, Sorcor. Muchacho, has perdido tu oportunidad de tener una muerte rápida. Solo has conseguido que tu padre y tú muráis juntos, rezando cada uno para ser el primero en sucumbir.

—No. No, Etta, apártate. —El pirata dominaba bien el dolor, sin perder en ningún momento su educada dicción.

Aun así, le hizo falta tomar aliento para continuar—.

¿Cuál es el trato, muchacho? ¿Qué puedes ofrecer?

¿Tu nao, cedida libremente? —Kennit sacudió la cabeza—.

Ya es mía, de una forma u otra. Así que me pica la curiosidad. ¿Con qué crees que puedes negociar?

—Una vida por otra —ofreció despacio Wintrow.

Hablaba a sabiendas de que lo que proponía escapaba a sus posibilidades—.

He sido adiestrado en las artes de la curación, pues una vez tomé los votos por Sa.

—Miró la pierna del pirata—. Necesitas mis habilidades.

Sabes que es cierto. Te mantendré con vida si tú le perdonas la vida a mi padre.

—Sin duda querrás recortarme aún más la pierna para realizar tu hazaña. —Había desdén en la voz del pirata. Wintrow levantó la cabeza, buscando la aceptación en los ojos del hombre.

—Sabes lo que es preciso —señaló—. Solo estabas esperando a que el dolor de la infección hiciera que el suplicio de la amputación pareciera un alivio. —Volvió a mirar el muñón—. Ya casi has esperado demasiado. Pero estoy dispuesto a cumplir mi parte del trato: tu vida por la de mi padre.

Kennit se tambaleó en sus brazos y Wintrow se descubrió sosteniendo al hombre. A su alrededor, el mundo se había congelado en un cuadro vivo de expectación. Los caramapas mantenían a su padre pegado al pasamanos para que pudiera ver la serpiente que lo aguardaba impaciente.

—Es una oferta muy pobre —observó débilmente Kennit—. Sube la apuesta. Que sea también tu vida. —Esbozó una sonrisa enfermiza—. Si la gano con mi muerte, perderemos juntos.

—Tienes un concepto muy raro de ganar —comentó Wintrow.

—Entonces incluye a tu tripulación en tu apuesta —intervino de repente Vivacia —. Si me arrebatas la vida de Wintrow, me encargaré de que el mar sea la tumba de todos vosotros. —Hizo una pausa—. Y ese es el único trato que estoy dispuesta a ofreceros.

—Hay mucho en juego —musitó Wintrow—. Sin embargo, aceptaré la apuesta si tú también lo haces.

—No estoy en condiciones de estrecharte la mano —dijo el pirata. Su voz era más fría y serena que nunca, pero Wintrow veía cómo lo abandonaban las fuerzas mientras hablaban. Una sonrisita le curvó los labios—. ¿No vas a intentar convencerme para que te devuelva la nave si sobrevivo?

Ahora le tocó a Wintrow negar con la cabeza. La ligereza de su sonrisa rivalizaba con la de Kennit.

—No me la puedes quitar. Como tampoco yo podría dártela.

Eso, creo, es algo que deberás descubrir por ti mismo.

Pero te tomaré la palabra para cumplir mi parte del trato.

Y la de tu segundo y la mujer. —Miró a esta, situada detrás de Kennit, al añadir—: Si mi padre sufre a manos de los esclavos de este barco, cancelaré todas las apuestas.

—¡No hay esclavos a bordo de este barco! —declaró pomposamente Sa’Adar.

Wintrow no le hizo caso. Esperó hasta que la mujer asintió.

—Si tienes la palabra de mi capitán, tienes también la mía —rezongó Sorcor.

—Está bien —declaró Wintrow. Volvió la cabeza y miró a Sa’Adar—. Despeja el camino hasta el camarote de mi padre. Quiero que el capitán pirata se eche en esa cama. Y deja que mi padre vaya al camarote de Gantry y descanse. Me ocuparé de sus costillas más tarde.

Por un instante, Sa’Adar observó al muchacho con los ojos entornados. Wintrow no estaba seguro de lo que le pasaba al hombre por la mente. Sabía que no podía confiar en que el sacerdote respetara la palabra de nadie, ni siquiera la suya. Ese hombre esperaría su oportunidad.

Los esclavos formaron un pasillo hasta el castillo de popa.

Algunos se movían a regañadientes y otros, impasibles.

Algunos lo miraban e intentaban recordar a un muchacho con un cubo de agua y un paño húmedo y fresco.

Wintrow vio cómo conducían a su padre al camarote de Gantry.

En ningún momento volvió la vista atrás a su hijo ni pronunció una sola palabra.

Wintrow decidió que debería poner a prueba su poder para comprobar sus límites. Echó un vistazo a los caramapas que flanqueaban a Sa’Adar.

—Esta cubierta sigue hecha un desastre —dijo suavemente—. Quiero que se despejen las lonas y los cabos de ella y que la restreguéis a conciencia. Luego empezad con las bodegas. Los hombres libres no tienen ninguna excusa para vivir en la inmundicia.

Los caramapas miraron primero a Wintrow, luego a Sa’Adar y de nuevo al muchacho. Sorcor rompió el silencio:

—Podéis obedecer al muchacho cuando os dé una orden o podéis obedecerme a mí.

El caso es que cumpláis esa orden cuanto antes.

—Apartó la mirada de ellos y la fijó en su tripulación.

Los caramapas se separaron poco a poco de Sa’Adar para ocuparse de las tareas que les habían encomendado.

El sacerdote permaneció donde estaba. Sorcor continuaba dando instrucciones—: …

y Cory al timón, Brig que se encargue de la cubierta.

Quiero el ancla levantada y las velas abajo en cuanto veáis que la Marietta empieza a moverse.

Nos dirigiremos a la Ensenada del Toro. Daos prisa, que vean cómo hace un marinero su trabajo.

—Volvió a fijarse en los caramapas que se dispersaban despacio y en el sacerdote, que se había cruzado de brazos—.

Con alegría, que hay trabajo para todos.

No obliguéis a Brig a encontraros algo que hacer.

Llegó de dos pasos al lado de Wintrow, que ahora sostenía más que amenazaba al capitán pirata. Con tanta delicadeza como si estuviera recogiendo a un bebé dormido, el corpulento segundo rodeó a su capitán con los brazos. La sonrisa que le dedicó a Wintrow tenía más dientes que la de un perro lobo.

—Le has puesto la mano encima al capitán y has sobrevivido por esta vez. No volverá a pasar.

—No. Espero que no sea necesario —respondió Wintrow, pero no era la amenaza de Sorcor, sino los fríos ojos negros de la mujer a su espalda lo que le atenazaba el estómago.

—Lo llevaré a su camarote, señor —sugirió Sorcor.

—Cuando me haya presentado a la nao —repuso Kennit. Llegó a alisarse incluso la pechera de la camisa.

Wintrow sonrió.

—Será un placer presentarte a la Vivacia .

La metódica parsimonia con que cruzó Kennit la cubierta hizo que a Wintrow se le encogiera el corazón.

Lo único que mantenía entero a ese hombre era su fuerza de voluntad y su presuntuosidad.

Si alguna de las dos lo abandonaba, moriría.

Mientras estuviera empeñado en vivir, Wintrow contaría con un poderoso aliado para sanarlo.

Pero, si se rendía, ni todo el talento del mundo podría imponerse a la extendida infección.

La escalerilla que conducía al castillo de proa supuso todo un obstáculo. Sorcor hizo lo posible por que el capitán Kennit mantuviera la dignidad mientras le ayudaba a subir, en tanto Etta, que los había precedido, se volvía para fulminar con la mirada a los boquiabiertos esclavos.

—¿No tenéis nada mejor que hacer que quedaros ahí mirando? —les preguntó. A Brig le sugirió—: Abajo habrá esclavos enfermos. Estos se podrían encargar de sacarlos a que les dé el aire.

Poco después, Kennit coronaba la cubierta de proa. Etta intentó tomarlo del brazo, pero él la rechazó. Para cuando Wintrow hubo subido al castillo de proa, Kennit se había valido ya de su muleta para llegar a la quilla.

Vivacia se giró para mirarlo por encima del hombro. Sus ojos lo recorrieron de arriba abajo antes de decir en voz baja, recelosa:

—Capitán Kennit.