35 #2
—Reclamo esta nao y esta nao me reclama a mí. Por derecho de sangre. Y si piensas que ese derecho puede ser disputado, pregúntale a mi padre lo bien que le fue a él. —Inspiró hondo e intentó sacar la voz del fondo de sus pulmones—. La nao rediviva Vivacia es mía.
—Apresadlo y traedlo aquí —ordenó con fastidio Sa’Adar a sus caramapas.
—¡Ponedle la mano encima y moriréis todos!
—El tono de Vivacia ya no era el de una niña asustada, sino el de una matriarca ofendida.
Incluso anclada y sujeta por garfios, consiguió balancear sus cubiertas—.
¡No lo dudéis! —rugió—. Me habéis empapado de escoria y no me he quejado.
Habéis derramado sangre sobre mis cubiertas, deberé cargar para siempre con esta sangre y estas muertes, y no me he rebelado.
Pero haced daño a Wintrow y mi venganza no conocerá límites. ¡Solo terminará con vuestras muertes!
El balanceo aumentó, un movimiento acusado que la Marietta no podía igualar.
La cuerda del ancla rechinó lastimeramente.
Lo más enervante para Wintrow fue ver cómo las distantes serpientes azotaban la superficie del mar, bramando inquisitivas.
Sus feas cabezas se mecían adelante y atrás, con las bocas abiertas como si aguardaran comida.
Una de las más pequeñas salió disparada para atacar a la serpiente blanca, que chilló y la agredió con miríadas de dientes.
Se elevaron gritos de temor en la cubierta de Vivacia mientras los esclavos se apartaban de los pasamanos y el castillo de proa para arracimarse.
A juzgar por el tono inquisitivo de los gritos, Wintrow dedujo que pocos comprendían lo que era una nao rediviva.
Una mujer se separó del grupo de piratas para cruzar la cubierta corriendo y subir como una exhalación al castillo de proa.
Wintrow nunca había visto a nadie como ella.
Era alta y delgada, con el pelo muy corto.
La elegante tela de sus faldas y su camisa holgada se le pegaban al cuerpo, como si hubiera montado guardia en cubierta toda la noche, aunque no parecía más desaliñada que una tigresa mojada. Aterrizó con un golpe seco a su lado.
—Baja —le dijo, y sus ojos convirtieron la palabra en una orden más que su voz—. Ve con él ahora mismo. No le hagas esperar.
Wintrow no respondió. En vez de eso, se dirigió a la nao:
—No temas —le dijo.
—No somos nosotros los que debemos temer —repuso Vivacia .
Wintrow tuvo la satisfacción de ver palidecer de asombro a la mujer.
Una cosa era oír hablar a una nao rediviva y otra muy distinta, estar lo bastante cerca de una como para ver el refulgir de la rabia en sus ojos.
Vivacia miró con desdén a la mujer sobre su cubierta.
Sacudió la cabeza para apartarse los rizos de madera tallada del rostro.
Era un ademán femenino, el desafío de la mujer de un hombre a otra.
La desconocida se apartó de la frente los cortos cabellos negros que le había aplastado la lluvia y le devolvió la mirada iracunda al mascarón de proa.
Por un instante, a Wintrow le asombró que las dos pudieran parecer tan distintas y, aun así, tan sobrecogedoramente similares.
Wintrow no esperó más. Saltó ágilmente del castillo de proa al combés de la nave. Con la cabeza alta, cruzó la cubierta a paso largo para enfrentarse a los piratas. Ni siquiera miró a Sa’Adar. Cuanto más veía a ese hombre, menos sacerdote le parecía.
El cabecilla pirata era un hombre alto y musculoso.
Unos ojos oscuros brillaban sobre la cicatriz de quemadura de su mejilla.
Así que era un antiguo esclavo. Llevaba el cabello rebelde recogido en una coleta y tapado bajo un brillante pañuelo dorado.
Al igual que su mujer, tenía las ropas opulentas adheridas al cuerpo por el agua.
Un hombre que trabajaba en su propia cubierta, pensó Wintrow, y sintió respeto a su pesar por el hombre.
Le sostuvo la mirada.
—Soy Wintrow Vestrit, de los Vestrit, mercaderes del Mitonar. Estáis en la cubierta de la nao rediviva Vivacia , también de la familia Vestrit.
Pero fue un hombre alto y pálido, que estaba junto al hombre cubierto de cicatrices, el que le contestó:
—Yo soy el capitán Kennit. Te diriges a mi estimado primer oficial, Sorcor. Y la nave que antes era tuya ahora me pertenece.
Wintrow le miró de arriba abajo, enmudecido por el asombro.
Por acostumbrado que tuviera el olfato al hedor humano, este hombre apestaba a enfermedad.
Observó de reojo dónde se interrumpía la pierna de Kennit y tomó nota de la muleta en la que se apoyaba, de la pierna hinchada que distendía la tela de sus pantalones como la piel de una salchicha a punto de reventar.
Cuando se fijó en los ojos pálidos de Kennit, vio lo grandes e iluminados que los tenía a causa de la fiebre, cómo se ceñía la carne del hombre a su cráneo.
Cuando Wintrow respondió, habló con delicadeza al moribundo:
—Esta nave nunca podrá ser tuya. Es una nao rediviva. Solo puede pertenecer a un miembro de la familia Vestrit.
Kennit movió un poco la mano para señalar a Kyle.
—Sin embargo, este hombre afirma ser su propietario.
El padre de Wintrow conseguía mantenerse en pie y casi derecho. No se permitía mostrar temor ni dolor. Ahora era un hombre que aguardaba. Kyle no le dijo nada a su hijo. Wintrow enunció las palabras despacio:
—Es su «propietario», sí, en el sentido en que alguien puede poseer una cosa. Pero me pertenece a mí. No afirmo ser su propietario, como tampoco un padre podría afirmar ser el propietario de su hijo.
El capitán Kennit lo miró de arriba abajo con desdén.
—Me parece que eres demasiado joven como para saber nada de tener hijos. Y a juzgar por la marca de tu cara, se diría que la nao es tu propietaria. Deduzco que tu padre entró en una familia de mercaderes por matrimonio, entonces, mientras que tu sangre es de ese linaje.
—Tengo sangre Vestrit, sí. —Wintrow mantuvo la voz serena.
—Ah. —De nuevo el pequeño gesto hacia Kyle—. En ese caso, tu padre no nos hace falta. Solo tú. —Kennit se volvió hacia Sa’Adar—. Podéis quedaros con ese, como querías. Y también con esos dos.
Sonó un chapoteo y el bramido de una de las serpientes.
Wintrow miró a estribor a tiempo de ver cómo dos caramapas tiraban al otro marinero jamaillio por la borda.
Cayó gritando hasta que la serpiente blanca lo atrapó y le partió la voz.
El propio grito de Wintrow —«¡Esperad!»— cayó en oídos sordos.
Vivacia emitió un chillido inarticulado de horror e intentó espantar a las serpientes, pero no podía llegar hasta ellas.
Los caramapas estaban aprehendiendo a su padre.
Saltó, no hacia ellos, sino sobre Sa’Adar.
Agarró al hombre por la pechera de la camisa.
—¡Les prometiste que vivirían! ¡Si gobernaban la nave por ti durante la tormenta, les prometiste que vivirían!
Sa’Adar se encogió de hombros y le sonrió.
—No es mi voluntad, muchacho, sino la del capitán Kennit. Él no tiene por qué cumplir mis promesas.
—Tu palabra vale tan poco que dudo que alguien se sintiera obligado por ella —exclamó Wintrow con rabia. Se volvió hacia los hombres que habían prendido a su padre—. Soltadlo.
No le prestaron atención mientras arrastraban forcejeando a su padre hasta la barandilla. Wintrow no tenía ninguna posibilidad contra ellos. Se encaró con el capitán Kennit, hablando sin perder tiempo:
—¡Soltadlo! ¡Ya habéis visto cómo se pone la nao con las serpientes! Si les arrojáis a uno de los suyos, su ira será terrible.
—Sin duda —replicó con languidez el capitán pirata—. Pero él no es uno de los suyos. Así que lo superará.
—Yo no —le soltó Wintrow—. Y pronto descubrirás que, si nos hieres a alguno de los dos, ambos sangramos.
—Su padre se debatía, pero en silencio y sin demasiada fuerza.
Junto a la nave, la serpiente blanca bramaba ansiosa.
Wintrow sabía que no tenía las fuerzas necesarias para imponerse a esos dos hombres, y menos para todos los demás que podían correr a obedecer las órdenes de Kennit.
El capitán, sin embargo, era otro cantar.
Veloz como una serpiente, Wintrow agarró al capitán pirata por la pechera de la camisa.
Tiró de él hacia delante, con lo que su muleta cayó al suelo y tuvo que apoyarse en Wintrow para no desplomarse a su vez.
El movimiento brusco le arrancó un grito gutural de dolor.
El segundo de a bordo avanzó con un rugido.
—¡Atrás! —le advirtió Wintrow—. Y detén a esos hombres. O le pegaré una patada en esa pierna y esparciré su carne podrida por la cubierta.
—¡Esperad! ¡Soltadlo! —La orden no vino de Sorcor, sino de la mujer. Los hombres se detuvieron vacilantes, mirando de ella a Sa’Adar.
Wintrow no perdió el tiempo hablando con ellos. Kennit estaba a punto de desmayarse en sus brazos. Le propinó otro meneo y gruñó a la cara del hombre:
—Estás ardiendo de fiebre y apestas a corrupción.
Aquí de pie, sobre la única pierna que te queda, podrías ordenar que nos mataran a mi padre y a mí.
Pero, si lo haces, no poseerás mi nao más que un puñado de días antes de morir.
Y quienquiera que dejes atrás en las cubiertas de la Vivacia perecerá también.
El barco se ocupará de eso. Así que te sugiero que intentemos llegar a un acuerdo.