Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 35
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Piratas y cautivos

—¡Son piratas, condenado idiota! —le soltó Kyle a Sa’Adar—. Reúne a tus hombres para repelerlos. Todavía tenemos una oportunidad de escapar. Con Wintrow al timón, Vivacia …

—Sí, ya sé que son piratas —dijo triunfal Sa’Adar—.

Y ondean la bandera del Cuervo. Son los piratas por los que rezan todos los esclavos de Jamaillia.

Apresan barcos de esclavos y a estos los liberan.

Y arrojan a los tripulantes a sus apestosas serpientes.

—Esto último lo dijo con un gruñido ronco que desentonaba con la sonrisa de sus labios—.

En verdad, Sa vela por nosotros —añadió antes de alejarse de ellos a zancadas, hacia el combés de la nao, donde los esclavos reunidos señalaban la bandera del Cuervo e intercambiaban gritos de alegría.

La noticia se había propagado por el barco como un incendio. Al colocarse la Marietta a la par, volaron los garfios. Wintrow sintió la aprensión de Vivacia cuando los afilados ganchos arañaron sus cubiertas hasta trabarse en su barandilla.

—Tranquila, señora —exhaló el muchacho.

La ansiedad de la nao se mezclaba con la suya.

No tenían tripulación con la que repeler la captura, aunque le quedara estómago para más lucha y más sangre.

Sentía su agotamiento colgando de él como una capa fría y pesada.

Sostuvo el timón mientras el otro barco se pegaba a Vivacia .

Como un desbordamiento de hormigas irritadas, una horda de marineros vestidos con ropa chillona saltaron por su borda.

Alguien en el combés estaba ladrando órdenes, a los esclavos además de a los marineros.

Con una rapidez y un orden casi mágicos, los hombres empezaron a trepar por los palos.

Las velas se recogieron presta y limpiamente.

Oyó el traqueteo de la cadena del ancla.

Alguien estaba impartiendo órdenes con una autoridad a la que los esclavos respondían mientras se apartaban del camino de los piratas.

Wintrow se quedó inmóvil y esperó, camuflado entre el resto de los esclavos.

Una sensación que casi cabía calificar de alivio florecía en su interior.

Estos piratas iban a conquistar su barco, pero al menos se movían de forma competente.

Vivacia estaba en manos de auténticos marineros.

El alivio duró poco cuando, instantes después, empezó a sonar el chapoteo de los cadáveres arrojados por la borda.

La serpiente blanca que Wintrow había supuesto lejos tras la tormenta rompió la superficie para recibir ansiosa los cuerpos.

Varias más, de vivos colores, levantaron las cabezas a cierta distancia para observar el barco con recelo y curiosidad.

Una de ellas encrespó una enorme cresta alrededor de su cuello y elevó la cabeza en un bramido sobrecogedor.

Vivacia gritó horrorizada al verlas.

—¡No! ¡Aléjalas de mí!

Wintrow miró de soslayo a su padre. Los ojos de Kyle parecían muertos.

—Tengo que ir con ella —se disculpó Wintrow—. Quédate aquí.

Su padre soltó un bufido.

—No te molestes, ya la has perdido. Oíste a ese sacerdote y permitiste que los piratas la abordaran.

Te quedaste aquí plantado y dejaste que la conquistaran.

Igual que no hiciste nada anoche por avisarnos cuando los esclavos se rebelaron contra nosotros.

—Meneó la cabeza—. Por un momento, anoche, pensé que te había juzgado mal. Pero siempre he tenido razón.

—Igual que me mantuve al margen y consentí que convirtieras mi nao en un barco de esclavos —señaló con amargura Wintrow. Miró a su padre de arriba abajo—. Me temo que yo también tenía razón. —Se apartó de la rueda y se alejó sin mirar atrás.

«La nao —se dijo—. Lo hago por la nao». No dejaba a Kyle allí solo y herido porque odiara a su padre.

No lo dejaba allí medio esperando que alguien lo matara.

Solo lo hacía porque la nao le necesitaba.

Se encaminó al castillo de proa. Al llegar al combés, intentó abrirse paso entre los otros esclavos sin llamar la atención.

A la luz del día, los esclavos liberados constituían un espectáculo aún más tremendo que en la penumbra de las bodegas.

Magullados por las cadenas y las sacudidas del suelo bajo sus cuerpos, sus pellejos envueltos en harapos se veían pálidos y cubiertos de costras.

La inanición había dejado a no pocos en los huesos.

Algunos lucían ropas mejores, arrancadas a los muertos o afanadas entre las pertenencias de la tripulación.

Los caramapas parecían haberse apropiado del vestuario de su padre y se mostraban más cómodos.

Muchos exhibían la mirada parpadeante y confusa de los animales liberados tras una prolongada estancia en la oscuridad.

Habían encontrado las despensas de la nave.

Habían sacado los barriles a cubierta y los habían abierto por la fuerza.

Algunos esclavos se aferraban a puñados de galletas de barco, como si quisieran asegurarse la promesa de comida disponible.

Libres de sus cadenas, parecía que aún no recordaran cómo moverse libremente o actuar como quisieran.

La mayoría arrastraba los pies y cruzaban la mirada solo con el sordo reconocimiento que tienen las reses por sus congéneres.

Les habían robado la humanidad. Tardarían un tiempo en recuperarla.

Wintrow intentaba moverse como si fuera uno de los esclavos, deslizándose de un corrillo apretado a otro.

Sa’Adar y sus caramapas estaban en el centro del combés de la nao, en apariencia ofreciendo un recibimiento a los piratas.

El sacerdote hablaba con tres de ellos. Las pocas palabras que oyó Wintrow de pasada parecían formar un florido discurso de bienvenida y agradecimiento.

Ninguno de los tres parecía impresionado.

El hombre alto parecía repugnado por él, de hecho. Wintrow compartía sus sentimientos.

No eran ellos quienes le preocupaban, sino Vivacia .

Sus fútiles plegarias se habían reducido a sonidos inarticulados.

Wintrow vio a dos caramapas al lado de sotavento de la nao.

Estaban arrojando sistemáticamente los cadáveres amontonados de los tripulantes y los esclavos fallecidos por la borda.

Sus rostros mostraban indiferencia, sus únicos comentarios eran para la glotonería de la serpiente blanca que los atrapaba.

Wintrow vio de refilón a Sute sobre la marcha, y no olvidaría nunca la imagen de sus pies descalzos colgando de sus pantalones raídos mientras la serpiente blanca envolvía el cuerpo de su amigo con sus fauces voraces.

—Que Sa nos perdone —rezó en un suspiro. Volvió la espalda al espectáculo y apoyó las manos en la escalerilla del castillo de proa.

Había empezado a subir cuando oyó que Sa’Adar le ordenaba a uno de los caramapas:

—Traed al capitán Haven.

Wintrow se detuvo un instante antes de apresurarse y correr a la proa.

— Vivacia . Estoy aquí, estoy aquí —entonó en voz baja.

—¡Wintrow! —jadeó ella. Se giró hacia él, le tendió una mano. Wintrow se agachó para tocarla. La cara que le volvió el mascarón de proa estaba devastada por la conmoción y el temor—. Cuántos han muerto —susurró—. Cuántos murieron anoche. ¿Qué será de nosotros ahora?

—No lo sé —respondió con sinceridad Wintrow—. Pero te prometo que, por voluntad propia, no volveré a abandonarte. Y haré todo lo que esté en mi mano por impedir más muertes. Pero tienes que ayudarme. Debes hacerlo.

—¿Cómo? Nadie me escucha. No soy nada para ellos.

—Lo eres todo para mí. Sé fuerte, sé valiente.

En el combés se produjo una súbita conmoción, un murmullo que dio paso a un rugido bestial. A Wintrow no le hacía falta mirar.

—Tienen a mi padre ahí abajo. Tenemos que mantenerlo con vida.

—¿Por qué? —La súbita dureza de su voz resultaba escalofriante.

—Porque le prometí que lo intentaría. Me ha ayudado esta noche, ha estado a mi lado.

Como tú. Pese a todo lo que ha habido entre nosotros, me ayudó a alejarte de las rocas.

—Wintrow tomó aliento—. Y por lo que sería de mí si me quedara de brazos cruzados y les permitiera asesinar a mi padre.

Por la persona en que eso me convertiría.

—No hay nada que podamos hacer —dijo con amargura la nao—.

No pude salvar a Comfrey, no pude salvar a Sute.

Ni siquiera pude salvar a Findow, con lo bien que tocaba el violín.

Pese a todo lo que han sufrido estos esclavos, solo han aprendido a hacer la vista gorda con el sufrimiento.

El dolor es la moneda que usan ahora en todas sus transacciones.

Nada más llega hasta ellos, nada más los satisface.

—Un dejo de histeria comenzaba a teñirle la voz—.

Y me van a llenar de eso. De su dolor y de sus ansias de dolor y…

— Vivacia —la llamó Wintrow con delicadeza, y luego con más firmeza—: Nao.

Escúchame. Me enviaste abajo para que recordara quién soy, sé que lo hiciste.

Y tenías razón. Obraste bien al hacerlo.

Ahora recuerda tú quién eres y para quién has navegado.

Recuerda todo lo que sabes sobre el coraje. Nos hará falta.

A modo de respuesta a sus palabras, oyó cómo se alzaba la voz de Sa’Adar en una orden:

—¡Wintrow! Acércate. Tu padre dice que hablarás por él.

Un aliento. Dos. Tres. Encontrarse en el centro de todas las cosas, encontrar a Sa en el centro de su ser. Recordar que Sa lo era todo y todo era Sa.

—¡No creas que puedes esconderte! —atronó la voz de Sa’Adar—. Venga. ¡El capitán Kennit lo ordena!

Wintrow se apartó el pelo de los ojos y se irguió cuan alto era. Caminó hasta el borde del castillo de proa y los observó a todos.

—¡Nadie me da órdenes en la cubierta de mi barco! —les soltó, y esperó a ver qué ocurría.

—¿Tu barco? ¿Tú, convertido en esclavo por obra de tu propio padre, reclamas esta nave como tuya? —Fue Sa’Adar el que habló, no uno de los piratas. Eso le alentó.

No miró a Sa’Adar al hablar, sino a los piratas que se habían vuelto para mirarlo: