Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 36
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La que Recuerda

—Me equivocaba. No es La que Recuerda. Apartaos.

—Pero… no lo entiendo —se lamentó Shreever.

Lucía un feo corte en el hombro, donde la serpiente blanca la había atacado con los dientes.

Con los dientes, como si fuera un tiburón en vez de una serpiente.

Un espeso icor verde ya estaba cerrando la herida, pero el escozor era intenso mientras se esforzaba por igualar el paso de Maulkin.

Tras ellos, Sessurea los seguía más despacio, tan desconcertado como ella.

—Yo tampoco lo entiendo. —La melena de Maulkin ondeaba sobre su lomo con la velocidad a la que nadaba.

Tras ellos, la serpiente blanca bramaba todavía enloquecida, engullendo sin cesar.

Tenue como los viejos recuerdos, el olor de la sangre impregnaba el ambiente—.

Recuerdo su olor. No tengo la menor duda de su fragancia. Pero esa… cosa… no es La que Recuerda.

Sessurea restalló la cola para situarse a su par.

—La serpiente blanca —dijo con temor en la voz—. ¿Qué le ocurre?

—Nada —respondió suavemente Maulkin—. Me temo que no le ocurre nada, salvo que se ha adentrado más en la senda que todos seguimos. Pronto, me temo, todos seremos igual que él.

—No lo entiendo —repitió Shreever. Pero un frío temor estaba acumulándose en ella, el presentimiento de que lo entendería, si elegía hacerlo.

—Se ha olvidado. Eso es todo. —La voz de Maulkin carecía de toda emoción.

—Se ha olvidado… ¿de qué? —preguntó Sessurea.

—De todo —dijo Maulkin. Su melena se relajó, sus colores se apagaron—.

De todo menos de alimentarse y mudar la piel y crecer.

Todo lo demás, todo lo que es real e importante, lo ha olvidado.

Como me temo que lo olvidaremos todos si La que Recuerda no se nos aparece pronto.

—Se giró de repente, envolviéndolos a ambos en sus anillos.

No se resistieron, sino que aceptaron el abrazo agradecidos.

Su contacto agudizaba sus recuerdos y su percepción.

Se asentaron juntos en el suave fango, hundiéndose en él enlazados—.

Mi maraña —dijo afectuosamente Maulkin, y con una punzada Shreever reconoció la verdad que entrañaban sus palabras.

Ellas tres eran cuanto quedaba de la maraña de Maulkin.

Se relajaron en el abrazo de su líder. Pronto solo sus cabezas sobresalían del barro.

Se relajaron, sus agallas se movían al unísono.

Despacio, reconfortantemente, Maulkin les recitó la sabiduría sagrada—: Tras el primer nacimiento, éramos señores.

Crecimos, aprendimos, experimentamos. Y todo lo que aprendimos lo compartimos entre nosotros para que la sabiduría se hiciera aún mayor.

Pero ningún cuerpo dura para siempre. De modo que llegó la época de apareamiento, y se intercambiaron, mezclaron y depositaron las esencias.

Nos desprendimos de nuestros viejos cuerpos sabiendo que recibiríamos otros nuevos, como nuevos seres que éramos.

Y eso hicimos. Pequeños y nuevos, emergimos.

Nos alimentamos, mudamos la piel y crecimos.

Pero no todos recordábamos. Solo algunos.

Algunos guardaban para nosotros los recuerdos de todos.

Y cuando llegó el momento, quienes recordaban nos llamaron con sus fragancias.

Nos reunieron y nos dieron nuestros recuerdos.

Y emergimos como señores para recorrer la Abundancia y la Carencia, amasando aún más sabiduría y experiencia, para volver a fundirlas en la época de apareamiento.

—Hizo una pausa en el conocido relato—. No recuerdo cuántas veces se habrá repetido esto —confesó—.

Hemos sobrevivido un ciclo tras otro. Pero esta última etapa de mudar la piel y crecer…

¿no ha sido la más larga? ¿No olvidan cada vez más de nosotros que nuestro destino es ser señores?

Me temo que nos debilitamos, mi maraña. ¿No recordaba yo, hace tiempo, mucho más de lo que recuerdo ahora? ¿No os pasa lo mismo a vosotros?

Sus preguntas aplastaron el corazón de Shreever. Enredó su melena en la de Maulkin, arriesgándose a soportar las toxinas para sentir el escozor de sus recuerdos y seres. Sus pensamientos se esclarecieron.

—Hubo un tiempo en que recordaba mucho más —admitió Shreever—. A veces pienso que lo único que recuerdo con nitidez es que tú eres aquel al que hay que seguir. El único con verdaderos recuerdos.

El bramido de Maulkin fue hondo y suave cuando habló:

—Si La que Recuerda no acude pronto a nosotros, puede que incluso yo me olvide de eso —advirtió—. Recordad esto por encima de todo, pues: debemos seguir buscando a La que Recuerda.