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Reparaciones
El segundo de a bordo despertó a Althea de un profundo sueño tirándole suavemente de la manga.
—Eh —dijo Grag Tenira en voz baja—. El capitán quiere verte enseguida. Está de guardia al timón, así que reúnete con él en cubierta. Vamos, muévete. —Grag se dio la vuelta y salió sin comprobar si ella obedecía.
Apenas un segundo después, los pies descalzos de Althea tocaban la cubierta.
A su alrededor, el castillo de proa se veía oscuro y tranquilo.
El resto de la tripulación tenía la noche libre.
Sin excepción, todos habían bajado a la orilla para festejar.
Althea, más ansiosa de intimidad que de cerveza, había alegado falta de dinero y se había quedado a bordo para holgazanear y dormir.
La Ofelia había atracado en una pequeña ciudad isleña llamada Rinstin.
Era uno de los pocos asentamientos completamente legítimos en las islas del Paso Interior.
Fundada cerca de un filón de estaño y dotada de un generoso abastecimiento de agua potable, los mineros prosperaban y la ciudad comenzaba a convertirse en un centro comercial.
Sus habitantes podían permitirse algunos de los productos de los Territorios Pluviales que tenía que ofrecer Tenira.
También obtendría buenos beneficios vendiendo los toneles de carne en salazón que había cargado en Jamaillia, y partiría con objetos de estaño que vender en el Mitonar.
El hombre era un mercader inteligente. En el poco tiempo que llevaba con él, Althea ya había aprendido a admirarlo.
Al salir a la cubierta y buscar al capitán Tenira, reparó en lo extraño de la situación.
¿El capitán estaba de guardia al timón en el puerto?
¿Y había enviado al segundo de a bordo para avisarle?
Una terrible sospecha se adueñó de ella.
Ofelia había desvelado su secreto. Cuando Althea divisó al capitán fumando en pipa junto al mascarón de proa, su sospecha se tornó en certidumbre.
El joven marinero sentado en la barandilla debía de ser Grag, esperando a ser testigo de su desenmascaramiento. Se le encogió el corazón.
Althea se detuvo en las sombras para recogerse el pelo en una coleta y frotarse la cara adormilada.
Se alisó la ropa lo mejor que pudo. Por malo que hubiera sido cuando la expulsaron del Segador , esto iba a ser peor.
Estos hombres conocían a su familia y llevarían la historia a casa con ellos.
En fin. La cabeza alta. Nada de lágrimas ni de pataletas, se prometió.
Dignidad y orgullo. Deseó que se le asentara el estómago. Deseó haber estado más prevenida.
Mientras caminaba, la voz de Ofelia llegó hasta ella en medio del aire nocturno, casi como si la nao quisiera que Althea escuchara sus palabras:
—Y tú, Tomie Tenira, te estás volviendo un gruñón carcamal sin el menor sentido de la aventura.
— Ofelia —le advirtió su capitán.
—Y sin sentido del humor, además —le confió Ofelia a Grag.
La lámpara de la cubierta dejaba en sombras el rostro del segundo, que no respondió. Althea sintió cómo se le curvaban los labios en una sonrisa irónica. Se preguntó qué pensaría ahora Grag Tenira de su antigua compañera de baile.
Borró la sonrisa de su cara. Imprimió apatía a sus rasgos al saludar a Tenira con un:
—Presente, señor.
—Ya lo veo —dijo pesadamente el capitán Tenira. Se quitó la pipa corta de la boca—. Sabes a qué viene esto, ¿verdad?
Althea procuró no dar un respingo.
—Me temo que sí, señor.
Tenira se apoyó en el pasamano con un suspiro.
—Grag y yo lo hemos estado hablando. Ofelia ya ha expresado su parecer.
Y más que su parecer, como de costumbre.
Hago esto por tu bien, jovencita. Recoge tus cosas.
Grag te dará algo de dinero y te escoltará a la orilla.
Hay una pensión en la calle Valva. Es un sitio limpio. Te acompañará hasta allí.
—Señor —respondió sin ninguna esperanza Althea.
Por lo menos no le estaba gritando. Al mantener la dignidad, el capitán le permitía mantener la suya.
Le estaba agradecida por ello. Pero la traición de su confianza por parte de Ofelia todavía le escocía.
Miró detrás del capitán, donde Ofelia la observaba contrita por encima de un hombro redondo—.
Te pedí que no me descubrieras —la regañó con voz queda.
Estudió el rostro del mascarón de proa—.
No me puedo creer que me hayas hecho esto.
—¡Oh, eso no es justo, tesoro! ¡No es nada justo!
—protestó airadamente Ofelia —. Ya te advertí que no podías esperar que le ocultara un secreto así a mi capitán.
Y también te dije que intentaría encontrar la manera de que te quedaras a bordo, si querías, bajo tu propio nombre.
¿Cómo iba a hacerlo sin desvelarle tu verdadero nombre?
— Ofelia volvió su atención a su capitán—.
Tomie, estás disfrutando con esto. ¡Debería darte vergüenza!
Cuéntale el resto, ahora mismo. La pobre chica cree que te propones dejarla aquí tirada.
—La idea es de Ofelia , no mía —observó a regañadientes el capitán—.
Te ha tomado bastante cariño. —Caló su pipa mientras Althea soportaba el suspenso—.
Grag te dará dinero suficiente para adecentarte.
Un baño, ropa adecuada y cosas así. Mañana por la tarde, vendrás a bordo como Althea Vestrit. Y te llevaremos a casa.
—Y —acotó Ofelia con entusiasmo—, y, oh, esta es la mejor parte, tesoro, no te imaginas lo que me costó convencer a Tomie.
Grag fue fácil, claro, Grag siempre lo es, ¿verdad, corderito?
—No esperó el murmullo de asentimiento del hijo del capitán—.
Desempeñarás el papel de segunda de a bordo mientras dure el viaje a casa —anunció entusiasmada la nao—.
Porque, más o menos un día después de zarpar de Rinstin, el pobre Grag sufrirá un dolor de muelas tan espantoso que deberá guardar cama.
Y Tomie te pedirá que ocupes su puesto porque sabe que navegaste con tu padre.
Grag se inclinó hacia delante para ver la cara que ponía Althea. Ante su expresión conmocionada, se echó a reír con ganas. Sus ojos azules saltaron a Ofelia , compartiendo su regodeo con ella.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Althea, incrédula—. Oh, ¿cómo podré agradecéroslo?
El capitán Tenira se sacó la pipa de la boca.
—Me lo puedes agradecer haciendo un trabajo condenadamente bueno para que nadie diga que soy un tonto por haberte ayudado.
Y te puedes guardar para siempre que navegaste a bordo de Ofelia disfrazada de chico sin que yo me diera cuenta.
—Se volvió con brusquedad hacia el mascarón de proa—.
Y espero que tú también cumplas tu palabra a ese respecto, vieja entrometida.
Ni una palabra de esto a nadie, hombre o nao rediviva.
—Pero, Tomie, ¿cómo puedes dudar de mí? —preguntó Ofelia . Puso los ojos en blanco y se llevó una mano al corazón como si se sintiera ofendida. Luego, con ostentación, le guiñó un ojo a Althea.
Grag se atragantó y el capitán se encaró con él.
—Déjate de risitas, criatura. Tú también serás un hazmerreír como esto salga a la luz.
—Pero si no me río, señor —mintió risueñamente Grag—.
Es solo que no veo la hora de pasarme todo el trayecto desde aquí hasta el Mitonar leyendo y sin hacer nada.
—Sus ojos buscaron los de Althea para compartir la broma.
Su mirada se demoró en el semblante de la muchacha, y Althea estaba segura de que Grag intentaba ver a la muchacha que había conocido bajo su disfraz de mugriento grumete.
Agachó incómoda la mirada cuando su padre se dirigió a él.
—Seguro que sí. Bueno, estate preparado para una pronta recuperación si decido que al final sí te necesito en cubierta.
—El capitán Tenira volvió a mirar a Althea y se disculpó casi al añadir—: No es que piense que vaya a darse ese caso.
He oído que sabes gatear deprisa y con los mejores.
Bueno. ¿Prevés algún problema, mmm, para cambiarte de chico a chica otra vez?
Althea, pensativa, negó con la cabeza.
—Puedo ir a la pensión como marinero y asearme allí. Mañana por la mañana, saldré de compras en busca de «regalos» para mi hermana. Después volveré a mi habitación, me cambiaré de ropa, me arreglaré el pelo y saldré por la puerta de atrás. Sin que nadie me vea, espero.
—Bien. Esperemos que todo sea así de fácil.
—De veras que no sé cómo daros las gracias, señor. A todos. —La cálida mirada de Althea incluyó a Ofelia .
—Hay otra cosa que me gustaría pedirte —dijo el capitán Tenira con pesadez. Althea se tensó ante su tono.
—¿Qué es? —preguntó.
— Ofelia nos ha hablado de la situación con tu nao.
Si se me permites el atrevimiento, jovencita, te aconsejaría que lo dejaras como un asunto de familia.
Oh, tendrás mi apoyo si me demuestras tu valía.
Te daré una carta con el sello de segundo de a bordo en ella, si lo haces bien.
Estaré a tu lado en el Consejo de Mercaderes y tomaré partido por ti si es preciso.
Aunque preferiría que no lo fuera. Los asuntos de la familia Vestrit deberían resolverse entre las paredes de la casa Vestrit.
Conocía a tu padre, no muy bien, pero sí lo suficiente para saber que él querría que así fuera.
—Lo haré si puedo, señor —respondió solemnemente Althea—. Yo también lo preferiría así. Pero, si es preciso, haré cuanto sea necesario para recuperar mi barco.
—Sabía que diría eso —cacareó Grag.
Ofelia y él cruzaron sendas miradas triunfales.
—Conocí a tu bisabuela —añadió Ofelia —.
Te pareces mucho a ella físicamente. Y en espíritu.
Ella querría que tuvieras su nao. Ella sí que era una mujer que sabía navegar.
Recuerdo el día que trajo la Vivacia al puerto del Mitonar por primera vez.
Hay una entrada incluso en mi bitácora para ese día, si la quieres mirar. El caso es que la brisa era fresca y…