34 #2
—Ahora no —regañó el capitán Tenira a Ofelia .
Clavó la vista en Althea—. Tengo mis motivos para pedirte que los asuntos de los Vestrit se queden en la familia.
Motivos egoístas. No quiero que me vean tomando partido por un mercader frente a otro.
—Ante el desconcierto de Althea, Tenira meneó la cabeza—.
Llevas mucho tiempo fuera del Mitonar. Los ánimos se están caldeando.
No es el mejor momento para enfrentamientos entre mercaderes.
—Lo sé. Bastantes problemas tenemos con los nuevos mercaderes —convino Althea con voz suave.
—Ojalá eso fuera todo —dijo Tenira con vehemencia—.
Pero me temo que lo peor está por venir.
Me he enterado en la misma ciudad de Jamaillia.
¿Sabes lo que ha hecho ahora el imbécil del sátrapa?
Contratar mercenarios chalazos como corsarios para patrullar el Paso Interior.
Se rumorea que les ha dado permiso para repostar agua y víveres en el Mitonar.
De forma gratuita. Dice que es lo mínimo que debería estar dispuesto a hacer el Mitonar para ayudar a exterminar a los piratas.
Cuando salimos de Jamaillia, su nave mensajera había zarpado ya hacía dos días.
Con papeles autorizando al oficial fiscal del sátrapa a asegurarse de que sus secuaces chalazos reciban el trato adecuado.
O a «recoger contribuciones para su abastecimiento», que pone en sus elegantes papeles.
—Nunca hemos permitido la entrada de buques chalazos armados en el puerto del Mitonar, solo naves mercantes —murmuró Althea.
—Eres rápida de entendederas, niña. El instinto me dice que seguiremos sin permitirla. Será interesante ver cómo se alían los nuevos mercaderes. Me temo que habrá más que apoyen al sátrapa y a sus perros chalazos que…
—Tomie —lo interrumpió Ofelia —, deja la política para más tarde.
Puedes hacerla llorar con eso en cada comida desde aquí al Mitonar.
Pero antes Athel tiene que volver a convertirse en Althea.
—Sus ojos buscaron los de la muchacha—. Venga, mi niña, recoge tus cosas.
Grag bajará a tierra contigo y te conducirá sana y salva hasta la puerta de la posada.
—Su boca se ensanchó en una sonrisa lasciva y le guiñó un ojo al segundo de a bordo—.
Y procura comportarte, Grag, porque Althea me lo dirá si no es así.
En marcha, pero asegúrate de no pasar de la puerta.
Althea se descubrió más azorada por el humor de la nao que Grag. Parecía estar acostumbrado.
—Gracias, señor —consiguió decirle al capitán Tenira—. De veras, agradezco lo que hace por mí. —Luego corrió adonde las sombras pudieran ocultarle la cara.
Cuando regresó a la cubierta, Grag estaba esperándola junto a la escotilla.
Althea se echó el petate al hombro y se sintió aliviada al ver que el joven tuvo la sensatez de no ofrecerse a llevarlo por ella.
Lo siguió pasarela abajo y encaminaron sus pasos hacia la ciudad.
Grag andaba rápido. Althea descubrió que no sabía qué decir y él parecía igual de cohibido.
La noche era apacible y las calles estaban iluminadas con la luz que se escapaba de las tabernas de marineros a su paso.
Cuando llegaron a la puerta de la posada, Grag se detuvo.
—Bueno. Ya hemos llegado —dijo con torpeza. Vaciló como si quisiera añadir algo.
Althea decidió tranquilizar al muchacho.
—Te invito a una cerveza —se ofreció, señalando la taberna al otro lado de la calle.
Grag la miró de soslayo; tenía los ojos azules muy abiertos cuando volvió a buscar los de ella.
—No creo que pudiera sentirme cómodo —se sinceró—. Además, mi padre me despellejaría si llevara a una dama a un sitio como ese. —Transcurrido un momento, añadió—: Pero gracias. —No se movió.
Althea agachó la cabeza para disimular una sonrisa.
—Bueno. En ese caso, hasta mañana.
—Sí. —Grag arrastró los pies, se remangó los pantalones—.
Eh, se supone que tengo que recogerte mañana y llevarte de vuelta a la nao.
«Como por casualidad», en palabras de Ofelia.
—Se miró los pies—. No quiero tener que buscarte por toda la ciudad.
¿Quedamos en alguna parte? —Sus ojos volvieron a fijarse en el rostro de Althea.
—Sería buena idea —asintió—. ¿Dónde sugieres?
Grag apartó la mirada.
—Hay un sitio justo al final de esta calle —indicó en la oscuridad—.
Eldoy. Ponen sopa de pescado y pan fresco.
Está muy bien. Podríamos vernos allí. Yo te invitaría a cenar y tú podrías contarme tus aventuras.
Desde que saliste del Mitonar. —Volvió a mirarla a la cara—.
O desde la última vez que bailamos juntos.
Así que se acordaba. Althea le devolvió la sonrisa.
Tenía un rostro agradable, franco y sincero.
Pensó en lo que había visto de él, especialmente en su padre, Ofelia y él juntos.
El afecto y la confianza que existían entre ellos le hicieron añorar cosas como las bromas sencillas y los momentos de compañía.
Cuando ella le sonrió, la sonrisa de Grag se ensanchó antes de apartar la mirada.
—Te veré allí mañana por la tarde —convino Althea.
—Bien. Bueno, entonces, trato hecho. Buenas noches. —Casi precipitadamente, le dio la espalda. Volvió a remangarse los pantalones y se puso la gorra del revés. Althea sonrió mientras veía cómo se alejaba. Tenía el paso desenfadado de un marinero. Recordó ahora que había sido muy buen bailarín.
—¿Sabes una cosa? —preguntó con voz ebria Tarlock—. Te conozco. Estoy seguro de que te conozco.
—No me extraña. Solo soy el segundo de a bordo de tu barco —respondió fastidiado Brashen. Se volvió en su asiento para no tener que mirar al marinero. Tarlock no se dio por aludido.
—No. No, o sea, sí, es verdad. Es verdad, eres el segundo de a bordo de la Víspera de Primavera . Pero ya te conocía de antes. Mucho antes de eso. —Con cuidado, se sentó junto a Brashen. Su jarra se derramó un poco cuando la posó.
Brashen no se giró para mirarlo. En vez de eso, levantó su propia jarra y bebió como si no se hubiera percatado de la presencia de Tarlock.
Antes de que el viejo borrachín lo encontrara, había estado bebiendo solo en la taberna.
Quería estar solo. Este era el primer puerto donde atracaba la Víspera de Primavera desde que zarparon de Candeleda y Brashen había buscado algo de tiempo para pensar.
Su trabajo era casi tal y como se lo había esperado.
La rutina diaria de la embarcación de poco calado no ponía a prueba sus habilidades.
La mayoría de la tripulación llevaba bastante tiempo en el barco y sabía lo que tenía que hacer.
Había tenido que respaldar sus órdenes con los puños unas pocas veces, sobre todo al principio, pero eso era de esperar.
Los hombres solían desafiar al nuevo segundo de a bordo, daba igual que viniera de fuera o saliese de sus filas.
Así eran los marineros. Ese no era el problema.
Eran sus tareas fuera del barco lo que le molestaba.
Al principio, la nave había seguido la costa de Jamaillia en dirección norte, trazando el litoral cada vez más abrupto.
Ahora iba de isla en isla, soslayando y aventurándose a veces en lo que se reconocía como territorio pirata.
Esta pequeña ciudad era típica. Consistía en poco más que un embarcadero y un puñado de almacenes sobre un cenagal apestoso.
Un par de tabernas alojaban a un puñado de prostitutas venidas a menos.
Una decena de casuchas salpicaban la ladera de la montaña tras las tabernas.
Para él la ciudad no tenía ninguna razón de ser.
Aun así, se había pasado toda la tarde con una espada colgada del cinto y una macana en la mano, guardándole las espaldas al capitán, montando guardia tras él mientras se sentaba a la mesa en uno de esos almacenes.
Entre los pies, el capitán tenía un cofre lleno de monedas.
Tres de los lobos de mar con peor catadura que Brashen se hubiera echado nunca a la cara sacaron muestras de mercancías, una por una, y se negociaron los precios.
La variedad y la condición delataban el origen de sus productos.
Brashen se había sentido asqueado consigo mismo cuando el capitán se volvió para pedirle su opinión sobre unos manuscritos salpicados de sangre, pero muy ilustrados.
—¿Cuánto valen? —había querido saber el capitán Finny.
Brashen había descartado un recuerdo bochornoso.
—No tanto como para morir por ellos —había respondido secamente.
Finny se había reído y había dicho un precio.
Cuando Brashen asintió, los piratas que estaban vendiendo su botín habían conferenciado antes de aceptar la oferta.
Brashen se había sentido mancillado por la transacción.
Había sospechado desde el principio que la Víspera de Primavera comerciaría con ese tipo de productos.
Era solo que no se había imaginado inspeccionando objetos con la sangre de un hombre muerto encima.
—Te diré una cosa —le ofreció taimadamente Tarlock—: voy a darte un nombre. Si te suena, me guiñas el ojo y no se hable más de este asunto. Ni una palabra.
Brashen habló en voz baja por encima del hombro:
—¿Qué tal si cierras el pico y dejas de molestarme para no tener que ponerte los dos ojos morados?
—Venga, ¿así se habla a un compañero de tripulación? —se lamentó Tarlock.
El hombre estaba demasiado borracho para su propio bien. Demasiado borracho para sentirse amenazado. No lo suficiente para perder el sentido. Pero eso, tal vez, podía remediarlo. Cambió de estrategia y se giró hacia él. Se obligó a sonreír.