Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 33 #4
96%

33 #4

—Úntale mantequilla si quieres. ¡Y nadie te ha pedido que finjas que te gusta!

—estalló su abuela—. No eres una prostituta, no te ha pagado para que sonrías cuando lo haga él.

Yo solo digo que esperamos que lo trates con cortesía.

Estoy segura de que será un perfecto caballero.

Caolwn me ha dado su palabra, y hace mucho que nos conocemos.

Solo tienes que tratarle con respeto. —En voz más baja, continuó—: Estoy segura de que no tardará en decidir que no le convienes y cesarán sus atenciones.

—La forma en que lo dijo era insultante.

Como si Malta no fuera lo bastante buena para él.

—Lo intentaré —concedió Malta a regañadientes. Tiró la tostada seca encima de la mesa.

Por lo menos tendría algo que contarle a Delo, que siempre estaba alardeando sutilmente de todos los jóvenes que acudían a su casa.

Eran amigos de Cerwin, Malta lo sabía. Pero Delo los conocía por su nombre, y bromeaban con ella, y a veces le compraban dulces y baratijas.

Una vez, cuando le permitieron ir al mercado de las especias con Delo en compañía de Rache, un amigo de Cerwin había reconocido a Delo y la había saludado con una honda reverencia, con su capa ondeando al viento al hacerlo.

Se había ofrecido a invitarlas a tomar té con especias, pero Rache dijo que debían volver pronto a casa.

Malta había quedado como una mocosa. Solo por una vez, estaría bien poder decirle a Delo que había venido un joven a visitarla a casa.

No tenía por qué explicarle que seguramente estaba cubierto de verrugas.

A lo mejor podía hacer que pareciera misterioso y peligroso…

Sonrió y adoptó una expresión soñadora, ensayando la que pondría cuando le hablara a Delo de su joven pretendiente.

Su madre le plantó un tarro de miel en la mesa.

—Gracias —dijo Malta distraídamente mientras se servía. A lo mejor Cerwin se ponía celoso.

—¿Vas a perdonarme la vida? —preguntó Kyle Haven en voz baja mientras el amanecer comenzaba a teñir el cielo.

Intentó ser lacónico, pero una dureza mezclada con temor se filtró en sus palabras.

Wintrow detectó cansancio también. La larga noche tocaba a su fin, pero para salir del canal los dos habían tenido que estar pendientes del timón, de las instrucciones de Calt y de las voces de Vivacia .

No podía por menos que admirar la tenacidad de su padre.

Lo había soportado. Todavía andaba encorvado, protegiéndose las costillas del costado izquierdo, pero le había ayudado a gobernar la nave.

Y ahora estaba pidiéndole a su hijo que le perdonara la vida. Debía de ser doloroso para él.

—Haré lo que pueda para que sobrevivas a esto.

Te lo prometo. —Miró de su padre a Sa’Adar, todavía apoyado en la popa.

Wintrow se preguntó hasta qué punto tendría él voz en las decisiones que se avecinaban—.

No me crees. Pero tu muerte me apenaría.

Todas las muertes que se han producido a bordo de la nao me apenan.

Kyle Haven clavó la vista en el horizonte.

—Otro grado a babor —fue lo único que dijo.

A su alrededor, el agua se extendía amplia y serena. La Isla del Codo estaba quedando atrás y ante ellos se abría el Canal de Hawser.

Su hijo corrigió el rumbo. Sobre sus cabezas los hombres se cruzaban voces en las jarcias, discutiendo sobre lo que deberían hacer y cómo hacerlo. Su padre tenía razón: era imposible dirigir la nave con solo dos marineros expertos y capaces. Asió la rueda con fuerza. Tenía que haber alguna manera.

—Ayúdame, nao. —Exhaló con suavidad—. Dime lo que tengo que hacer. —Sintió su fatigada respuesta. En ella no había confianza, solo fe.

—Tenemos otro barco detrás de nosotros —observó en voz alta Sa’Adar—.

Se acerca deprisa. —Lo observó a través de la persistente lluvia gris—.

¡La bandera del Cuervo! —El júbilo que sentía era palpable en su voz—.

¡Sa vela por nosotros! —Se quitó el harapo que le servía de camisa y empezó a hacer señas a la otra nave.

—¡Hay un crío al timón! —exclamó Sorcor. La tormenta había cesado, hasta la lluvia estaba amainando, pero aun así forzó la voz para hacerse oír—. Y la cubierta está hecha un desastre. Creo que han sufrido un motín.

—Tanto mejor… para nosotros —respondió Kennit. Qué fatigoso era todo. Estaba rendido. Inspiró hondo—. Prepara una partida de abordaje. La capturaremos en cuanto llegue al canal.

—El chaval parece tener mano para el timón, hasta con las velas destrozadas. ¡Un momento! —La voz de Sorcor estaba preñada de incredulidad—. Capitán, nos están haciendo señas. Parece que ese hombre nos indica que nos coloquemos a la par.

—Pues démosle gusto. ¡Todo el mundo listo! No. Esperad. —Tomó aire e intentó mantenerse derecho—. Los dirigiré yo mismo. ¡Gankis! Hazte cargo del timón. Etta, ¿dónde está mi muleta?

Era real. Le servían la nao en bandeja, su suerte aguantaba todavía.

Había creído en ella, había perseverado, y ahí estaba, su hermosa nao rediviva.

Mientras le ganaban el costado, pensó que nunca había visto nada más precioso.

Desde el alcázar de la Marietta podía verla desde arriba.

Había cadáveres amontonados encima de una pila de lonas caídas, y tenía las velas subidas como las faldas de una bagasa, pero su casco plateado resplandecía y sus suaves líneas eran como música.

Se tambaleó y Etta lo agarró. Gankis tenía el timón ahora. El anciano marinero le dirigió una mirada extraña, mezcla de compasión y temor.

—No sé dónde tienes la muleta. Ven. Deja que te acerque a la barandilla.

—Etta gruñó con el esfuerzo mientras tiraba de él.

Kennit avanzó dando saltitos hasta poder apoyarse en el pasamanos—.

Mi amor —dijo suavemente—, creo que deberías ir abajo y descansar un rato. Deja que Sorcor asegure la nave por ti.

—No —se opuso Kennit con ferocidad. Con lo condenadamente difícil que era sostenerse sobre una pierna, y ella tenía que minarle las fuerzas con estúpidas discusiones—. No. Es mía y seré el primero en pisar su cubierta. La suerte la ha traído a mí.

—Por favor —insistió Etta con voz quebrada—. Cariño, amor mío, si pudieras verte ahora…

—Sar. —Sorcor se había reunido con ellos y soltó el juramento en un susurro—. Oh, Kennit, oh, señor…

—Dirigiré la partida de abordaje —le dijo Kennit a Sorcor. Su segundo de a bordo no le pondría trabas. También haría que esa dichosa mujer dejara de llevarle la contraria.

—Sí, señor —confirmó en voz muy baja Sorcor.

—¡No lo dirás en serio! —exclamó Etta—. Míralo, está agotado, nunca debí dejar que se quedara en cubierta, si llego a saber el precio que tendría que pagar…

—Déjalo ir —musitó Sorcor. Había traído la muleta de Kennit, pero la posó con delicadeza en el suelo—. Te prepararé una silla de contramaestre, señor. Y te conduciré sano y salvo a la cubierta de tu nao rediviva.

—Pero… —comenzó Etta. Sorcor la interrumpió:

—Se lo prometí —soltó con dureza—. Míralo, mujer. Déjame cumplir la promesa que le hice a mi capitán. —En voz más baja, añadió—: Creo que ya no podemos hacer mucho más.

—Pero… —repitió Etta. Miró a Kennit, y cuando se cruzaron sus ojos, en los de él pareció apagarse algo. Etta no podía ni respirar, solo mirarlo. Luego volvió a fijarse en el segundo de a bordo—. En ese caso, yo iré con él —anunció con voz queda.

—Iremos los dos —le confirmó Sorcor.