Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 33 #3
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Todos lo miraron inexpresivos . Ninguno de ellos lo sabía, comprendió. Supuso que su padre había prohibido a la tripulación que mencionara su nombre.

—¿Dónde está el capitán Haven? —preguntó.

—Abajo, con la cabeza y las costillas rotas —respondió uno de los marineros de cubierta.

Wintrow se lo pensó y decidió inclinar la balanza a favor de su nao. Señaló a Sa’Adar.

—Necesito al capitán del barco aquí arriba.

Y con cuidado. No me servirá de nada si está inconsciente.

—«Y los que no sirven para nada mueren», pensó mientras el sacerdote encargaba a tres esclavos que trajeran al capitán.

La amenaza de un capataz era el credo que regía la vida de los esclavos.

A fin de salvar a la tripulación, tendría que demostrar su utilidad a los esclavos liberados—.

Desencadenad a esos dos —ordenó—. Traed a todos los marineros con vida que puedan subir a las arboladuras.

Uno de los caramapas se encogió de hombros.

—Ya solo quedan estos dos.

Solo dos marineros con vida. Y su padre. Que Sa lo perdonara. Miró al hombre que había lanzado a Torg por la borda.

—Tú. Has tirado a un marinero por la borda, uno que podría habernos servido de algo.

Ahora ocuparás su puesto. Sube hasta la torre del vigía.

Dime qué ves. —Miró furibundo a los demás que lo rodeaban.

Su apatía le enfureció—. Los demás aseguraos de que las escotillas estén bien cerradas.

Y accionad las bombas. Se nota que vamos cargados de agua.

Solo Sa sabe cuánta agua hemos tragado. —Su voz sonó más baja, pero igual de inflexible cuando añadió—: Despejad la cubierta de cadáveres.

Y recoged esas tiendas que se han caído.

Los ojos del primer hombre fueron de Wintrow a la diminuta plataforma que coronaba el palo mayor.

—¿Ahí arriba? No puedo subir hasta ahí.

La corriente era ahora como un ser vivo, la marea penetraba por el angosto canal como el caudal de un molino.

Wintrow peleaba con el timón.

—Échate a andar si quieres vivir —ladró—. No tenemos tiempo para miedos. El barco es lo único que importa ahora. Tenemos que salvarlo si queremos salvarnos.

—Es la primera vez que hablas como un hijo mío.

—La sangre le oscurecía media cara a Kyle Haven.

Se movía con el cuerpo de lado, procurando no mover demasiado las costillas que punzaban y rechinaban en su interior.

Estaba más pálido que el cielo gris sobre sus cabezas.

Miró a su hijo sosteniendo la rueda del barco, a los caramapas cubiertos de cicatrices que corrían para obedecer sus órdenes y a los escombros de la insurrección, y sacudió despacio la cabeza—.

¿Esto es lo que te hacía falta para encontrar tu hombría?

—Nunca la perdí —repuso llanamente Wintrow—. Es solo que no podías reconocerla porque yo no era como tú. No era grande, ni fuerte ni duro. Era yo.

—Nunca estuviste a la altura. Nunca te importó lo que podía ofrecerte. —Kyle negó con la cabeza—. Tú y este barco. Dos niños malcriados.

Wintrow aferró el timón.

—No tenemos tiempo para esto. Vivacia no puede virar sola. Me está ayudando, pero quiero también tus ojos. Quiero tu experiencia. —No logró disimular la amargura que impregnaba su voz—. Aconséjame, padre.

—¿De verdad es tu padre? —preguntó consternado Sa’Adar—. ¿Esclavizó a su propio hijo?

Nadie le respondió. Los dos miraban al frente, a la tormenta. Transcurrido un momento, el sacerdote se retiró a la popa de la nao, dejándolos casi a solas.

—¿Qué vas a hacer con ella? —preguntó su padre—. Aunque cruces este canal, no tienes los hombres necesarios para gobernarla. Estas aguas son traicioneras, hasta para una tripulación experta. —Soltó un bufido—. La perderás incluso antes de haberla tenido.

—Solo puedo intentar hacer lo que pueda —musitó Wintrow—. No es decisión mía. Pero creo que Sa nos asistirá.

—¡Sa! —Kyle sacudió la cabeza con fastidio. Luego—: Mantenla en el centro del canal. No, un par de grados más a babor. Ahí. Mantenla firme. ¿Dónde está Torg? Deberías enviarlo a la torre del vigía para que nos diga lo que ve.

Wintrow pensó en esto un instante, combinando la opinión de su padre con lo que le trasmitía Vivacia . Luego hizo la corrección.

—Torg está muerto —dijo tras el breve silencio—. Salió volando por la borda. Porque a un esclavo le pareció que no servía para nada. —Señaló con la barbilla a un hombre que estaba encaramado, paralizado, a medio camino del mástil—. Se suponía que iba a hacerse cargo del puesto del vigía.

Un silencio horrorizado siguió a sus palabras. Cuando habló su padre, lo hizo con voz tensa:

—Y todo esto —dijo Kyle en voz baja, solo para los oídos de Wintrow—, ¿todo esto solo para tener la nao ahora en vez de dentro de unos años?

Para Wintrow, esa pregunta señalaba la distancia que mediaba entre ellos. El inmenso abismo que los separaba era insalvable.

—Esto no tiene que ver con nada de eso. —Una declaración estúpida.

Pero ni todas las palabras que pudiera pronunciar a lo largo de una vida bastarían para hacer que su padre lo entendiera.

Lo único que tendrían jamás en común sería el barco—.

Pasemos entre estas rocas —sugirió—. Hablemos solo de eso.

Es lo único en que podremos estar de acuerdo.

Tras un instante eterno, su padre se situó a su lado. Apoyó una mano en el timón junto a la de su hijo. Echó un vistazo a las jarcias y divisó a uno de sus hombres.

—¡Calt! Deja eso y ocupa el puesto del vigía. —Los ojos de su padre volvieron a clavarse al frente—. Allá vamos —le advirtió suavemente a Wintrow mientras la nao ganaba velocidad.

—Me habéis vendido —dijo Malta con tono monocorde—.

Me habéis vendido a un monstruo para pagar un barco.

Para que me arrastren a un campamento en mitad de un pantano a criar verrugas y tener bebés mientras vosotras os enriquecéis con los nuevos acuerdos comerciales con la familia Khuprus.

No penséis que no sé cómo funciona esto.

Por lo general, cuando se entrega una mujer a un marido de los Territorios Pluviales, la familia que se queda en el Mitonar obtiene suculentos beneficios.

—La habían despertado temprano y le habían pedido que bajara a la cocina para esto.

El desayuno ni siquiera estaba listo todavía.

—Malta, las cosas no son así —replicó su madre en su tono más conciliador.

Por lo menos su abuela era sincera con sus sentimientos. Dejó de llenar la tetera y la puso encima del fogón. Se agachó y avivó el fuego ella misma.

—De hecho, te has vendido tú solita —dijo con voz engañosamente agradable—. Por una bufanda, una joya de fuego y una caja de sueños. Y no me digas que no sabías lo que estabas haciendo. Sabes mucho más de lo que das a entender.

Malta se quedó callada un momento. Luego:

—Las cosas están en mi cuarto. Puedo devolverlas —ofreció a regañadientes.

La joya de fuego. Detestaba separarse de la joya de fuego.

Pero mejor eso que entregarse a un sapo terrapluvio.

Pensó en el sueño en que le había besado y se estremeció.

En la vida real, tras su velo, tendría los labios llenos de verrugas.

El mero hecho de pensar en aquel beso ahora le daba ganas de escupir.

No era justo enviar un sueño en el que era tan apuesto cuando en realidad era un sapo.

—Ya es un poco tarde para eso —dijo su madre con aspereza—.

Si hubieras dicho la verdad sobre la caja de sueños, se podrían haber enmendado las cosas.

No. Lo retiro. Ya habías aceptado una bufanda y una joya, por no mencionar el vaso que le diste y del que habías bebido.

—Se interrumpió un instante y, cuando continuó, lo hizo con más afecto—: Malta, nadie te va a obligar a casarte.

Lo único que hemos consentido es que el muchacho pueda visitarte.

No estarás a solas con él. La abuela o Rache o la nana o yo estaremos siempre presentes.

No debes tenerle miedo. —Carraspeó y, cuando reanudó su discurso, su tono era mucho más frío—: Por otra parte, no pienso tolerar ninguna descortesía.

Nunca llegarás tarde ni serás grosera con él.

Lo tratarás como a cualquier otro huésped de nuestra casa.

Y eso significa que nada de decir tonterías sobre verrugas, ni pantanos ni bebés.

Malta se levantó de la mesa y fue a cortarse una rebanada del pan de ayer.

—Vale. No abriré la boca —les dijo. ¿Qué podían hacer al respecto? ¿Cómo iban a obligarla a hablar con él o a mostrarse amable? No iba a fingir que le gustaba. Pronto descubriría que le daba asco y se marcharía.

Se preguntó si le permitirían conservar la bufanda y la joya si él decía que ya no quería casarse con ella.

Seguro que no era el mejor momento para preguntar eso.

Lo que sí se podía llevar cuando quisiera era la caja de sueños.

Había adoptado un feo color apagado después de abrirla, como las cenizas de la chimenea.

Todavía olía bien, pero ese no era motivo suficiente para conservarla.

—Malta, no podemos ofender a estas personas —señaló su madre.

Últimamente parecía muy cansada y consumida. Tenía más arrugas en la cara y se cuidaba el cabello menos que de costumbre. Pronto tendría la misma cara avinagrada que la abuela. Y ahora la abuela tenía el ceño fruncido.

—No es cuestión de a quién se puede ofender y a quién no. Hay muchas maneras de tratar a un pretendiente no deseado. La descortesía no es una de ellas. No en nuestra familia.

—¿Cuando volverá mi padre? —preguntó Malta con brusquedad—. ¿Hay melocotones en almíbar en alguna parte?

—No esperamos que venga antes de finales de primavera —dijo su madre con cansancio—. ¿Por qué?

—Es que no creo que él me obligara a hacer esto. A fingir que me gusta un hombre al que ni siquiera quiero conocer… ¿No hay nada decente que comer en esta casa?