33 #2
—Ahí está, ese es nuestro chico. ¡Chaval, Wintrow, ven!
Se han atrincherado ahí dentro. ¿No hay manera de hacer salir a las ratas?
—Dirigía una banda de triunfantes caramapas frente a la puerta de las dependencias de oficiales en el castillo de popa.
Pese a la tormenta y la nave que zozobraba, seguían empeñados en seguir matando.
—¡Esta tormenta acabará con nosotros si no llego al timón!
—les gritó. Arrancó la voz de sus entrañas e intentó sonar imperioso, como un hombre—: ¡Olvidaos de seguir matando o acabaremos todos en el fondo del mar!
¡Dejad que la tripulación salga y gobierne el barco como mejor pueda, os lo ruego!
¡La bodega se llena de agua con cada ola!
—Se agarró a la escalerilla del castillo de popa cuando caía otra ola.
Horrorizado, vio cómo se vertía por las escotillas abiertas como cerveza en una jarra—.
¡Cerrad esas escotillas con fuerza! —aulló—.
¡Y poned algunos hombres con las bombas si no queréis que todos los que estén enfermos o escondidos ahí abajo se ahoguen todavía antes que nosotros!
—Miró a la arboladura—. ¡Tenemos que recoger esas velas, darle menos que empujar al viento!
—Yo no subo ahí arriba —declaró en voz alta un esclavo—. ¡No me he librado de las cadenas para matarme ahora de cualquier manera!
—¡Entonces morirás cuando nos vayamos todos a pique! —le espetó Wintrow. Su voz se quebró con esas palabras, elevándose con el timbre atiplado de un muchacho. Algunos esclavos intentaban cerrar las escotillas sin mucho entusiasmo; nadie estaba dispuesto a soltar sus asideros para trabajar.
—¡Rocas! —exclamó Vivacia —. ¡Rocas! ¡Wintrow, el timón, el timón!
—Dejad que salga la tripulación. ¡Ofrecedles salvar la vida si salvan las vuestras! —le rugió a Sa’Adar. A continuación trepó ágilmente por la escalerilla.
Comfrey había muerto al timón, atacado por la espalda. Quienquiera que lo hubiese matado lo había dejado como había caído, medio enredado en los radios. Tan solo el peso de su cadáver impedía que la rueda girara sin control con cada golpe de mar.
—Lo siento, lo siento —balbució disculpándose Wintrow mientras apartaba el cuerpo inerte de su último puesto.
Se acercó a la rueda y la sujetó, deteniendo en seco sus vueltas sin sentido.
Tomó todo el aliento que podían contener sus pulmones—.
¡Dime lo que tengo que hacer! —bramó, y rezó para su voz llegara hasta la otra punta de la nave en medio de la tormenta.
—¡Todo a babor! —fue la respuesta de Vivacia . Su voz no solo traspasaba el viento, sino que parecía vibrar en sus manos. Los radios de la rueda del timón, comprendió, eran de tronconjuro. Apretó aún más su presa.
Sin saber si pecaba, buscó no a Sa, sino la unidad con la nao. Renunció a su miedo de perderse en ella.
—Tranquila —le susurró, y sintió un salto casi desesperado de conexión. Con esta llegó su temor, pero también su coraje. Compartió su percepción de la tormenta y la corriente. Su cuerpo de tronconjuro se convirtió en su avatar.
El timón había sido construido asumiendo que lo gobernaría un hombre adulto y musculoso.
Había visto cómo se conducía la nave y había probado a dar un par de vueltas con un tiempo más apacible, nunca en medio de semejante galerna y sin alguien a su lado para darle instrucciones y sujetar la rueda si esta amenazaba con superarlo.
Wintrow cargó todo el peso de su delgado cuerpo para girarlo.
Sentía cada punto que ganaba como una pequeña victoria, pero se preguntó si la nao respondería a tiempo al timón.
Le pareció que golpeaban la siguiente ola más de frente, hendiéndola en vez de dejándose embestir por ella.
Entornó los ojos frente al diluvio, pero lo único que veía era negrura.
Lo mismo podrían estar en medio del Mar Atroz rodeados por el vacío.
De pronto, todo aquello se le antojó ridículo; el barco y él estaban solos en su lucha por salvarlos a todos.
El resto de los ocupantes de la nave estaban demasiado ocupados intentando matarse entre sí.
—Tienes que ayudarme —murmuró, vocalizando las palabras que sabía que Vivacia percibiría de todas formas—. Tienes que ser tu propia vigía y estar atenta a las olas y las rocas. Comunícame lo que veas.
Podía oír a los hombres gritándose en el combés.
Algunas voces sonaban apagadas y dedujo que los esclavos estaban negociando con la tripulación cautiva.
A juzgar por la furia que rezumaban sus voces, dudaba que fueran a alcanzar un acuerdo a tiempo de salvar el barco. «Olvídate de ellos», se aconsejó.
—Somos tú y yo, señora —musitó para Vivacia —. Estamos solos. Intentemos seguir con vida. —Asió con fuerza el timón.
No sabía si sentía la respuesta de la nao o si era su propia determinación lo que le daba fuerzas renovadas.
Cegado por el agua y la oscuridad, desafiaba a las dos.
No oyó a Vivacia llamarlo de nuevo, pero pareció percibir una impresión de la nao.
Las velas sobre su cabeza trabajaban en su contra, pero no podía hacer nada al respecto.
Entonces comenzó a caer otro tipo de lluvia, igual de insistente pero en cierto modo más ligera.
Pero mientras la tormenta remitía y las primeras pinceladas de gris teñían el cielo, la rueda parecía volverse más obstinada y pesada en sus manos.
—¡Nos ha atrapado la corriente! —El grito apagado de Vivacia se transmitió hasta él—. ¡Hay rocas delante! ¡Conozco este canal de hace tiempo! No deberíamos haber venido por aquí. ¡No puedo esquivarlas yo sola!
Wintrow oyó el repicar de cadenas y la caída de un cuerpo pesado en la cubierta.
Lanzó una mirada de reojo a un grupo de hombres que avanzaban hacia él.
Empujaban a varias personas cargadas de grilletes.
Al llegar a Wintrow, alguien dio un empujón al hombre de delante, que cayó de rodillas en la cubierta empapada. La voz de Sa’Adar atronó:
—Dice que él gobernará el timón si le perdonamos la vida. —En voz más baja, añadió—: Dice que no podremos sortear esas rocas sin él. Solo él conoce este canal.
Cuando el hombre se puso de pie tambaleándose, Wintrow reconoció a Torg. No podía distinguir sus rasgos en la oscuridad. Le habían arrancado la camisa de la espalda; los pálidos jirones de tela ondeaban al viento.
—Tú —dijo Torg. La risita que soltó era de incredulidad—.
¿Tú nos has hecho esto? ¿Tú? —Meneó la cabeza—.
No me lo puedo creer. Eras lo bastante traicionero, pero no tenías agallas.
Estás ahí plantado gobernando el timón como si la nao fuera tuya, pero no creo que la hayas conquistado.
—Pese a sus cadenas y a los iracundos caramapas que le rodeaban, escupió a un lado—.
No tuviste pelotas para aceptarla cuando se te ofreció en bandeja de plata.
—Las palabras brotaban furiosas como de un dique reventado—.
Oh, sí, sabía de sobra el trato que hizo tu padre contigo.
Oí lo que te dijo aquel día. Tu padre te iba a nombrar segundo de a bordo cuando cumplieras los quince años.
Daba igual que yo llevara siete años trabajando para él como un perro.
Que se fastidie el viejo Torg. Nombremos capitán a Gantry y segundo a un niño imberbe.
Y tú estarías por encima de mí. —Se rio—.
Bueno, Gantry está muerto, por lo que nos han contado.
Y tu padre no está mucho mejor. —Cruzó los brazos sobre el pecho—.
¿Ves esa isla a estribor? La Isla del Codo.
Deberías haber conducido la nave por el otro lado.
Delante solo hay rocas y corrientes. Así que, si quieres un hombre al timón de esta bañera, será mejor que te portes bien con Torg.
A lo mejor podrías ofrecerle algo más que la vida para que saque vuestros patéticos culos de este fregado.
—Sonrió como un sapo, seguro de que lo necesitaban, de que podría sacar provecho de la situación—.
Harías bien en decirme pronto alguna palabra bonita, porque las rocas están justo ahí delante.
—Los hombres a su espalda, marineros inexpertos reclutados en Jamaillia, escudriñaron preocupados la oscuridad que los rodeaba.
—¿Qué hacemos? —le preguntó Sa’Adar—. ¿Podemos confiar en él?
De horrenda, la situación resultaba irrisoria.
Estaban preguntándole a él. Estaban dejando la supervivencia del barco en sus manos.
Notó el cielo que clareaba. En las arboladuras había dos esclavos, bregando en vano por recoger la vela.
Que Sa se apiadara de todos. ¿Era capaz Torg de lanzar la nao contra las rocas por afán de vengarse?
¿Podría llevar alguien la venganza tan lejos como para arruinar su propia vida en el proceso? El tatuaje que tenía en la cara le picaba.
—No —dijo al final—. No confío en él. Y lo mataría antes que entregarle el mando de mi barco.
Un caramapa se encogió de hombros con indiferencia.
—Los que no sirven para nada mueren.
—Espera —exclamó Wintrow, pero ya era demasiado tarde.
Con un movimiento tan fluido como el de un estibador levantando fardos, el caramapa levantó al corpulento marinero por encima de su cabeza y lo arrojó por la popa con tanta fuerza que él mismo cayó de rodillas.
Torg desapareció, así de rápido y fácil.
Ni siquiera había tenido tiempo de gritar.
Al sentenciar Wintrow su desconfianza en el hombre, Torg había muerto.
Los demás marineros se habían postrado llorando e implorando perdón.
Una repugnancia espantosa se condensó dentro de Wintrow. No era por los hombres que rogaban.
—Quitadles esas cadenas y enviadlos arriba —ladró a Sa’Adar—.
Recoged el trapo como podáis y avisadme si divisáis alguna roca.
—Era una orden estúpida, inútil. Tres hombres solos no podían dirigir una embarcación de este tamaño.
Mientras Sa’Adar abría los grilletes, Wintrow se oyó preguntar—: ¿Dónde está mi padre? ¿Está vivo?