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El día del juicio
Wintrow sabía que algunas religiones hablaban de lugares donde reinaban demonios que tenían el poder de torturar eternamente a los hombres.
La nao, emparedada por el viento y la lluvia, poblada de criaturas bípedas que vociferaban y peleaban entre sí, parecía uno de estos inframundos.
Las escrituras de Sa no contenían ninguna creencia en un lugar parecido.
Los hombres creaban sus propios tormentos, creía Wintrow, no el benévolo Padre de Todo, que solo veía estas cosas con pena.
Esta noche, a bordo de este barco, había llegado a asimilar en su plenitud la verdad que entrañaban las enseñanzas de Sa.
Pues helos aquí, humanos hasta el último de ellos, criaturas de Sa todos y cada uno de ellos.
Pero no era la lluvia punzante ni los vientos huracanados los que recorrían la nave vertiendo sangre y arrancando la vida de los cuerpos.
No. Solo los humanos a bordo de la nao hacían eso, y solo los unos a los otros.
Esto no era obra de Sa. Sa no tenía ninguna intervención en esta catástrofe.
Desde que Sa’Adar arrojara la lámpara a Gantry, nada había estado en manos de Wintrow.
Él no había iniciado esta carnicería; esta matanza no era obra suya.
Ni siquiera recordaba haber tomado una decisión, solo que había seguido a Sa’Adar y le había ayudado a liberar a los esclavos.
Era lo correcto. ¿Más correcto que intentar prevenir a su padre y sus compañeros de tripulación?
«No te hagas esa pregunta, no admitas la existencia de esa pregunta».
Estas muertes no eran culpa suya. Wintrow se lo repetía una y otra vez.
Él no tenía la culpa. ¿Qué podía hacer un único muchacho para detener este torrente de muerte una vez desatado?
No era más que una hoja a merced del viento.
Se preguntó si Gantry habría sentido lo mismo.
Sa’Adar y él estaban soltando a los caramapas en la bodega más profunda de la Vivacia cuando oyeron los gritos de arriba.
En su prisa por unirse a la refriega, los caramapas literalmente lo habían pisoteado.
Sa’Adar los había guiado con la lámpara.
Wintrow se había quedado rezagado en la oscuridad más absoluta, atemorizado y desorientado.
Ahora caminaba a tientas por las sucias bodegas, pasando sobre los cuerpos de los esclavos que estaban demasiado débiles o asustados como para sumarse a la rebelión.
Había otros que deambulaban en medio del caos, llamándose a voces, exigiendo saber qué ocurría.
Se abrió paso a empujones entre ellos, tanteando a su alrededor, y ni aun así logró encontrar la escalerilla que conducía a la escotilla.
Conocía hasta el último palmo de este barco, se dijo.
Pero Vivacia se había convertido en un negro laberinto de muerte, hedor y gente asustada.
En la cubierta sobre su cabeza oyó el correr de pies, y gritos de rabia y miedo. También gritos de muerte.
Entonces sonó otro alarido, uno que resonó en la bodega y despertó ecos aterrados entre los amotinados esclavos.
— Vivacia —exhaló Wintrow, y luego—: ¡ Vivacia ! —la llamó, rezando para que lo oyera y supiera que iba hacia ella. Sus dedos vacilantes tocaron la escalera y se apresuró a subir.
Al exponerse a la lluvia torrencial que azotaba la cubierta se tropezó con el primer cadáver de un marinero.
Sute estaba atrapado en una escotilla entreabierta.
En la penumbra no vio cómo lo habían matado, solo que estaba muerto.
Se arrodilló junto a él, oyendo los sonidos del combate en otras partes del barco, pero incapaz de comprender otra cosa que no fuera esta muerte.
El pecho de Sute todavía estaba caliente.
La lluvia purgadora y la espuma desbocada ya le habían enfriado las manos y el rostro, pero su cuerpo perdía el calor más despacio.
Había otros muriendo, esclavos y tripulantes por igual. Vivacia estaba en todas partes, recordó de repente. Lo sentía todo y estaba sola.
Wintrow se había puesto de pie y corría a trompicones hacia ella antes de darse cuenta de lo que hacía.
En el combés, algunos marineros habían estado durmiendo en toscos refugios de lona.
El viento y la lluvia les habían parecido preferibles al denso hedor de las bodegas.
Ahora la tienda se había desplomado, y el viento y la lluvia la desgarraban mientras los hombres se desgarraban entre sí.
Las cadenas eran armas improvisadas. Wintrow se sumergió en el remolino de combatientes sedientos de sangre, gritando:
—¡No! ¡No! ¡Tenéis que parar, la nao no lo resistirá! ¡Tenéis que parar!
Nadie le hizo caso. Había hombres tirados en la cubierta, algunos retorciéndose y otros inmóviles.
Saltó por encima. No podía hacer nada por ellos.
La única persona a la que tenía alguna posibilidad de ayudar era la nave, que ahora gritaba su nombre al viento.
Wintrow tropezó con lo que podría haber sido un cadáver.
Trastabilló hasta ponerse de pie, esquivó a un hombre que pretendía agarrarlo y gateó tanteando en medio de la lluvia y la oscuridad de la noche hasta que sus manos encontraron la escalerilla del castillo de proa.
—¡ Vivacia ! —llamó; su voz era un timbre plañidero y patético ante la feroz tormenta. Sin embargo, ella lo oyó.
—¡Wintrow! ¡Wintrow! —voceó de forma mecánica, profiriendo su nombre como una niña asolada por las pesadillas llamando a su madre.
Wintrow subió a la cubierta de proa, tan solo para salir disparado hacia atrás cuando la Vivacia se enterró enloquecida en el mar.
Por un momento solo pudo aferrarse a la escalerilla y pugnar por tomar aire.
En el siguiente intermedio entre olas, se levantó y echó a correr temerariamente.
Sus manos asieron la barandilla de proa.
No podía sentirla, la veía tan solo como una sombra ante sus ojos.
—¡ Vivacia ! —gritó.
Al principio, la nao no respondió. Se sujetó tenazmente a la barandilla y sondeó en su busca con todas sus fuerzas. Como manos cálidas que se enlazan en la noche fría, la consciencia de Vivacia se unió agradecida a la suya. Luego su horror y su conmoción le inundaron igualmente la cabeza.
—¡Han matado a Comfrey! ¡No hay nadie al timón!
El mascarón de proa y el muchacho se sumergieron en las frías aguas salobres.
La cubierta de tronconjuro resbaló bajo sus dedos engarfiados.
En la oscuridad compartió los conocimientos y la desesperación de la nao mientras luchaba por su supervivencia.
Sintió la muerte que se propagaba por ella y experimentó también la falta de control que sentía Vivacia mientras los fuertes vientos la empujaban hacia las olas colosales.
Sus tripulantes habían abandonado sus tareas.
Atrincherados en el castillo de popa había algunos que luchaban por sus vidas.
Otros se morían agónicamente en las cubiertas donde habían servido.
Con cada vida que se apagaba era como si Vivacia perdiera un pedazo de su ser.
Nunca antes había sentido Wintrow lo inmensa que era el agua y lo pequeña que era la nao que preservaba su vida.
Mientras el oleaje bañaba su cubierta, consiguió ponerse de pie.
—¿Qué quieres que haga? —le preguntó.
—¡Toma la rueda! —gritó ella por encima del viento—. Toma el mando del timón. —Levantó la voz en un inesperado rugido—. Diles que dejen de matarse entre ellos o morirán todos. ¡Todos, lo juro!
Wintrow se volvió hacia el combés de la nao y, tomando todo el aire de que fue capaz, gritó a los hombres que peleaban allí:
—Ya la habéis oído. ¡Nos matará a todos si no dejáis de pelear ahora mismo! Parad el combate. ¡Gobernad las velas los que sepáis cómo, o ninguno sobreviviremos a esta noche! ¡Y dejadme llegar al timón!
Se zambulleron en otra ola. El muro de agua lo golpeó por la espalda y de pronto se vio volando libremente, sin cubierta ni aparejos, nada, solo el agua que ofrecía una dúctil resistencia a sus manos desesperadas.
Podría haber saltado por la borda y no saberlo todavía.
Abrió la boca para gritar y se le llenó de agua salada.
Al instante, el agua lo estrelló contra la barandilla de babor.
Se agarró a ella y se sostuvo pese a los denodados intentos del agua por arrastrarlo fuera del barco.
Junto a él había un esclavo que no tuvo tanta suerte.
Golpeó la barandilla, se tambaleó al borde y se cayó por la borda.
El agua se escurría por los imbornales. En la cubierta, los hombres se retorcían como peces en tierra, atragantándose y escupiendo agua.
En cuanto pudo, Wintrow se incorporó y se encaminó hacia la popa.
Igual que un insecto en un charco, pensó, bregando mecánicamente tan solo porque los seres vivos siempre intentaban mantenerse con vida.
La mayoría de los ocupantes de la cubierta no eran marineros, a juzgar por cómo se abalanzaban sobre barandillas y cuerdas para agarrarse a ellas.
El siguiente manto de agua los pilló desprevenidos.
Alguien debía de haber encontrado una llave de los grilletes, pues algunos esclavos se habían librado de sus cadenas, en tanto otros seguían luciendo sus grillos, tan familiares como sus camisas.
Más caras se asomaban atemorizadas por las escotillas abiertas, gritando consejos y preguntas a los grupos de cubierta.
Cuando se les venía encima una de las inmensas olas, se agachaban para evitar el baño, pero no parecía importarles cuánta agua entrara en el barco.
Los cadáveres de esclavos y tripulantes por igual flotaban sin rumbo en el combés con las sacudidas de la nao.
Wintrow se les quedó mirando con incredulidad.
¿Habían peleado por su libertad tan solo para morir ahogados?
¿Habían matado a toda la tripulación para nada?
Oyó de repente la voz de Sa’Adar: