Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 32 #5
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—¡Yo soy su suerte! —rugió Kennit. Una ira inmensa se adueñó de él.

El mundo y todos los que lo poblaban se oponían a él en esta empresa—.

Yo tomaré el timón. Conozco ese canal, los he llevado antes por él.

Trabaja con la tripulación para soltar algo de trapo y poder alcanzarla.

Ayúdame a adelantarla e intenta empujarla hacia los bajíos.

¡Si entonces no se puede hacer anda, desistiré!

Volvieron a escuchar su grito, un alarido desgarrador de desesperación, espeluznante. El sonido se quedó flotando en el aire.

—Oh —exclamó Etta con un estremecimiento cuando se apagó por fin la voz—.

Que alguien la salve. —Las palabras eran casi una plegaria.

Miró de un hombre a otro. La lluvia le había aplastado el pelo contra la cabeza.

El agua le caía por la cara como ríos de lágrimas—.

Soy lo bastante fuerte como para gobernar el timón.

Si Kennit me respalda y guía mis manos, mantendremos la Marietta en su curso.

—Hecho —respondió Sorcor, tan deprisa que Kennit comprendió al instante cuál había sido la objeción del hombre desde el principio. No creía que Kennit pudiera apoyarse en una sola pierna y aun así dominar la rueda del barco.

A regañadientes admitió que probablemente Sorcor tenía razón.

—Exacto —dijo, como si esa hubiera sido su intención desde el principio.

Sorcor les hizo sitio. Fue un relevo torpe, pero al final Etta consiguió poner las manos en la rueda.

Kennit se quedó detrás de ella. Apoyó una mano en el timón para guiarla y se agarró a ella con el otro brazo para no caerse.

Podía sentir la tensión de Etta, pero también notaba su excitación acumulada.

Por un momento fue como si al sujetarse a Etta estuviera abrazándose al barco.

—¡Dime lo que tengo que hacer! —gritó Etta por encima del hombro.

—Mantenlo así —dijo Kennit—. Te avisaré cuando tengas que hacer otra cosa. —Sus ojos seguían a la plateada nao rediviva mientras esta huía ante el viento.

Kennit la apretó con fuerza y su peso contra su espalda no era ninguna carga, sino un refugio contra el viento y la lluvia.

Su brazo derecho la envolvía, su mano era una garra sobre su hombro.

Sin embargo, estaba asustada. ¿Por qué se había ofrecido voluntaria para esto?

Etta agarraba los radios de la rueda del timón con tanta fuerza que empezaron a dolerle los nudillos.

Envaró los brazos para resistir cualquier movimiento inesperado que pudiera hacer el barco.

A su alrededor solo había oscuridad, lluvia y cortinas de viento y agua.

Al frente divisó haces de blanco argénteo al estrellarse las olas contra las rocas cubiertas de percebes.

No sabía lo que estaba haciendo; podría dirigir la nave contra una roca y no darse cuenta hasta oír el golpe.

Podía matarlos a todos, hasta el último hombre de a bordo.

Entonces escuchó la suave voz de Kennit junto a su oído. Pese a la tormenta, no gritaba. Su voz queda era poco más que un susurro:

—Es fácil, ya lo verás. Levanta la cabeza, mira al frente.

Ahora siente el barco a través del timón.

Eso es. Afloja las manos. Nunca reaccionarás a tiempo si estrangulas así la madera.

Muy bien. Ahora puedes sentirlo. Te habla, ¿verdad?

¿Quién es, se pregunta, qué es este nuevo contacto sobre el timón, tan ligero?

Así que sujétalo fuerte y tranquilízalo.

Eso es, eso es, dale un poco de cuerda, solo un poco, no demasiada, y mantenlo ahí fijo.

—Le hablaba con la voz de su amante, suave y sin aliento, dándole ánimos.

Nunca se había sentido más unida a él que ahora, compartiendo el amor que sentía por el barco que guiaba a través de la tormenta.

Nunca se había sentido más fuerte que ahora, mientras agarraba los radios de madera de la rueda y dirigía el morro de la Marietta contra las olas.

Estaban arriando velas siguiendo una pauta que le parecía incomprensible, pero que de pronto se descubrió decidida a comprender.

Porque podría entenderla. Podía hacerlo.

Eso era lo que le decían el brazo de Kennit a su alrededor, con su peso contra su espalda, y la suave voz en su oído.

Entornó los ojos frente al diluvio. De repente, el frío y la humedad eran una simple parte de esto; no una agradable, no, pero tampoco algo a temer o evitar de por sí.

Ahora, como el viento, formaban parte integral de su vida.

Una vida que estaba transportándola hacia delante tan deprisa como la corriente que transportaba al barco, transformándola día a día en una persona distinta.

Una persona por la que podía sentir respeto.

—¿Por qué no puede ser así siempre? —le preguntó a Kennit.

Él fingió sorprenderse y preguntó en voz más alta:

—¿Qué? ¿Prefieres la tormenta que nos arrastra a las Rocas de la Condena antes que navegar en aguas más plácidas?

Etta se rio con ganas, abrazada por él y por la tormenta y por esta nueva vida a la que él la había arrojado.

—Kennit, tú eres la tormenta —le dijo. En voz más baja añadió para sí—. Y me prefiero tal y como soy cuando me empujan tus vientos.