Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 32 #4
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En un alarde de la imprevisibilidad tan característica de estas aguas, los alcanzó la lluvia.

La nave se cubrió de torrenciales cortinas mientras la dirección del viento parecía cambiar sin cesar.

Podía oír a Sorcor aullando órdenes a la tripulación de cubierta.

Lo que había parecido no ser más que un simple aguacero se estaba convirtiendo ahora en algo muy distinto.

Siempre había alguna corriente en el Canal de Hawser, y con algunas mareas podía ser difícil, pero ahora el vendaval conspiraba con la corriente para impulsarlos vertiginosamente.

La nao rediviva volaba ante ellos. La observó, esperando que recogiera las velas.

Sorcor había pedido a sus hombres que halaran el trapo.

La tormenta y la corriente los empujaban lo bastante rápido sin necesidad de regalar un asidero extra a los vientos traicioneros.

No muy lejos, al frente, estaba la Isla del Codo.

Hacia el este de esa isla se encontraba el mejor paso.

La nao rediviva lo tomaría sin duda. Ellos tendrían que dirigirse al oeste de la isla.

Aprovecharían la tormenta y la corriente para adelantarse a la nao y cortarle el paso.

Sería complicado y no podrían cometer ningún error.

No estaba seguro de poder conseguirlo. En fin, dudaba que le quedara mucha vida por delante.

No le importaría morir sobre su cubierta si no podía hacerlo a bordo de una nao rediviva.

Sorcor se había hecho cargo del timón en persona; Kennit lo notaba en la forma en que la Marietta parecía crecerse ante cada nuevo envite del oleaje.

Entornó los ojos frente al diluvio e intentó volver a encontrar su presa.

Por espacio de tres olas no pudo verla. Luego divisó la nao rediviva al mismo tiempo que oía su grito a lo lejos.

Estaba sufriendo con la tormenta, sus velas desatendidas la zarandeaban torpemente con cada ola.

Ante la horrorizada mirada de Kennit, se hundió bajo la torva de agua, desapareció y volvió a emerger un instante después.

Forzando la mirada distinguió figuras que correteaban por sus cubiertas mal iluminadas, montones de hombres, pero nadie parecía estar haciendo nada por salvarla.

Soltó un gemido de desesperación. Estar tan cerca de capturar una nao rediviva, tan solo para ver cómo se hundía ante sus ojos por la incompetencia de su tripulación… La ironía era insoportable.

—¡Sorcor! —aulló en medio de los bramidos de la tormenta.

No podía esperar hasta interceptarla. Tal y como iba ahora, terminaría entre las rocas—.

¡Sorcor! Ponte a su par y prepara una partida de abordaje de buenos marineros.

—El viento y la lluvia le arrebataban las palabras de la boca.

Intentó acercarse a popa, sujetándose a la barandilla y saltando con su pierna buena.

Sentía cada sacudida como si sumergiera el muñón en aceite hirviendo.

De repente, empezó a tiritar de frío. Las olas estaban ganando altura.

Con cada una que rompía, veía el agua salada abalanzándose sobre él y no podía hacer nada salvo agarrarse con más fuerza a la barandilla.

Uno de los embates terminó por derrotar a su pierna fatigada.

Por un interminable momento se aferró con desesperación mientras el agua lo cubría por completo antes de escapar por los imbornales.

Etta se abrazó a él, apresándolo sin miramientos con su pierna herida.

Le rodeó los hombros con un brazo y lo levantó, sujetándolo por el pecho.

—¡Deja que te lleve adentro! —le suplicó.

—¡No! Ayúdame a volver a la rueda. Gobernaré yo el timón; quiero que Sorcor dirija el abordaje.

—¡No puedes abordar otro barco con este tiempo!

—Tú llévame a popa.

—Kennit, ni siquiera deberías estar en la cubierta esta noche. Mira cómo te ha subido la fiebre. ¡Por favor!

La rabia de Kennit fue instantánea.

—¿Tanto dudas de mi hombría? Mi nao rediviva está ahí mismo, su captura es inminente, ¿y tú quieres que me quede tumbado en mi camarote como un inválido? ¡Maldita seas, mujer! Ayúdame a llegar al timón o apártate de mi camino.

Etta lo ayudó, un recorrido de pesadilla por una cubierta que se ladeaba con la furia de la tormenta.

Lo aupó por encima de la corta escalerilla como si fuera un saco de patatas.

Había rabia en su fuerza, y cuando el muñón de Kennit chocó con un peldaño y casi se desmayó de dolor, Etta no le ofreció ninguna disculpa.

En lo alto se envolvió con su brazo como si fuera una sábana, hasta tenerlo colgado de sus hombros.

Luego se levantó bajo su peso y lo arrastró hasta la rueda.

Un Sorcor incrédulo se sacudió el agua de los ojos y se quedó mirando a su capitán.

—Yo tomaré el timón. Nuestra nao rediviva está en apuros. Prepara una partida de abordaje, tantos marineros como hombres de asalto. Tendremos que conquistarla enseguida, antes de que se adentre demasiado en el Canal de Hawser.

Frente a ellos atisbaron de nuevo la nao cuando el mar la levantó en vilo.

Navegaba ahora como si estuviera a la deriva, con el viento y las olas empujándola a su antojo.

Un cambio en la dirección del viento llevó hasta sus oídos un alarido de desesperación cuando la embarcación se enterró bajo una tromba de agua.

Se dirigía al oeste de la Isla del Codo.

Sorcor meneó la cabeza. Tuvo que gritar para imponer su voz a la tormenta:

—Será imposible darle alcance si sigue navegando así. Y aunque tuviéramos hombres de sobra, no podríamos abordarla con este tiempo. ¡Déjelo, señor! Ya nos cruzaremos con otra. Abandonémosla a su suerte.