Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 32 #3
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Gantry se agachó para alcanzar una de las pesadas argollas que se habían incrustado en las vigas principales de la Vivacia .

Aquí era donde estaba fijada la cadena principal.

El salitre del aire marino y la sudorosa humedad de los esclavos hacinados no le habían sentado bien al cerrojo que sujetaba la cadena a la grapa.

Gantry bregó un momento con ella antes de que la llave girara remisa.

Tiró del candado hasta que se abrió. La cadena principal cayó suelta sobre el repugnante suelo.

—Desengánchalo de los demás —le exigió a Wintrow—. Luego vuelve a asegurarlos y subamos a este a la cubierta. Vamos, date prisa. No me gusta la forma que tiene Vivacia de encarar estas olas.

Wintrow adivinó enseguida que Gantry no quería tocar la cadena incrustada de mugre que atravesaba los aros de los grilletes que ceñían los tobillos de cada esclavo.

El excremento humano y la sangre seca ya no molestaban tanto a Wintrow.

Recorrió la hilera de esclavos, lámpara en mano, traqueteando la cadena principal por cada uno de los anillos hasta llegar al moribundo. Lo liberó.

—Un momento, antes de que te lo lleves —les rogó el esclavo sacerdote. Se inclinó para tocar la frente de su amigo—. Que Sa bendiga a su instrumento. Que la paz sea contigo.

Veloz como una serpiente, Sa’Adar agarró la lámpara y la lanzó.

Su fuerza era feroz; su puntería, infalible.

Wintrow vio cómo el horror dilataba los ojos de Gantry justo antes de que la pesada linterna de metal le golpeara en la frente.

La pantalla de cristal se rompió con el impacto y Gantry se desplomó con un gemido.

La lámpara aterrizó a su lado, rodando con el vaivén de la nao.

A su paso dejaba un sinuoso reguero de aceite. La llama no se había apagado.

—¡Toma la lámpara! —le ordenó el esclavo a Wintrow mientras arrebataba la cadena de su floja presa—. ¡Deprisa, corre, antes de que prenda el fuego!

Impedir el incendio era lo más apremiante, de eso Wintrow no tenía la menor duda.

Pero, mientras gateaba hacia la linterna, notó cómo se agitaban los esclavos a su alrededor.

Oyó el repiqueteo del metal contra el metal mientras la cadena corría pasando de un anillo a otro a su espalda.

Atrapó la lámpara, enderezándola y levantándola del aceite derramado.

Exclamó al cortarse el pie con los cristales rotos, pero su grito de dolor se convirtió en uno de horror al ver cómo uno de los esclavos liberados cerraba sus manos asesinas sobre el cuello de un Gantry inconsciente.

—¡No! —chilló, pero en ese momento el esclavo estrellaba con fuerza el cráneo del segundo de a bordo contra la grapa que había asegurado la cadena principal.

La forma en que rebotó la cabeza de Gantry le indicó a Wintrow que era demasiado tarde.

El segundo estaba muerto y los esclavos estaban soltándose de la cadena principal tan deprisa como podía correr esta por los grilletes.

—Buen trabajo, chico —lo felicitó un esclavo mientras él contemplaba el cadáver del segundo de a bordo.

Vio cómo ese mismo esclavo se apoderaba de la llave que colgaba del cinto de Gantry.

Todo estaba ocurriendo muy deprisa y él formaba parte de ello, y aun así no lograba entender de qué forma encajaba.

No quería tener nada que ver con la muerte de Gantry.

—¡Él no era malo! —exclamó de pronto—. ¡No tenías que haberlo matado!

—¡Cállate! —dijo bruscamente Sa’Adar—. Alertarás a los demás antes de tiempo.

—Miró a Gantry de reojo—. No puedes decir que era un buen hombre si toleraba lo que ocurría a bordo de esta nave.

Y a veces es preciso hacer cosas crueles para enmendar crueldades aún peores —musitó.

Ese no era un proverbio de Sa que Wintrow hubiera oído.

Sus ojos se clavaron en los de Wintrow—.

Piensa en ello —le instó—. ¿Habrías puesto de nuevo en su sitio las cadenas que nos sujetaban? ¿Tú, con tu propia cara tatuada?

No aguardó la respuesta. Wintrow se sintió culpablemente aliviado por ello, pues no hubiera sabido qué contestar.

Si al devolver la cadena a su sitio pudiera haber salvado la vida de Gantry, ¿lo habría hecho?

Si al devolver la cadena a su sitio condenara a todos estos hombres a una vida de esclavitud, ¿lo habría hecho?

Eran preguntas sin respuestas. Contempló el rostro inerte de Gantry.

Sospechaba que el segundo de a bordo tampoco hubiera sabido qué responder.

El sacerdote se movía rápido por la bodega, soltando otras cadenas principales. El murmullo de los esclavos liberados parecía formar parte de los crecientes sonidos de la tormenta al otro lado del casco.

—Registra los bolsillos de ese bastardo a ver si tiene también la llave de estos grilletes —sugirió alguien con un ronco suspiro, pero Wintrow no se movió. No podía moverse.

Observó con estupefacto desapego cómo dos esclavos inspeccionaban las ropas del segundo de a bordo.

Gantry no portaba la llave de los grilletes, pero el cuchillo de su cinto y otras pequeñas posesiones pronto cambiaron de manos.

Uno de los esclavos escupió sobre el cadáver al pasar junto a él.

Y aun así Wintrow seguía paralizado, con la lámpara en la mano, observando.

El sacerdote estaba hablando en voz baja a los que lo rodeaban:

—Todavía distamos de ser libres, pero podemos conseguirlo si somos astutos.

Nada de hacer ruido. Silencio. Tenemos que liberar a todos los que podamos antes de que se den cuenta en cubierta.

Somos más que ellos, pero nuestras cadenas y nuestros cuerpos jugarán en nuestra contra.

Por otra parte, la tormenta podría favorecernos.

Quizá los mantenga ocupados hasta que sea demasiado tarde para ellos.

—Miró a Wintrow de soslayo. Su sonrisa era dura—.

Ven, muchacho, y trae la lámpara. La obra de Sa nos llama.

—Se dirigió al resto en voz baja—: Ahora tenemos que dejaros a oscuras mientras vamos a soltar a los demás.

Tened paciencia. Tened valor. Rezad. Y recordad que, si actuáis demasiado pronto, nos condenaréis a todos y el trabajo de este valiente muchacho habrá sido en vano.

—A Wintrow le dijo—: Guíanos. Una bodega tras otra, tenemos que liberarlos a todos, y luego tomaremos a la tripulación por sorpresa. Es nuestra única oportunidad.

Wintrow abrió el camino con aire dócil. Sobre su cabeza, oyó los primeros redobles del aguacero que caía sobre las cubiertas de Vivacia . Por dentro y por fuera, la tormenta que llevaba tanto tiempo fraguándose se apoderó de la nave.

—Me da igual el tiempo. Quiero esa nao.

—Sí, señor. —Sorcor tomó aliento como si quisiera añadir algo, pero cambió de opinión.

—Vamos tras ella —continuó Kennit. Estaba asomado a las aguas desde el combés, aferrado a la barandilla con las dos manos como un marinero de agua dulce.

Ante ellos, el casco plateado de la nao rediviva resplandecía mientras cortaba las crecientes olas y parecía llamarlo en la noche.

Habló sin apartar la mirada de ella—. Tengo un presentimiento con esta. Creo que será nuestra.

La proa de la Marietta penetró en una ola que corría hacia ella.

La espuma voló y los bañó a todos. La rociada de agua helada resultaba casi agradable contra su cuerpo enfebrecido, pero hasta ese chapoteo bastó para hacerle perder el equilibrio.

Consiguió mantenerse sujeto y con su pierna debajo de él.

El barco cayó tras coronar la ola y Kennit se las vio y se las deseó para no caerse.

Su muleta golpeó la cubierta y se alejó de él cuando la siguiente ola atravesó los imbornales.

Apenas era capaz de conservar el equilibrio con una pierna agarrándose a la barandilla de la embarcación.

—¡Maldita sea, Sorcor, enderézala! —rugió para disimular la vergüenza.

Dudaba que el hombre lo hubiera oído. Sorcor ya se había apartado de su lado y estaba repartiendo órdenes entre los marineros de cubierta mientras regresaba al timón.

—Deja que te lleve de nuevo al camarote —le dijo la puta omnipresente a su espalda.

Kennit había estado a punto de pedirle que hiciera justo eso.

Ahora, por supuesto, no podía. Tendría que esperar hasta que ella pensara que había sido idea suya o hasta que se le ocurriera un buen motivo por el que tuviera que ir allí.

¡Condenada! La pierna sana se le estaba empezando a cansar y la mala se mecía como una plomada candente de dolor.

—Agarra la muleta —le ordenó. Le complació verla perseguir el bastón por la cubierta anegada. Al mismo tiempo, vio que la mujer había aprendido a manejarse en el mar. No tenía nada de torpe. De tratarse de un hombre, diría que tenía madera de buen marinero.