Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 32 #2
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—Me atrevo —se oyó contestar Wintrow. A despecho de la oscuridad y la peste que lo rodeaba, sentía que una luz diminuta se había reavivado dentro de él.

Se atrevería. Preguntaría. ¿Qué podían hacerle por preguntar?

Nada peor de lo que ya le habían hecho. Su coraje, pensó caviloso.

Había redescubierto su coraje. Tanteó a ciegas en busca de su cubo y su trapo—. Tengo que irme. Pero volveré.

—Sé que lo harás —contestó el hombre con suavidad.

—Bueno. ¿Querías verme?

—Algo va mal. Algo va tremendamente mal.

—¿Qué? —preguntó con cansancio Gantry—. ¿Otra vez las serpientes? Lo he intentado, Vivacia . Sabe Sa que he intentado ahuyentarlas. Pero tirarles piedras por la mañana no sirve de nada si por la tarde tengo que arrojar cadáveres por la borda. No puedo espantarlas. Tendrás que aprender a ignorarlas.

—Me susurran —le confió la nao con nerviosismo.

—¿Las serpientes hablan contigo?

—No. No todas. Solo la blanca. —Se giró para mirarlo y había tormento en sus ojos—. Sin palabras, sin sonido. Me susurra y me incita a hacer… cosas inimaginables.

Gantry sintió unas ganas tremendas de echarse a reír. Cosas inimaginables dichas sin palabras. Contuvo su primer impulso. No tenía gracia, la verdad. A veces se le antojaba que nada en toda su vida había tenido nunca gracia.

—No puedo hacer nada con ellas —dijo—. Lo he intentado una y otra vez.

—Lo sé, ya lo sé. Tengo que enfrentarme a ello yo sola. Puedo hacerlo. Lo haré. Pero esta noche no son las serpientes. Es otra cosa.

—¿Qué es? —preguntó Gantry con paciencia.

Estaba loca. Estaba casi seguro de ello.

Loca, y él había contribuido a hacerla así.

A veces pensaba que debería limitarse a ignorarla cuando hablaba, como si fuera una esclava implorando clemencia.

A veces, en cambio, pensaba que tenía el deber de escuchar sus delirios y sus temores infundados.

Porque lo que había llegado a considerar locura era la incapacidad de la nao para ignorar la miseria contenida en sus bodegas.

Él había contribuido a colocar allí esa miseria.

Él había instalado las cadenas, había traído los esclavos, había encadenado a los hombres y mujeres en la oscuridad bajo las cubiertas que pisaba.

Podía oler el hedor de su confinamiento y oír sus gritos.

Quizá fuera él quien estaba loco, pues de su cinto colgaba una llave y no hacía nada.

—No sé lo que es. Pero es algo, algo peligroso. —Sonaba como una chiquilla con fiebre, poblando la oscuridad de criaturas temibles. Había una súplica implícita en sus palabras: «Haz que desaparezca».

—No es más que la tormenta que se avecina. Todos lo sentimos, la mar se está embraveciendo. Pero no te pasará nada, eres un buen barco. Un poco de temporal no va a causarte ninguna molestia —la alentó.

—No. Recibiré agradecida la tormenta, eliminará en parte el hedor. No es la tormenta lo que me asusta.

—No sé qué hacer por ti. —Gantry vaciló antes de hacer la pregunta de costumbre—: ¿Quieres que vaya a buscar a Wintrow?

—No. No, déjalo donde está. —Parecía distraída hablando con él, como si el tema le resultara doloroso y no deseara abundar en él.

—Bueno. Si se te ocurre algo que pueda hacer por ti, avísame. —Empezó a darle la espalda.

—¡Gantry! —lo llamó apresuradamente la nao—. ¡Gantry, espera!

—¿Sí?, ¿qué ocurre?

—Te dije que te embarcaras en otra nave. Lo recuerdas, ¿verdad? Te dije que te embarcaras en otra nave.

—Lo recuerdo —le aseguró él a regañadientes—. Lo recuerdo.

De nuevo se giró para irse, tan solo para ver cómo una figura menuda se plantaba ante él.

Se sobresaltó, conteniendo un grito. Un latido más tarde reconoció a Wintrow.

La noche lo hacía parecer insustancial con sus sucios andrajos, casi como un espectro.

El muchacho estaba enjuto, tan pálido como cualquier esclavo salvo por el tatuaje que reptaba sobre su mejilla.

El olor de la bodega de carga se adhería a él, hasta tal punto que Gantry reculó sin proponérselo.

No le gustaba ver a Wintrow, y menos todavía en la oscuridad, a solas.

El chico se había convertido en una acusación contra él, el vivo recordatorio de todo lo que Gantry prefería ignorar.

—¿Qué quieres? —gruñó, pero oyó en su voz una suerte de quejumbre.

El muchacho habló sin rodeos:

—Uno de los esclavos se está muriendo. Me gustaría traerlo a la cubierta.

—¿Por qué, si se está muriendo? —Gantry imprimió brusquedad a su voz para disimular su desesperación.

—¿Por qué no? —preguntó Wintrow en voz baja—. Una vez muerto, tendréis que subirlo a la cubierta para libraros de su cuerpo. ¿Por qué no hacerlo ahora y permitir al menos que perezca donde el aire es fresco y limpio?

—¿Limpio? ¿Es que has perdido el olfato? En este barco ya no queda ningún rincón que huela a limpio.

—Para ti no, quizá. Pero él respiraría mejor aquí arriba.

—No puedo arrastrar a un esclavo hasta la cubierta y dejarlo aquí tirado. No tengo a nadie que lo vigile.

—Lo vigilaré yo —se ofreció serenamente Wintrow—. No representa un peligro para nadie. Tiene tanta fiebre que se quedará ahí tendido hasta morir.

—¿Fiebre? —preguntó Gantry, con mayor brusquedad—. Así que es uno de los caramapas.

—No. Está en la bodega de proa.

—¿Cómo ha contraído esa fiebre? Hasta ahora solo habíamos tenido fiebre entre los caramapas. —Hablaba con tono airado, como si Wintrow tuviera la culpa.

—Lo mordió una rata. El hombre que está ligado a él cree que ese fue el desencadenante. —Wintrow vaciló—. Quizá deberíamos apartarlo de los demás, por si acaso.

Gantry soltó un bufido.

—Juegas con mis temores para que haga lo que quieres.

Wintrow lo miró.

—¿Puedes darme una razón sólida por la que no deberíamos traer al pobre desgraciado a la cubierta para que muera?

—Ahora mismo no tengo hombres para moverlo. La mar está picada, se fragua una tormenta. Quiero a los de guardia en la cubierta por si los necesito. Nos acercamos a un canal algo complicado y, cuando se desata una tormenta aquí, uno ha de estar listo.

—Si me das la llave, lo subiré yo mismo.

—No puedes traer un hombre desde la bodega de proa hasta aquí tú solo.

—Haré que me ayude otro esclavo.

—Wintrow… —Gantry empezaba a impacientarse.

—Por favor —intervino Vivacia con suavidad—. Por favor. Sube aquí al hombre.

Gantry no sabría precisar por qué no quería dar su brazo a torcer.

Podía ofrecer una pizca de compasión, pero la racaneaba.

¿Por qué? Porque si este pequeño gesto de apiadarse de un moribundo era lo correcto, entonces…

Descartó el pensamiento. Era el segundo de a bordo de esta embarcación, tenía su trabajo y este era dirigir la nave como su capitán considerara oportuno.

No le correspondía a él decidir si erraban.

Aunque se enfrentara a esa idea, aunque dijera en voz alta: «¡Esto está mal!

», ¿qué podía hacer un único hombre al respecto?

—Me dijiste que, si había algo que pudieras hacer por mí, debería avisarte —le recordó la nao.

Gantry elevó la mirada hacia el firmamento nocturno, embozado en cúmulos de nubes. Si Vivacia decidía obstinarse, podría dificultar su trabajo mientras durara la tormenta. No quería contrariarla.

—Si la mar se violenta más todavía, el agua bañará la cubierta —les advirtió a los dos.

—No creo que eso le importe —dijo Wintrow.

—¡Sar! —masculló Gantry—. No puedo darte mis llaves, muchacho, ni permiso para traer un esclavo sano a la cubierta.

Vamos. Si tengo que hacer esto para que el barco esté contento, lo haré yo mismo.

Pero démonos prisa y acabemos de una vez.

—Levantó la voz para gritar—: ¡Comfrey! Echa un ojo por aquí, me voy abajo. ¡Dame una voz si me necesitas!

—¡Sí, señor!

—Tú primero —le gruñó a Wintrow—. Si hay un brote de fiebre en la bodega de proa, supongo que haré bien en verlo con mis propios ojos.

Wintrow guardó silencio mientras abría el camino.

Tras exponer su petición ante Gantry, no se le ocurría qué más decirle.

Era muy consciente de las diferencias que había ahora entre ellos.

Gantry, mano derecha y consejero de confianza de su padre, estaba en las antípodas de Wintrow, esclavo e hijo caído en desgracia.

Mientras se abría paso hacia la atestada bodega de proa, se sentía como si estuviera guiando a un desconocido a su pesadilla particular.

Gantry le había dado la lámpara. Su luz, más brillante, iluminaba mucho más que las velas a las que se había acostumbrado Wintrow.

Agrandaba el círculo de miseria, recalcaba la magnitud de la suciedad y la degradación.

Wintrow respiraba superficialmente. Era un truco que había aprendido.

A su espalda, oía cómo tosía Gantry y una vez le pareció que sufría una arcada.

No se giró para mirar atrás. Como primer oficial, era probable que Gantry no se hubiera aventurado últimamente tan al interior de las bodegas.

Podía ordenar a otros hombres que lo hicieran.

Wintrow dudaba que su padre hubiera bajado desde que zarparon de Jamaillia.

Al acercarse al moribundo, tuvieron que encorvarse. Los esclavos estaban tan apiñados que costaba no pisarlos. Se revolvían inquietos ante el resplandor de la lámpara y musitaban entre sí a la vista de la linterna de Gantry.

—Aquí está —anunció sin necesidad Wintrow. Al sacerdote que estaba a su lado le dijo—: Este es Gantry, el segundo de a bordo. Va a dejar que me lleve a tu amigo a la cubierta.

El esclavo sacerdote se sentó, parpadeando ante la luz de la lámpara de Gantry.

—Que la paz de Sa esté contigo —le saludó en voz baja—. Yo soy Sa’Adar.

Gantry no respondió a la presentación ni ante la revelación del sacerdocio del esclavo. Al segundo de a bordo parecía incomodarle conocer a un esclavo. Se acuclilló y palpó la carne encendida del esclavo moribundo.

—Fiebre —dijo, como si alguien pudiera haberlo puesto en duda—. Saquémoslo de aquí antes de que se propague.