Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 32
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Tormenta

—Probemos con esto —sugirió Wintrow. Levantó el grillete todo lo que pudo hasta la espinilla. Tomó un jirón de tela y envolvió con ella el tobillo desollado de la muchacha. Luego colocó de nuevo el grillete sobre la venda—. ¿Así está mejor?

La chica no dijo nada. En cuanto Wintrow apartó la mano, volvió a frotarse el tobillo contra el grillete.

—No, no —dijo él suavemente. Le tocó el tobillo y la muchacha paró.

Pero no habló ni lo miró. Nunca lo hacía.

Otro día más y se quedaría tullida. Wintrow no tenía hierbas ni aceites, ni medicinas ni vendas.

Lo único que tenía era agua de mar y harapos.

Y la chica se estaba destrozando los tendones.

Parecía incapaz de dejar de frotarse con el grillete.

—Déjala —sugirió una voz agria y salida de las tinieblas—. Está loca. No sabe lo que hace y, de todos modos, morirá antes de llegar a Chalaza. Lavándola y vendándola solo consigues prolongarlo. Déjala en paz si esa es su única manera de salir de aquí.

Wintrow levantó su vela y escudriñó la penumbra.

No lograba decidir quién había hablado. En esta parte de la bodega, ni siquiera podía erguirse por completo.

Los esclavos encadenados aquí estaban aún más restringidos.

Pero el mecimiento de la Vivacia al surcar la mar picada los mantenía en constante movimiento, su carne contra la madera.

Apartaban los ojos de la tenue luz de su vela, pestañeando como si estuvieran mirando al sol.

Avanzó siguiendo la cuerda, intentando esquivar lo peor de la suciedad.

La mayoría de los esclavos permanecían callados e impasibles a su paso, todos investían sus fuerzas en seguir resistiendo.

Vio a un hombre medio sentado encima de sus cadenas, parpadeando mientras intentaba cruzar la mirada con Wintrow.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó en voz baja el muchacho.

—¿Tienes la llave de estas cadenas? —preguntó con sarcasmo un hombre a su lado, mientras otro inquiría:

—¿Cómo es que tienes libertad para andar por ahí?

—Es para poder manteneros con vida —respondió elusivamente Wintrow. Era un cobarde. Temía que intentaran matarlo si se enteraban de que era el hijo del capitán—. Tengo un cubo de agua de mar y trapos, por si te quieres lavar.

—Dame ese trapo —le ordenó el primero, gruñón.

Wintrow lo empapó de agua y se lo pasó. Esperaba que el hombre se enjugara la cara y las manos.

Muchos esclavos parecían encontrar solaz en el sencillo ritual del aseo.

En vez de eso, se retorció cuanto le fue posible para apoyar el trapo en el hombro desnudo de un hombre inerte que tenía a su lado—.

Aquí tienes, Cebo para Ratas —bromeó. Lavó con ternura un bulto descarnado e hinchado que tenía el hombre en el hombro.

El hombre no respondió—. Aquí tienes a Cebo para Ratas, que se llevó un buen mordisco hace unas noches.

Cacé a la rata y la compartimos. Pero desde entonces no se siente muy bien.

—Sus ojos sostuvieron fugazmente la mirada de Wintrow—.

¿Crees que podrías conseguir que lo sacaran de aquí?

—preguntó con voz más amable—. Si tiene que morir encadenado, que lo haga por lo menos a la luz y al aire, en la cubierta.

—Es de noche —se oyó decir Wintrow. Necias palabras.

—¿Sí? —preguntó el hombre, extrañado—. Aun así. Al aire fresco.

—Preguntaré —dijo con incomodidad Wintrow, aunque no estaba seguro de ir a hacerlo. La tripulación no se mezclaba con él. Comía apartado de ellos, dormía apartado de ellos.

Algunos de los hombres que había conocido al comienzo de sus viajes lo observaban con una mezcla de lástima y repugnancia ante aquello en lo que se había convertido.

Los marineros más nuevos contratados en Jamaillia lo trataban como a cualquier otro esclavo.

Si se acercaba a ellos, se quejaban de su olor y lo apartaban a patadas o empujones.

No. Cuanto menos llamara la atención de la tripulación, más simple sería su vida.

Había empezado a pensar en la cubierta y las jarcias como «el exterior».

Este, «el interior», era su nuevo mundo.

Era un lugar de fuertes olores, de cadenas encostradas de escoria y humanos rebozados en ella.

Cuando subía a la cubierta para rellenar su cubo era como aventurarse en un reino extraño.

Allí los hombres se movían con libertad, gritaban y a veces reían, y el viento, la lluvia y el sol les acariciaban el rostro y los brazos desnudos.

Nunca antes le habían parecido tan extraordinarias esas cosas.

Podría haberse quedado en cubierta, podría haber retomado poco a poco la rutina de un grumete de a bordo.

Pero no. Tras haber visitado las bodegas, no podía ni olvidar ni ignorar lo que había allí.

De modo que todos los días se levantaba al ponerse el sol, llenaba su caldero, tomaba sus trapos raídos y bajaba a las estancias de los esclavos.

Les ofrecía el pequeño consuelo de lavarse con agua salada.

Hubiera sido mucho mejor con agua fresca, pero la que había era demasiado escasa y preciada.

El agua de mar era mejor que nada. Les limpiaba las heridas a las que ellos no llegaban.

No veía a todos los esclavos a diario. Había demasiados para eso.

Pero hacía lo que podía, y cuando se ovillaba para dormir al amanecer, dormía profundamente.

Tocó la pierna del hombre inerte. Tenía la piel caliente. No duraría mucho.

—¿Podrías empapar esto de nuevo, por favor?

Había algo en el tono y el acento del hombre que le resultaba familiar.

Wintrow pensó en ello mientras sumergía el trapo en la pequeña cantidad de agua de mar que le quedaba en el cubo.

No tenía sentido fingir que el agua y el trapo seguían estando limpios.

Era simple humedad. El hombre lo tomó y enjugó el ceño y la cara de su vecino.

Volvió a doblar el paño y se lavó la cara y las manos.

—Te lo agradezco —dijo al devolverle el trapo.

Con un escalofrío que le recorrió la espalda, Wintrow cayó en la cuenta.

—Vienes de Calabacín, ¿verdad? ¿Cerca del monasterio de Kelpiton?

El hombre esbozó una sonrisa extraña, como si las palabras de Wintrow le animaran y mortificaran al mismo tiempo.

—Sí —musitó—. Vengo de allí. —En voz más baja todavía, se corrigió—: O venía. Antes de que me enviaran a Jamaillia.

—¡Yo he estado allí, en Kelpiton! —susurró Wintrow, aunque sintió las palabras como un grito—. Vivía en el monasterio, iba a ser sacerdote. Trabajaba en los huertos, a veces. —Empapó el trapo y se lo ofreció.

—Ah, los huertos. —La voz del hombre se alejó mientras lavaba con delicadeza las manos de su compañero—. En primavera, cuando florecían los árboles, eran como fuentes de flores. Blancas y rosas, su fragancia era como una bendición.

—Se podían oír las abejas, pero era como si los árboles mismos zumbaran. Luego, una semana más tarde cuando se caían las flores, el suelo se alfombraba de rosa y blanco con ellas…

—Y los árboles se nublaban de verde al brotar las primeras hojas —susurró el otro hombre—. Que Sa me ayude —gimió de pronto—. ¿Eres un demonio que ha venido para atormentarme o un espíritu mensajero?

—Ni lo uno ni lo otro. —De repente, Wintrow se sintió avergonzado—. Solo soy un muchacho con un cubo de agua y un trapo.

—¿No un sacerdote de Sa?

—Ya no.

—El camino al sacerdocio puede ser sinuoso, pero una vez en él, nadie lo abandona. —La voz del esclavo había adoptado una cadencia aleccionadora y Wintrow supo que conocía las antiguas escrituras.

—Pero me han apartado del sacerdocio.

—Nadie puede ser apartado, nadie puede dejarlo. Todas las vidas conducen a Sa. Todos estamos llamados al sacerdocio.

Instantes después, Wintrow se dio cuenta de que estaba sentado muy inmóvil en la oscuridad, respirando.

La vela se había apagado y él no se había percatado.

Su mente había seguido las palabras del hombre, interrogante, inquisitiva.

Todos los hombres estaban llamados al sacerdocio.

¿Incluso Torg, incluso Kyle Haven? No todas las llamadas eran atendidas ni todas las puertas abiertas.

No le hizo falta decirle al otro hombre que aún seguía allí. Era consciente de él.

—Ve, sacerdote de Sa —dijo en voz baja el hombre en la oscuridad—. Obra las pequeñas bondades que puedas, ruega por nosotros, implora consuelo por nosotros. Y cuando tengas la posibilidad de hacer algo más, Sa te dará valor. Sé que lo hará.

Wintrow notó el trapo de nuevo en la mano.

—Tú también fuiste sacerdote —aventuró en voz baja.

—Lo soy. Un sacerdote que se negó a abrazar la falsa doctrina. Nadie nace para ser un esclavo. Eso, creo, es lo que Sa nunca permitiría. —Carraspeó y preguntó con voz queda—: ¿Tú lo crees?

—Claro que sí.

En tono confidencial, el hombre observó:

—Nos traen comida y agua una vez al día. Aparte de eso, y de ti, nadie se acerca a nosotros. Si tuviera algo de metal, podría limar estas cadenas. No hace falta que sea una herramienta que alguien vaya a echar de menos. Cualquier objeto metálico que encuentres cuando nadie te vea.

—Pero… aunque te libraras de las cadenas, ¿qué podrías hacer? ¿Uno solo contra tantos?

—Si conseguimos cortar la cadena larga, muchos podríamos movernos.

— Pero ¿qué haríais? —preguntó Wintrow, horrorizado.

—No lo sé. Confiaría en Sa. Él te ha traído hasta mí, ¿verdad?

—Pareció percibir la vacilación del muchacho—.

No pienses en ello. No lo planees. No te preocupes.

Sa pondrá la oportunidad en tu camino y sabrás verla en el acto.

—Hizo una pausa—. Solo te pido que ruegues que aquí, Kelo, pueda morir en cubierta. Si te atreves.