Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 31 #6
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—¡No-o-o! —exhaló Ofelia con escandalizado entusiasmo—.

¡Eres una Vestrit! La hija de una familia de antiguos mercaderes se hace a la mar y deja atrás su propia nao rediviva.

¡Oh, cómo has podido, perversa, niña sin corazón!

¿Tienes idea de lo que estará pasando Vivacia ?

¡Una cosita de nada, apenas avivada, y tú vas y poco menos que la dejas sola en el mundo!

¡Perversa, niña sin corazón…, dime por qué, rápido, rápido, o me moriré de curiosidad!

—No tuve elección. —Althea cogió aliento—.

Me echaron del barco de mi familia —dijo con un hilo de voz, y de repente todo volvió: el dolor por la muerte de su padre, su ofensa al verse desheredada, su odio por Kyle.

Sin pensar, estiró el brazo para apoyar la palma en la gran mano que le tendió compasivamente Ofelia .

Como una compuerta que se abre, sintió el violento torrente de sus sentimientos y pensamientos.

Tomó una larga y trémula bocanada de aire.

No se había percatado de lo mucho que echaba de menos algo tan sencillo como sincerarse con alguien.

Las palabras brotaban de ella. Los rasgos de Ofelia se agitaron al principio y se ablandaron después mientras escuchaba la lista de afrentas padecidas por Althea.

—Oh, querida, querida. ¡Qué tragedia! Pero ¿por qué no acudiste a nosotras? ¿Por qué dejaste que os separaran?

—¿Acudir a quién? —preguntó Althea, aturdida.

—A las naos redivivas, claro. Fue la comidilla del puerto del Mitonar cuando tú desapareciste y Haven se hizo cargo de Vivacia .

A no pocas de nosotras nos sentó mal. Siempre habíamos dado por supuesto que heredarías la Vivacia cuando tu padre pasara a mejor vida.

Y la pobre estaba tan afligida… Apenas conseguimos arrancarle alguna palabra.

Y luego ese chico, um, Wintrow, llegó a bordo, y nos sentimos tan aliviadas por ella…

Pero ni siquiera entonces parecía muy contenta.

Y si Wintrow fue llevado a bordo contra su voluntad, en fin, eso lo explica todo.

Pero sigo sin entender por qué no nos pediste ayuda.

—Nunca se me ocurrió —admitió Althea—. Me parecía un asunto de familia. Además, no lo entiendo. ¿Qué podrían haber hecho las demás naos redivivas?

—En qué baja estima nos tienes, tesoro. Podríamos haber hecho mucho, pero la amenaza definitiva sería habernos negado a navegar. Todas. Hasta que la Vivacia recibiera un miembro de la familia voluntario.

Althea estaba consternada. Al cabo, consiguió articular:

—¿Habríais hecho eso por nosotras?

—Althea, cariño, sería por el bien de todas.

A lo mejor eres demasiado joven para acordarte, pero una vez hubo una nao rediviva llamada Dechado .

Recibió un maltrato parecido y enloqueció por culpa de los abusos.

— Ofelia cerró los ojos y meneó la cabeza—.

En aquel momento, no actuamos. Por nuestra ineptitud a la hora de ayudar a uno de los nuestros, Dechado sufrió daños irreparables.

Ninguna nao rediviva entra o sale del puerto del Mitonar sin verlo, sacado del agua y encadenado, abandonado a su locura…

Los barcos hablan, Althea. Oh, chismorreamos tanto o más que los marineros, y nadie chismorrea como ellos.

Forjamos un pacto hace mucho. Si lo hubiéramos sabido, habríamos dado la cara por ti.

Y si las palabras no hubieran bastado, sí, nos habríamos negado a navegar.

No hay tantas naos redivivas como para permitirnos el lujo de ignorar a una de las nuestras.

—No tenía ni idea —musitó Althea.

—Ya, bueno, y quizá yo haya dicho más de la cuenta.

Entiende que, si ese pacto se hiciera de dominio público, se podría…

malinterpretar. No somos rebeldes por naturaleza ni emprenderíamos una rebelión de esas características de no ser preciso.

Pero tampoco nos quedaríamos de brazos cruzados viendo cómo vuelven a maltratar a una de las nuestras.

—El acento arrastrado de una alcahueta había abandonado su voz.

Althea oía ahora las palabras de una matriarca del Mitonar.

—¿Es demasiado tarde para pedir ayuda?

—Bueno, estamos muy lejos de casa. Llevará tiempo.

Confía en mí para transmitir el mensaje a las otras naos redivivas con las que nos crucemos.

No intentes hablar por ti misma. No podremos hacer gran cosa hasta que la Vivacia regrese al puerto del Mitonar.

Oh, espero estar allí. No me lo perdería por nada del mundo.

En ese momento, yo (u otra, aunque espero que me toque a mí)…

le pediré que me cuente su versión de tu historia.

Si se siente tan agraviada como tú, y estoy segura de que será así, pues puedo leerte casi con tanta claridad como a una de mi especie, entonces actuaremos.

Siempre hay una o dos naos redivivas en el puerto del Mitonar.

Hablaremos con nuestras familias y, conforme vayan llegando otras naos, se unirán a nosotras, solicitando a sus familias que hablen también con los Vestrit.

La idea, verás, es presionar a nuestras propias familias para que ellas presionen a la tuya.

La presión definitiva, claro, sería si todas nos negáramos a navegar.

Es, francamente, una medida que espero no tener que tomar nunca. Pero lo haremos si es preciso.

Althea se quedó callada un buen rato.

—¿Qué estás pensando? —le preguntó Ofelia al final.

—Que he desperdiciado casi un año entero lejos de mi nao.

He aprendido muchas cosas, y creo que ahora soy mejor marinera que antes.

Pero nunca podré recuperar el milagro de esos primeros meses de su vida.

Tienes razón, Ofelia . Perversa y sin corazón.

O puede que simplemente estúpida y cobarde.

No sé cómo pude dejar que se enfrentara sola a Kyle.

—Todas cometemos errores, tesoro —le aseguró Ofelia con delicadeza—. Ojalá todos pudieran enmendarse tan fácilmente como este. Por supuesto que te devolveremos a bordo de tu propia nao. Por supuesto que sí.

—No sé cómo darte las gracias. —Era como poder volver a respirar hondo o enderezar la espalda tras soportar una pesada carga mucho tiempo.

Nunca se le hubiera ocurrido que las naos redivivas podían compartir esos sentimientos unas por otras.

Su lazo individual con la Vivacia era lo único que había percibido.

Nunca se había parado a pensar que con el tiempo su nao podría entablar amistad con otras.

Que la Vivacia y ella podrían tener aliados más allá de la otra.

Ofelia soltó su característica risita gutural.

—Bueno, todavía me tienes que responder a una pregunta.

Althea sacudió la cabeza y sonrió.

—Me has hecho muchas más de tres preguntas.

—¡No lo creo! —declaró Ofelia con altanería—. Yo solo recuerdo haberte preguntado tu nombre. El resto me lo has contado por voluntad propia. Has desembuchado a gusto, niña.

—Bueno, a lo mejor sí. No, espera. Recuerdo claramente que me has preguntado por qué no acudí a las naos redivivas en busca de ayuda.

—Eso no era una pregunta, sino una simple estrategia de conversación. Pero, aunque te concediera eso, seguirías debiéndome una respuesta.

Althea se sentía inclinada a ser generosa.

—Entonces, pregunta.

Ofelia sonrió y una chispa maliciosa relumbró en sus ojos. Por un segundo, se sujetó la punta de la lengua entre sus blancos dientes. Luego se apresuró a preguntar:

—¿Quién es ese hombre de ojos oscuros que te da esos… sueños tan estimulantes?