Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 31 #5
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—Ahora es demasiado tarde —repuso bruscamente Vivacia . Luego lo suavizó—: Ya no quiero hablar de ello. Tal vez desee desentrañarlo por mí misma. Quizá vaya siendo hora de hacerlo yo sola, en vez de dejar que siempre lo haga un Vestrit por mí.

Ahora le tocaba a Wintrow sentirse abandonado y repudiado.

—Pero… ¿qué puedo hacer yo?

Vivacia se giró para mirarlo, casi con bondad en sus ojos verdes.

—Un esclavo haría esa pregunta y aguardaría la respuesta.

Un sacerdote conocería la respuesta por sí solo.

—Sonrió casi—. ¿O se te ha olvidado quién eres sin mí?

—Hizo la pregunta, pero no esperó la respuesta.

Le dio la espalda. Con la cabeza alta, se quedó mirando el horizonte. Le había cerrado la puerta.

Transcurrido un momento, Wintrow se animó a ponerse de pie.

Encontró el cubo que Sute le había traído antes y lo bajó por la borda.

La cuerda tironeó con fuerza en sus manos mientras se llenaba el caldero.

Pesaba cuando volvió a izarlo. Tomó el trapo que había usado antes.

Vivacia no le dirigió la mirada mientras se marchaba con su cubo y su trapo a las bodegas de los esclavos.

«No sé si puedo hacer esto —pensó desolada—.

No sé cómo ser yo sin ayuda. ¿Y si me vuelvo loca?

». Miró más allá de las islas y las rocas que punteaban el amplio canal, hacia el horizonte.

Desplegó sus sentidos, saboreando el viento y el agua.

Enseguida reparó en las serpientes. No solo en la blanca que avanzaba tras su estela como un perro gordo tras su correa, sino también en las otras que la seguían a distancia.

Les cerró la puerta de sus pensamientos.

Deseó poder hacer lo mismo con la miseria de los esclavos de su interior y la confusión de la tripulación.

Pero los humanos estaban demasiado cerca de ella, tocaban su tronconjuro en demasiados lugares.

A su pesar, era consciente de Wintrow mientras este vagaba de un esclavo a otro, enjugando rostros y manos con el trapo mojado en agua fría, ofreciendo el pequeño consuelo que podía.

«Sacerdote y Vestrit al mismo tiempo», pensó.

Se sintió extrañamente orgullosa del muchacho, como si fuera suyo.

Pero no lo era. Con cada instante de separación que pasaba, comprendía mejor esta verdad.

Los humanos y sus emociones la colmaban, pero no eran ella.

Intentó aceptarlos, condensarlos y sentirse aislada de ellos.

O bien no podía, o bien no había mucho de ella.

Al cabo, levantó la cabeza y apretó la mandíbula.

«Si no soy más que un barco, seré un barco orgulloso».

Localizó el caudal de la corriente del canal y se acercó a él.

Con pequeños movimientos, apenas perceptibles incluso para ella, alineó sus tablas, acicalándose.

Gantry estaba ahora al timón y Vivacia percibió su inesperado placer al notar lo bien que corría ante el viento.

Podía confiar en él. Cerró los ojos al vendaval que le acariciaba la cara e intentó dejar que acudieran los sueños.

«¿Qué quiero de mi vida?», les preguntó.

—Engañaste a mi capitán —la Ofelia tenía una voz ronca y cortesana, dulce como la miel oscura—, muchacho —añadió a la postre.

Dirigió a Althea una mirada de soslayo. Ofelia , como tantos mascarones de proa de su época, estaba colocada sobre el pico de la nave y no en la proa bajo el bauprés.

La mirada que lanzó a Althea por encima de su ancho hombro desnudo era una severa advertencia contra cualquier mentira.

Althea no se atrevió a responder. Estaba sentada con las piernas cruzadas en una pequeña pasarela que se había construido, según le habían dicho, solo para que a Ofelia le resultara más sencillo socializar.

Meneó el enorme cubilete que tenía en las manos.

Era exagerado, igual que los dados de su interior.

Eran propiedad de la Ofelia . Al descubrir que había un marinero «extra» a bordo, había exigido de inmediato que Althea pasara parte de sus guardias entreteniéndola.

A Ofelia le entusiasmaban los juegos de azar, pero sobre todo, sospechaba Althea, porque así tenía tiempo para chismorrear.

También sospechaba que la nao hacía trampas sistemáticamente, pero había decidido pasarlo por alto.

Ofelia llevaba a rajatabla la cuenta de lo que le debía cada miembro de la tripulación.

Algunas de sus tarjas lucían las muescas de años.

La vara de Althea mostraba ya un generoso número de marcas.

Abrió la cajita, miró en su interior y frunció el ceño.

—Tres gaviotas, dos peces —anunció, e inclinó la caja para que la inspeccionara el mascarón—. Otra vez ganas tú.

—Pues sí —convino Ofelia . Dirigió a Althea una sonrisa torcida—. ¿Subimos la apuesta esta vez?

—Ya te debo más de lo que tengo —señaló Althea.

—Precisamente. Así que, a menos que cambiemos de moneda, no tendré ninguna posibilidad de que me pagues. Qué tal esto: juguemos por tu pequeño secreto.

—¿Para qué molestarse? Creo que ya lo sabes.

—Althea rezó para que Ofelia solo conociera su sexo.

Si eso era cuanto sabía la nao y cuanto podía revelar, entonces aún estaba a salvo.

La violencia a bordo de una nao rediviva no era algo sin precedentes, pero sí raro.

Las emociones que irradiaban de la violencia eran demasiado enervantes para la embarcación.

La mayoría de las naos desdeñaban la violencia, aunque se rumoreaba que el Calvero tenía una veta mezquina y una vez había solicitado que azotaran a un marinero incompetente que le había tirado pintura por encima.

Pero Ofelia , pese a sus aires de grandeza, era una dama, y además bondadosa.

Althea dudaba que fueran a violarla a bordo de la nao, aunque el tosco cortejo de un marinero que intentara ser galante podría ser casi igual de feroz y peligroso.

«Acuérdate de Brashen, por ejemplo», pensó, antes de desear no haberlo hecho.

Últimamente pensaba en él en los momentos más insospechados.

Probablemente debería haberlo buscado en Candeleda para despedirse de él.

Eso era lo único que añoraba, haber puesto el broche definitivo a las cosas.

Por encima de todo, nunca debería haber permitido que él dijera la última palabra.

—Bueno, tienes razón, sé al menos parte de la verdad.

— Ofelia soltó una risa ronca. Tenía los labios pintados de escarlata, su única concesión al maquillaje.

Sus dientes se veían muy blancos cuando se reía.

Bajó las pestañas y la voz para añadir en voz más baja—: Y ahora mismo soy la única que la sabe.

Seguro que te gustaría que siguiera siendo así.

—Seguro que así seguirá —repuso dulcemente Althea, meneando con fuerza el cubilete—. Pues una dama tan magnánima como tú jamás se rebajaría a desvelar el secreto de otra.

—¿No? — Ofelia sonrió con una comisura—. ¿No crees que tengo el deber de revelar a mi capitán que uno de sus marineros no es quien dice ser?

—Mmm. —Podría ser un viaje a casa de lo más incómodo si Tenira decidiera confinarla—. Ya. ¿Qué propones?

—Tres vueltas. Siempre que gane, podré hacerte cualquier pregunta, a la que tú deberás responder con sinceridad.

—¿Y si gano yo?

—Te guardaré el secreto.

Althea negó con la cabeza.

—Tu apuesta no es tan alta como la mía.

—Puedes hacerme una pregunta.

—No. Todavía no es suficiente.

—Bueno, ¿qué quieres, entonces?

Althea sacudió la caja de dados, pensativa.

Pese a la época del año, el día casi era cálido, efecto de los sofocantes pantanos al oeste de su posición.

Toda esta franja de costa se componía de pantanos, islas pobladas de matas de hierba y fluctuantes bancos de arena que cambiaban con las estaciones.

El agua caliente que se mezclaba aquí con el piélago era terrible para los barcos corrientes; caldo de lombrices de mar y otras pestes.

Pero el casco de tronconjuro de la Ofelia lo resistiría.

Una ocasional vaharada de azufre era el único precio que tenían que pagar por ello.

El viento revolvía las hebras de cabello que se habían liberado de la coleta de Althea y mitigaba el dolor de sus articulaciones, fruto del trabajo duro.

Pese a su título de mano de obra «extra», Tenira había encontrado multitud de tareas con que tenerla ocupada.

Pero el capitán era un hombre justo y Ofelia , una nao hermosa y de buen humor.

Y Althea comprendió de pronto lo contenta que estaba desde hacía una semana.

—Ya sé lo que quiero —musitó—. Pero ni siquiera estoy segura de que puedas dármelo.

—Piensas en voz alta. ¿Alguna vez te lo han dicho? Creo que me gustas casi tanto como yo a ti. —La afectuosidad dotaba de calidez a las palabras de Ofelia —. Quieres que le pida a Tenira que te mantenga a bordo, ¿verdad?

—Es algo más que eso. Me gustaría que supiera quién soy y que, aun así, estuviera dispuesto a ofrecerme trabajo.

—Ay —protestó en tono de burla Ofelia —. Esa es una apuesta muy elevada. Y, por supuesto, no podría prometerte nada, solo que lo intentaría. —Le guiñó el ojo—. Menea esa caja, niña.

La nao ganó la primera ronda con facilidad.

—En fin. Pregunta —dijo Althea en voz baja.

—Todavía no. Quiero saber de cuántas preguntas dispongo antes de empezar.

Las dos vueltas siguientes fueron para ella igual de rápido que la primera. Althea seguía sin adivinar cómo hacía trampas; las enormes manos del mascarón de proa tapaban casi todo el cubilete.

—Bueno —ronroneó Ofelia mientras le pasaba la caja a Althea para que inspeccionara su última tirada ganadora—. Tres preguntas. Veamos. —Deliberó un momento—. ¿Cuál es tu verdadero nombre completo?

Althea suspiró.

—Althea Vestrit. —Habló en voz muy baja, sabedora de que la nao la oiría de todos modos.