Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 31 #4
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—Tonterías —gruñó Kyle. Ya estaba bien. Dominó la repulsa que sentía por su propia ira desatada.

Conque había perdido los estribos. Bueno, bien sabía Sa que últimamente habían puesto a prueba su paciencia.

Ya era hora de dejarles claro a todos que no pensaba tolerar más tonterías.

Subió a la barandilla y se situó junto a su segundo de a bordo—.

Gantry, no la animes a seguir lloriqueando.

No la animes a comportarse como una niña.

—Miró a Vivacia y sus ojos se encontraron—.

Nao, vas a navegar. Así de sencillo. Puedes navegar voluntariamente o navegar como una balsa hecha de piel de vaca, pero navegarás.

Me importa un comino si estás contenta o no.

Tenemos trabajo que hacer y lo haremos. Si no te gusta tener la bodega llena de esclavos, bueno, pues ve más deprisa, maldita seas.

Cuanto antes lleguemos a Chalaza, antes nos desharemos de ellos.

En cuanto a Wintrow, no hay forma de hacerlo feliz.

No quería comportarse como mi hijo, no quería ser el grumete de a bordo.

Él mismo se hizo un esclavo. Así que eso es lo que es ahora.

Tiene tu semblante tatuado en la cara. Es tuyo, puedes hacer con él lo que te plazca.

Si no te agrada, por mí puedes tirarlo por la borda.

Kyle se calló. Se había quedado sin aliento y todos estaban mirándolo. No le gustaba la expresión de Gantry. Lo miraba como si estuviera loco. Había una profunda intranquilidad en sus ojos. A Kyle no le gustaba.

—Gantry. Haz la guardia —le espetó. Alzó la vista—. Arriad las velas, hasta el último palmo, y que se den prisa los hombres. Hay que mover esta bañera. Si una gaviota se tira un pedo a nuestro lado, quiero usar el viento.

Se encaminó a su camarote a zancadas. Había comprado incienso en la ciudad de Jamaillia, siguiendo el consejo de un veterano capitán de barcos de esclavos. Lo quemaría y se libraría del hedor de los esclavos durante un rato. Se libraría de todos ellos durante un rato.

La nao había recuperado casi la calma. En un barco de esclavos no reinaba nunca la paz absoluta.

Siempre se oían gritos procedentes de algún rincón de la bodega.

La gente clamaba por agua, por aire, se alzaban voces suplicantes que imploraban la simple luz del sol.

Se producían peleas entre los esclavos. Era asombroso el daño que podían llegar a infligirse dos hombres cargados de cadenas.

El hacinamiento y la peste, las parcas raciones de pan de a bordo y agua hacían que se abalanzaran unos sobre otros como ratas en un barril inundado por la lluvia.

«No eran tan distintos —pensó Wintrow— de Vivacia y de mí».

A su manera, ambos eran como los esclavos apretujados abajo.

No tenían espacio que interponer entre ellos, ni siquiera en sus pensamientos y sueños.

Ninguna amistad podría sobrevivir a semejante confinamiento forzoso, en especial cuando la culpa era un tercero invisible atrapado entre ellos.

Él la había abandonado, la había dejado a su suerte.

Y en cuanto a ella, estaba el único comentario que había susurrado al ver por primera vez su cara señalada.

«Es culpa mía —había dicho—. De no ser por mí, no te habría pasado nada de esto».

«Cierto —había tenido que convenir él con ella—. Pero eso no quiere decir que tú tengas la culpa».

A juzgar por la expresión horrorizada de la nao, Wintrow supo que sus palabras la herían. Pero se sentía demasiado exhausto y abatido como para suavizarlas con más palabras inútiles.

Eso había ocurrido hacía horas, antes de que su padre lo agrediera.

Vivacia no había vuelto a abrir la boca desde que se marchó Gantry.

Wintrow se había ovillado en la esquina de su proa, preguntándose qué mosca le habría picado a su padre.

Se preguntó si volvería a atacarlo por sorpresa.

Estaba demasiado descorazonado para hablar.

No sabía qué era lo que había acallado a Vivacia , pero su silencio era casi una bendición.

Cuando la nao habló al fin, sus palabras sonaron banales:

—¿Qué vamos a hacer?

La futilidad de la pregunta mortificó a Wintrow. Volvió a doblar el trapo húmedo hasta encontrar un punto más fresco y se lo aplicó a la cara hinchada. Las palabras, amargas, afloraron a sus labios:

—¿Hacer? ¿Por qué me preguntas? Ya no tengo elección sobre lo que haré. Más bien deberías decirle a tu esclavo cuáles son tus órdenes.

—Yo no tengo ningún esclavo —repuso Vivacia con glacial dignidad. Su voz se impregnó gradualmente de ofensa—. Si deseas complacer a tu padre considerándote un esclavo, di que le perteneces a él. No a mí.

La frustración acumulada de Wintrow encontró un blanco:

—Di más bien que mi padre está empeñado en complacerte a ti, sin reparar en lo que pueda hacerme a mí. De no ser por tu extraña naturaleza, nunca me hubiera obligado a servir a bordo de ti.

—¿Mi extraña naturaleza? ¿Y de dónde sale esta? No de mi voluntad. Soy lo que tu familia ha hecho de mí. Hace un momento hablabas de elecciones, diciendo que ya no tenías ninguna. Yo nunca he tenido ninguna. Soy más esclava de lo que pueda hacerte ningún tatuaje en la cara.

Wintrow soltó un bufido de incredulidad. Su rabia se elevaba para medirse con la de la nao.

—¿Que tú eres una esclava? Enséñame el tatuaje en tu rostro, los grilletes en tus muñecas. Para ti es fácil decir esas palabras. Vivacia , esto no es ningún juego. Esta marca estará en mi cara para el resto de mi vida. —Se obligó a expulsar las amargas palabras de sus labios—: Soy un esclavo.

—¿Sí? —La voz de Vivacia era inflexible—.

Antes decías que eras un sacerdote y que nadie podría arrebatarte eso.

Pero eso, naturalmente, fue antes de que te escaparas.

Desde que te trajeron de vuelta, no has hecho sino demostrarme lo contrario.

Pensaba que tenías más coraje, Wintrow Vestrit.

Más determinación por moldearte a ti mismo.

La ofensa que le produjeron esas palabras lo abrumó. Se sentó erguido para mirarla por encima del hombro.

—¿Qué sabrás tú de coraje, nao? ¿Qué sabrás tú de nada que sea humano?

¿Qué puede ser más degradante que tener a alguien que tome todas las decisiones por ti, que te diga que eres una «cosa» que le «pertenece»?

¿Perder todo el derecho a decidir adónde ir o qué hacer?

¿Cómo puede mantener nadie así dignidad, o fe, o esperanza en el futuro? A mí me vas a hablar de coraje…

—¿Qué puedo saber yo del coraje? ¿Qué puedo saber de esas cosas? —La expresión que volvió hacia él era espantosa—. ¿Cuándo he conocido nada aparte de ser una «cosa», una posesión? —Le llamearon los ojos—. ¡Cómo te atreves a reprocharme esas cosas!

Wintrow se quedó boquiabierto. Por un momento se sintió destrozado, pero luego intentó recuperarse.

—¡No es lo mismo! Para mí es más difícil. Nací siendo humano y…

—¡Silencio! —restalló la orden de Vivacia —.

Yo no he puesto nunca mi marca sobre tu cara, pero tu familia dedicó tres generaciones a poner su marca sobre mi alma.

¡Sí, alma! ¡Esta «cosa» se atreve a afirmar que la tiene!

—Lo miró de arriba abajo y se le hizo un nudo en la garganta; una expresión extraña le nubló el rostro, de tal manera que por un momento pareció que fuera una extraña la que lo observaba—.

Estamos peleando —dijo la nao, asombrada—.

Reñimos. —Asintió para sí, casi complacida—.

Si puedo estar en desacuerdo contigo, es que yo no soy tú.

—Claro que no. —Le desconcertó esa incursión en el terreno de lo evidente.

Luego su irritación con ella regresó—. Yo no soy tú y tú no eres yo.

Somos seres distintos, con necesidades y deseos distintos.

Si no te habías dado cuenta antes de ahora, ya iba siendo hora.

Tienes que empezar a ser tú misma, Vivacia , y descubrir tus ambiciones, tus deseos y pensamientos.

¿Alguna vez te has parado a pensar en qué quieres, aparte de poseerme?

Con una brusquedad que le asombró, Vivacia se separó del chico.

Apartó la vista de él, pero era mucho más que eso.

Wintrow boqueó como si lo hubieran bañado en agua fría y un escalofrío lo estremeció, seguido de un mareo.

De no haber estado sentado, se hubiera caído.

Se abrazó, pues de repente el viento parecía más frío sobre su piel. Maravillado, admitió:

—No sabía cuánto estaba esforzándome por separarme de ti.

—¿No? —preguntó la nao, casi con delicadeza.

Su rabia anterior había desaparecido. ¿O no?

Wintrow ya no podía sentir lo mismo que ella.

Se incorporó para asomarse a la barandilla y se descubrió intentando leer sus emociones a partir de la postura de sus hombros.

Vivacia no le devolvió la mirada—. Estamos mejor separados —afirmó ella, tajante.

—Pero… —Wintrow titubeó antes de continuar— pensaba que una nao rediviva debía tener un compañero, alguien de su familia.

—Eso no parecía importarte cuando te escapaste. No dejes que te preocupe ahora. —Su voz era brusca.

—No pretendía herir tus sentimientos —aventuró Wintrow. Su propia rabia se había esfumado. ¿Quizá solo había estado sintiendo la de ella?—. Vivacia . Estoy aquí, tanto si me gusta como si no. Mientras tenga que estar aquí, no hay motivo para…

—El motivo es que siempre te has guardado de mí. Tú mismo acabas de admitirlo. Y otro motivo es que tal vez ya sea hora de descubrir quién soy sin ti.

—No lo entiendo.

—Eso es porque cuando intenté decirte algo importante, antes, no me hiciste caso. —Su voz no sonaba dolida. Había en ella más bien una calma estudiada que a Wintrow le recordó a Berandol, cuando su tutor intentaba recalcar una lección evidente.

—Supongo que no —confesó humildemente—. Te escucharé ahora si quieres.