31 #3
Por toda la nave fueron elevándose otras voces en una maraña de confusión.
Los miembros de la tripulación se gritaban, exigiendo saber qué estaba pasando, mientras en las bodegas los esclavos chillaban inarticuladamente, aterrorizados por todo —un incendio, una vía de agua o una tormenta— lo que podría abatirse sobre ellos mientras estaban encadenados en la oscuridad por debajo de la línea de flotación.
El miedo y la miseria de la nao eran palpables, un denso miasma que hedía a excrementos humanos y a sudor y dejaba un sabor cobrizo en la boca de Kyle y una untuosa pátina de desesperanza en su piel.
—¡Basta! ¡Basta! —se oyó gritar Kyle con voz ronca, pero no estaba seguro de a quién iba dirigida la orden. Agarró a Wintrow por la pechera de su túnica maltrecha. Zarandeó al muchacho rendido, aunque no era él con quien batallaba.
Gantry apareció en la cubierta, descalzo y descamisado, con la pálida confusión del sueño interrumpido plasmada en el rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó, y al ver entonces la cabeza de la serpiente elevada casi a la altura de la cubierta, ahogó un grito.
Estando lo más cerca del pánico que Kyle le había visto nunca, aferró una piedra pulidora de la cubierta.
La sujetó con las dos manos, retrocedió y se la tiró a la serpiente con tanta fuerza que Kyle oyó el crujido de sus músculos.
La serpiente la esquivó con un leve balanceo del cuello y a continuación se perdió de vista hundiéndose despacio bajo las aguas. Era visible tan solo como una irregularidad en la pauta de las olas.
Como si despertara de una pesadilla, todo propósito y comprensión de lo que estaba haciendo abandonaron entonces a Kyle. Miró al muchacho que sostenía sin tener una idea clara de lo que se había propuesto hacer con él. Las fuerzas lo abandonaron. Dejó caer al muchacho en la cubierta, a sus pies.
Respirando trabajosamente, Gantry se volvió hacia Kyle.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Cómo ha empezado esto?
Vivacia profería ahora unos grititos jadeantes, a los que los esclavos de las bodegas respondían con chillidos incoherentes. Wintrow seguía despatarrado donde lo había soltado Kyle. Gantry dio dos pasos y miró al muchacho, antes de levantar la vista hacia Kyle con incredulidad.
—¿Esto lo has hecho tú? —preguntó—. ¿Por qué? El chico ha perdido el sentido.
Kyle se limitó a quedarse mirándolo, sin habla. Gantry meneó la cabeza y levantó la vista hacia el cielo como si implorara ayuda de arriba.
—¡Tranquilízate! —le espetó al mascarón de proa—.
Me ocuparé de él. Pero cálmate, estás sacando a todo el mundo de quicio.
¡Sute! Sute, quiero el arca de las medicinas.
Y dile a Torg que quiero las llaves de estas estúpidas cadenas.
Calma. Calma, mi señora, que pronto volverán las cosas a la normalidad.
Por favor, tranquilízate. Ya se ha ido, voy a ver al muchacho.
—A un marinero boquiabierto le gritó—: ¡Evans!
Ve abajo, despierta a los de mi turno. Diles que bajen con los esclavos y los apacigüen, diles que no hay nada que temer.
—La toqué —oyó Kyle que le decía Vivacia a Gantry, sin aliento—. La golpeé y, cuando la toqué, me reconoció. ¡Solo que no era yo!
—No pasa nada —insistió Gantry con terquedad.
La nave volvió a ladearse cuando Vivacia se inclinó cuanto pudo para lavarse las manos en el mar. Seguía emitiendo unos ruiditos de pavor.
Kyle se obligó a contemplar a su hijo. Wintrow estaba muy ausente.
Se masajeó los nudillos hinchados de la mano derecha y supo de repente con cuánta fuerza había pegado al muchacho.
Lo bastante fuerte como para saltarle algunos dientes por lo menos, lo suficiente como para partirle la cara.
Maldición. Estaba dispuesto a dar de comer el chico a la serpiente.
Su propio hijo. Sabía que había golpeado a Wintrow, recordaba haberlo hecho.
Lo que no lograba recordar era por qué. ¿Qué lo había incitado a ello?
—Está bien —gruñó para Gantry—. Seguro que está fingiendo.
—Seguro —respondió Gantry con sarcasmo. Tomó aliento como si fuera a decir algo, pero de repente cambió de opinión. Un momento después dijo en voz baja—: Señor, deberíamos fabricar algún tipo de arma. Un arpón o una lanza, lo que sea. Para ese monstruo.
—Así solo conseguiríamos hacerlo enfadar —dijo Kyle, nervioso—. Las serpientes siguen todo el tiempo a los barcos de esclavos. Nunca he oído que ataquen a la misma nave. Se conforman con los esclavos muertos.
Gantry lo miró como si no lo hubiera oído bien.
—¿Y si no tenemos ninguno? —preguntó, pronunciando con claridad cada palabra—.
¿Y si somos tan competentes y tan buenos como dijisteis que seríamos y no se nos muere la mitad por el camino?
¿Y si le entra hambre? ¿Y si a la nao no le gusta?
¿No deberíamos intentar librarnos de ella?
—Sus ojos se posaron demasiado tarde en los marineros ociosos que empezaban a congregarse para escuchar esta conversación—.
¡Volved al trabajo! —les espetó—. Si hay alguien sin nada que hacer, que me avise.
Ya le encontraré yo algo. —Mientras los marineros se dispersaban, volvió a concentrarse en Wintrow—.
Creo que solo está aturdido. ¡Sute! —aulló de nuevo, justo cuando el joven marinero aparecía con las llaves en una mano y la caja de medicinas bajo el brazo.
Wintrow estaba revolviéndose y Gantry lo ayudó a sentarse. El muchacho se incorporó a medias con los brazos separados y apoyados en la cubierta a su espalda, y observó con ojos vidriosos cómo abría Gantry los grilletes de sus pies.
—Esto es una estupidez —siseó el hombre con rabia.
Contempló ofendido las llagas supurantes de los tobillos de Wintrow antes de ladrar una orden por encima del hombro—: Sute, tráele un cubo de agua de mar.
—Volvió a concentrarse en el muchacho que tenía delante—.
Wintrow, lávate bien las heridas con agua salada y luego ponte una venda.
No hay nada como el agua de mar para sanar los cortes.
Te dejará una buena cicatriz, sólida. Dímelo a mí, que tengo mi ración de ellas.
—Arrugó la nariz con desagrado—. Y aséate, ya que estás en ello.
Los que están encadenados ahí abajo tienen excusa para apestar. Tú no.
Gantry miró de reojo a Kyle, que todavía los vigilaba.
Miró a su capitán a los ojos y se atrevió a menear la cabeza en señal de desaprobación.
Kyle tensó la mandíbula, pero no dijo nada.
Luego Gantry se puso de pie y se apartó de ellos para ver qué hacía Vivacia .
Esta había estirado el cuello y torcido la cabeza para presenciar lo que ocurría.
Tenía los ojos muy abiertos y las manos apretadas contra el pecho.
—Vale —le dijo Gantry con calma—, ya me he cansado. ¿Qué es lo que quieres para empezar a comportarte?
Abordada de forma tan directa, Vivacia casi se apartó de él. Se quedó callada.
—¿Y bien? —inquirió Gantry, indignado—. Has puesto a prueba la paciencia de todo el mundo. Por el amor de Sa, ¿qué quieres para estar contenta? ¿Música? ¿Compañía? ¿Qué?
—Quiero… —La nao se interrumpió y pareció perder el hilo de la conversación—. La toqué, Gantry. La toqué. Y me reconoció y me dijo que yo no era Vivacia ni pertenecía a los Vestrit. Dijo que les pertenecía a ellas. —Ahora desvariaba, pensó Kyle con fastidio. Balbuceaba como una idiota.
— Vivacia —le dijo Gantry con severidad—, las serpientes no hablan. No te dijo nada, solo te asustó. Nos ha dado un buen susto a todos, pero ya pasó. Nadie está malherido. Aunque tú podrías habernos lastimado a todos, con tu imprudente comportamiento y…
La nao no parecía estar escuchando. Vivacia arrugó su ceño de madera y lo dejó fruncido; luego pareció recordar la primera pregunta.
—Lo que quiero es que sea como antes. —Era un ruego desesperado.
—¿Antes de qué? —preguntó Gantry con exasperación.
Kyle sabía que el hombre ya había sido derrotado.
No tenía sentido preguntarle al barco qué quería, siempre quería lo que nadie podía darle.
Era una caprichosa, eso era todo, una hembra malcriada con delirios de grandeza.
Intentar complacerla era una táctica errónea.
Cuanto más la mimara Gantry, más los mangonearía a todos.
Así eran las mujeres. ¿Por qué no habían tallado una figura masculina como mascarón de proa? Un hombre hubiera atendido a razones.
—Antes de Kyle —dijo despacio Vivacia . Se giró para fulminarlo con la mirada—.
Quiero que Ephron Vestrit vuelva a gobernar el timón.
Y que Althea esté a bordo. Y Brashen. —Levantó las manos para ocultar el rostro y les dio la espalda—.
Quiero volver a estar segura de quién soy. —Le temblaba la voz como a una niña.
—No puedo concederte eso. Nadie puede. —Gantry sacudió la cabeza—. Venga, nao. Estamos haciendo todo lo posible. Le he quitado las cadenas a Wintrow. No puedo obligarle a ser feliz. No puedo obligar a los esclavos a estar contentos. Hago todo lo que puedo. —El hombre estaba a punto de suplicarle.
Vivacia meneó la cabeza despacio.
—No puedo seguir así —dijo, y había lágrimas en su voz apagada—. Lo siento todo, ¿sabes? Lo siento todo.