Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 31 #2
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El condenado barco apestaba, mucho más de lo que le había advertido Torg.

Olía peor que una letrina, más bien como un matadero.

Ya habían tenido que tirar tres fiambres por la borda.

Una parecía haberse suicidado. La habían encontrado despatarrada en medio de sus cadenas; se había arrancado jirones de ropa y se los había metido en la boca hasta asfixiarse.

¿Cómo podía cometer alguien semejante estupidez?

Aquello había impresionado a varios hombres, aunque ninguno le había dicho nada.

Volvió a echar un vistazo a estribor. La dichosa serpiente lo seguía sin dejar de mirarlo. Kyle torció la cabeza.

L e recordaba al tatuaje de la cara del muchacho.

Era igual de inevitable. No debería haberlo hecho.

Se arrepentía, pero no había forma de enmendarlo y sabía que Wintrow nunca lo perdonaría por ello, de modo que no tenía sentido disculparse.

Ni con el muchacho ni con su madre. Le odiarían por ello hasta el fin de sus días.

Daba igual que el chico no hubiera sufrido ningún daño grave; no era como si lo hubieran dejado ciego o le hubieran cortado una mano.

Solo era una marca. Un montón de marineros lucían tatuajes de su barco o del mascarón de proa de sus naves.

No en la cara, pero era lo mismo. Aun así.

A Keffria le iba a dar un ataque cuando lo viera.

Cada vez que miraba a Wintrow, lo único que le venía a la mente era el rostro horrorizado de su mujer.

Ya ni siquiera podía aguardar con anhelo la vuelta a casa.

Daba igual cuánto dinero llevara, lo único que iban a ver era el tatuaje en el rostro del chico.

Junto a la nao, la cabeza de la serpiente se levantó del agua y lo escudriñó con malicia.

Kyle descubrió que sus furiosas zancadas lo habían llevado a la otra punta de la nave, hasta el castillo de proa.

Allí estaba su hijo hecho un ovillo. Este era su heredero.

Este era el muchacho que había imaginado gobernando el timón algún día.

Era una condenada lástima que Malta fuera una chica.

Como heredera hubiera sido mucho mejor que Wintrow.

Lo atravesó un repentino relámpago de rabia, despejando sus ideas.

Todo era culpa de Wintrow, ahora se daba cuenta.

Había traído al muchacho para tener contenta a la nave y hacer que navegara bien, y solo había conseguido que Vivacia se mostrara irascible y taciturna.

Bueno, si no iba a navegar bien con el muchacho a bordo, entonces no había ningún motivo para tener que seguir soportando al muy quejica.

De dos zancadas llegó hasta Wintrow, lo agarró del cuello de la camisa y lo puso en pie de un tirón.

—¡Tendría que echarte a esa condenada serpiente! —gritó al sobresaltado muchacho que colgaba de su presa.

Wintrow alzó la atónita mirada y la clavó en los ojos de su padre. No dijo nada, con las mandíbulas apretadas para guardar silencio.

Levantó la mano y, cuando Wintrow se negó a acobardarse, abofeteó a su hijo con toda la fuerza que pudo reunir, sintiendo un fuerte cosquilleo en los dedos al impactar con la cara tatuada.

Wintrow salió volando de espaldas, con los pies enredados en sus tintineantes grilletes, y golpeó la cubierta con fuerza.

Se quedó tendido donde había caído, desafiando a su padre con su total falta de resistencia.

—¡Maldito seas, maldito seas! —rugió a Wintrow, y cargó contra el muchacho.

Se proponía arrojarlo por la borda y dejar que se hundiera.

No era solo la solución perfecta, era la única salida digna que le quedaba.

Nadie se lo echaría en cara. El muchacho era una vergüenza y un tonto.

Tenía que deshacerse del quejumbroso curilla antes de que pudiera seguir abochornándole.

Junto a la nao, una cabeza mortalmente blanca se elevó con brusquedad del agua, con las fauces abiertas, expectante.

La boca escarlata era sobrecogedora, al igual que los ojos rojos que rutilaban esperanzados.

Era grande, más grande de lo que le había parecido a Kyle a simple vista.

Seguía el ritmo de la Vivacia sin esfuerzo, incluso con una gran parte de ella fuera del agua. Esperaba su comida.

La maraña había seguido a su donante hasta lo que Shreever reconocía ahora como uno de sus lugares de descanso, cuando Maulkin se arqueó sobre sí mismo y salió disparado en dirección contraria.

Surcaba la Abundancia como si persiguiera una presa, aunque Shreever no veía nada digno de semejante esfuerzo.

—Seguidme —ordenó a las demás, y partió tras Maulkin.

Sessurea no estaba lejos detrás de ella.

En cuestión de momentos se dio cuenta de que el resto de la maraña no le había hecho caso.

Se habían quedado con el donante, pensando solo en sus estómagos y en los placeres de crecer, mudar la piel y seguir creciendo.

Descartó la traición de su mente y redobló sus esfuerzos por adelantar a Maulkin.

Si le dio alcance fue solo porque él se detuvo. Su lenguaje corporal sugería fascinación. Tenía las fauces abiertas de par en par, sus agallas bombeaban con fuerza mientras se quedaba con la mirada perdida.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Shreever, y entonces percibió una ligerísima traza en el agua. No logró decidir a qué sabía, solo que la sensación era agradable, el cumplimiento de una promesa.

Vio cómo Sessurea se reunía con ellos, notó cómo abría mucho los ojos al captar también el sabor.

—¿Qué ocurre? —repitió el recién llegado.

—Es La que Recuerda —dijo Maulkin con reverente asombro—.

Venid. Debemos encontrarla. —No parecía consciente de que, de toda su maraña, solo dos de sus seguidores se habían reunido con él.

Solo podía pensar en la vaporosa fragancia que amenazaba con dispersarse antes de poder seguir el rastro hasta su origen.

Se impulsaba con una fuerza y una velocidad que Shreever y Sessurea no podían igualar. Lo seguían desesperadamente, intentando no perder de vista sus falsos ojos dorados mientras surcaban las turbias aguas. La fragancia ganaba en intensidad conforme lo seguían, abrumándoles casi los sentidos.

Cuando volvieron a adelantar a Maulkin, este flotaba a una respetuosa distancia de un donante que refulgía plateado en la turbia Abundancia.

Su perfume sobrenadaba espeso en el agua, saciándolos con su dulzura.

La esperanza era un ingrediente de ese olor, y la dicha, pero más densa era la promesa de los recuerdos, recuerdos para que los compartieran todos, conocimientos y sabiduría para quienes los quisieran.

Pero Maulkin se contenía, sin abalanzarse sobre ellos.

—Algo va mal —bramó roncamente. Sus ojos se veían hundidos y pensativos.

Una oleada de color lo recorrió y se desvaneció—.

Esto no está bien. La que Recuerda es como nosotros.

Eso dicen todos los conocimientos sagrados.

Yo solo veo el vientre plateado de un donante.

Y aun así, mis sentidos me dicen que Ella está cerca. No lo entiendo.

Presas de un confuso temor reverencial, contemplaron al donante plateado mientras se movía con languidez ante ellos. Tenía un solo acompañante, una pesada serpiente blanca que lo seguía de cerca. Flotaba en lo alto de la Abundancia, con la cabeza fuera en la Carencia.

—Está hablando con ella. —Maulkin exhaló suavemente—. Le está pidiendo algo.

—Recuerdos —acotó Sessurea. Su melena se encrespó con un estremecimiento de anticipación.

—¡No! —De pronto, Maulkin parecía incrédulo, casi furioso—.

¡Comida! Solo le pide que le lance comida, comida que ella considera indeseable.

—Su cola azotó el entorno con tanta fuerza que el agua se espesó con partículas de barro—.

¡Esto no está bien! —clamó—. ¡Es un ardid y un engaño!

Su fragancia es la de La que Recuerda, pero no es de nuestra especie.

Y está hablando con ella, pero no con ella, pues ella no le contesta, y se nos prometió, se nos prometió eternamente que ella siempre respondería a quien le suplicara. ¡No está bien!

En las profundidades de su ira anidaba un inmenso dolor. Su melena se extendió en toda su longitud, acumulando toxinas en una nube asfixiante. Shreever apartó la cabeza de ella.

—Maulkin —lo llamó con voz queda—. Maulkin, ¿qué debemos hacer?

—No lo sé —respondió él con amargura—. No hay nada de esto en los conocimientos sagrados, nada de esto en mis fragmentados recuerdos.

No lo sé. Por lo que a mí respecta, la seguiré para intentar comprender.

—Bajó la voz—. Si decides volver con el resto de la maraña, no te culparé.

Puede que os haya guiado mal. Puede que todos mis recuerdos hayan sido un engaño de mis propios venenos.

—La desilusión hizo que su melena se recogiera de repente.

Ni siquiera miró para ver si lo seguían mientras seguía al donante plateado y su blanca escolta.

—¡Kyle! ¡Suéltalo! — Vivacia le gritó las palabras, pero no había órdenes en ellas, solo temor.

Se ladeó con violencia para manotear a la serpiente blanca—.

¡Vete, engendro! ¡Aléjate de mí! ¡No será tuyo, jamás será tuyo!

—Su movimiento hizo que el barco entero se balanceara.

Desequilibró su casco, provocando que toda la nave se inclinara con brusquedad.

Abofeteó a la serpiente, ineficaces aspavientos de sus inmensos brazos de madera que sacudieron el barco—.

¡Vete, aléjate! —chilló, y luego—: ¡Wintrow!

¡Kyle! —Mientras Kyle arrastraba a Wintrow hacia la barandilla y la expectante serpiente, Vivacia echó la cabeza hacia atrás y aulló—.

¡Gantry! ¡Por el amor de Sa, sube aquí! ¡Gantry!