Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 31
89%

31

Barcos y serpientes

Era un tatuaje tosco, hecho con prisas y solo con tinta verde. Aun así, era su imagen grabada en el rostro del muchacho. Se lo quedó mirando, horrorizada.

—Es culpa mía —había dicho—. De no ser por mí, no te habría pasado nada de esto.

—Cierto —convino él con cansancio—. Pero eso no quiere decir que tú tengas la culpa.

Le dio la espalda para sentarse en la cubierta.

¿Alcanzaba a sospechar siquiera cómo la herían sus palabras?

Intentó compartir sus sentimientos, pero el muchacho que había vibrado de dolor la noche antes era ahora un remanso de quietud.

Wintrow echó la cabeza hacia atrás e inspiró una gran bocanada del viento limpio que barría las cubiertas de Vivacia . Exhaló.

El timonel intentaba obligarla a regresar al canal principal. Maliciosa, casi con indiferencia, se opuso al timón, estremeciéndose ante la insistencia del hombre. Eso era para Kyle Haven, que creía que podía someterla a su voluntad.

—No sé qué decirte —confesó Wintrow en voz baja—.

Cuando pienso en ti, me siento avergonzado, como si te hubiera traicionado al fugarme.

Pero, cuando pienso en mí, me siento decepcionado, pues casi consigo recuperar mi vida.

No quiero abandonarte, pero tampoco quiero estar aquí atrapado.

—Meneó la cabeza y apoyó la espalda en la barandilla.

Estaba sucio y vestido con harapos, y Torg no le había quitado las cadenas de las muñecas y los tobillos antes de traerlo aquí.

Habló ahora por encima del hombro mientras contemplaba sus velas—: A veces me siento como si fuera dos personas que buscan vidas distintas.

O más bien, ligado a ti, soy una persona diferente que cuando estamos separados.

Cuando estamos juntos, pierdo… algo. No sé cómo llamarlo. Mi capacidad de ser yo mismo.

Un escalofrío de temor recorrió a Vivacia .

Las palabras de Wintrow se parecían demasiado a las que había planeado decirle ella.

Había zarpado de Jamaillia la mañana anterior, pero solo ahora le había traído Torg al muchacho.

Por primera vez había visto lo que le habían hecho.

Su tosca estampa en tinta de color sobre la mejilla de Wintrow resultaba perturbadora.

Ahora no había nada que lo señalara como marinero y menos como hijo del capitán.

Parecía un esclavo cualquiera. Pero, a pesar de todo lo que le había ocurrido, se mostraba tranquilo.

Respondiendo a su pensamiento, Wintrow observó:

—Ya no me quedan emociones. A través de ti, soy todos los esclavos a la vez. Cuando me permito sentirme así, pienso que voy a volverme loco. De modo que me retraigo y procuro no sentir nada.

—Estas emociones son demasiado fuertes —convino Vivacia en voz baja—.

Su sufrimiento es demasiado intenso. Me abruma, hasta el punto de no poder aislarme.

—Se interrumpió, antes de continuar dubitativa—: Era peor cuando ellos estaban a bordo y tú no.

Tu ausencia me hacía sentir como si estuviera a la deriva.

Creo que tú eres el ancla que me mantiene tal y como soy.

Creo que ese es el motivo de que las naos redivivas necesiten a alguien de su familia a bordo.

—Wintrow no respondió, pero Vivacia esperó que su inmovilidad indicara que la estaba escuchando—.

Tomo de ti —admitió—. Tomo y no te doy nada.

Wintrow se sacudió un poco. Su voz sonó lacónica cuando comentó:

—Me has dado fuerzas, y más de una vez.

—Pero solo para mantenerte a mi lado —dijo tentativamente ella—. Te fortalezco para retenerte. Para saber quién soy. —Se armó de valor—. Wintrow, ¿qué era yo antes de ser una nao rediviva?

El muchacho se tocó los grilletes y se frotó los tobillos despellejados con gesto distraído. No parecía entender la importancia de su pregunta.

—Un árbol, supongo. Varios, de hecho, si es que el tronconjuro crece como las demás maderas. ¿Por qué lo preguntas?

—Mientras no estabas, casi pude recordar…

algo más. Como el viento en mi cara, solo que más fuerte.

Me movía muy rápido, por voluntad propia.

Casi recordaba ser… alguien… que no tenía nada de Vestrit.

Alguien distinto de todo lo que he conocido en esta vida.

Era sobrecogedor. Pero… —Dudó, al filo de una idea que no deseaba reconocer.

Tras un largo silencio, confesó—: Creo que me gustaba.

Entonces. Ahora… me parece que tengo lo que los hombres llaman pesadillas…

, si las naos redivivas pudieran dormir.

Pero no duermo, de modo que tampoco me despierto por completo de ellas.

Las serpientes del puerto, Wintrow. —Ahora hablaba deprisa en voz baja, intentando hacerle comprender todo a la vez—.

Nadie más las veía. Ahora todos admiten haber visto a esa blanca enorme que me sigue.

Pero había otras, muchas más, en el barro del fondo del puerto.

Intenté decirle a Gantry dónde estaban, pero me dijo que las ignorara.

Pero no podía, porque de alguna manera me hacían soñar que… ¿Wintrow?

Estaba dormitando con la calidez del sol sobre la piel. Nadie podría reprochárselo después de las penalidades que había soportado.

Aun así, se sintió dolida. Necesitaba hablar con alguien de estas cosas; de lo contrario, pensaba que se volvería loca.

Pero nadie estaba dispuesto a escucharla.

Incluso con Wintrow a bordo, seguía sintiéndose aislada.

Sospechaba que el muchacho estaba manteniendo las distancias.

Y tampoco podía culparlo ni evitar el dolor que eso le producía.

Sentía, además, una rabia imprecisa. La familia Vestrit la había convertido en lo que era, había creado estas necesidades en ella.

Pero, desde su avivamiento, no había tenido ni siquiera un solo día de generosa compañía.

Kyle esperaba que navegara contenta y bien con la panza repleta de miseria y sin compañía. No era justo.

El golpeteo de unos pasos apresurados sobre su cubierta la sacó de sus cavilaciones.

—Wintrow. —Destiló urgencia al advertirle—: Tu padre viene hacia aquí.

—Te estás apartando del canal. ¿Es que no sabes mantener el rumbo? —le ladró Kyle a Comfrey.

El timonel levantó la mirada hacia él con recelo.

—No, señor —dijo con calma, como si no estuviera siendo insubordinado—. Se diría que no. Cada vez que lo corrijo, el barco se va para otro lado.

—No le eches la culpa al barco. Me estoy hartando de que todo el mundo atribuya a la nave su incompetencia a bordo.

—No, señor —convino Comfrey. Clavó la vista al frente y, una vez más, giró el timón para corregirlo.

La Vivacia respondió tan despacio como si estuviera arrastrando el ancla.

Casi como respuesta a ese pensamiento, el timonel vio cómo los coletazos de una serpiente rompían la superficie tras su estela. El feo engendro parecía mirarlo.

Kyle sintió cómo se avivaban las llamas de su ira.

Esto ya era demasiado. Demasiado. No era un hombre débil; podía afrontar todo lo que le echara el destino y salir airoso.

Tiempo desfavorable, cargamentos delicados, ni siquiera la pura y llana mala suerte podía acabar con su calma.

Pero esto era distinto. Se trataba de la oposición directa de aquellos a los que se esforzaba por beneficiar.

Y no sabía cuánto más podría soportarlo.

Sa sabía que lo había intentado con el muchacho. ¿Qué más podría haberle pedido su hijo? Le había ofrecido la dichosa nave entera, solo tenía que ser un hombre y hacer algo por conseguirla. Pero no, el niño se había escapado y había conseguido que lo tatuaran como esclavo en Jamaillia.

De modo que se había rendido con él. Lo había traído de vuelta a la nave y lo había puesto a disposición de ella.

¿No era eso lo que la nao insistía que necesitaba?

Había hecho que llevaran al joven al castillo de proa esta mañana, en cuanto estuvieron lo bastante lejos del puerto.

El barco debería estar contento. Pero no.

Se arrastraba por el agua, ladeándose primero a un lado y luego a otro, apartándose sin cesar del mejor canal.

Lo avergonzaba con su paso desabrido, igual que lo había avergonzado su propio hijo.

Todo debería haber sido muy fácil: ir a Jamaillia, recoger un cargamento de esclavos, llevarlos a Chalaza, venderlos a buen precio.

Traer prosperidad a su familia y orgullo a su nombre.

Lo suyo era que el barco navegara espléndidamente.

Y Wintrow debería haber sido un hijo fuerte que siguiera sus pasos, un hijo orgulloso de soñar con gobernar el timón de su propia nao rediviva algún día.

En vez de eso, con catorce años, Wintrow ya tenía dos tatuajes de esclavo en la cara.

Y el más grande era el resultado de la enfadada e impulsiva reacción de Kyle ante una jocosa sugerencia de Torg.

A Sa le pedía que hubiera sido Gantry y no Torg el que estaba con él aquel día.

Gantry le habría convencido para que desistiera.

Por contra, Torg había actuado de inmediato, muy para el mudo pesar de Kyle. Si tuviera que hacerlo otra vez…

Un movimiento a estribor le llamó la atención.

Era esa condenada serpiente, surcando las aguas y vigilándolo.

Era una serpiente blanca, más fea que la tripa de un sapo, que seguía su estela.

No parecía amenazadora; las pocas veces que la había atisbado, el bicho le había parecido viejo y gordo.

Pero a la tripulación no le gustaba y a la nao tampoco.

Al verla ahora, se dio cuenta de lo mucho que le desagradaba a él.

La serpiente lo observó, sosteniéndole la mirada como si no fuera un animal.

Parecía una persona intentando leerle el pensamiento.

Dejó el timón para alejarse de ella, dirigiéndose a proa presa de la agitación. Su preocupante cadena de pensamientos lo seguía.