Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 30 #3
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«Algún día —pensó sin rencor—, tú estarás muerta y yo dejaré de estar atrapada en medio.

Quizá entonces simplemente renuncie a todo en favor de Kyle y dedique el tiempo a cuidar de mis jardines.

Sin pensar en nada más, salvo si hay que podar los rosales o si es hora de separar las matas de lirios.

Descansando al fin». Estaba segura de que Kyle la dejaría en paz.

Últimamente, cuando pensaba en su marido, era como golpear una campana agrietada.

Recordaba el maravilloso sonido que su nombre había producido antes en su corazón, pero ya no podía oírlo ni hacerlo.

Al fin y al cabo, el amor, pensó con desánimo, se basaba en cosas materiales.

Amor por la familia, amor por el matrimonio, incluso el amor de su hija por ella.

Todo se basaba en cosas materiales y en el poder de controlar esas cosas.

Si cedías el poder a la gente, te querían.

Tenía gracia. Desde que lo descubriera, le importaba poco si los demás la querían o no.

Sorbió su té y vio cómo ardía el fuego. De vez en cuando, le echaba algo de leña. Todavía se podía encontrar placer en los pequeños detalles: el calor del fuego, una buena taza de té. Disfrutaría de lo que le quedaba.

Un gong repicó a lo lejos en algún lugar al otro lado del campo. Su madre se levantó deprisa para echar un último vistazo a todo. Las luces de la estancia se habían atenuado hacía tiempo, pero ahora añadió a las velas las capuchas de hojas para dispersar todavía más su luminosidad.

—Prepara más té —dijo en voz baja—. A Caolwn le gusta el té. —Luego su madre hizo algo muy curioso. Se acercó a la puerta interior de la cocina y la abrió de repente. Salió corriendo para mirar a ambos lados del pasillo, como si esperara sorprender a alguien.

Cuando regresó al cuarto, Keffria le preguntó:

—¿Ha vuelto a levantarse Selden? Está hecho un mochuelo.

—No, no había nadie —dijo su madre, distraída. Acto seguido, cerró la puerta con firmeza y volvió a la mesa—. ¿Te acuerdas del ritual de bienvenida? —le preguntó.

—Claro que sí. No te preocupes, no te avergonzarás de mí.

—Nunca me he avergonzado de ti —repuso su madre con expresión ausente. Keffria no supo decir por qué sus palabras hicieron que le diera un vuelco tan extraño el corazón.

Luego sonó la llamada en la puerta y Ronica se adelantó para abrirla.

Keffria se situó a su lado. Fuera había dos figuras cubiertas con capas y caperuzas.

Una de ellas lucía un puñado de joyas rojas como el fuego en el velo que le ocultaba la cara.

Era un efecto tan sobrecogedor como hermoso.

Jani Khuprus. Una sensación de temor se desenroscó en su vientre.

La caja de sueños. Por un instante se sintió mareada por la desolación.

Keffria aguardó desesperada a que su madre hablara y las rescatara de alguna manera.

Su madre permaneció inmóvil y callada, asombrada.

No ofreció ningún saludo. Keffria inspiró hondo y rezó para decirlo bien:

—Os doy la bienvenida a nuestro hogar. Pasad y sentíos también como si fuera vuestro hogar.

Las dos se apartaron para permitir la entrada de los mercaderes de los Territorios Pluviales.

Keffria se armó de valor mientras se quitaban los guantes, capuchas y velos.

Los ojos violetas de una de las mujeres quedaban casi escondidos por las flácidas protuberancias de sus párpados.

A Keffria le costó sostenerle la mirada y sonreír cordialmente, pero lo hizo.

Con todo, Jani Khuprus, la de las joyas llameantes, tenía el rostro sorprendentemente liso para tratarse de un mercader de los Territorios Pluviales.

Casi podría haberse paseado por cualquier calle del Mitonar a plena luz del día sin atraer todas las miradas.

Sus señales eran sutiles. Un perfil rugoso trazaba los filos de sus labios y párpados.

El blanco de sus ojos refulgía azulado en la habitación en penumbra, al igual que su cabello, dientes y uñas.

No carecía de atractivo, a su escalofriante manera.

Su madre seguía sin decir nada, de modo que Keffria pronunció las palabras como si estuviera en un sueño:

—Os hemos preparado un refrigerio tras vuestro largo viaje. ¿Queréis sentaros a nuestra mesa?

—Os lo agradecemos —respondieron, casi a la par.

Todas las mujeres se saludaron con una reverencia. Una vez más, Keffria tuvo que hablar para romper el silencio de su madre:

—Yo, Keffria Vestrit, de la familia Vestrit de los mercaderes del Mitonar, os doy la bienvenida a nuestra mesa y a nuestra casa.

Recordamos los más antiguos compromisos entre nosotros, el Mitonar y los Territorios Pluviales, y también nuestro acuerdo privado con respecto a la nao rediviva Vivacia , producto de nuestras dos familias.

—Yo, Caolwn Festrew, de la familia Festrew de los mercaderes de los Territorios Pluviales, acepto la invitación a vuestra mesa y a vuestra casa.

Recuerdo los más antiguos compromisos entre nosotros, los Territorios Pluviales y el Mitonar, y también nuestro acuerdo privado con respecto a la nao rediviva Vivacia , producto de nuestras dos familias.

—La mujer hizo una pausa y señaló a la mujer que estaba a su lado—.

Traigo a vuestra mesa y a vuestro hogar a mi invitada, que después de esto será también vuestra invitada.

¿Podéis extender vuestro recibimiento a Jani Khuprus, nuestra hermana?

—Tenía la vista clavada en el rostro de Keffria. La respuesta dependía de ella.

—Desconozco la respuesta formal a esa petición —admitió ella con franqueza—, por lo que solo diré que cualquier invitada de nuestra vieja amiga Caolwn es más que bienvenida en nuestro hogar.

Permitidme solo un momento para sacar otro plato y más cubiertos.

—Esperaba que a tan augusto personaje como lo era la cabecilla del clan Khuprus no le ofendiera su informalidad.

Jani sonrió y miró de reojo a Caolwn, como si solicitara permiso para hablar. Caolwn le dirigió una pequeña sonrisa.

—Por mi parte, estaré encantada de prescindir también de formalidades. Permitidme decir que esta inesperada visita es más idea mía que de Caolwn. Le rogué que lo organizara y me permitiera acompañarla para poder venir a vuestro hogar. Si esto os supone algún contratiempo, os presento mis disculpas.

—En absoluto —replicó Keffria con suavidad—.

Por favor, sintámonos cómodas unas con otras, como ha de ser entre vecinas, amigas y familiares.

—Sus palabras incluían a su madre además de a las otras dos mujeres.

Como por accidente, dejó que su mano rozara la de su madre en una silenciosa súplica para que terminara con su atónito silencio.

Caolwn se había vuelto para mirar a Ronica con curiosidad.

—Vieja amiga, estas muy callada esta noche. ¿Te sientes cómoda con la invitada que me acompaña?

—¿Cómo podría ser de otra manera? —respondió débilmente Ronica. En voz más alta, añadió—: Es solo que esta noche cedo el honor a mi hija. Ya se ha hecho cargo de su herencia. Es más apropiado que sea ella la que os dé la bienvenida ahora, en mi lugar, y hable en nombre de los Vestrit.

—Ha sabido hacerlo elocuentemente —observó Jani Khuprus con calidez en la voz. Les sonrió a todas—. Oh, me temo que no he hecho bien. Pensé que venir en persona sería la forma más sencilla de empezar esto, pero puede que una carta hubiera sido lo más apropiado.

—Está bien, te lo aseguro —dijo Keffria mientras depositaba un vaso extra en su sitio y luego acercaba otra silla a la mesa—.

Sentémonos todas y disfrutemos juntas de la comida, el vino y el té.

También tengo café, si alguna lo prefiere.

—De pronto, sentía el extraño deseo de conocer mejor a Jani Khuprus antes de abordar el motivo de su visita.

Despacio. Poco a poco. Si quería desembrollar este misterio, debía hacerlo sin prisas para asegurarse de entenderlo.

—Habéis preparado una mesa preciosa —observó Jani Khuprus mientras ocupaba su sitio.

A Keffria no se le escapó que fue la primera en sentarse, sin que Caolwn se lo indicara.

De repente, se alegró de que las aceitunas fueran las de mejor calidad, de que su madre hubiera insistido en preparar la pasta de almendras fresca esta misma noche, de que solo lo mejor de lo que habían cocinado estuviera en la mesa.

Era una mesa preciosa, repleta de unos manjares tentadores y exquisitos que llevaba meses sin ver.

Ronica no había dejado que sus limitaciones financieras influyeran en el festín, y Keffria se congratuló por ello.

Durante un rato solo conversaron sobre la mesa.

Ronica recuperó paulatinamente su compostura y su encanto.

Condujo la conversación por cauces seguros.

Cumplidos sobre la comida, el vino, el café y otras generalidades acompañaron el banquete.

Pero Keffria notó que cada vez que Jani se hacía con el mando de la conversación, lo que ocurría a menudo, las pequeñas historias y anécdotas que contaba servían para ilustrar la riqueza y el poder de su familia.

No era jactanciosa; no se proponía humillar a los Vestrit o su mesa.

En cada caso, comparaba la comida o la compañía favorablemente con alguna otra ocasión o personaje más fastuoso.

Keffria decidió que estaba intentando compartir información sobre su familia.

Su marido vivía aún, tenía dos hijos y otras dos hijas también con vida, una familia inmensa desde el punto de vista de los Territorios Pluviales.

El reciente desahogo económico que les había reportado el hallazgo de las joyas de fuego les dejaba más tiempo libre para viajar y divertirse, para llevar a su casa objetos hermosos y erudición.

¿No era esa la mayor ventaja de la riqueza, que le permitía a una dar a la familia y a los amigos lo que se merecían?

Si se animaban a remontar el río, serían más que bienvenidas a su hogar.