30 #2
No fue hasta ese preciso instante que Vivacia captó los celos en su voz.
Antaño la había codiciado, hermosa y cara como era, la más exclusiva de las embarcaciones.
El hombre que poseyera semejante barco pasaría a formar parte de la hermandad de élite de quienes capitaneaban naos redivivas y comerciaban con los exóticos productos del río Pluvia, y se convertiría en la envidia de todo el que capitaneara cualquier otra nave.
Conocía su valor, la había deseado y cortejado.
Cuando eliminó a Althea, pensó que se había deshecho de su única rival.
Pero al final sus atenciones no habían sido suficientes para ella.
Le había dado la espalda en favor de un mocoso inútil que no comprendía lo que valía.
Como un amante despechado, el sueño de Kyle de poseerla se estaba haciendo pedazos.
Sus fragmentos contenían solo las amargas heces del odio.
En fin, el sentimiento era mutuo, se dijo con frialdad.
Más difícil de nombrar era lo que sentía ahora por Wintrow. Tal vez, pensó, no fuera tan diferente de lo que sentía Kyle por ella.
A la mañana siguiente, Sute vino a apoyarse en su barandilla mientras se guardaba con disimulo un trocito de cindin bajo el labio.
Vivacia frunció el ceño. No le gustaba que consumiera esa droga, no le gustaba cómo difuminaba la percepción que tenía de él.
Por otra parte, comprendía de sobra que hoy la necesitara.
Esperó hasta que Sute se hubo guardado el resto del palito en el puño enrollado de su manga para decir en voz baja:
—Sute, dile al capitán que quiero ver a Wintrow. Ya.
—Oh, Sar —blasfemó en voz baja el muchacho—. Nao, ¿por qué me pones en ese compromiso? ¿No puedo decirle sin más que te gustaría tener unas palabras con él?
—No, porque no es cierto. Preferiría no tener ninguna palabra con él. Solo quiero ver a Wintrow. Ya.
—Ah, por favor —le rogó el joven marinero—. Ya está que se sube por las paredes porque algunos caramapas están haciéndose los enfermos. Torg dice que fingen; ellos dicen que, si no los trasladan a un sitio mejor, morirán todos.
—Sute. —El tono de su voz lo decía todo.
—Sí, señora.
Esperó, pero no mucho rato. Kyle cruzó la cubierta como una exhalación y se subió de un salto al castillo de proa.
—¿Qué quieres ahora? —inquirió.
Vivacia se planteó hacer oídos sordos; decidió que no era conveniente.
—A Wintrow. Como supongo que te habrán dicho.
—Luego. Cuando hayamos zarpado y el muy perro no pueda volver a saltar del barco.
—Ahora.
Kyle se marchó sin decir nada.
Vivacia seguía sin estar segura de lo que sentía ahora por Wintrow.
Se alegraba de volver a tenerlo a bordo.
Pero también tenía que afrontar el egoísmo implícito en esa alegría.
Y a la humillación de que no importaba cómo la hubiera repudiado y abandonado, que aun así le daría la bienvenida.
Se preguntó dónde estaría su orgullo. Desde que había subido a bordo, sucio, exhausto y enfermo de desesperación, ella había renovado su vínculo con él.
Se había aferrado a él y a todo lo que hacía un Vestrit de él para asegurar su propia identidad.
Casi de inmediato se había sentido mejor, mucho más como ella misma.
Era certidumbre lo que obtenía de él, una afirmación de su ser.
Nunca lo había visto de esa manera. Sabía que estaba ligada a él, pero lo había tomado por el «amor» que tanto atesoraban los humanos.
Ya no estaba tan segura. Preocupada, se preguntó si no tendría algo de malo la forma en que se aferraba al muchacho y extraía de él su percepción de sí misma.
Quizá fuera eso lo que Wintrow había percibido siempre en su relación, lo que le había hecho escapar.
Era una dicotomía terrible sentir semejante necesidad de alguien y, al mismo tiempo, irritación por esa misma necesidad.
No quería existir como un ser que dependía de otro para validarse.
Se enfrentaría a él ahora, exigiría saber si la veía como a un parásito y si era ese el motivo por el que había huido de ella.
Temía que Wintrow le dijera que esa era la verdad, que Vivacia no le daba nada, solo se lo quitaba.
Pero, por mucho que lo temiera, se lo preguntaría.
Porque tenía que saberlo. ¿Tenía vida y alma propias o no era más que una sombra de los Vestrit?
Le dio a Sute unos minutos más. Aun así, nadie acudió a la puerta de Wintrow. Esto era intolerable.
Antes había notado que el cargamento no estaba distribuido de forma equitativa.
La tripulación no estaba acostumbrada a almacenar seres humanos.
No es que tuviera que suponer ninguna diferencia, pero podría.
Suspiró, cambió su peso con sutileza. Empezó a inclinarse a estribor.
Solo un poquito. Pero Kyle era, a su manera, un buen capitán y Gantry era aún mejor segundo de a bordo.
Notarían la inclinación. Recolocarían la mercancía antes de levar el ancla.
Entonces ella se inclinaría a babor. Y puede que arrastrara un poco el ancla.
Clavó la mirada pétrea en la orilla. Con la creciente nubosidad, las torres blancas de la ciudad de Jamaillia se veían apagadas, el blanco muerto de caparazones vacíos.
Se dejó mecer con el balanceo de las aguas, acentuando el movimiento. Y aguardó.
Estaban sentadas juntas en la gran cocina en penumbra. Antes, reflexionó Keffria, le encantaba esta sala.
Cuando era muy pequeña, adoraba venir aquí con su madre.
Por aquel entonces, Ronica Vestrit celebraba a menudo fiestas privadas y le complacía preparar platos que ella misma servía luego a sus invitados.
Antes la cocina era un lugar animado, pues los niños jugaban con sus bloques bajo la enorme mesa de madera, mientras ella se encaramaba a un taburete y veía cómo su madre picaba las sabrosas hierbas que sazonarían los rollitos de carne.
Keffria la ayudaba a descascarillar los huevos duros o a pelar las pequeñas camisas marrones de las almendras algo cocidas al vapor.
La talasemia había puesto fin a aquellos días.
A veces, Keffria pensaba que todo cuanto su hogar tenía de alegre, jovial y sencillo había muerto con sus hermanos.
Lo que estaba claro era que después nunca había vuelto a haber ninguna fiesta.
No recordaba que su madre hubiera vuelto a preparar exquisiteces ni que pasara tanto tiempo en la cocina.
Ahora que habían reducido el servicio, Keffria venía a ayudar con la comida los días más atareados. Pero Ronica no.
Hasta esta noche. Habían acudido a la cocina al alargarse las sombras del día.
En una grotesca parodia de aquellos días de antaño, habían cocinado juntas, troceando y pelando, pochando y removiendo, mientras discutían la selección de vinos y tes, lo fuerte que preparar el café y qué mantel poner en la mesa.
Hablaron muy poco de por qué los Festrew se habrían puesto en contacto con ellas para decir que venían esta noche.
Aunque la fecha límite para el pago no era hasta dentro de unos días, el dinero aguardaba en una caja fuerte junto a la puerta.
Ambas compartían tácitamente la preocupante certeza de que no había habido ninguna respuesta a la carta de Keffria.
Los Khuprus no eran los Festrew; probablemente no existía ninguna conexión entre ellos. Probablemente.
Keffria sabía, desde que era adulta, que los mercaderes de los Territorios Pluviales venían dos veces al año a recoger el pago de la nao rediviva.
También sabía que, una vez avivada la nave, la cuantía de los pagos se incrementaba.
Era la costumbre. La cuantía de los pagos reflejaba la creencia de que las naos redivivas se utilizarían para navegar el río Pluvia y comerciar con los exóticos y lucrativos productos de los Territorios Pluviales.
La mayoría de los propietarios de naos redivivas se enriquecían enseguida al avivarse sus embarcaciones.
Los Vestrit, por supuesto, no lo habían hecho.
A veces, Keffria se permitía el lujo de preguntarse si la decisión de su padre sobre los bienes mágicos había sido acertada. A veces, como esta noche.
Cuando la comida estuvo preparada y la mesa puesta, las dos mujeres se sentaron apaciblemente junto a la chimenea. Keffria hizo té y sirvió sendas tazas para su madre y ella.
—Sigo pensando que deberíamos invitar a Malta a reunirse con nosotras —aventuró—. Debería aprender…
—Esa ya ha aprendido mucho más de lo que sospechamos —dijo con cansancio su madre—.
No, Keffria. Compláceme en esto. Oigamos nosotras dos lo que tienen que decir los Festrew y decidamos juntas qué hacer.
Me temo que las decisiones que tomemos esta noche podrían marcar el destino de la familia Vestrit.
—Miró a su hija a los ojos—. No te digo esto para hacerte daño, pero no sé cómo expresarlo con más suavidad: nosotras somos las últimas Vestrit, me temo.
Malta es Haven hasta la médula. No digo que Kyle Haven sea un mal hombre, solo digo que lo que transpire aquí esta noche será asunto de los mercaderes del Mitonar. Y los Haven no son mercaderes.
—Como prefieras —dijo Keffria sin entusiasmo.