Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 30
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Desafíos y alianzas

La primera muerte de un esclavo a bordo de ella ocurrió a primera hora de la tarde.

Las tareas de carga habían sido lentas y fatigosas.

Un viento del este había picado la mar mientras las nubes que se acumulaban sobre el horizonte auguraban otra tormenta más por la mañana.

Las cuerdas de esclavos llegaron en trasbordador al lugar donde estaba anclada Vivacia , y se instó a los esclavos a trepar por la escalerilla de cuerda que colgaba de su costado.

Algunos de los esclavos estaban en malas condiciones; a otros les asustaba la escala o acometían con torpeza la empresa de saltar de la barca bamboleante a la escalerilla que se balanceaba a su vez del costado de la nao.

Pero el hombre que había fallecido murió porque él quiso.

Estaba a medio camino de la escalerilla, subiendo aparatosamente por los grilletes que le ligaban las piernas. De improviso, soltó una carcajada.

—Me parece que voy a tomar un atajo en vez del camino más largo —entonó para que todos le oyeran. Se separó de la escala y se soltó. Cayó al mar como una flecha, con el peso de la cadena de sus tobillos tirando de él hacia el fondo. No podría haberse salvado aunque hubiera cambiado de opinión.

En las negras aguas a gran profundidad bajo el casco, se desenroscó un nudo de serpientes.

Vivacia sintió cómo se disputaban la ración de carne.

La sal de la sangre humana sazonó fugazmente las aguas al chapalear contra su casco.

Su horror aumentó al ver que los hombres que poblaban su cubierta no sospechaban nada.

—¡Hay serpientes abajo! —les gritó, pero le hicieron el mismo caso que a las súplicas de los esclavos.

Después de aquello, un Torg enfadado hizo que los esclavos se ataran unos a otros.

Esto complicaba aún más la subida a bordo, pero él parecía obtener una especie de vengativa satisfacción en recordarles que cualquiera que saltase tendría que responder ante el resto de su cuerda.

Nadie más lo intentó y Torg se felicitó por su astucia.

En el interior de las bodegas era aún peor.

Los esclavos exhalaban miseria, hasta que un miasma de infelicidad la inundó desde dentro.

Estaban hacinados como pescados en un barril y maniatados entre sí, por lo que no podían ni cambiar de postura sin la colaboración de sus compañeros.

Su temor enturbiaba las bodegas; lo excretaban con sus orines, lo lloraban con sus lágrimas hasta que Vivacia se sintió saturada de desdicha humana.

En el cuarto de cadenas, vibrando en armonía con ella y sumando su nota particular al sentimiento de aflicción, estaba Wintrow.

Wintrow, que la había abandonado, volvía a estar a bordo.

Yacía despatarrado a oscuras en el suelo, con las muñecas y los tobillos cargados de cadenas, con el semblante marcado y coloreado con su imagen.

No gimoteaba ni lloraba, como tampoco dormía.

Sencillamente, contemplaba con fijeza la negrura y sentía.

Compartía su percepción de los esclavos y la congoja de estos.

Como los latidos del corazón que no tenía, Wintrow palpitaba con la desesperación de los esclavos.

Soportaba toda la carga de su abatimiento, desde el tonto que no comprendía este cambio en su vida al anciano escultor cuyas primeras obras decoraban todavía los aposentos del sátrapa.

En la última y más oscura de sus bodegas, por encima apenas del pantoque, se acumulaba una capa de los menos valiosos.

Los caramapas eran poco más que lastre humano, y los supervivientes serían vendidos por lo que ofrecieran por ellos en Chalaza.

En una bodega más seca y segura, que a menudo había contenido rollos de seda y toneles de vino, se arracimaban los artesanos.

Estos recibían el consuelo de una capa de heno y cadena suficiente para mantenerse erguidos, si lo hacían por turnos.

Kyle no había conseguido tantos como esperaba.

El grueso de su cargamento en la bodega principal seguían formándolo obreros y comerciantes, oficiales caídos en desgracia, herreros, viticultores y teladores, ahogados por las deudas debido a la enfermedad, la adicción o la imprudencia, y que ahora pagaban la multa de sus deudas con su propia carne.

Y en el castillo de proa había hombres que padecían otro tipo de dolor.

Algunos de los tripulantes habían aceptado con reservas el plan del capitán desde el principio.

Otros no opinaban nada de él, habían ayudado a instalar las cadenas y los cerrojos como si se tratara solo de otra manera de sujetar la carga.

Pero, en los últimos dos días, todo se había hecho realidad.

Los esclavos subían a bordo, hombres, mujeres y algunos niños mayores. Todos estaban tatuados.

Algunos portaban sus grilletes con experiencia y otros todavía tenían la mirada perdida y se rebelaban contra las cadenas que los constreñían.

Ninguno había viajado antes en la bodega de carga de un barco; los esclavos que salían de Jamaillia iban a parar a Chalaza.

Ninguno regresaba jamás. Y todos los miembros de la tripulación estaban aprendiendo, algunos dolorosamente, a no mirar a los ojos ni a las caras y a desoír las voces que imploraban, maldecían o deliraban.

Cargamento. Mercancía. Plañideras ovejas apiladas en corrales hasta que estos no podían albergar a más.

Cada uno lo asimilaba a su manera, ideando nuevas maneras de ver a los seres humanos tatuados, otras palabras que asociar con ellos.

El carácter bromista de Comfrey se había desvanecido tras el primer día de carga.

Sute, en su esfuerzo por encontrar el alivio de la frivolidad en alguna parte, contaba chistes sin gracia que eran como arena en las heridas de una consciencia rasguñada.

Gantry conservaba la calma y hacía su trabajo, pero sabía que, una vez que este viaje tocara a su fin, jamás volvería a navegar en un barco de esclavos.

Solo Torg parecía contento y satisfecho.

En las profundidades de su bituminosa alma mezquina, estaba viviendo ahora la fantasía de su juventud.

Recorría las hileras de su cargamento maniatado, paladeando el confinamiento que por fin le hacía sentir libre.

Ya había tomado nota de los que necesitaban sus atenciones, los que se beneficiarían de su «disciplina» añadida.

Torg, reflexionó Vivacia , era un pedazo de carroña que, volteado, mostraba ahora a plena luz los voraces gusanos que se cebaban con él.

Wintrow y ella reflejaban mutuamente la miseria del otro.

Y alimentando su desesperación estaba el profundo convencimiento de que esto jamás habría ocurrido si su familia hubiera sido sincera con ella.

Si alguien de su auténtica sangre hubiera capitaneado esta nave, ese capitán habría tenido que sentir lo que ella estaba sintiendo ahora.

Sabía que Ephron Vestrit nunca la hubiera expuesto a esto.

Althea habría sido incapaz. Pero Kyle Haven no le hacía caso.

Si sentía algún reparo, no se lo había confiado a nadie.

La única emoción que reconocía Wintrow en su padre era una fría rabia colérica que rayaba en el odio por su propia carne y su sangre.

Vivacia sospechaba que Kyle los veía como un problema de doble filo: la embarcación que no quería obedecer sus deseos y el muchacho que no quería ser lo que su padre esperaba de él.

La nao se temía que Kyle estaba decidido a someter a cualquiera de los dos. A ambos, a ser posible.

Se había reservado sus pensamientos. Kyle no le había presentado a Wintrow la noche pasada, cuando lo subió a bordo.

Había arrojado a Wintrow a su antigua celda y luego había salido a la cubierta para alardear de la captura de su hijo.

Modulando la voz para que la oyeran todos los hombres que estuvieran trabajando allí, le había contado cómo había encontrado a su hijo convertido en esclavo y cómo lo había comprado para el barco.

Cuando zarparan, haría que le trajeran al chico y ella podría ordenarle lo que quisiera…

, pues su padre, por los ojos de Sa, no quería saber nada más de él.

Su monólogo se prolongó, enfrentado a la muda mirada vuelta hacia el mar de Vivacia .

La voz de Kyle se elevó hasta que su rabia casi le hizo echar espumarajos por la boca.

Un cambio en la dirección de la brisa llevó hasta ella el whisky que impregnaba su aliento.

Vaya. Ese vicio, embarcar borracho, era nuevo para Kyle Haven.

No pensaba responderle. Para él, Wintrow y ella eran meras partes de una máquina, un aparejo de poleas que, una vez montado, debía funcionar de cierto modo.

De haber sido la una un violín y el otro un arco, reflexionó, Kyle los hubiera aporreado sin descanso entre sí, exigiéndoles que hicieran música.

—¡Te he comprado el condenado inútil! —concluyó el despotrique—.

Eso es lo que querías, pues ya lo tienes.

Está marcado como tuyo, te pertenecerá hasta el último día de su miserable vida.

—Se dio la vuelta y empezó a alejarse, pero se giró de repente para gruñirle a su espalda—: Y harías bien en conformarte con él.

Porque es la última vez que intento complacerte.