Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 29 #5
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—Bueno, capitán, ya llevamos algún tiempo navegando juntos. Y no recuerdo a otro hombre que me haya tratado mejor o sido más…

Kennit sacudió la cabeza y le dio la espalda como si se sintiera conmovido.

—Nadie más va a ayudarme con esto, Sorcor.

No hay nadie en quien confíe tanto como en ti.

Desde chico, siempre he soñado con tener una nao rediviva.

Y siempre creí que algún día caminaría por la cubierta de una y que sería mía.

Y… —Sacudió la cabeza y dejó que su voz se entrecortara—.

A veces uno teme encontrar su final antes de lo que pensaba.

Esta pierna…, si lo que dicen es cierto…

—Se volvió hacia su segundo de a bordo y abrió de par en par sus ojos azules para clavarlos en los más oscuros de Sorcor—. Esta podría ser mi última oportunidad.

—¡Oh, señor, nada de eso! —Empezaron a formarse lágrimas en los ojos del curtido segundo.

Kennit se mordió el labio con fuerza para reprimir una sonrisa.

Se encorvó sobre la mesa de mapas para ocultar su rostro.

Fue un error, pues su muleta resbaló. Se agarró al filo de la mesa, pero aun así la punta de su muñón putrefacto llegó a tocar el suelo.

Profirió un alarido de agonía y se habría desplomado si Sorcor no lo hubiera agarrado.

—Calma. Te tengo. Tranquilo.

—Sorcor —musitó. Volvió a agarrarse a la mesa de mapas y se apoyó con fuerza en los brazos para no caerse—, ¿puedes hacer esto por mí?

—Alzó la cabeza. Ahora estaba temblando, podía sentirlo.

Era el esfuerzo de apoyarse en una sola pierna.

No estaba acostumbrado a ello, eso era todo.

No creía realmente que fuera a morirse por esto.

Se curaría, siempre sanaba, daba igual la gravedad de sus heridas.

No podía hacer nada con el rictus de dolor que le demudaba la cara ni con el sudor.

Tenía que usarlos—. ¿Me puedes dar esta última oportunidad?

—Puedo hacerlo, señor. —La fe ciega batallaba con la congoja en los ojos de Sorcor—. Te conseguiré tu nao rediviva, caminarás por sus cubiertas. Confía en mí —le imploró.

Pese al dolor, Kennit se rio guturalmente. Transformó la risa en una tos. Que confiara en él.

—¿Qué elección me queda? —se preguntó, y se le escaparon las palabras en voz alta.

Volvió la mirada hacia Sorcor, que lo observaba con semblante preocupado.

Se obligó a imprimir una sonrisa enfermiza en sus labios, calidez a su voz.

Meneó la cabeza para sí—. En todos estos años, Sorcor, ¿en quién más he confiado?

No tengo más elección que depositar la carga una vez más sobre nuestra amistad.

Buscó su muleta. Echó mano de ella, pero se dio cuenta de que no tenía fuerzas para sujetarla con firmeza. La recuperación de su muñón requería hasta el último ápice de energía que le restaba. Pestañeó, sintiendo los párpados pesados.

—Tendré que pedirte, además, que me ayudes a llegar a la cama. Me abandonan las fuerzas.

—Capitán —dijo Sorcor. En esa palabra se intuía el afecto servil de un perro. Kennit arrinconó esa idea para volver sobre ella cuando se sintiera mejor.

No sabía cómo, pero solicitar la ayuda de Sorcor había hecho que el hombre dependiera más que nunca de su aprobación.

Había elegido bien a su segundo de a bordo, decidió.

De estar él en la posición de Sorcor, hubiera comprendido instintivamente que ahora era la mejor oportunidad para hacerse con todo el poder.

Por suerte, Sorcor era menos avispado que él.

Sorcor se agachó con torpeza y lo levantó en volandas para transportarlo hasta la cama.

El brusco movimiento elevó su dolor a nuevos niveles de intensidad.

Kennit se agarró a los hombros de Sorcor y sintió que le daba vueltas la cabeza.

Por un instante, lo abrumó un antiguo recuerdo de su padre; negros bigotes, aliento a whisky y peste a marinero, girando y riendo mientras bailaba ebrio con el pequeño Kennit en brazos.

Un momento aterrador y dichoso al mismo tiempo.

Sorcor lo depositó suavemente en el catre.

—Le diré a Etta que entre, ¿quieres?

Kennit asintió débilmente. Intentó aferrarse al recuerdo de su padre, pero la quimera lo eludió y se burló de él desde su nebulosa niñez.

En vez de eso le sonrió otra cara desde lo alto, sardónica y elegante.

«Vaya pilluelo en ciernes. A lo mejor sale algo bueno de él».

Apretó la cabeza contra la almohada, sacudiéndose el recuerdo de encima.

La puerta se cerró tras el segundo de a bordo.

—No te mereces a estas personas —dijo quedamente una voz diminuta—.

No logro entender por qué te quieren. Te diría que me regocijaría con tu caída el día que te vean tal y como eres, si no fuera porque ese será el mismo día que se les parta el corazón.

¿Qué golpe de suerte te hace merecedor de su lealtad?

Exhausto, levantó la muñeca. La carita, sujeta sobre su pulso, lo miraba con rabia. Su expresión indignada le hizo soltar una risita.

—Mi suerte. La suerte de mi nombre y la suerte de mi sangre, por eso me la merezco. —Se volvió a reír, esta vez de sí mismo—. La lealtad de una puta y un bandido. Vaya tesoro.

—Se te está pudriendo la pierna —dijo el pequeño rostro con brusca malevolencia—.

Se te va a pudrir hasta el hueso. Apestará, goteará y consumirá la vida de tu carne.

Porque no tienes el valor necesario para arrancar la corrupción de tu cuerpo.

—Sonrió con una mueca—. ¿Entiendes mi parábola, Kennit?

—Cierra la boca —respondió pesadamente el capitán. Había empezado a sudar otra vez. Estaba sudando su elegante camisa limpia, su cama recién cambiada. Estaba sudando como un viejo borracho hediondo—. Si yo soy malo, ¿qué decir de ti? Formas parte de mí.

—Este trozo de madera tuvo un gran corazón una vez —declaró el amuleto—. Me has grabado tu cara y tu voz sale de mis labios. Estoy vinculado a ti. Pero la madera recuerda. Yo no soy tú, Kennit. Y juro que nunca me convertiré en ti.

—Nadie… te lo… ha pedido. —Cada vez le costaba más respirar.

Cerró los ojos y se dejó arrastrar a las profundidades.