29 #4
El segundo de a bordo asomó la cabeza por el marco de la puerta.
Había ansiedad en su mirada. Pero, al ver a su capitán de pie ante su mesa de mapas, se le iluminó el semblante como a un niño ante el escaparate de una pastelería.
Se aventuró a entrar en el camarote. Kennit se fijó en que llevaba puesto otro chaleco nuevo, este con más bordados todavía.
—Ese curandero te hizo bien, por lo que veo —saludó a Kennit al trasponer el umbral—. Me lo imaginaba. Los otros dos no me inspiraban demasiada confianza. Si le tienen que meter mano a uno, que sea alguien mayor, alguien que haya vivido lo suyo y…
—Cierra el pico, Sorcor —dijo en tono agradable Kennit—.
No ha hecho más que los otros dos. Al parecer, la costumbre en la Ensenada del Toro es que, si no sabes curar una herida, hay que provocar otra para que la víctima no se fije en tu incompetencia.
¿Por qué, le pregunté, pensaba que sería capaz de sanar un nuevo corte en mi pierna si no había podido cerrar el que ya tenía?
No supo qué responder a eso. —Kennit se encogió trabajosamente de hombros—.
Estoy harto de estos curanderos del quinto pino.
Seguro que mejoraría igual de rápido sin sus sanguijuelas y sus pociones.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Sorcor al entrar despacio en el cuarto del capitán.
—Seguro —convino sin entusiasmo.
—Así mismo lo dijo este último —acotó Kennit.
—Solo porque lo amenazaste hasta que te dio la razón —señaló Etta con amargura desde la puerta—. Sorcor, hazle frente. Dile que tiene que dejar que le corten la pierna más arriba, por encima de la infección. A ti te hará caso, te respeta.
—Etta, márchate.
—No tengo adónde ir.
—Ve a comprar algo a la ciudad. Sorcor, dale dinero.
—No me hace falta dinero. Todo el mundo en la Ensenada del Toro sabe que soy tu mujer. En cuanto me paro delante de algo, me lo ponen en las manos y me ruegan que me lo lleve. Pero no hay nada que quiera en ninguna parte, salvo que te pongas mejor.
Kennit exhaló un hondo suspiro.
—Sorcor, haz el favor de cerrar la puerta con esa mujer al otro lado.
—No, te lo prometo, por favor, Kennit, me estaré callada. Deja que me quede. Habla con él, Sorcor, razona con él, te escuchará…
Siguió lamentándose como un cachorro gimoteante mientras Sorcor la empujaba con delicadeza fuera de la estancia y echaba el pestillo de la puerta tras ella.
Kennit no habría sido tan delicado si hubiera tenido que encargarse de ella en persona.
Ese, por supuesto, era el principal problema.
Ahora ella lo veía débil e intentaría imponer su voluntad sobre todo.
Desde que torturara a sus prisioneros, Kennit albergaba la sospecha de que a Etta le entusiasmaba la idea de martirizar a hombres indefensos.
Se preguntó si habría alguna manera de abandonarla en la Ensenada del Toro.
—¿Y cómo están las cosas en la ciudad? —preguntó agradablemente Kennit, como si Sorcor acabara de entrar.
Sorcor se lo quedó mirando. Luego pareció decidir seguirle la corriente:
—No podrían ir mejor, a menos que bajaras a la orilla y hablaras personalmente con los comerciantes.
Todos me han suplicado casi que te dignes ser su invitado.
Ya te lo dije una vez. Vieron nuestra bandera del Cuervo acercándose a puerto y pusieron la ciudad entera patas arriba por nosotros.
Los niños gritaban tu nombre en los muelles: «Capitán Kennit, capitán Kennit».
Oí que uno le decía a otro que, hablando de piratas, tú eras mejor que Igrot el Terrible.
Kennit dio un respingo y torció el gesto.
—Conocí a Igrot cuando era un muchacho. Su reputación está exagerada —musitó.
—Aun así, no está mal, cuando la gente te compara con el hombre que incendió veinte ciudades y…
—Basta ya de hablar de mi fama —lo interrumpió Kennit—. ¿Qué hay de nuestros negocios?
—Nos han reabastecido a conciencia y ya han izado la Sicerna para efectuar sus reparaciones. —El fornido pirata meneó la cabeza—. Tiene el casco medio podrido. Me sorprende que el sátrapa confiara la entrega de un obsequio a semejante bañera.
—Dudo que inspeccionara su casco —sugirió secamente Kennit—. ¿Y han acogido bien a la nueva población que les hemos traído?
—Con los brazos abiertos. Los tratantes de esclavos se llevaron al mejor herrero de la ciudad en su última incursión.
Les hemos traído dos nuevos. Y los músicos y demás son la comidilla del lugar.
Tres veces han representado ya La liberación de la Sicerna …
Pusieron a un mozalbete bastante apuesto para hacer de ti y un gusano enorme hecho de papel, seda y bridas de barril que surge de repente…
—La voz de Sorcor se apagó de improviso—.
Es un espectáculo muy bueno, señor. Creo que no queda nadie en la ciudad por verlo.
—Bien. Me alegra que la pérdida de mi pierna sirva para distraer a tanta gente.
—No es eso, señor —comenzó atropelladamente Sorcor, pero Kennit le indicó que se callara.
—Mi nao rediviva —anunció.
—Oh, Sar —rezongó Sorcor.
—¿No teníamos un trato? —le preguntó Kennit—. Creo que acabamos de capturar y rescatar un barco de esclavos. Que yo recuerde, ahora es mi turno de ir detrás de una nao rediviva.
Sorcor se rascó la barba.
—El trato no era así, señor. Era que, si veíamos un barco de esclavos, iríamos tras él. Y después iríamos tras la primera nao rediviva que viéramos. Pero estás hablando de ir en busca de una nao rediviva o aguardar al acecho de una.
—Todo se reduce a lo mismo —repuso Kennit.
—No, discúlpame, señor, pero no es lo mismo.
He estado dándole vueltas, señor. Tal vez los dos deberíamos dar el brazo a torcer durante algún tiempo.
Volver a piratear como antes. Dar caza a suculentos barcos mercantes, como antes.
Conseguir algo de dinero, pasárnoslo bien.
Alejarnos de los barcos de esclavos y las serpientes una temporada.
—Los gruesos dedos de Sorcor jugueteaban con los botones dorados de su chaleco mientras exponía estas ideas—.
Me has demostrado que la vida puede ser distinta de lo que yo pensaba.
Para ambos. Te has buscado una buena mujer.
Con ella aquí todo es diferente. Ahora me doy cuenta de lo que intentabas hacerme entender.
Si regresáramos a Mentecacia con un buen botín, en fin, como decía el sinecuro Faldin sobre volverse respetable, sentar la cabeza y todo…
—Cuando haya una nao rediviva bajo nuestros pies, podrás tener vírgenes hasta hartarte, Sorcor —le prometió Kennit—.
Una nueva cada semana, si te apetece. Pero antes, mi nao.
Vale. Si asumimos que todo lo que nos han contado los tripulantes de la Sicerna es verdad, es probable que todavía haya una nao rediviva hacia el sur.
Ven y mira el mapa conmigo. Me parece que la suerte nos ha colocado en una posición privilegiada.
Al sur de nosotros, ¿ves?, se abre el Canal de Hawser.
Un brazo de mar complicado en el mejor de los casos, pero sobre todo con el cambio de las mareas.
Cualquier barco que se dirija al sur tiene que atravesarlo. ¿Lo ves?
—Lo veo —respondió Sorcor a regañadientes. Kennit hizo caso omiso de su renuencia.
—Ahora bien, en el Canal de Hawser tenemos la Isla del Codo.
El paso bueno se encuentra hacia el este de la isla.
Es poco profundo en algunos puntos, pero los bajíos no cambian demasiado.
Hacia el oeste de la isla es otro cantar.
La corriente es muy fuerte, sobre todo durante el cambio de mareas.
Cerca de la isla encontramos bajíos que se forman y reforman sin cesar.
Allí se elevan las bien llamadas Rocas de la Condena. —Hizo una pausa—. ¿Las recuerdas?
Sorcor frunció el ceño.
—No las olvidaré nunca. Nos llevaste allí aquella vez que nos perseguía una galera del sátrapa. Nos atrapó la corriente y pasamos por allí como una flecha. Me pasé tres días sin creerme que hubiéramos salido con vida de esa.
—Exacto —concurrió Kennit—. Un paso mucho más rápido que si hubiéramos ido por el este de la Isla del Codo.
—¿Y? —preguntó con recelo Sorcor.
—¿Y? Y vamos a anclar allí. Tendremos una vista excelente de cualquier nave que se acerque al Canal de Hawser.
Cuando veamos que la nao rediviva se adentra en el canal, tomaremos el paso del oeste.
Cuando emerja la nao, estaremos allí, esperándola, anclados en medio del canal.
El paso del este sigue teniendo una corriente respetable.
A la nao rediviva no le quedará más remedio que encallar en este banco de arena de aquí.
—Levantó la vista del mapa para sonreír al rostro solemne de Sorcor—.
Y será nuestra. Con un mínimo de daños, de producirse alguno.
—A menos que se limite a embestirnos —señaló Sorcor de mal humor.
—Oh, no lo hará —le aseguró Kennit—. Aunque lo hiciera, nos limitaríamos a abordarla y apoderarnos de ella.
—¿Y perder la Marietta ? —Sorcor estaba horrorizado.
—¡Y conseguir una nao rediviva!
—No me parece buena idea. Podrían salir mal mil cosas —objetó Sorcor—.
Podríamos hacernos pedazos contra las Rocas de la Condena.
No me hace ninguna ilusión volver a surcar esas aguas.
O, si su calado es menor que el nuestro, podríamos correr todos esos riesgos tan solo para ver cómo pasa por nuestro lado como una exhalación mientras nosotros seguimos anclados. O…
Hablaba en serio. Lo decía en serio, no iba a expresar su conformidad con la idea. ¿Cómo se atrevía? No sería nada sin Kennit. Nada. Un momento antes, estaba jurando que todo cuanto era se lo debía a su capitán y ahora le negaba su oportunidad de capturar una nao rediviva.
A Kennit se le ocurrió un repentino cambio de estrategia. Levantó una mano para acallar el discurso de su segundo.
—Sorcor, ¿te importo algo? —preguntó con apabullante franqueza.
Eso hizo enmudecer a Sorcor, como Kennit sabía que ocurriría. El hombre poco menos que se ruborizó. Abrió la boca y tartamudeó: