Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 29 #3
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—Explícate —respondió él con frialdad. Que mintiera y se inventara excusas. Que engañara y traicionase. La escucharía. La escucharía y amasaría las armas que pudiera para defenderse de todos ellos.

—Oh, Dechado —se lamentó Ámbar con voz ronca.

Apoyó la palma de una mano en su casco. La nao intentó ignorar el contacto, la profunda emoción que retemblaba en su interior—.

La familia Ludoventura, tu familia, ha atravesado tiempos difíciles.

Tiempos muy difíciles. Se puede decir lo mismo de muchas familias de antiguos mercaderes.

Hay diversos factores: la mano de obra esclava, las guerras del norte…

, pero eso no nos concierne. Lo importante es que tu familia necesita dinero, los nuevos mercaderes lo saben y pretenden comprarte.

No pienses mal de los Ludoventura; han rechazado muchas ofertas.

Pero, cuando la cantidad ofrecida fue lo bastante alta, especificaron que no podían venderte a nadie que deseara emplearte para navegar.

— Dechado casi pudo sentir la sacudida de su cabeza—.

Para los nuevos mercaderes, eso solo significaba que tu familia quería más dinero, mucho más dinero, antes de venderte como embarcación.

—Inspiró hondo e intentó continuar con más sosiego—: Pues bien, por aquellas fechas empecé a escuchar rumores de que el único barco capaz de remontar los ríos de los Territorios Pluviales y regresar intacto es una nao rediviva.

Algo relacionado con tu tronconjuro, que es inmune a los corrosivos torrentes blancos que bajan a veces por el río.

Lo que tiene sentido al ver el tiempo que llevas aquí parado sin pudrirte, y lo que me hace entender por qué hay familias que están dispuestas a endeudarse durante generaciones con tal de poseer una nave como tú.

Es la única forma de tomar parte en el comercio del río Pluvia.

Así que ahora, al propagarse ese rumor, las ofertas han aumentado.

Los nuevos mercaderes que desean adquirirte prometen que no culparán a nadie si te pones en marcha y pujan unos contra otros.

—Hizo una pausa—. Dechado , ¿me oyes? —preguntó con voz queda.

—Te oigo —replicó él mientras contemplaba el océano sin verlo. Mantuvo cualquier emoción alejada de su voz al añadir—: Continúa.

—Lo haré. Porque deberías saber esto, no porque me produzca ningún placer.

Hasta la fecha, los Ludoventura siguen rechazando todas las ofertas.

Creo que temen tal vez lo que pensarían de ellos los otros antiguos mercaderes si te vendieran y abrieran el mercado de los Territorios Pluviales a los recién llegados.

Esas mercancías son el último bastión de los Comercios del Mitonar.

O puede, pese a haberte abandonado, que perdure todavía algún tipo de sentimiento familiar.

En fin. Les hice una oferta. No tan generosa como las de los demás, pues no tengo sus riquezas.

Pero unida a mi oferta iba mi promesa de conservarte intacto y en tierra.

Pues creo que los Ludoventura todavía se preocupan por ti.

Que, a su extraña manera, te mantienen aquí para que estés a salvo.

—Ah, sí. Encadenar a los parientes más extravagantes y dejarlos confinados en un desván o un sótano o cualquier otro sitio discreto ha sido siempre la forma habitual de enfrentarse a la locura o la deformidad en el Mitonar.

— Dechado se rio con amargura—. Piensa en los mercaderes de los Territorios Pluviales, por ejemplo.

—¿Quién?

—Precisamente. ¿Quién? Nadie ha oído hablar de ellos, nadie conoce su existencia, nadie piensa siquiera en nuestros antiguos tratos con ellos. Y, menos que nadie, tú o yo. Te lo ruego, continúa. Después de comprarme, dejarme intacto y no hacerme a la mar, ¿qué tenías pensado?

—Oh, Dechado . —Ahora Ámbar parecía muy desconsolada—.

Si dependiera de mí…, si pudiera soñar como hacen los niños y creer que esos sueños podrían hacerse realidad…

, diría, entonces, que haría que vinieran artesanos para repararte y construir una horquilla que te sostuviera derecho.

Y yo vendría y viviría a bordo de ti. En los acantilados, sembraría un jardín de perfumes y colores, un jardín para los pájaros y las mariposas, con enredaderas colgantes que caerían hasta la playa y florecerían con dulzura.

Y a tu alrededor tallaría la piedra y crearía estanques y los poblaría de estrellas de mar y anémonas y esos cangrejitos escarlatas.

—Mientras desgranaba esta extraña visión, su voz se fue inflamando de pasión—.

Viviría en tu interior y trabajaría dentro de ti, y por las noches cenaría en la cubierta y compartiríamos nuestra jornada.

Y si me atreviera a soñar más todavía, en fin, entonces soñaría que algún día podría conseguir tronconjuro y lo trabajaría con la pericia suficiente para devolverte los ojos y la vista.

Por las mañanas contemplaríamos la salida del sol sobre el mar y por las tardes lo veríamos ponerse sobre nuestro jardín en lo alto del acantilado.

Le diría al mundo: haz lo que quieras, estoy harta de ti.

Destrúyete o prospera, me da lo mismo, mientras nos dejes en paz. Y seríamos felices juntos.

Por un momento, Dechado se sintió incapaz de decir nada. La infantil fantasía lo atrapó y envolvió, y de pronto no era el barco, sino un muchacho que entraría y saldría corriendo de semejante lugar, con los bolsillos llenos de piedras brillantes y conchas extrañas, plumas de gaviota y…

—No eres de mi familia y nunca podrás serlo. —Dejó caer aquellas palabras sobre el sueño como un pesado zapato sobre una mariposa.

—Ya lo sé —respondió ella con un hilo de voz—.

Te dije que solo era un sueño. Es lo que anhelo hacer, pero la verdad es que no sé hasta cuándo podré quedarme en el Mitonar o contigo.

Pero, Dechado , es la única esperanza que tengo de salvarte.

Si me presento ante los Ludoventura y les digo que tú has dicho que podrías ser feliz de esa manera, tal vez acepten mi modesta oferta por el bien del vínculo…

—Se le quebró la voz cuando Dechado cruzó los brazos sobre la cicatriz con forma de estrella de su amplio pecho.

—¿Salvarme de qué? —preguntó él con desdén—.

Qué fábulas puedes llegar a tejer, Ámbar.

Confieso que es una imagen bucólica. Pero soy un barco, me crearon para navegar.

¿Crees que me gusta estar varado en esta playa, sin nada que hacer y medio loco por la inactividad?

No. Si mi familia decide venderme como esclavo, que sea al menos una esclavitud conocida.

No deseo ser tu casa de muñecas. —Sobre todo después de que ella admitiera que a la larga lo abandonaría, que la amistad que mantenía con él solo se debía a que había otros asuntos que la retenían en el Mitonar.

Tarde o temprano, lo dejaría, igual que todos los demás.

Tarde o temprano, todos los humanos lo abandonaban—.

Harías bien en ir a ver a Davad Restart y retirar tu oferta —le aconsejó cuando el silencio se hubo extendido demasiado.

—No.

—Si me compras y me retienes aquí, te odiaré para siempre y descargaré sobre ti la peor suerte que te puedas imaginar.

La voz de Ámbar sonó tranquila:

—No creo en la suerte, Dechado . Creo en el destino, y creo que mi destino tiene facetas más terribles y desgarradoras de las que ni siquiera tú te puedas imaginar.

Tú, lo sé, eres una de ellas. Así que, por el bien del niño que patalea y amenaza desde los huesos de madera de un barco, te compraré y te mantendré a salvo.

Tan a salvo al menos como me permita el destino.

—No había temor en su voz. Solo una extraña ternura mientras estiraba el brazo para apoyar la palma de la mano en sus tablas.

—Véndala y ya está —le soltó—. Sanará.

Etta meneó la cabeza. Su voz sonó muy baja cuando le dijo:

—Kennit, no se está curando. —Apoyó la mano en la carne por encima de la herida—. Tienes la piel caliente y blanda. Veo cómo tuerces el gesto a cada roce. Estos fluidos que supuran no me parece que indiquen que está sanando, sino…

—Cállate —le ordenó—. Soy un hombre fuerte, no una niña llorona a tu cuidado.

Me curaré y todo volverá a ser como antes.

Véndala, o no, lo mismo me da. Puedo vendarme yo solo, o que lo haga Sorcor.

No tengo tiempo que perder aquí sentado, escuchando tus malos augurios.

—Una punzada repentina, feroz como el peor dolor de muelas, le recorrió la pierna.

Jadeó antes de poder contenerse y se agarró con fuerza a los bordes de su catre para no soltar un alarido.

—Kennit. Sabes lo que hay que hacer —le estaba implorando. Tuvo que esperar a recuperar el aliento antes de responder:

—Lo que habría que hacer es tirarte a las serpientes, a ver si así vuelve la paz a mi vida. Vete, largo de aquí, y dile a Sorcor que venga. Hay planes que trazar, y no tengo tiempo para tus preocupaciones.

Etta echó las vendas empapadas en un cesto y salió de la habitación sin decir otra palabra.

Bien. Kennit buscó la robusta muleta que había apoyada en su cama.

Le había pedido a Sorcor que se la hiciera.

Detestaba ese chisme, y cuando la cubierta se ladeaba, resultaba casi inservible.

Pero con ella, en un día tranquilo y anclados como estaban hoy, podía cubrir la distancia que separaba su catre de la mesa de mapas.

Hasta ella se acercó brincando, con breves y dolorosos saltitos que le laceraban el muñón a cada sacudida.

Estaba sudando cuando llegó a la mesa. Se inclinó sobre sus cartas de navegación, cargando el peso del cuerpo en el filo de la tabla.

Alguien llamó a la puerta.

—¿Sorcor? Adelante.