29 #2
—Si tu padre desconoce nuestras costumbres, es porque nunca se tomó la molestia de aprenderlas.
De haberlo hecho, no le asustaría tanto el poder que ostenta ahora.
Malta. —La mujer tomó aliento—. Me has demostrado, aquí y ahora, que posees una comprensión que no sospechaba en ti.
Si nos hubieras mostrado antes la dimensión de tus conocimientos, puede que tu madre y yo te hubiéramos visto como algo más que una chiquilla.
Por ahora, entiende esto: cuando Ephron…
, cuando tu abuelo murió, yo podría haber conservado un control mucho mayor sobre la fortuna familiar del que retuve.
Era su deseo que Althea se quedara con la nave.
Ni Keffria ni tu padre. Fui yo la que lo convencí de que tu padre era un mejor candidato a capitán.
¿Habría hecho eso si esperara acaparar el control?
¿Si me opusiera a que tu padre sea un miembro de pleno derecho de esta familia?
Confié en su estabilidad y sabiduría. Pero él no se conformó con heredar.
Cambió demasiadas cosas, demasiado rápido, sin comprender realmente qué estaba cambiando ni por qué serían para mal esos cambios.
Nunca nos consultó a ninguna al respecto.
De pronto, todo era su voluntad y lo que él pensaba que era mejor.
Yo no lo mantengo en la ignorancia, Malta.
Su ignorancia es una fortaleza que él mismo se ha construido y defiende ferozmente.
Malta escuchaba, pero casi contra su voluntad.
Su abuela era demasiado lista para ella.
Sabía que había mentiras allí escondidas, sabía que la anciana estaba retorciendo la verdad sobre su apuesto, intrépido y valiente padre.
Pero no era lo bastante lista para desenmarañar el subterfugio.
De modo que se obligó a poner una sonrisa en sus labios.
—Entonces no te importará que le cuente lo que sé para terminar con esa ignorancia que tanto te ofende. No te importará que le diga que nunca hubo ninguna carta de navegación del río Pluvia. Que la nao avivada se guía sola. Debería explicárselo todo, ¿no crees?
Estudió con atención el semblante de su abuela para ver cómo encajaba el que Malta conociera su secreto. Pero la expresión de la anciana no la traicionó. Sacudió la cabeza.
—Me amenazas, chiquilla, y ni siquiera sabes que te amenazas a ti misma.
El trato con los mercaderes de los Territorios Pluviales conlleva costes y peligros.
Son nuestros hermanos y no hablaré mal de ellos.
Mantendré con ellos las promesas que les he hecho.
Pero Ephron y yo decidimos hace tiempo que no haríamos más tratos, más promesas con ellos.
Porque queríamos que nuestras hijas y nuestros nietos (sí, tú también) tomaran sus propias decisiones.
Por eso vivimos una vida más dura de lo necesario y no saldamos nuestras deudas tan deprisa como podríamos haberlo hecho.
No nos importaba el sacrificio. —La voz de su abuela empezó a temblar mucho—.
Nos sacrificamos por ti, gata rabiosa. Y ahora te miro y me pregunto por qué.
Por tus venas corre el agua salada de Chalaza, no la sangre del Mitonar.
La anciana dio media vuelta y salió corriendo de la sala.
No hubo fuerza ni dignidad en su retirada.
Malta sabía que eso significaba que había vencido.
La había derrotado, de una vez por todas, y ahora todos tendrían que tratarla de otra manera.
Había ganado, había demostrado que su voluntad era tan fuerte como la de su abuela.
Y no le importaba, no realmente, eso último que había dicho su abuela.
Todo era mentira, todo eso de los sacrificios hechos por ella… Todo era mentira.
Mentira. Y esa era otra cosa. No había querido mentir acerca de la caja.
No lo habría hecho si la vieja no hubiera estado tan segura de que ella la había robado y mentido al respecto.
Si Ronica Vestrit la hubiera mirado y se hubiera preguntado por un instante si era inocente, Malta le habría contado la verdad.
Pero ¿de qué servía decir la verdad a la gente si ya te tenían por embustera y la verdad no haría más que confirmar sus sospechas?
Lo mismo podría mentir dos veces y ser la embustera y la ladrona que su abuela no solo pensaba que era, sino que esperaba que fuera.
Sí, era verdad, su abuela quería que fuera mala y perversa, porque así sentiría que obraba con justicia al tratar tan mal al padre de Malta.
Su abuela tenía la culpa de todo. Si una trataba mal a la gente, a la larga se volvería en su contra.
—¿Malta? —La voz era muy suave, muy delicada. Una mano se posó con ternura en su hombro—. ¿Estás bien, tesoro?
Malta giró en redondo, agarrando su tazón de gachas y arrojándolo a los pies de Rache.
—¡Odio las gachas! ¡No me las vuelvas a poner! Me da igual qué prepares, pero no me sirvas más gachas. ¡Y no me toques! No tienes derecho. ¡Ahora limpia eso y déjame en paz!
Apartó a la atónita esclava de un empujón y salió corriendo de la estancia. Esclavos. Qué estúpidos eran. No tenían ni idea de nada.
— Dechado . Me gustaría hablar contigo de una cosa.
Ámbar había pasado la tarde con él. Se había traído una lámpara y había explorado su interior.
Había recorrido despacio la bodega de carga, el camarote del capitán, la sala de mapas, hasta el último compartimento que escondía su casco.
En el transcurso de su paseo le había hecho muchas preguntas, a algunas él había contestado, a otras no quería o no podía.
Había encontrado las cosas abandonadas por Brashen y las había reordenado atrevidamente para su comodidad.
«Alguna noche vendré aquí y dormiré contigo, ¿quieres?
—le había propuesto—. Nos quedaremos despiertos hasta tarde y nos contaremos historias hasta que amanezca».
Se había mostrado muy interesada por todos los curiosos detalles que había encontrado.
Una bolsa con dados dentro, escondida aún en una rendija donde algún marinero la había guardado para jugar durante las guardias sin que lo descubrieran.
Un mensaje escarbado en un mamparo. «Tres días, que Sa nos ayude», decía, y Ámbar había querido saber quién lo había escrito y por qué.
Las manchas de sangre le habían llamado mucho la atención.
Había ido de una a otra, contando hasta diecisiete parches irregulares en la cubierta y las bodegas.
Había pasado por alto otras seis, pero Dechado no le había dicho nada, como tampoco pensaba rememorar para ella el día en que se había vertido la sangre ni los nombres de los caídos.
Y en los aposentos del capitán, Ámbar había descubierto el compartimento cerrado con llave que debería contener sus cuadernos de bitácora, pero estaba vacío.
La cerradura se había roto hacía tiempo y la puerta de madera se veía astillada y desvencijada.
Los diarios que deberían haber contenido sus memorias habían desaparecido, sustraídos todos.
Ámbar se había cebado con ese hecho como una gaviota con un cadáver.
¿Por eso no podía contestar a sus preguntas?
¿Necesitaba sus bitácoras para recordar?
¿Sí? Entonces, ¿cómo es que recordaba sus visitas o las de Mingsley?
No guardaba ningún registro de esas cosas.
Dechado se había encogido de hombros.
—Dentro de una decena de años, cuando hayas perdido el interés por mí y ya no vengas a visitarme, me olvidaré también de ti.
No te paras a pensar que estás interrogándome sobre sucesos que, casi con toda seguridad, se produjeron antes de que nacieras.
¿Por qué no me hablas de tu niñez? A ver lo bien que recuerdas tu infancia.
—No muy bien. —Ámbar cambió bruscamente de tema—. ¿Sabes lo que hice ayer? Fui a ver a Davad Restart y le hice una oferta para comprarte.
Sus palabras hicieron enmudecer a Dechado . Luego replicó con frialdad:
—Davad Restart no puede venderme. No es mi dueño. Ninguna nao rediviva se puede comprar y vender, salvo de pariente a pariente y solo en circunstancias extremas.
Le tocó a Ámbar guardar silencio.
—No sé por qué, pensaba que sabías estas cosas.
En fin. Si no es así, deberías porque te conciernen.
Dechado , entre los nuevos mercaderes hace meses que circula el rumor de que estás a la venta.
Davad ejerce de intermediario. Al principio, tu familia estipulaba que no se te debía seguir empleando como embarcación porque…
, porque no querían responsabilizarse de ninguna muerte…
—Dejó la frase sin terminar—. Dechado , ¿te puedo hablar con franqueza?
A veces pareces muy pensativo y sabio. Y otras…
—Así que ¿te ofreciste a comprarme? ¿Por qué? ¿Qué harás con mi cuerpo? ¿Cuentas? ¿Muebles? —Estaba a punto de perder el control, sus palabras rebosaban sarcasmo. ¡Cómo se atrevía!
—No —dijo ella con un pesado suspiro. Casi para sí, musitó—: Me temía algo así. —Tomó aliento—. Te conservaría tal y como eres, donde estás. Esos fueron los términos de mi oferta.
—¿Aquí encadenado? ¿Varado para siempre? ¿Para que las gaviotas me caguen encima y los cangrejos correteen por debajo? ¿Encallado aquí hasta que la parte de mí que no es tronconjuro se pudra y me caiga a pedazos, gritando de agonía?
—¡ Dechado ! —Ámbar chilló su nombre, con voz entre dolorida y enfadada—.
Para. ¡Para ya! Has de saber que yo nunca permitiría que te pasara algo así.
Tienes que escucharme, tienes que dejarme hablar hasta haberlo oído todo.
Porque creo que necesitaré tu ayuda. Si te pierdes ahora en acusaciones y sospechas disparatadas, no podré ayudarte.
Y más que ninguna otra cosa, lo que quiero es ayudarte.
—Su voz fue suavizándose y disminuyendo en volumen con esas palabras.
Volvió a inspirar hondo—. Vale. ¿Puedes escucharme?
¿Me darás por lo menos la oportunidad de explicarme?