Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 29
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Sueños y realidad

—La caja de sueños no está.

La mirada de Malta pasó de un rostro solemne a otro. Su madre y su abuela la observaban. Sorprendida, abrió los ojos de par en par.

—¿Cómo es posible? ¿Estás segura?

—Más que segura —respondió suavemente su madre.

Malta recorrió el resto de la distancia que la separaba del interior de la sala y ocupó su sitio a la mesa del desayuno. Destapó el plato que tenía delante.

—¿Otra vez gachas? ¡Es imposible que seamos tan pobres! ¿Cómo puede haberse perdido la caja? —Levantó la cabeza para mirarlas a los ojos. Su abuela los tenía entrecerrados cuando dijo:

—Pensé que a lo mejor tú sabías algo.

—La última vez que la vi la tenía madre. No me la dio, no me dejó casi tocarla —señaló Malta—. ¿Hay algo de fruta o mermelada para acompañar esto?

—No. No hay nada. Si queremos pagar nuestras deudas a tiempo, tendremos que vivir frugalmente una temporada. Ya te lo hemos dicho.

Malta exhaló un pesado suspiro.

—Lo siento —respondió compungida—. A veces se me olvida.

Espero que papá vuelva pronto. Qué alegría cuando las cosas sean otra vez como se supone que tienen que ser.

—Miró de nuevo a su madre y su abuela y ensayó una sonrisa—.

Hasta entonces, me imagino que deberíamos dar gracias por lo que tenemos.

—Se sentó recta, adoptó una expresión modosa y tomó una cucharada de gachas.

—Ya. ¿Y no se te ocurre dónde podría estar la caja de sueños? —insistió su abuela.

Malta negó con la cabeza y tragó saliva.

—No. A no ser… ¿Habéis preguntado a los criados si la movieron mientras limpiaban? A lo mejor la nana o Rache saben algo.

—La guardé. No estaba donde alguien pudiera moverla por accidente. Alguien tuvo que entrar en mi cuarto, buscarla y llevársela.

—¿Falta algo más? —se apresuró a preguntar Malta.

—Nada.

Pensativa, Malta tomó otra cucharada de gachas.

—¿Y no podría haber… desaparecido sin más? —preguntó con una ligera sonrisa—. Lo sé, os parecerá una tontería. Pero se oyen tantas cosas extrañas sobre los regalos de los Territorios Pluviales… A la larga, una llega a pensar que cualquier cosa es posible.

—No. No habría desaparecido —dijo despacio su abuela—. Aunque se hubiera abierto, no habría desaparecido.

—¿Cómo sabes tanto de cajas de sueños? —preguntó con curiosidad Malta. Se sirvió una taza de té y la endulzó con miel mientras aguardaba una respuesta.

—Una amiga mía recibió una caja una vez. La abrió y tuvo el sueño. Y aceptó la petición del joven. Pero él murió antes de que se casaran. Creo que se casó con su hermano unos años después.

—Puaj —soltó Malta. Tomó otra cucharada de gachas y añadió—: No me imagino casada con un terrapluvio. Aunque en teoría sean nuestros hermanos y todo eso. ¿Os imagináis besar a alguien que sea todo verrugas? ¿O desayunar con él cada mañana?

—Los hombres son algo más que mera fachada —observó su abuela con frialdad—. Cuando lo comprendas, puede que empiece a tratarte como a una mujer. —Volvió su desaprobatoria mirada hacia su hija—. Y bien, ¿qué vamos a hacer?

La madre de Malta meneó la cabeza.

—¿Qué podemos hacer? Explicar, con todo el tacto posible, que hemos perdido el regalo antes de poder devolverlo. Pero que todavía no podemos considerar la petición, puesto que Malta es demasiado joven.

—¡No podemos decirles que hemos perdido el regalo! —exclamó su abuela.

—Entonces ¿qué? ¿Mentir? ¿Decir que nos lo quedamos, pero que rechazamos la petición?

¿Fingir que no lo recibimos e ignorar la situación?

—La voz de Keffria ganaba en sarcasmo con cada sugerencia—.

Así solo conseguiríamos quedar aún más en ridículo.

Puesto que ha sido culpa mía, seré yo quien escriba la carta y cargue con la vergüenza.

Les diré que la había guardado en un lugar que consideraba seguro, pero que por la mañana se había esfumado.

Les ofreceré mis más sinceras disculpas y una compensación.

Pero también rechazaré la petición y señalaré diplomáticamente que semejante regalo nada más comenzar el cortejo no es apropiado…

—Lo es según los estándares de los Territorios Pluviales —difirió Ronica—. Sobre todo para la familia Khuprus. Su riqueza es legendaria. Seguro que para el muchacho no era más que una bagatela.

—Mm. A lo mejor deberíamos casar a Malta con él, en ese caso —bromeó su madre—. La verdad es que no nos vendría nada mal un pariente adinerado.

—¡Madre! —exclamó con irritación Malta. Detestaba que su madre dijera esas cosas.

—Era una broma, Malta. No dejes que te dé un ataque por eso. —Keffria se levantó de la mesa—. En fin. No será fácil redactar esta carta. Será mejor que me ponga manos a la obra.

—Asegúrales que, si encontramos la caja, se la devolveremos —sugirió su abuela.

—Por supuesto. Me propongo volver a registrar mi cuarto. Pero será mejor que escriba la carta si quiero enviarla con el Kendry cuando zarpe. —La madre de Malta abandonó la estancia alargando el paso.

Malta se acabó la última cucharada de gachas de su tazón, pero no fue lo bastante rápida.

—Malta —dijo su abuela, en voz baja pero firme—.

Te voy a preguntar, por última vez, si has robado esa caja de la habitación de tu madre.

No, piensa antes de responder. Piensa en lo que significa esto para el honor de nuestra familia, para tu reputación.

Dime la verdad, y te prometo que no me enfadaré por haber mentido.

—Su abuela esperó, conteniendo la respiración, observando a Malta como una serpiente.

Malta dejó su cuchara.

—No he robado nada —dijo con voz trémula—. No sé cómo puedes pensar algo así de mí. ¿Qué te he hecho para merecer estas acusaciones todo el tiempo? Oh, ojalá estuviera aquí mi padre para ver cómo me tratas en su ausencia. ¡Estoy segura de que no es esta la vida que quería para su única hija!

—No. A estas alturas, él ya te habría subastado como a una gorda ternera —soltó su abuela—.

A mí no me vengas con sentimentalismos. Puede que engañes a tu madre, pero no a mí.

Te lo explicaré en pocas palabras. Si has cogido la caja de sueños y la has abierto, bueno, en ese agujero podrían enterrarnos a todas.

Pero si sigues mintiendo y te quedas con ella…

Oh, Malta. No puedes despreciar el cortejo de una de las principales familias de mercaderes de los Territorios Pluviales.

Este no es momento para tus jueguecitos infantiles.

Estamos en la cuerda floja, financieramente hablando.

Lo que nos ha salvado hasta ahora es nuestra reputación de ser siempre fieles a nuestra palabra.

No mentimos, no engañamos, no robamos. Pagamos nuestras deudas con honradez.

Pero si la gente pierde la fe en eso, si empiezan a creer que faltamos a nuestra palabra, estaremos perdidas, Malta.

Perdidas. Y con lo joven que eres, tendrás que ayudar a pagar el precio por ello.

Malta se puso de pie despacio. Soltó su cuchara de golpe, estrellándola contra el plato.

—Mi padre volverá pronto a casa, con la bolsa llena después de haber trabajado duro.

Él pagará nuestras deudas y nos protegerá de la ruina que nos ha traído tu imprudencia.

No tendríamos ningún problema si el abuelo hubiera navegado el río Pluvia, como cualquier otro hombre con una nao rediviva.

Si tú hubieras escuchado a Davad y le hubieras vendido esas tierras poco productivas, o si le hubieras dejado por lo menos que la trabajara con sus esclavos para obtener algún beneficio, no estaríamos metidas en este agujero.

No es mi testarudez lo que amenaza a esta familia, sino la tuya.

El semblante de su abuela había pasado de la severidad a la consternación. Ahora la furia le fruncía los labios carentes de color.

—¿Acaso escuchas detrás de las puertas, nietecita, lo que le dice un hombre moribundo a su mujer? Pensaba muchas cosas de ti, Malta, buenas y malas. Pero nunca me hubiera imaginado que eras una fisgona entrometida.

Malta irguió la cabeza con frialdad. Acarameló la voz:

—Me dijiste que así era como aceptaban a una como mujer en esta familia: conociendo el estado de las propiedades y las finanzas familiares, estando al corriente tanto de los riesgos como de las oportunidades.

Pero, por lo visto, tú preferirías correr cualquier riesgo con tal de mantener a mi padre en la ignorancia.

No lo consideras un miembro de esta familia, ¿verdad?

Ya, vale para engendrar niños y tener contenta a mi madre.

Pero aparte de eso no esperas nada de él.

Porque podría poner en peligro tu plan: quedarte con el poder y el control, aunque eso signifique la ruina para esta familia —Malta no supo lo profunda que era su rabia hasta haberla destilado como si fuera veneno.

La voz de su abuela sonó temblorosa cuando respondió: