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—Estudiaba para sacerdote. He trabajado en los huertos. Puedo hacer cristal tintado. Sé leer, escribir y calcular. Y he sido grumete de a bordo —añadió a regañadientes.
—Demasiado engreído —se burló el comprador. Se dio la vuelta, meneando la cabeza para su acompañante—. Costaría adiestrarlo. Ya se cree que sabe demasiado.
Mientras él intentaba encontrar una respuesta adecuada, un tirón de su cadena le llamó la atención.
Los demás ya estaban subiendo los escalones y Wintrow trastabilló tras ellos.
Por un instante, lo único en que pudo concentrarse fueron la empinada escalera y los contados escalones que le ligaban los tobillos.
Luego ocupó su puesto en la fila de esclavos encima del tablado iluminado con antorchas.
—¡Esclavos nuevos, esclavos frescos, todavía sin vicios, esos tendréis que enseñárselos vosotros!
—El subastador comenzó su cantinela. La multitud respondió con tibias risitas—.
Esto es lo que tengo, vedlo con vuestros propios ojos y decidid cuál iniciará la subasta.
Tengo aquí un par de manos fuertes, buenas para la granja, el campo o el establo; tengo aquí una abuela cariñosa, ideal para velar por vuestros pequeños; tengo aquí una mujer, un poco potreada pero todavía con algunos años buenos por delante; y un par de muchachos, chavales sanos y vivaces, lo bastante jóvenes para aprender lo que sea.
Venga, ¿quién quiere empezar las apuestas?
No seáis tímidos, levantad la voz y decidme cuál os llama más la atención.
—El subastador invitó con un gesto al mar de rostros que se elevaban ansiosos hacia la mercancía de la plataforma.
—¡Mayvern! ¡La anciana! ¡Tres de plata! —Wintrow encontró a la muchacha desesperada entre el gentío. Una hija, tal vez, o una joven amiga. Wintrow pensó que se le iba a partir el corazón.
Entonces atisbó algo que hizo que le diera un vuelco en el pecho. La altura y el pelo rubio de su padre sobresalían entre la multitud como una bandera que le indicara el camino hacia la seguridad. Estaba discutiendo algo con un hombre a su espalda.
—¡Padre! —gritó, y vio cómo la cabeza de Kyle Haven se giraba con incredulidad hacia la plataforma. Vio a Torg a su lado, llevándose la mano a la boca como si estuviera asombrado, fingiendo muy bien su sorpresa. Un cuidador pegó a Wintrow en las costillas con su vara.
—Quieto. Espera tu turno —le ordenó.
Wintrow apenas sintió el golpe ni oyó las palabras.
Solo tenía ojos para la cara de su padre, vuelta hacia él.
Qué pequeño y lejano parecía inmerso en aquel mar de rostros.
En la creciente oscuridad, Wintrow no podía estar seguro de cuál era su expresión.
Miró a su padre y rezó a Sa. Ni su mente ni sus labios dieron forma a palabra alguna; era un simple ruego de misericordia.
Vio cómo su padre se volvía hacia Torg para hablar apresuradamente sobre algo.
Se preguntó si, a estas alturas del día, su padre tendría aún dinero que gastar.
Pero debía de quedarle algo, o habría tomado lo que hubiera comprado y habría regresado al barco.
Wintrow intentó sonreír esperanzado, pero no lograba recordar cómo se hacía.
¿Qué sentiría su padre? ¿Rabia, alivio, vergüenza, lástima?
Daba igual, decidió. Su padre no podría verlo allí y dejar de comprarlo, ¿verdad? Al fin y al cabo, ¿qué diría su madre?
Nada si no llegaba a enterarse, comprendió de repente. Nada si lo único que sabía era que su hijo se había fugado en la ciudad de Jamaillia.
El látigo del subastador golpeó la mesa delante de él.
—¡Adjudicada! —bramó—. Por diez de plata, y que la disfrute, mi buena señora. Vamos. ¿Quién quiere abrir la siguiente puja? Venga, vamos, tengo aquí dignos esclavos. Fíjense en los músculos de estos labradores. Faltan pocos meses para la siembra de primavera, granjeros. ¡Hay que estar preparados!
—¡Padre! ¡Por favor! —gritó Wintrow, y dio un respingo cuando el cuidador volvió a aporrearlo.
Muy despacio, Kyle Haven levantó la mano.
—Cinco piezas. Por el muchacho.
La multitud soltó una risotada generalizada ante esta puja tan insultante. Por cinco piezas de cobre se compraba un cuenco de sopa, no un esclavo. El subastador trastabilló teatralmente de espaldas, con la mano en el pecho.
—¿Cinco piezas? —preguntó con falsa desolación—. Ay, chaval, ¿qué habrás hecho para enfadar tanto a papá? ¿Alguien más interesado en este esclavo de cinco piezas?
Una voz se impuso a la algarabía:
—¿Qué chico es el que sabe leer, escribir y calcular?
Wintrow mantuvo la boca cerrada, pero uno de los guardias respondió solícito:
—Es este. Estudiaba para sacerdote. También dice que sabe trabajar el cristal tintado.
Esta última afirmación sobre un muchacho en apariencia tan joven sembró la duda en otros.
—¡Un cobre entero! —chilló alguien entre risas.
—¡Dos!
—Endereza la espalda —le ordenó el guardia antes de subrayar la orden con otro garrotazo.
—Tres —dijo hoscamente su padre.
—¡Cuatro! —Esto vino de un mozalbete que había al filo de la aglomeración. Sus compañeros y él se daban con el codo y se agitaban nerviosos, paseando la vista de Wintrow a su padre. A Wintrow se le hundió el corazón. Si su padre se percataba de este juego, nadie sabía cómo podría reaccionar.
—Dos de plata —ofreció una voz de mujer, en apariencia pensando que podría poner fin enseguida a la puja con un fuerte aumento.
Dos de plata, como descubriría Wintrow posteriormente, seguía siendo una oferta baja para un esclavo nuevo y poco prometedor, pero estaba dentro de los límites de lo aceptable.
—¡Dos de plata! —repitió entusiasmado el subastador—.
Ahora, amigos y convecinos, empezamos a tomarnos en serio a este rapaz.
¡Lee, escribe y calcula! Dice saber trabajar el cristal tintado, pero eso no nos servirá de mucho, ¿verdad?
Un muchacho útil, destinado a medrar porque más pequeño no puede hacerse; un joven fácil de tratar y de educar. ¿Alguien ha dicho tres?
Así era, pero no el padre de Wintrow ni ninguno de los muchachos entrometidos.
Las ofertas se dispararon hasta las cinco piezas de plata antes de que los compradores de verdad empezaran a sacudir las cabezas y dar media vuelta para examinar el resto de la mercancía a la espera.
Los muchachos al borde de la multitud continuaron pujando hasta que Torg recibió la orden de colocarse a su lado.
Frunció el ceño, pero Wintrow vio cómo les ofrecía un puñado de monedas para que abandonaran su juego.
Ah. De modo que así funcionaba y esa era su finalidad.