28 #4
—¿Le parezco la clase de persona que solicitaría un puesto a bordo de una embarcación sin verla antes? Sé dónde está amarrada. Mi petate y yo estaremos a bordo de ella, por si cambia de opinión sobre mí. Pero no creo que lo haga.
—Bueno, muy bien. Que tengas un buen día, en ese caso.
—Lo mismo digo.
Brashen abandonó el despacho del agente cerrando la puerta a su espalda.
Una vez en la calle, emprendió la marcha a buen paso, al fin con un propósito.
Le alivió descubrir que su petate seguía todavía en la pila de heno tras la cuadra de caballos de alquiler donde había dormido esa noche.
Si se lo hubieran robado, estaría en un auténtico apuro.
Lo abrió y echó un rápido vistazo a su interior para cerciorarse de que no le hubieran sustraído nada.
No es que guardara allí nada de valor, pero lo que tenía era suyo.
Revolvió dentro de la bolsa. Allí seguía su suministro de cindin.
Cada vez menos, pero bastaría. No lo iba a usar mientras estuviera trabajando, en cualquier caso.
Nunca consumía cindin estando de servicio.
Lo más probable era que lo dejara arrinconado y ni siquiera lo tocara mientras estuviera a bordo.
Al fin y al cabo, en los años transcurridos a bordo de la Vivacia , no había recurrido nunca a él, ni siquiera estando de permiso.
Pensar en la Vivacia le produjo una sorda punzada de dolor.
Al perder su puesto en ella, había perdido mucho más que eso.
Intentó imaginarse cómo habrían sido las cosas si Ephron Vestrit no hubiera caído enfermo.
Sabía que aún navegaría a bordo de ella.
Y Althea también. Sintió otra puñalada al pensar en la joven.
Ni siquiera sabía en qué rincón de esta sucia ciudad se encontraba.
Estúpido y testarudo, ese era él. No había ningún motivo, ninguno en absoluto, para marcharse a hurtadillas como lo había hecho esa noche.
¿Y qué si ella le había dicho que ni siquiera se conocían?
Solo eran palabras, él conocía la verdad, al igual que ella.
Lo conocía tan bien que no había querido tener nada más que ver con él.
Se detuvo en medio de la calle, dejó su petate en el suelo y sacó el resto del cindin.
Partió un trocito de la varita y se lo metió en la boca.
No mucho, solo lo justo para ayudarle a parecer más animado hasta haber podido degustar una comida decente a bordo.
Era curioso cómo un par de noches con el estómago casi vacío podían hacer que hasta las galletas de a bordo y la carne de vaca en salazón parecieran apetitosas.
Por un momento, el cindin le escoció; luego se lo colocó mejor con la lengua y se sintió mejor.
Inspiró hondo, tragándose la amargura que le inundaba la boca, y sintió que el mundo entero ganaba en definición.
Volvió a cargarse al hombro el petate y puso rumbo a los muelles.
Sería agradable volver a ocupar un lugar concreto en el mundo.
Y la Víspera de Primavera prometía ser una nave interesante.
Pese a haber surcado a menudo el Paso Interior a bordo de la Vivacia , no habían hecho muchas paradas.
El capitán Vestrit hacía la mayoría de sus compras al sur de Jamaillia.
Brashen había estado en un centenar de pequeños puertos exóticos en esa parte del mundo.
Ahora sería interesante reencontrarse con las Islas Piratas.
Se preguntó si habría alguien allí que se acordara de él.
El mediodía había venido y se había ido, que Wintrow supiera.
Al menos, eso le indicaba su estómago. Se tocó la cara de nuevo y se miró las yemas de los dedos.
El pus del nuevo tatuaje parecía pegajoso al tacto.
Se preguntó qué aspecto tendría. Podía ver el mismo sello verde en los rostros de sus compañeros de compartimento, pero le costaba imaginárselo en su propio semblante.
Eran esclavos, no resultaba tan chocante verlos tatuados.
Pero él no era ningún esclavo. Todo aquello era un error.
En teoría, su padre tenía que venir a rescatarlo.
Como una burbuja que estalla, vio de pronto lo ilógico que era todo.
Ayer, sus rostros estaban tan inmaculados como el suyo.
Al igual que él, eran unos recién llegados a este estatus.
Pero, sin saber cómo, todavía era incapaz de considerarse un esclavo. Todo aquello era un tremendo error.
Hacía un rato que oía sonidos, el murmullo de una aglomeración de gente, voces alzadas para imponerse al estruendo general. Pero nadie había venido a verlos, salvo un guardia solitario y aletargado haciendo la ronda.
Se aclaró la garganta. Nadie miró en su dirección. A pesar de todo, dijo:
—¿Por qué no ha venido ningún comprador? En los otros cajones había compradores mirando arriba y abajo, llevándose esclavos.
—Será que estabas en los cajones de los caramapas —dijo cansadamente el muchacho mugriento—.
Si la oferta es buena, se llevan casi a cualquiera.
Los esclavos cualificados son para las empresas que los alquilan.
Salen a subasta para que las compañías pujen unas contra otras.
Los esclavos nuevos. —Se interrumpió y carraspeó a su vez.
Su voz sonaba algo ronca cuando continuó—: Los esclavos nuevos como nosotros también salimos a subasta.
La ley clemente, la llaman. A veces tu familia o amigos vienen y te compran, y luego te restituyen la libertad.
Antes lo encontraba gracioso. Mis amigos y yo solíamos venir a las subastas y pujar por los esclavos nuevos.
Tan solo para subir el precio y ver cómo sudaban sus hermanos o sus padres.
—Carraspeó otra vez con brusquedad y regresó a su rincón del compartimento—. Nunca pensé que me vería aquí.
—A lo mejor tus amigos te compran —sugirió en voz baja Wintrow.
—¿Por qué no te callas antes de que te rompa los dientes? —rezongó el muchacho, y Wintrow dedujo que ningún familiar o amigo iba a venir a pujar por él. Ni por cualquiera de los otros, a juzgar por su aspecto.
Había una mujer entrada ya en años. Por su aspecto se intuía que tenía el carácter risueño, pero hoy tenía el semblante desencajado.
Se mecía sentada en la paja. Había dos jóvenes cohibidos, probablemente en la veintena, vestidos con toscas ropas de campesino.
Estaban sentados el uno junto al otro, callados y con la mirada perdida.
Wintrow se preguntó si serían hermanos o tal vez amigos.
La otra mujer del compartimento era de edad indeterminada, entre desilusionada y fría.
Estaba sentada y hecha una pelota, con los brazos ciñéndole las rodillas.
Sus labios dibujaban una línea recta, sus ojos estaban siempre entrecerrados.
En su boca se veían heridas provocadas por alguna enfermedad.
El corto día de invierno tocaba casi a su fin cuando vinieron por los esclavos.
Wintrow no había visto nunca a esos hombres.
Portaban macanas y un rollo de pesadas cadenas.
Conforme le iban quitando los grilletes a cada uno de los prisioneros, este pasaba a quedar ligado a la cadena hasta componer una cuerda de nuevos esclavos.
—Por aquí —dijo uno. El otro hombre no se molestó en pronunciar palabra, se limitó a propinar un fuerte empellón a Wintrow con su maza para espolearlo.
La renuencia de Wintrow a verse vendido en la palestra como una vaca batallaba con su hartazgo de la incertidumbre de los últimos días.
Por lo menos ahora le iba a ocurrir algo concreto, aunque no tuviera el menor control sobre ello.
Agarró sus puñados de cadenas y avanzó arrastrando torpemente los pies detrás de los otros.
Miró a su alrededor mientras caminaba, pero no había mucho que ver.
Casi todos los compartimentos frente a los que pasaban ya estaban vacíos.
El griterío de la multitud aumentó en intensidad y de pronto se vieron en un patio al aire libre, cercado por galpones de esclavos.
En el centro se alzaba una plataforma a la que se accedía por unos escalones, no muy distinta de cualquier patíbulo.
Ante ella se agolpaba un grupo de personas que contemplaban boquiabiertas la mercancía, riendo, bebiendo, intercambiando galanterías y comentarios.
Y comprando otros seres humanos. Hasta Wintrow llegó de improviso el olor a cerveza derramada y la tentadora fragancia de la carne grasienta al fuego.
Había vendedores de comida atendiendo a la multitud.
Detrás de la plataforma, Wintrow atisbó una hilera de puestos de tatuadores, todos ellos bastante ocupados.
Un bullicioso día de mercado, pensó. Sin duda, aquellas personas habían madrugado ese día, ansiosas por estar allí.
Un día en la ciudad, viendo amigos, regateando en busca de gangas.
Un paseo por la subasta para ver qué esclavos se ofertaban.
Por un momento se quedaron apelotonados al pie de las escaleras mientras el subastador terminaba con la remesa de la plataforma.
Un puñado de compradores serios se abrieron paso a empujones entre la multitud para verlos más de cerca.
Algunos gritaban preguntas a los cuidadores, relacionadas con la edad, el estado de las dentaduras, experiencia previa.
Los cuidadores se las repetían al esclavo en cuestión, como si no pudieran oír y entender al comprador por sí mismos.
Uno se interesó por los años de Wintrow.
—Catorce —respondió con voz queda. El comprador resopló con desdén.
—Cualquiera diría que tiene doce. Levántale la manga, a ver ese brazo. —Y cuando el cuidador lo hubo hecho—: Bueno, hay algo de músculo ahí. ¿Qué trabajo conoces, chico? ¿Cocina? ¿Avicultura?
Wintrow se aclaró la garganta. ¿Qué era? Un esclavo con buenas aptitudes recibiría un trato mejor, o eso le habían dicho. Haría bien en sacar el máximo partido a las cartas que tenía en su mano.