Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 28 #3
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Althea soltó un inmenso suspiro de alivio en cuanto estuvo fuera y pisó el paseo marítimo entablado.

Apenas sentía el viento helado que soplaba a su alrededor.

Tenira no la había reconocido y decidió que era improbable que llegara a hacerlo.

Como insignificante grumete de a bordo, no era de prever que fuera a verse mucho las caras con el capitán.

Ahora que la había visto como Athel, Tenira continuaría viéndola así.

Tenía la confianza de poder superar también el escollo de Grag Tenira.

Athel, el grumete, no se parecía en nada a Althea la pareja de baile.

Su corazón cobró alas al comprender que lo había conseguido.

Tenía el pasaje asegurado hasta el Mitonar.

Y si todo lo que había oído sobre el capitán Tenira era cierto, se sacaría unas cuantas monedas con el viaje.

El hombre era justo. Si veía que trabajaba duro, la recompensaría.

Esbozó una sonrisa. La Ofelia zarparía mañana.

Lo único que tenía que hacer era recoger su petate, dirigirse al barco y encontrar un sitio donde colgar su hamaca. Mañana emprendería el regreso a casa.

Y de nuevo a bordo de una nao rediviva. Su corazón afrontaba esa cuestión con sentimientos encontrados.

La Ofelia no era la Vivacia . Allí no habría ningún lazo.

Por otra parte, Ofelia tampoco sería un pedazo de madera muerta impulsada tan solo por el viento y las olas.

Sería agradable volver a estar a bordo de una embarcación que reaccionara con interés.

Como lo sería ver por última vez esta mugrienta ciudad.

Encaminó sus pasos hacia la roñosa posada en que se hospedaba.

Esta noche subiría a bordo de Ofelia y mañana levarían anclas.

No tenía tiempo de buscar a Brashen para despedirse.

No tenía ni idea de dónde se encontraba.

Diablos, que ella supiera, a estas alturas podría haberse enrolado en cualquier barco.

Además, ¿con qué propósito? Ella pensaba seguir su camino y él, el suyo.

Así de simples eran las cosas. En realidad, no tenía conexión alguna con él.

En absoluto. Ni siquiera sabía por qué estaba pensando en él.

Lo cierto era que no tenía nada más que decirle.

Y volver a verlo solo propiciaría palabras y cuestiones difíciles.

El despacho del agente marítimo era pequeño y sofocante. La chimenea albergaba un fuego abrasador para una estancia tan reducida. Parecía humear en exceso tras las recientes ventoleras del día. Brashen se tiró del cuello de la camisa y se obligó a mantener las manos quietas en su regazo.

—Contrato para la Víspera de Primavera. Hasta ese punto confía en mí el capitán. Y es una confianza que me tomo muy en serio. Si le enviara un patán o un borracho, la nave perdería tiempo, dinero y vidas. Por eso tengo tanto cuidado con quien contrato.

El agente, un hombrecillo calvo, dejó de rechupetear su pipa. Parecía estar esperando una respuesta, de modo que Brashen intentó pensar en alguna.

—Es una gran responsabilidad —aventuró.

El agente exhaló un humo amarillento. La acrimonia de la nube se ensañó con los ojos y la garganta de Brashen, pero este intentó disimular.

Lo único que quería era el puesto de segundo de a bordo que se anunciaba en el tablón de la entrada.

La Víspera de Primavera era un pequeño velero mercante de poco calado que hacía el trayecto de la costa entre Candeleda y el Mitonar.

El cargamento que recogía o soltaba en cada ciudad determinaba su siguiente punto de escala.

Esa era la delicada explicación que le había proporcionado el agente.

A Brashen le sonaba sospechosamente como si la Víspera de Primavera colaborara con los piratas, comprando y vendiendo cargamentos robados de otros barcos.

No estaba seguro de querer implicarse en ese tipo de trabajo.

De hecho, estaba muy seguro de no querer ningún empleo, fuese de la clase que fuera.

Pero se había quedado sin dinero y casi sin cindin.

Así que tenía que trabajar, y este puesto era tan bueno como cualquier otro.

El hombre estaba hablando y Brashen intentó aparentar que había estado prestando atención:

—… al final lo perdimos. Una lástima, llevaba años con nosotros.

Pero, como ya sabrás… —volvió a dar una larga calada a su pipa y expulsó el humo por la nariz—, el tiempo y las mareas no esperan a nadie.

Los productos perecederos tampoco. La Víspera de Primavera tiene que zarpar y nos hace falta un nuevo segundo de a bordo.

Pareces estar familiarizado con las aguas de las que hemos hablado.

Es posible que no te podamos pagar lo que crees que te mereces.

—¿Cuánto me podrían pagar? —preguntó de sopetón Brashen. Acto seguido, sonrió para suavizar la brusquedad de sus palabras. Su dolor de cabeza había regresado sin previo aviso y, como el hombre volviera a echarle el humo a la cara, se temía que iba a vomitar.

—Bueno. —El hombrecillo encajó su pregunta con suspicacia—.

Eso depende, por supuesto. Tienes la carta del Segador , pero nada que demuestre el resto de la experiencia que afirmas tener.

Habrá que pensar en esto. —Lo que se traducía en que esperaba que alguien con más cartas de presentación solicitara el empleo.

—Ya veo. ¿Cuándo sabrá si me quieren? —Otra pregunta mal formulada. Una vez dicha se percató, pero era como si fuese incapaz de gobernar sus palabras antes de que estas abandonaran sus labios. Volvió a sonreír y rezó para que su sonrisa no se viera tan enfermiza como se sentía.

—Posiblemente mañana a primera hora.

Cuando el hombre chupó su pipa, Brashen se agachó y fingió ajustarse el dobladillo de los pantalones. Esperó a que hubiera espirado antes de enderezarse. Aun así, se encontró una nube de humo amarillento esperándolo. Tosió, se aclaró la garganta.

—En ese caso, volveré a pasarme por aquí.

—Un nudo de ansiedad empezaba a formarse en sus tripas.

Tendría que afrontar un día más sin comida, otra noche durmiendo a la intemperie.

Con cada día que pasara así, tendría menos posibilidades de encontrar un empleo decente.

Alguien famélico, desaseado y sin afeitar no era el candidato ideal para un agente que buscara segundos de a bordo.

—Sí. Pásate —dijo el hombre con voz ausente. Ya había empezado a remover los papeles de su mesa, olvidándose de Brashen—. Y ven listo para zarpar. Si te contratamos, querremos tenerte de inmediato. Que tengas buen día.

Brashen se puso en pie despacio.

—Eso es algo presuntuoso. No quiere decirme si me va a contratar ni cuánto va a pagarme, pero yo tengo que estar limpio para zarpar a indicación suya.

De eso, nada. —«No seas idiota», aullaba su parte racional.

«¡Cállate, cállate, cállate!». Pero las palabras ya estaban dichas y sabía que solo conseguiría parecer ignorante además de grosero si intentaba retirarlas ahora.

Probó a imprimir una nota de civismo en su tono y añadió—: Que tenga usted un buen día, señor.

Lamento que no vayamos a hacer negocios juntos.

El agente naval parecía ofendido y preocupado a un tiempo.

—¡Espera! —exclamó, casi con rabia—. Alto ahí.

Brashen se detuvo y se volvió hacia él con una ceja enarcada.

—No nos precipitemos. —La indecisión bailaba en los ojos del hombre—. Te diré lo que podemos hacer: luego voy a hablar con el hombre del Segador . Si me dice que todo está en orden contigo, te pagaremos el mismo salario que ellos. Es justo.

—No. No lo es. —Tras haber adoptado una pose de duro, no le quedaba más remedio que atenerse a ella.

Y lo cierto era que no quería que el agente conversara con nadie del Segador —.

En el Segador era tercero de a bordo. Si firmo con la Víspera de Primavera , seré el segundo.

Ni el capitán, ni un marinero cualquiera plantado delante del palo.

El segundo, que es responsable de cualquier cosa que salga mal a bordo.

Puede que la Víspera de Primavera sea una embarcación más pequeña, pero el trabajo es mayor.

La tripulación de un barco mercante tiene que trabajar más duro y más deprisa que la de un barco matadero.

Y apuesto que la Víspera de Primavera consigue más monedas que el Segador , si es una nave que vale.

Si navego como segundo a bordo de la Víspera de Primavera , quiero cobrar lo mismo que mi predecesor.

—¡Pero él tenía años de experiencia a bordo de esa nave! —graznó el agente.

—Yo tengo años de experiencia como segundo a bordo de la Vivacia , una embarcación mucho mayor. Venga. Págueme lo mismo que al otro. Si ganaba dinero con él, le garantizo que no ganaran menos conmigo.

El agente se hundió en su silla.

—Tienes la arrogancia de un buen segundo —concedió a regañadientes—. De acuerdo. Ven listo para zarpar y con el salario de un segundo de a bordo. Pero te lo advierto: como no estés a la altura, el capitán te hará desembarcar en el siguiente puerto, por pequeño que sea.

—Haré algo mejor, puesto que soy una persona honrada y cumplidora en el trabajo —sugirió Brashen—.

Me presentaré ahora en el barco. Si tiene que partir pasado mañana, me hará falta este tiempo al menos para asegurarme de que todo esté en su sitio y para que la tripulación comprenda que yo soy ahora el segundo de a bordo.

Le daré al capitán una jornada completa para probar mi valía.

Si no le gusta mi manera de hacer las cosas, que me diga que me vaya. ¿Le parece eso justo?

Era el momento adecuado para ofrecerle esa concesión. Le permitió al agente salvar en parte su orgullo mientras entornaba los ojos, pensativo, antes de asentir.

—Me parece justo. ¿Sabes dónde está amarrada la Víspera de Primavera ?

Brashen esbozó una sonrisa.