Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 28 #2
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¿Pensaban que eso la haría feliz? Si encontraban a Wintrow y lo traían de vuelta, obligado a servirla, ¿pensaban que se mostraría dócil y satisfecha? Kyle lo creería. Por eso había traído a Wintrow, para empezar. Kyle no sabía nada de corazones voluntariosos.

— Vivacia —insistió Gantry con desesperación—. Por favor. Por favor, ¿no puedes dejar de mecerte? Hoy el agua está lisa como un espejo. Los demás barcos del puerto están quietos. Por favor.

Lo sentía por Gantry. Era un buen oficial y un marinero capaz. Nada de esto era culpa suya. No debería tener que sufrir por ello.

Aunque, pensándolo bien, ella tampoco.

Hizo un intento por encontrar su fuerza. Gantry era un buen marinero; le debía al menos una explicación.

—Me estoy perdiendo —empezó, y oyó entonces lo peculiar que eso sonaba.

Volvió a intentarlo—: No es tan difícil cuando sé que alguien va a regresar.

Pero cuando no, cuesta aferrarse a mi identidad.

Empiezo a pensar… No, a pensar no. Es casi como un sueño, aunque las naos redivivas no podemos dormir.

Pero es como un sueño, y en el sueño soy otra persona.

Otra cosa. Y las serpientes me tocan y eso hace que sea peor.

Ahora el hombre parecía más preocupado.

—Serpientes —repitió, dubitativo.

—Gantry —dijo Vivacia con un hilo de voz—. Gantry, hay serpientes en el puerto. Ocultas en el fondo bajo el barro.

Gantry inspiró hondo y expulsó el aire.

—Ya me lo has dicho. Pero, Vivacia , nadie más ha visto ni rastro de ellas. Así que a lo mejor te equivocas. —Hizo una pausa, esperando una respuesta.

La nave apartó la mirada de él.

—Si Wintrow estuviera aquí, las percibiría. Él sabría que no son imaginaciones mías.

—Bueno —contestó a regañadientes Gantry—, me temo que no está aquí.

Y sé que eso te hace infeliz. Y puede que también te asuste, al menos un poquito.

—Guardó silencio. Su voz adoptó un tono meloso, como si ella fuera una chiquilla nerviosa—: Quizá haya serpientes ahí abajo.

Pero, en ese caso, ¿qué podemos hacer al respecto?

No nos hacen ningún daño. Creo que deberíamos ignorarlas, ¿no te parece?

Vivacia giró la cabeza para mirarlo a los ojos, pero Gantry se negó a sostenerle la mirada. ¿Qué pensaba de ella? ¿Que se imaginaba las serpientes? ¿Que la pena que sentía por el abandono de Wintrow estaba volviéndola loca? Habló con voz queda:

—No estoy loca, Gantry. Me resulta… complicado… estar así de sola. Pero no estoy perdiendo la cordura. Es posible incluso que ahora vea las cosas más claras que nunca. Que vea las cosas a mi manera y no… a la manera de los Vestrit.

Sus intentos por explicarse tan solo confundían aún más a Gantry.

—Bueno. Claro. Eh… —Apartó la mirada de ella.

—Gantry, eres un buen hombre. Me gustas. —Estuvo a punto de no pronunciar las palabras. Pero lo hizo—: Deberías buscarte un barco distinto.

Pudo oler el temor repentino en su sudor cuando le respondió:

—Vaya, ¿qué otro barco podría compararse contigo? —preguntó atropelladamente Gantry—. Después de navegar contigo, ¿por qué querría enrolarme en otra nave? —Falso entusiasmo en su voz.

—A lo mejor porque quieres vivir —dijo ella en voz muy baja—. Tengo un mal presentimiento sobre este viaje. Muy malo. Sobre todo si tengo que emprenderlo sola.

—¡No hables así! —le recriminó él como si se dirigiera a un marinero rebelde. Luego, con voz más serena, añadió—: No vas a estar sola. Yo estaré aquí contigo. Voy a pedirle a Findow que venga a tocar el violín para ti, ¿quieres?

Vivacia se encogió de hombros. Lo había intentado. Clavó la mirada en la lejana aguja del palacio del sátrapa.

Poco después, Gantry se fue.

Se había temido que el capitán Tenira pudiera reconocerla.

Había bailado con su hijo en la Reunión de Invierno, hacía tres años.

Pero si el mercader del Mitonar veía algún parecido entre Athel el marinero y Althea la hija de Ephron Vestrit, no daba muestras de ello.

La miró de arriba abajo con ojo crítico antes de sacudir la cabeza.

—Tienes pinta de ser buen marinero, muchacho. Pero ya te lo he dicho: no necesito más hombres. Mi tripulación está completa. —Habló como si quisiera zanjar el asunto.

Althea mantuvo la mirada baja. Dos días antes había visto a la Ofelia en el puerto.

La imagen del casco plateado y el sonriente mascarón de proa de la antigua nao la habían conmovido con una intensidad que la sorprendió.

Un par de preguntas en las tabernas de la zona portuaria le habían proporcionado toda la información que necesitaba.

La nao rediviva se dirigía a casa, zarparía hacia el Mitonar en cuestión de días.

Nada más oír aquello, Althea había decidido que, de una forma u otra, viajaría a bordo de ella.

Había merodeado por los muelles, observando y aguardando la ocasión de pillar a solas al capitán.

Su plan era sencillo. Primero intentaría enrolarse a bordo como grumete.

Si eso no funcionaba, le revelaría su identidad y le suplicaría que la llevara a casa.

No creía que fuera a rechazarla. Aun así, le había hecho falta todo su coraje para seguir a Tenira hasta esta taberna portuaria y esperar mientras cenaba.

Se había quedado en una esquina, aguardando hasta que él hubo acabado de comer antes de abordarlo.

Cuando el capitán dejó su tenedor y se recolocó en su silla, ella se plantó delante de él. Recurrió ahora a todo su valor.

—Señor, con todos mis respetos, señor. Trabajaría a cambio de nada, tan solo por regresar al Mitonar.

El capitán se volvió en su silla para mirarla de frente y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Por qué? —preguntó con suspicacia.

Althea contempló el suelo de la taberna entre sus pies descalzos y se mordió el labio. Luego miró al capitán de la nao rediviva Ofelia .

—He cobrado mi salario en el Segador … Al menos, conservo parte de la paga.

Me gustaría ir a casa, señor, y darle el dinero a mi madre.

—Althea tragó saliva, azorada—. Antes de que los pierda a todos.

Le prometí que volvería a casa con dinero, señor, con mi padre enfermo como estaba.

Y lo he intentado, pero cuanto más tiempo paso buscando un barco que me lleve al Mitonar, menos dinero me queda.

—Fijó de nuevo la mirada en el suelo—. Aunque no me pague nada, llegaría a casa con más dinero si embarco ahora que si me quedo esperando e intento encontrar un trabajo remunerado.

—Entiendo. —El capitán Tenira miró el plato que había en la mesa frente a él y lo apartó con gesto distendido.

Su lengua jugueteó un momento con algo que tenía en las muelas—.

Bueno, eso es admirable. Pero todavía tendría que darte de comer, supongo.

Y faenar a bordo de una nao rediviva no es como hacerlo en cualquier otra embarcación.

Las anima algo que no tiene nada que ver con el viento o las aguas.

Y Ofelia sabe ser una dama testaruda cuando se lo propone.

Althea se mordió los labios para reprimir una sonrisa.

La Ofelia era una de las naos redivivas más antiguas, perteneciente a la primera generación conocida.

Era un cog viejo y desaliñado, malhablado y verdusco cuando le placía, patricio y autoritario el resto del tiempo.

«Dama testaruda» era la descripción más amable de Ofelia que había oído nunca.

—Sus tripulantes tienen que ser algo más que rápidos y listos —continuaba aleccionando el capitán Tenira—. Tienen que ser firmes. Con ella no se puede mostrar uno temeroso ni supersticioso. Y tampoco puedes dejar que te ningunee. ¿Alguna vez has estado a bordo de una nao rediviva, muchacho?

—Algo así —admitió Althea—. Antes de empezar a navegar, solía bajar a la muralla norte del Mitonar y hablar a veces con ellas. Me gustan, señor. No les tengo miedo.

El capitán carraspeó. Con otra voz, señaló:

—Y una nave mercante es muy diferente de un barco matadero. Nos movemos mucho más deprisa y nos mantenemos mucho más limpios. Cuando el segundo de a bordo te diga que saltes, tendrás que brincar sin perder tiempo. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sí, señor, puedo hacerlo. Y soy aseado y mantendré limpia mi área. —Althea estaba asintiendo como una marioneta.

—Bueno. —El capitán lo consideró—. Sigo sin necesitarte, ¿sabes? Servir a bordo de una nao rediviva es algo por lo que muchos hombres harían cualquier cosa. Vas a ocupar un puesto que no me costaría nada llenar con otro hombre mayor y más experto.

—Lo sé, señor. Se lo agradezco, señor.

—Procura que así sea. Soy un patrón exigente, Athel. Puede que te arrepientas de esto antes de llegar al Mitonar.

—Con todos mis respetos, señor, pero ya había oído eso de usted. Que es exigente, pero justo. —Dejó que sus ojos volvieran a encontrarse con los de él—. No me asusta trabajar para un hombre justo.

Era la miel justa. El capitán estuvo a punto de sonreír.

—En tal caso, ve y preséntate ante el segundo de a bordo. Se llama Grag Tenira. Dile que te he contratado y que quieres raspar el óxido de la cadena del ancla.

—Sí, señor —respondió Althea con la mueca precisa. Quitar la herrumbre de la cadena del ancla era una tarea interminable. Luego se recordó que incluso pulir la cadena de una nao rediviva era preferible a cualquier otro trabajo de los que había desempeñado a bordo del Segador —. Gracias, señor.

—En marcha, pues —le dijo afablemente el capitán Tenira. Se echó hacia delante en su silla para tomar su jarra de cerveza y la agitó en alto para llamar la atención de un mozo de la taberna.