Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 28
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Vicisitudes

Nada de aquello parecía real hasta que le pusieron las manos encima. Al anciano carcelero podría haberle plantado cara con bastante facilidad, pero estos eran robustos hombres de mediana edad, estólidos, musculosos y duchos en su trabajo.

—¡Soltadme! —chilló Wintrow con rabia—. Mi padre va a venir a buscarme. ¡Soltadme!

Qué estupidez, reflexionaría más tarde. Como si lo fueran a soltar por decirles que lo hicieran. Era una de las cosas que tenía que aprender: las palabras que salían de la boca de un esclavo no significaban nada. Para ellos sus voces airadas eran tan inteligibles como el rebuzno de un asno.

Le hicieron algo en las articulaciones de los brazos, retorciéndoselos para que trastabillara remiso en la dirección deseada. No había terminado de reponerse de la sorpresa que había supuesto su aprehensión cuando se descubrió pegado al tajo del tatuador.

—Tranquilo —refunfuñó uno de los hombres mientras afianzaba en una grapa los grilletes que rodeaban las muñecas de Wintrow.

El muchacho se echó hacia atrás, esperando liberarse antes de que el pasador terminara de encajar, pero solo consiguió lacerarse las muñecas.

El cerrojo ya estaba en su sitio. Así de fácil lo habían reducido, encorvado, con las muñecas inmovilizadas cerca de los tobillos.

Un hombre le propinó un ligero empujón y metió la cabeza en un collar de cuero colocado verticalmente encima del tajo.

Su compañero tiró rápidamente de la correa que lo aseguraba, a un pelo de estrangularlo.

Mientras no se debatiera, tendría el aire suficiente para respirar.

Maniatado como estaba, hubiera sido difícil inspirar hondo.

El collar que le constreñía la garganta convertía cada somero jadeo en un esfuerzo que requería toda su atención.

Lo habían hecho con la eficiencia de dos ganaderos castrando terneros, pensó entre nieblas Wintrow.

La misma crueldad experta, el uso preciso de la fuerza. Dudaba que estuvieran sudando siquiera.

—El sello del sátrapa —dijo uno de ellos al tatuador, que asintió y dio vueltas a un bocado de cindin en su mejilla.

—Mi carne no la hice yo. No la perforaré para lucir joyas, ni mancillaré mi piel, ni me decoraré el rostro.

Pues soy una criatura de Sa, hecha tal y como habré de ser.

Mi carne no es mía para escribir en ella.

—Apenas tenía el aliento justo para citar en susurros la sagrada escritura.

Pero dijo las palabras y rezó para que el hombre las oyera.

El tatuador escupió a un lado, saliva teñida de sangre. De modo que era un adicto empedernido, enganchado a la droga aunque le llenara la boca de úlceras.

—Tampoco es mi carne la que voy a marcar —exclamó con sórdido humor—. Es la del sátrapa. Podría hacer su sello con los ojos vendados. Estate quieto, que acabaremos antes y te dolerá menos.

—Mi padre… vendrá… a pagar por mí. —Pugnó por conseguir el aire para pronunciar estas palabras esenciales.

—Tu padre llega tarde. No te muevas.

Wintrow no tuvo tiempo de preguntarse si estarse quieto equivaldría a dar su conformidad con esta blasfemia. La primera aguja erró el blanco, lacerándole el lado de la nariz en vez de la mejilla y perforándole la ventana. Chilló y dio un respingo. El tatuador le pegó un rápido coscorrón.

—¡Que no te muevas! —rezongó.

Wintrow cerró los ojos con fuerza y apretó las mandíbulas.

—Ah, detesto que se encojan así —masculló fastidiado el tatuador.

Luego se puso manos a la obra. Una decena de picotazos con la aguja, limpiar rápidamente la sangre y el escozor del tinte.

Otra decena de picotazos, limpiar, escozor.

A Wintrow le parecía que, cada vez que intentaba respirar, tomaba menos aire.

Estaba mareado, temeroso de desmayarse y furioso consigo mismo por verse humillado.

¿Qué humillación supondría para él desmayarse?

Eran ellos los que le estaban haciendo esto.

¿Y dónde estaba su padre, cómo era posible que llegara tarde?

¿Acaso no sabía lo que le ocurriría a su hijo si se retrasaba?

—Ahora déjalo quieto. No lo toques, no te rasques o te dolerá más. —Una voz lejana se imponía al atronar de sus oídos—. Listo, lleváoslo y traed al siguiente.

Unas manos se engarfiaron en sus grilletes y su cuello, y volvió a ser levantado en volandas, obligado a caminar a otra parte.

Trastabilló, medio desorientado, tomando una honda bocanada tras otra.

Su destino resultó ser otro compartimento en una hilera distinta en un cobertizo diferente.

Esto no podía haber pasado, se dijo. No podía haberle pasado a él, su padre no consentiría que lo tatuaran y lo vendieran.

Sus captores lo detuvieron frente a un cajón separado para los nuevos esclavos.

Cada uno de los cinco ocupantes con que lo compartía lucía un solo tatuaje verde supurante.

Los hombres engancharon sus grilletes a un pasador fijado al suelo y lo dejaron allí.

En cuanto le soltaron los brazos, Wintrow se llevó las manos a la cara.

La tocó con cautela, sintiendo la hinchazón y el enconamiento de su carne profanada.

Un líquido rosáceo le caía despacio por el rostro y le goteaba en la barbilla. No tenía nada con qué secarse.

Miró a su alrededor a los otros esclavos. Comprendió que no había dicho nada desde que hablara con el tatuador.

—¿Y ahora qué? —les preguntó, aturdido.

Había un joven flaco y larguirucho hurgándose en la nariz con un dedo mugriento.

—Ahora nos venderán —dijo con sarcasmo—.

Y seremos esclavos el resto de nuestras vidas.

A menos que mates a alguien y escapes. —Se mostraba desafiante, pero Wintrow sabía que solo eran palabras.

Las palabras eran su único vestigio de resistencia.

A los demás ni siquiera parecía quedarles eso.

Estaban de pie, o sentados, o recostados, y esperaban lo que fuera a suceder a continuación.

Wintrow reconoció ese estado. La gente gravemente herida se sumía en él.

Abandonados a su suerte, se limitaban a quedarse sentados con la mirada perdida, y a estremecerse ocasionalmente.

—No me lo puedo creer —se oyó susurrar Wintrow—.

No me puedo creer que Torg no se lo dijera a mi padre.

—Se preguntó entonces por qué había esperado que Torg hiciera algo así.

¿Qué le pasaba, por qué era tan estúpido?

Había dejado su suerte en manos de un sádico idiota y brutal.

¿Por qué no había enviado ningún mensaje a su padre, por qué no se lo había dicho al carcelero el primer día?

Ya puestos, ¿por qué había huido del barco?

¿De verdad estaba tan mal allí? Por lo menos a bordo se atisbaba el final, dos años de espera y podría emanciparse.

Ahora el final no estaba a la vista. Y no tendría a Vivacia para apoyarlo.

Al pensar en ella, sintió una tremenda oleada de soledad acumulándose en su interior.

La había traicionado y se había entregado él solo a la esclavitud.

Esto era real. Ahora era un esclavo. Ahora y para siempre.

Se ovilló en la sucia paja de su lado, pegando las rodillas al pecho.

A lo lejos, le pareció oír el rugir del viento.

Vivacia se mecía desconsolada en el plácido puerto.

Hacía un día espléndido. El sol resplandecía sobre la legendaria ciudad blanca de Jamaillia.

Los vientos hoy soplaban del sur, atemperando así el día invernal y la peste de los otros barcos de esclavos anclados junto a ella.

Ya no faltaba mucho para la primavera. Más al sur, donde Ephron acostumbraba a llevarla, los árboles frutales serían cascadas de flores blancas o rosas.

En algún lugar del sur, el día sería cálido y hermoso.

Pero ella zarparía hacia el norte, a Chalaza.

Por fin se habían aquietado el martillar y el aserrar de su interior; se habían completado todas sus modificaciones para convertirse en otro barco de esclavos.

Hoy el día estaría dedicado a cargar los últimos suministros y mañana entraría en ella su cargamento humano.

Se alejaría de Jamaillia, sola. Wintrow se había ido.

En cuanto levara el ancla, una o más de las lánguidas serpientes que yacían en el fango del puerto se desenroscarían y la seguirían.

Las serpientes serían sus compañeras a partir de ahora.

Anoche, cuando el resto del puerto estaba en calma, una de las pequeñas había ascendido para merodear entre los barcos de esclavos amarrados.

Al llegar a ella, había sacado la cabeza del agua para observarla con recelo.

Había algo en su mirada que le había hecho un nudo de terror en la garganta.

Ni siquiera había sido capaz de avisar a la guardia.

Si Wintrow hubiera estado a bordo, por lo menos alguien habría presentido su miedo y acudido a su lado.

Apartó sus pensamientos de él. A partir de ahora, tendría que cuidarse sola.

La pérdida clavó las garras en su corazón.

Lo negó. Lo rechazó todo. Hoy hacía un día espléndido.

Escuchó el chapalear de las olas contra su casco mientras se mecía sujeta a su ancla. Cuánta calma.

—¿Nao? ¿ Vivacia ?

Giró despacio la cabeza y miró atrás y arriba. Era Gantry, de pie en su cubierta y apoyado en la barandilla para hablar con ella.

—¿ Vivacia ? ¿Te importaría dejar de hacer eso, por favor? Estás poniendo nerviosa a toda la tripulación. Hoy nos faltan dos marineros; no volvieron de su permiso. Y creo que es porque los has ahuyentado.

Ahuyentado. ¿Qué miedo podían inspirar el aislamiento, la soledad y las serpientes que nadie más veía?

—¿ Vivacia ? Voy a tener que pedirle a Findow que toque el violín para ti. Hoy tengo unas cuantas horas de permiso y te prometo que pasaré hasta el último momento buscando a Wintrow. Te lo prometo.