Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 27 #5
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—No sabían gran cosa. Rumores, la mayoría.

Los dos barcos permanecieron juntos en el puerto menos de un día.

La Vivacia es propiedad de una familia de mercaderes del Mitonar llamada Haven.

Piensan poner rumbo a Chalaza por el Paso Interior lo antes posible.

Esperaban comprar sobre todo artesanos y obreros cualificados, pero quizá adquieran algunos más para hacer lastre.

Un hombre que respondía al nombre de Torg estaba a cargo de todo, pero no parecía ser el capitán.

La nao está recién avivada. Este es su viaje de iniciación.

Kennit sacudió la cabeza.

—Haven no es nombre de mercader.

Etta extendió las manos ante él.

—Tenías razón. Me engañaron. —Apartó el rostro y se quedó mirando un mamparo—. Siento haber echado a perder el interrogatorio.

Se estaba volviendo intratable. Si tuviera dos piernas sanas bajo su cuerpo, se acercaría a ella de dos zancadas, la tiraría de espaldas sobre la cama y le recordaría lo que era.

En vez de eso, tendría que halagarla. Intentó pensar en algo bonito que decirle para que volviera a mostrarse agradable.

Pero el interminable palpitar de su pierna ausente se había convertido de repente en un dolor martilleante.

Solo quería tumbarse, volver a dormir y olvidarse de todo esto.

Y tendría que pedirle a Etta que lo ayudara.

—Soy un inútil. Ni siquiera puedo acostarme solo —dijo con amargura.

En un arrebato de honestidad, declaró—: Detesto que me veas así.

—Fuera, la música cambió. Una voz fuerte de hombre entonó un canto, imperioso y tierno al mismo tiempo.

Kennit ladeó la cabeza para distinguir mejor las palabras, curiosamente conocidas—.

Ah —musitó—, ahora la reconozco. «De Kytris a su amante».

Una pieza preciosa. —Intentó encontrar de nuevo un cumplido para Etta.

No se le ocurrió ninguno—. Puedes salir a la cubierta y escuchar la música si quieres —le ofreció—.

Es un poema bastante antiguo, ¿sabes? —Se le empañaron los bordes de la visión.

El dolor le llenaba los ojos de lágrimas—.

¿Lo has oído alguna vez? —preguntó, intentando mantener la voz firme.

—Oh, Kennit. —Etta sacudió la cabeza, repentina e inexplicablemente contrita. Tenía lágrimas en los ojos cuando se acercó a él—. Aquí me suena más dulce que en cualquier otra parte. Lo siento, sé que a veces soy una zorra insensible. Mírate, blanco como una sábana. Deja que te ayude a echarte.

Y lo hizo, con toda la delicadeza que pudo. Le enjugó el rostro con agua fresca.

—No —protestó él débilmente—. Tengo frío. Hace demasiado frío.

Etta lo cubrió amorosamente y se tumbó junto a su lado sano. La calidez de su cuerpo era agradable, de hecho, pero el encaje de la pechera de su camisa le arañaba la cara.

—Quítate la ropa —le dictó—. Me das más calor cuando estás desnuda.

Etta soltó una risita, complacida y sorprendida al mismo tiempo.

—Qué hombre —lo amonestó. Pero se irguió para obedecerlo. Alguien llamó a la puerta.

—¿Qué? —preguntó Kennit.

La voz de Sorcor sonó sorprendida.

—Le he traído el prisionero, señor. Demasiado esfuerzo.

—Da igual —dijo débilmente Kennit—, Etta ya lo ha interrogado. Ahora no me hace falta.

Las ropas de Etta cayeron al suelo a su alrededor. Se metió en la cama con cuidado, aplicando su calor al cuerpo de él, que de improviso se sintió extenuado. Qué suave y cálida era su piel, como un bálsamo.

—¿Capitán Kennit? —La voz de Sorcor era insistente, preocupada.

—Sí —respondió.

Sorcor abrió la puerta de golpe. Tras él, dos marineros sostenían lo que quedaba del capitán de la Sicerna .

Miraron a los ojos a su capitán, boquiabiertos ambos de asombro.

Kennit giró la cabeza para seguir su mirada.

Junto a él en la cama, Etta sujetaba la manta bajo sus hombros desnudos y por encima apenas de la suave curva de sus senos.

La música de la cubierta entró con más fuerza en el camarote.

Kennit volvió a mirar al prisionero. Etta había hecho algo más que cegarlo: había desguazado al hombre parte por parte.

Qué asco. No le apetecía ver eso ahora mismo.

Pero tenía que mantener las apariencias. Carraspeó. Mejor acabar de una vez.

—Prisionero, ¿le has dicho la verdad a mi mujer?

El despojo que había entre los marineros alzó un rostro arruinado hacia la voz.

—Juro que sí. Una y otra vez. ¿Por qué iba a mentir? —El hombre empezó a llorar escandalosamente. Sorbió con torpeza a causa de las ventanas rajadas de su nariz—. Por favor, buen señor, no vuelva a dejarme con ella. Le he dicho la verdad. Le he dicho todo lo que sabía.

De repente, todo aquello parecía agotador. Estaba claro que aquel hombre había engañado a Etta y ahora estaba mintiéndole también a él. El prisionero era inútil. El dolor de su pierna le aporreaba el cráneo.

—Estoy… ocupado. —No quería admitir lo agotado que estaba después de darse un simple baño y vestirse—. Ocúpate de él, Sorcor. Como te parezca conveniente. —El significado de sus palabras era evidente y la voz del prisionero se alzó en un aullido de protesta—. Oh, y cierra la puerta al salir.

—Sar —oyó que suspiraba uno de los marineros mientras la puerta se cerraba tras ellos y el prisionero—, ya estaba con ella. Este capitán Kennit no se acoquina ante nada.

Kennit se giró muy despacio hacia la calidez del cuerpo de Etta. Se le cerraron los ojos y se sumió en un profundo sueño.