Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 27 #4
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Las vendas sucias habían amortiguado la impresión.

Ver su pierna rematada en una pelota de tela sucia no era lo mismo que verla interrumpirse en un amasijo de carne masticada y cauterizada.

El extremo parecía parcialmente cocinado.

Sintió arcadas, y una bilis agria borbotó en el fondo de su garganta.

Se la tragó de nuevo, rehusando humillarse delante de ellos.

La mano de Sorcor temblaba cuando le ofreció el vaso.

Ridículo. Aquel hombre se había ocupado de heridas peores que la que tenía ahora delante.

Kennit aceptó el vaso y se bebió el brandy de un solo trago.

Luego tomó un aliento entrecortado. En fin, puede que su suerte siguiera acompañándolo a su extraña manera. Por lo menos la puta sabía auxiliarlo.

Para privarlo incluso de ese escaso consuelo, Etta susurró a Sorcor:

—Esto es un desastre. Tenemos que llevarlo a un curandero. Y cuanto antes.

Contó tres inspiraciones mientras respiraba. Señaló con el vaso a Sorcor, pero cuando el hombre intentó rellenarlo, Kennit le arrebató la botella. Un trago. Tres alientos. Otro trago. Tres alientos. No. Era la hora, había llegado el momento.

Volvió a incorporarse hasta quedar sentado. Contempló la cosa que había encima de la cama y que alguna vez había sido su pierna. A continuación se desanudó la camisa de dormir a la altura del cuello.

—¿Dónde está mi baño? —preguntó con brusquedad—. No me apetece quedarme aquí sentado sobre mi propia inmundicia. Etta, deja eso hasta que me haya lavado. Prepárame ropa limpia y busca sábanas nuevas para esta cama. Quiero estar aseado y vestido antes de interrogar a mi prisionero.

Sorcor lanzó una mirada de soslayo a Etta antes de decir, con voz queda:

—Le pido perdón, señor, pero un ciego no se va a fijar en cómo va vestido.

Kennit lo miró sin alterarse.

—¿Quién es nuestro prisionero?

—El capitán Reft de la Sicerna . Etta nos pidió que lo sacáramos del agua.

—No estaba ciego durante la batalla. Estaba intacto cuando se cayó al agua.

—Sí, señor. —Sorcor miró a Etta de soslayo y tragó saliva.

Bueno. Así que ese era el motivo de esta deferencia que mostraba ahora su segundo por la puta. Casi resultaba gracioso. Evidentemente, para Sorcor no era lo mismo descuartizar a un hombre en combate que dejar que la puta lo torturara en cautividad. No sabía que Sorcor tuviera tantos melindres.

—Puede que el ciego no sepa cómo voy vestido, pero yo sí —señaló Kennit—. Haz lo que te he dicho. Ahora mismo.

Pero, antes de que terminara de hablar, alguien llamó a la puerta. Sorcor dejó entrar a Ópalo, que portaba dos calderos de madera llenos de agua humeante. Los dejó en el suelo. Ni siquiera osó mirar a Kennit, mucho menos dirigirle la palabra.

—Señor Sorcor, señor, los músicos quieren tocar en la cubierta para el capitán. Me dijeron que le, eh, «rogara indulgencia». Y que —el ceño del muchacho se frunció en su esfuerzo por recordar las palabras extranjeras— «expresara extremas gratitudes»…, algo así.

Kennit sintió un tic en la muñeca. Miró de reojo al amuleto oculto en la cuna de sus brazos cruzados. Estaba componiendo exageradas expresiones de asentimiento y entusiasmo. Aquel trasto bastardo y traidor parecía creer que iba a seguir su consejo. Estaba formando palabras con los labios.

—¿Señor? —preguntó respetuosamente Sorcor.

Kennit fingió que se frotaba la cabeza para acercarse el talismán al oído.

—Un rey ha de mostrarse gentil con sus agradecidos súbditos. El obsequio rechazado puede endurecer el corazón de más de un hombre.

Kennit decidió de repente que el consejo era bueno, a pesar de la fuente de que provenía.

—Diles que me complacería mucho —le anunció Kennit a Ópalo—. Por dura que haya sido mi vida, no está en mi naturaleza despreciar los exquisitos placeres de las artes.

—¡Sar! —blasfemó admirado el muchacho. Asintió, ruborizado de orgullo por su capitán. Puede que una serpiente le hubiera arrancado la pierna, pero todavía encontraba tiempo para la cultura—. Se lo diré, señor. Vida dura, placeres exquisitos —se recordó mientras abandonaba corriendo el camarote.

En cuanto el chico hubo salido de la sala, Kennit se giró hacia Sorcor.

—Ve con el prisionero. Dale agua y comida suficientes para que reviva. Etta, mi baño, por favor.

Cuando se hubo ido el segundo de a bordo, Etta lo ayudó a quitarse la camisa de dormir.

Lo lavó con una esponja, a la usanza de Chalaza.

A Kennit siempre le había parecido que era una fea manera de bañarse, limitándose a esparcir el sudor y la mugre en vez de aclararlos sin más, pero Etta lo hacía de tal forma que consiguió que terminara sintiéndose limpio.

Mientras se ocupaba de las partes más íntimas del aseo, Kennit reflexionó sobre que había más de una manera en que una mujer podía serle útil a un hombre.

La limpieza y el vendaje de su herida seguían siendo lo bastante ingratos como para que, a continuación, Etta tuviera que volver a enjugarle el sudor de la espalda, el pecho y la frente.

Dio comienzo una suave música, una delicada composición de cuerda, campanillas y voces femeninas. Era agradable, la verdad.

Con gesto práctico, Etta descosió la pernera de unos pantalones para poder vestirlo haciéndole el menor daño posible, y a continuación remendó el descosido con unas punzadas.

Le abotonó la camisa y luego le atusó el pelo y la barba con la habilidad de cualquier ayudante de cámara.

Levantó en vilo más de la mitad de su peso para acomodarlo en su silla mientras ella deshacía la cama y cambiaba las sábanas.

A Kennit no se le había ocurrido nunca que Etta pudiera poseer semejantes talentos.

Era evidente que no había sabido apreciar toda la utilidad que podría extraer de ella.

Una vez aseado y vestido, Etta desapareció por unos instantes y regresó con una bandeja de comida. Kennit no supo el hambre que tenía hasta oler la sopa caliente y el pan ligero. Con la parte más acuciante de su apetito saciada, dejó la cuchara para preguntar en voz baja:

—¿Y qué te inspiró a hacer tu voluntad con mi prisionero?

Etta exhaló un diminuto suspiro.

—Estaba tan enfadada —meneó la cabeza para sí—, tan enfadada cuando te hirieron…

Cuando me obligaron a herirte. Juré que te conseguiría una nao rediviva aunque fuera lo que hiciese en la vida.

Está claro que era eso lo que querías preguntarles a los prisioneros.

Así que, cuando me moría de cansancio por estar sentada junto a tu cama pero seguía sin poder dormir, fui a verlos.

—¿A verlos?

—Había tres, al principio. —Se encogió de hombros con indiferencia—. Creo que tengo la información que buscas. La he comprobado una y otra vez. En cualquier caso, procuré mantener a uno con vida, pues estaba segura de que querrías confirmarla por ti mismo.

Una mujer de diversos talentos. E inteligente, además. Tendría que matarla pronto.

—¿Y qué has descubierto?

—Solo tenían noticias de dos naos redivivas.

La primera es un cog, la Ofelia . Zarpó de la ciudad de Jamaillia antes que ellos, pero todavía tenía mercancías del Mitonar que vender, de modo que haría más paradas en su camino hacia el norte.

—Etta se encogió de hombros—. Podría seguir aún por detrás de ellos, podría estar por delante.

No hay forma de saberlo con seguridad. La otra nao rediviva que han visto recientemente fue en la ciudad de Jamaillia.

Llegó a puerto el día antes de su partida.

No planeaba quedarse allí mucho tiempo. Estaba descargando y remodelándose para transportar un cargamento de esclavos al norte, a Chalaza.

—No tiene sentido utilizar una nao rediviva para eso —exclamó Kennit con repugnancia—. Te engañaron.

Etta volvió a encogerse de hombros.

—Siempre cabe esa posibilidad, supongo. Pero mentían muy bien, por separado, en momentos distintos. —Envolvió su camisa empapada de sudor con las sábanas sucias de su cama—. Llegaron a convencerme.

—No tiene ningún misterio convencer a una mujer. ¿Y eso es todo lo que te contaron?

Etta le dirigió una mirada que osó ser fría.

—Lo más probable es que el resto también fuera mentira.

—Me gustaría oírlo, de todas formas.

La mujer suspiró.