27 #3
—Cállate —exhaló Kennit. Miró los vendajes salpicados y manchados, y se preguntó qué habría debajo. Le habían puesto un paño doblado debajo, pero aun así había un borrón ocre en su lino limpio de buena calidad. Era repugnante.
El pequeño demonio le sonrió.
—Bueno, tú me has preguntado.
Kennit inspiró hondo y bramó:
—¡Sorcor!
La puerta se abrió de par en par casi de inmediato, pero fue Etta la que apareció en el umbral, llorosa y alterada. Entró corriendo en la estancia.
—Oh, Kennit, ¿te duele?
—¡Quiero que venga Sorcor! —declaró él, y hasta a sus oídos le sonó como la exigencia de un crío petulante.
La figura del corpulento segundo de a bordo ocupó entonces la entrada. Para desolación de Kennit, parecía tan solícito como Etta cuando preguntó:
—¿Puedo hacer algo por usted, capitán? —El ingobernable cabello de Sorcor estaba de punta como si se lo hubiera estado mesando, y su semblante se adivinaba macilento bajo los tatuajes y el bronceado.
Intentó recordar para qué había hecho venir a Sorcor. Contempló el revoltijo asqueroso que había en su cama.
—Quiero ver esto limpio. —Consiguió sonar al mando, como si estuviera hablando de una cubierta descuidada—.
Que uno de los hombres caliente algo de agua para darme un baño.
Y prepárame una camisa limpia. —Se fijó en la mirada de incredulidad de Sorcor y comprendió que estaba tratándolo más como a un ayudante de cámara que como a su segundo al mando—.
Comprenderás que el aspecto con que me presente para interrogar a los prisioneros es importante.
No deben verme hecho un tullido desaseado, envuelto en sábanas sucias.
—¿Prisioneros? —preguntó tontamente Sorcor.
—Prisioneros —respondió con firmeza Kennit—. Ordené que se salvaran tres de ellos, ¿no es así?
—Sí, señor. Pero eso fue…
—¿Y no se han salvado tres para su interrogatorio?
—Tengo uno —admitió Sorcor con nerviosismo—. O lo que queda de él. Su mujer se ha ensañado con él.
—¿Cómo?
—Fue culpa suya —gruñó Etta como una gata enfadada—. Él tuvo la culpa de que resultaras herido. —Sus ojos se habían convertido en dos alarmantes rendijas.
—Bueno. Dices que uno —intentó reponerse Kennit.
¿Qué clase de criatura había subido a su barco?
«No pienses en eso ahora». Toma el mando—.
En ese caso, cumple mi orden. Cuando me haya puesto presentable, quiero que traigan aquí al prisionero.
No me apetece ver a la tripulación. ¿Qué tal ha ido el resto de la captura?
—Como la seda, señor. Además, con este hemos conseguido una pequeña bonificación.
—Pese a la ansiedad inscrita en su rostro, Sorcor sonrió—.
Por lo visto, esta nave era algo especial.
Transportaba un puñado de esclavos normales, pero en la proa había una remesa que era un regalo del sátrapa de Jamaillia en persona para algún pez gordo de Chalaza.
Una compañía de bailarines y músicos, con todos sus instrumentos, trapitos de colores y tarros de maquillaje.
Y joyas, varios cofrecitos de fruslerías…
Estos los he metido debajo de su camastro, señor.
Y un surtido de finas telas, encajes, algunas estatuas de plata y botellas de brandy.
Una buena pesca. Nada cuantioso, pero todo de la mejor calidad.
—Miró de reojo el muñón de Kennit—. Quizá le apetezca probar ahora un poco de ese brandy.
—Enseguida. Estos bailarines y músicos… ¿son tratables? ¿Qué les parece la interrupción de su viaje? ¿Por qué no los tirasteis por la borda con el resto de la tripulación?
—Son estupendos, señor. Verá, todos habían sido tomados como esclavos.
La compañía estaba en deuda, así que cuando los propietarios se quedaron en la miseria, el sátrapa ordenó capturar también a los artistas.
Lo que no fue del todo legal, pero supongo que al sátrapa eso no le preocupa.
No, están más contentos que unas castañuelas porque los hayan capturado unos piratas.
Su capitán ya los ha puesto a trabajar, componiendo canciones y bailes para relatar toda la historia.
Con usted como héroe de la obra, por supuesto.
—Por supuesto. —Canciones y bailes. De pronto, Kennit se sentía agotado—. Estamos… anclados. ¿Dónde? ¿Por qué?
—La cala no tiene nombre, que yo conozca, pero son aguas poco profundas.
La Sicerna estaba haciendo agua; ya llevaba algún tiempo.
Los esclavos de la bodega de carga estaban casi todo el tiempo hasta el cuello de agua.
Parecía adecuado echar aquí el ancla para que no se hundiera demasiado mientras le preparamos algunas bombas extras.
Luego he pensado que podríamos poner rumbo a la Ensenada del Toro.
Tenemos hombres de sobra para accionar las bombas todo el trayecto hasta allí.
—¿Por qué a la Ensenada del Toro? —quiso saber Kennit.
Sorcor se encogió de hombros.
—Tiene una playa decente para hacerse a tierra. —Sacudió la cabeza—. El barco necesitará muchas reparaciones antes de poder hacerse a la mar. Y la Ensenada del Toro ha sufrido el asalto de los tratantes de esclavos dos veces en lo que va de año, por lo que creo que seremos bien recibidos.
—Ahí. ¿Ves? —dijo Kennit con un hilo de voz.
Sonrió para sus adentros. Sorcor tenía razón.
Ese hombre había aprendido mucho de él. Un barco por aquí, unas palabras persuasivas por allá y podría conquistar otra pequeña ciudad.
Qué decirles—. Si las Islas Piratas tuvieran un solo regente…
al que temieran los tratantes de esclavos…
, la gente podría vivir… —Un temblor se apoderó de él.
Etta corrió a su lado.
—Échate, échate. Te has puesto blanco como una sábana.
Sorcor, ve por esas cosas, el baño y todo eso.
Oh, y trae la palangana y las vendas que he dejado fuera en la cubierta.
Me harán falta. —Kennit escuchó desolado mientras la mujer daba órdenes a su segundo, haciendo gala de un enorme desdén por el protocolo.
—Esto puede vendarlo Sorcor —declaró receloso el capitán.
—A mí se me da mejor —le aseguró tranquilamente ella.
—Sorcor… —empezó Kennit de nuevo, pero esta vez el segundo de a bordo se atrevió a interrumpirlo con un:
—A decir verdad, señor, ella tiene buena mano para estas cosas. Se ocupó de todos nuestros muchachos tras la última escaramuza e hizo un buen trabajo. Iré a encargar que preparen el baño. —Dicho lo cual se fue, dejando a Kennit impotente y a solas con la despiadada joven.
—Ahora estate quieto —le indicó ella, como si Kennit pudiera levantarse y salir corriendo—.
Voy a levantarte la pierna y ponerte una compresa debajo para no empapar la cama.
Cuando hayamos terminado, te daré sábanas limpias.
—Kennit apretó los dientes, entornó los ojos y consiguió no emitir ningún sonido mientras ella le cogía el muñón y deslizaba con destreza más trapos doblados debajo—.
Ahora voy a humedecer las vendas viejas antes de intentar quitártelas. Así tirarán menos.
—Parece que sabes mucho de esto —observó él, rechinando los dientes.
—Las putas se llevan muchos palos —señaló ella con pragmatismo—. Si las mujeres de la casa no cuidan unas de otras, ¿quién lo hará?
—¿Y yo debería confiar el cuidado de mi herida a la mujer que me cortó la pierna? —preguntó el capitán con frialdad.
Etta se quedó paralizada. Como una flor que se marchita, se dejó caer al suelo junto a la cama. Tenía la cara muy pálida. Se inclinó hacia delante hasta descansar la frente en el borde del colchón.
—Era la única manera de salvarte. Me hubiera cortado las manos antes que tu pierna si así te hubiera podido salvar.
Esta declaración se le antojó a Kennit tan absurda que se quedó sin habla. Todo lo contrario que su amuleto:
—A veces el capitán Kennit es un cerdo sin corazón, pero te aseguro que comprendo que hiciste lo que debías para protegerme. Te lo agradezco.
La conmoción se mezcló con la furia ante aquella muestra del amuleto ante otra persona.
De inmediato le puso la mano encima, tan solo para sentir cómo se hundían ferozmente unos dientes diminutos en la carne de su palma.
Retiró la mano con un jadeo de dolor mientras Etta alzaba el rostro para observarlo con los ojos anegados de lágrimas.
—Lo entiendo —dijo con voz ronca—. Un hombre debe representar muchos papeles. Seguramente sea necesario que el capitán Kennit se comporte como un cerdo sin corazón. —Se encogió de hombros e intentó sonreír—. No se lo tengo en cuenta a mi Kennit.
Se le había puesto la nariz colorada y sus ojos llorosos resultaban muy perturbadores.
Peor aún, se atrevía a creerle capaz de darle las gracias por haberle amputado la pierna.
Maldijo mentalmente a su malicioso y taimado amuleto por ponerle en semejante brete, al tiempo que se aferraba a la brizna de esperanza de que Etta pudiera creer que esas palabras habían salido de sus labios.
—No se hable más —se apresuró a sugerir—. Haz lo que puedas con el desastre de mi pierna.
El agua que utilizó Etta para empapar las vendas estaba caliente como la sangre.
Kennit apenas sintió nada hasta que ella empezó a despegar con cuidado las capas de lino e hilos de la herida.
Luego torció la cabeza y se concentró en la pared hasta que los bordes de su visión empezaron a emborronarse.
Una capa de sudor le cubría el cuerpo. Ni siquiera se dio cuenta de que había vuelto Sorcor hasta que el segundo de a bordo le ofreció una botella abierta de brandy.
—¿Un vaso? —preguntó con desdén Kennit.
Sorcor tragó saliva.
—A juzgar por el aspecto que tiene su pierna, pensé que sería una pérdida de tiempo.
Si Sorcor no hubiera dicho eso, puede que Kennit hubiera conseguido no fijarse en su muñón. Pero ahora, mientras el marinero buscaba torpemente el vaso apropiado en una alacena, Kennit giró despacio la cabeza para mirar donde otrora hubo una pierna sana, fuerte y musculosa.