27 #2
Aun así, la espera ocultaba también una espantosa mota de miedo.
¿Y si Torg no se giraba y se fijaba en él?
Entonces ¿qué? ¿Se humillaría él llamándolo?
¿O permitiría que pasara de largo y se enfrentaría a un futuro lleno de otros como Torg?
Cuando ya pensaba que iba a darle una voz, cuando se mordía la lengua para que no lo traicionara, Torg lo miró de reojo.
Apartó la mirada y la volvió a fijar en él, como si no diera crédito a lo que veía.
Abrió los ojos como platos, y una sonrisa le hendió el rostro.
Abandonó su tarea de inmediato para acercarse a Wintrow.
—Vaya, vaya —exclamó con inmensa satisfacción—.
Por lo visto, me ha tocado un premio aquí.
Y menudo premio. —Sus ojos registraron a Wintrow de arriba abajo, demorándose en la paja adherida a su túnica raída, a los grilletes que le ceñían los tobillos despellejados y el semblante pálido por el frío—.
Vaya, vaya —repitió—. No parece que te durara mucho la libertad, niño santo.
—¿Conoces a este prisionero? —preguntó el carcelero mientras se situaba junto a Torg.
—Claro que sí. Su padre es… socio mío. Se preguntaba dónde se habría metido su hijo.
—Ah, entonces tienes suerte de haberlo encontrado hoy. Mañana, su libertad habría quedado pendiente de una fianza. Le habrían tatuado la marca de los esclavos del sátrapa y lo habrían vendido.
—Esclavo del sátrapa. —La sonrisa regresó a la cara de Torg. Sus cejas pálidas bailaron sobre sus ojos grises—. Qué idea más divertida. —Wintrow podía ver casi el lento rodar de los engranajes de su cerebro—. ¿Cuánto es la fianza del muchacho? —preguntó al carcelero.
El anciano consultó la tarja que pendía de su cintura.
—Doce piezas de plata. Mató a una esclava del sátrapa, ¿sabes?
—¿Que hizo qué? —La incredulidad de Torg duró un momento.
Luego se echó a reír—. Bueno, lo dudo, pero me imagino que habrá toda una historia detrás de eso.
En fin. Si vuelvo esta noche con doce piezas de plata, compraré su libertad.
¿Y si no? —Entornó los ojos y sonrió mientras formulaba la pregunta, más para Wintrow que para el centinela—.
¿Cuánto tendría que pagar por él mañana?
El carcelero se encogió de hombros.
—Lo que ofrezcan por él. Los esclavos nuevos suelen subastarse.
A veces tienen amigos o familiares que están dispuestos a comprar su libertad.
O enemigos ansiosos por tenerlos como esclavos.
Las pujas pueden ser bastante feroces. Y a veces entretenidas.
—El carcelero había visto quién estaba al mando e intentaba congraciarse con él—.
Podrías esperar y comprarlo. A lo mejor así te ahorras un par de monedas.
A lo mejor tienes que pagar más. Pero entonces ya estaría marcado, señalado con el sello del sátrapa.
Tú o su padre podríais concederle la libertad, claro.
Pero tendría que llevar algún tatuaje vuestro y algún papel o anillo que diga que es libre.
—¿No se podría quemar el tatuaje? —preguntó cruelmente Torg. Sus ojos devoraban la cara de Wintrow, en busca de algún indicio de temor.
Wintrow se negó a mostrarse asustado. Torg nunca se atrevería a ir tan lejos.
Este era el mismo tipo de burlas y provocaciones que tanto le gustaban.
Si él daba la menor muestra de inquietud, Torg insistiría.
Dejó que sus ojos pasaran de largo como si hubiera perdido el interés en Torg y sus palabras.
—Quemar el tatuaje de un esclavo es ilegal —declaró el carcelero con solemnidad—. La persona que presente una cicatriz de quemadura a la izquierda de su nariz se considerará un esclavo fugitivo y peligroso. Regresaría aquí de inmediato si lo atraparan. Y volverían a tatuarle la marca del sátrapa.
Torg meneó la cabeza apesadumbrado, pero su sonrisa era pérfida.
—Qué lástima marcar una carita tan dulce como esa, ¿eh? En fin. —Le dio la espalda. Con un cabeceo, indicó a los esclavos que aún no había inspeccionado—. ¿Seguimos?
El carcelero frunció el ceño.
—¿Quieres que llame a un mensajero? ¿Para que lleve noticias del muchacho a su padre?
—No, no, no te molestes. Ya me ocuparé yo de que su padre se entere de su paradero.
No se va a llevar ninguna alegría con el chico.
Y ahora, ¿qué me dices de esta mujer? ¿Tiene alguna habilidad o formación especial?
—Su voz acarició las últimas palabras, convirtiéndolas en una burla cruel para la vieja bruja acuclillada ante ellos.
Wintrow se quedó temblando en su cajón. La rabia que sentía amenazaba con desgarrarlo.
Torg pensaba abandonarlo aquí, con el frío y la suciedad, tanto tiempo como pudiera.
Pero avisaría a su padre, y luego bajaría aquí con él para ser testigo de su confrontación.
Con un frío repentino hundiéndose en su corazón, consideró la enormidad de la ira de su padre.
También él se sentiría humillado. A Kyle Haven no le gustaba que lo humillaran.
Encontraría la manera de comunicárselo a su hijo.
Wintrow se apoyó desdichadamente en la pared de su compartimento.
Debería haber aguardado y resistido. Ya quedaba menos de un año para que cumpliera los quince.
Llegada esa fecha, se declararía independiente de la voluntad de su padre y se bajaría del barco dondequiera que estuviese.
Este estúpido intento de fuga no haría sino alargar todavía más los meses.
¿Por qué no había esperado? Despacio, se dejó caer para sentarse en la paja de la esquina de su cajón.
Cerró los ojos para dormir. Dormir era mil veces preferible a pensar en la inminente furia de su padre.
—Largo —repitió Kennit con un gruñido bajo. Etta se quedó donde estaba, pálida, con los labios apretados. Sostenía en una mano una palangana con agua; la otra estaba envuelta en vendas.
—Pensé que un vendaje nuevo sería más cómodo —se atrevió a contestar—. Ese está rígido por la sangre seca y…
—¡Que te largues! —rugió el capitán.
Etta giró sobre sus talones, derramando agua sobre el borde de la palangana, y salió corriendo. La puerta del camarote de Kennit atronó al cerrarse tras ella.
Llevaba despierto y despejado desde muy temprano, pero esas eran las primeras palabras que le dirigía a nadie.
Se había pasado la mayor parte del tiempo mirando la pared, incapaz de asimilar el hecho de que su buena suerte lo había abandonado.
¿Cómo podía haberle pasado algo así? ¿Cómo era posible que el capitán Kennit sufriera esto?
Bueno. Ya era hora. Era hora de ver qué le había hecho la zorra, hora de asumir el mando.
Había llegado el momento. Hundió los puños en el colchón y se incorporó hasta quedar sentado.
Cuando su pierna herida se frotó con las sábanas, el dolor fue tal que se sintió mareado.
Brotaron de él nuevos sudores, pegándole una vez más a la espalda la hedionda camisa de dormir.
Había llegado el momento. Agarró las sábanas y las desgarró.
Contempló la pierna que ella le había arruinado.
No estaba.
Le habían doblado y sujetado con alfileres la camisa de dormir.
Allí estaban sus piernas, igual de morenas y velludas que siempre.
Pero una de ellas se interrumpía de golpe, rematada en un sucio montón parduzco de vendas justo por debajo de la rodilla.
No era posible. Extendió la mano hacia ella, pero fue incapaz de tocarla.
En vez de eso, tontamente, apoyó la mano en el lino vacío donde debería estar el resto de su pierna. Como si sus ojos pudieran equivocarse.
Hipó, tomó aliento y se reprimió. No pensaba emitir ningún sonido.
Ni uno solo. Intentó recordar cómo había llegado a esto.
¿Por qué había subido a bordo a esa zorra loca, por qué habían decidido enfrentarse a los barcos de esclavos, para empezar?
Barcos mercantes, ahí estaba el dinero. Y estos no tenían un rebaño de serpientes siguiendo su estela, listas para arrancarle la pierna a un hombre.
Sorcor y Etta tenían la culpa. De no ser por ellos, seguiría entero.
Calma. Calma. Tenía que tranquilizarse, tenía que reflexionar.
Estaba atrapado aquí, en este camarote, incapaz de caminar o pelear.
Y tenía tanto a Etta como a Sorcor en contra.
Lo que tenía que hacer era averiguar si estaban compinchados.
¿Por qué le habían hecho esto? ¿Por qué?
¿Acaso esperaban arrebatarle el barco? Volvió a tomar aliento, intentando organizar sus pensamientos.
—¿Por qué me ha hecho esto? —Se le ocurrió otra idea—. ¿Por qué no me ha matado sin más? ¿Temía que mi tripulación se volviera contra ella? —En ese caso, quizá Sorcor y ella no estuvieran aliados…
—Lo hizo para salvarte la vida. —La vocecita de su muñeca sonaba incrédula—.
¿Cómo puedes ser así? ¿Es que no te acuerdas de nada?
Una serpiente te tenía agarrado por la pierna, intentaba levantarte y lanzarte por los aires para luego engullirte.
Etta tuvo que cortarte la pierna. Era la única manera de impedir que te devorara.
—Me resulta difícil de creer —replicó al amuleto con una mueca.
—¿Por qué?
—Porque la conozco. Por eso.
—Igual que yo. Por eso esa respuesta no tiene ningún sentido —observó jovialmente la cara en miniatura.
—Cierra el pico.
Kennit se obligó a contemplar el muñón vendado.
—¿Es grave? —preguntó en voz baja al amuleto.
—Bueno, para empezar, no está —le informó cruelmente el amuleto—.
El tajo que te propinó Etta con el machete fue la única parte limpia de la amputación.
La parte de la que se ocupó la serpiente estaba medio roída y medio derretida, o algo así.
La carne me recordó al sebo fundido. La mayoría de esa cosa marrón no es sangre, sino pus.