27
Prisioneros
Wintrow se encontraba en un gran cobertizo.
Estaba abierto por un lateral y nada impedía que se vertiera en su interior el frío invernal.
El tejado era sólido, pero las paredes consistían en poco más que toscos leños apilados sobre un armazón de vigas de madera.
El compartimento que ocupaba se abría a un pasaje y daba a una larga hilera de compartimentos idénticos.
Sus paredes de listones le proporcionaban una intimidad simbólica.
Había un manto de paja esparcido en el suelo para que se acurrucara encima y un cubo mugriento en una esquina para contener sus excrementos.
Lo único que le impedía marcharse caminando sin más eran los grilletes de sus tobillos, encadenados a una pesada grapa de metal clavada en una viga dura como el hierro.
Se había despellejado los tobillos antes de concluir que la fuerza humana no iba a mover esa grapa. Era su cuarto día aquí.
Un día más, si es que no venía nadie a reclamarlo, y podrían venderlo como esclavo.
Esto se lo había explicado minuciosamente en dos ocasiones un jovial carcelero, en sus dos primeros días de confinamiento.
El hombre se presentaba una vez al día con un cesto de panecillos.
Lo seguía su hijo tonto, que tiraba de una carreta con un barreño de agua encima para darle una cucharada a cada prisionero.
La primera vez que se lo explicó, Wintrow le había rogado que informara de su infortunio a los sacerdotes del templo de Sa.
Seguro que ellos vendrían a reclamarlo. Pero el carcelero se había negado a perder el tiempo.
Los sacerdotes, le había explicado, ya no interferían en los asuntos civiles.
Los prisioneros del sátrapa eran un asunto civil, nada que ver con Sa o su culto.
Los prisioneros del sátrapa, de no ser reclamados, se convertían en esclavos del sátrapa, a vender para beneficio de las arcas reales.
Ese sería un triste final para tan corta vida.
¿No tenía el muchacho alguna familia con la que el carcelero se pudiera poner en contacto?
El tono halagüeño del carcelero daba a entender que estaría encantado de entregar cualquier mensaje, siempre y cuando hubiera una buena posibilidad de obtener algún soborno o recompensa.
¿No estaría preocupada su madre por él a estas alturas?
¿No tenía ningún hermano que pagara su fianza y le consiguiera la libertad?
Wintrow se había mordido la lengua con cada pregunta.
Tenía tiempo, se decía, para encontrar por sí mismo la solución al problema.
Hacer que el hombre informara a su padre equivaldría a regresar a su antiguo cautiverio.
Esa no era una solución. Seguro que se le ocurría otra cosa si se devanaba los sesos.
Lo cierto es que su situación propiciaba reflexionar.
Había poco más que hacer. Podía sentarse, erguirse, tumbarse o acuclillarse en la paja.
El sueño no le procuraba ningún descanso.
El ruido de los compartimentos invadía sus sueños, poblándolos de dragones y serpientes que discutían e imploraban con lenguas humanas.
Despierto, no había nadie con quien conversar.
Uno de los costados de su celda era la pared exterior del cobertizo.
En los compartimentos adyacentes al suyo, iba y venía una sucesión de prisioneros: un borracho alborotador rescatado por su llorosa esposa, una prostituta a la que habían marcado a fuego por apuñalar a su cliente, un cuatrero condenado a la horca.
La justicia, o al menos el castigo, era rápida en las celdas del sátrapa.
Frente a su jaula discurría un pasillo sembrado de paja.
Al otro lado había otra hilera de compartimentos similares.
Allí aguardaban los esclavos. Esclavos rebeldes e indeseables, caramapas con la espalda surcada de cicatrices que entraban y salían de sus grilletes.
Se vendían a bajo precio y se empleaban a conciencia, según podía ver Wintrow.
No hablaban demasiado, ni siquiera entre ellos.
Wintrow suponía que tendrían pocas ganas de charla.
Quítese toda la autodeterminación de la vida de una persona y no le quedará sino lamentarse.
Esto sí que lo hacían, pero con una falta de espíritu que indicaba que no esperaban ningún cambio.
A Wintrow le recordaban a unos perros encadenados ladrando.
Los taciturnos caramapas del otro lado del pasillo valdrían para el trabajo pesado y las arduas tareas de los sembrados y huertos, pero poco más.
Había llegado a esta conclusión tras prestar oídos a sus palabras.
La mayoría de los hombres y mujeres confinados frente a él llevaban años siendo esclavos, y no esperaban más que terminar sus vidas como tales.
Pese a la repugnancia que le inspiraba la esclavitud, a Wintrow le costaba compadecerse de algunos.
Era evidente que algunos se habían convertido en poco más que bestias de labranza que declamaban contra su sino, pero habían perdido la voluntad de rebelarse contra él.
Tras observarlos durante unos días, entendió por qué algunos fieles eran capaces de mirar a semejantes esclavos y creer que lo eran por voluntad de Sa.
Era muy difícil imaginárselos como hombres y mujeres libres con parejas, hijos, hogares y empleos.
No creía que hubieran nacido sin alma, predestinados a ser esclavos.
Pero nunca había visto a nadie tan despojado de la chispa espiritual de la humanidad.
Cada vez que se fijaba en ellos, un frío témpano de hielo le atravesaba despacio las entrañas.
¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que él se convirtiera en uno de ellos?
Le quedaba un día para pensar en algo. A la mañana siguiente vendrían y lo conducirían al tajo del tatuador.
Allí le encadenarían las muñecas y los tobillos a las pesadas grapas y le sujetarían la cabeza en el potro revestido de cuero.
Allí le imprimirían la pequeña marca que lo designaría esclavo del sátrapa.
Si este decidía quedarse con él, ese sería el único tatuaje que luciría jamás.
Pero el sátrapa no decidiría quedarse con él.
No tenía ningún talento especial. Lo pondrían a la venta de inmediato.
Y cuando lo vendieran, la aguja le dejaría una nueva marca en la cara, el sello de su nuevo propietario.
Llevaba varias horas debatiéndose. Si llamaba al carcelero y el hombre mandaba un mensajero al puerto, su padre vendría y lo rescataría.
O enviaría a alguien para que lo recogiera.
Luego regresaría a la nave y retomaría su puesto de prisionero a bordo.
Pero al menos así conservaría el rostro ileso.
Si no solicitaba la ayuda de su padre, lo tatuarían, lo venderían y lo volverían a tatuar.
A menos que se fugara o se librara de la esclavitud, pasaría a ser siempre propiedad de alguien a efectos legales.
En cualquier caso, jamás llegaría a ser sacerdote de Sa.
Decidido como estaba a satisfacer su vocación por el sacerdocio, empeñado en regresar a su hogar en el monasterio, el dilema se reducía a qué situación le ofrecía mejores posibilidades de escapar.
Y ante esa conclusión irrevocable, sus pensamientos se detenían y titubeaban. Sencillamente, no lo sabía.
De modo que dejaba pasar las horas sentado en una esquina de su cajón, observando ocioso a los compradores que se acercaban a echar un vistazo a los indeseables esclavos de saldo al otro lado del pasillo.
Tenía hambre y frío, y estaba incómodo. Pero lo peor era la indecisión.
Eso era lo que le impedía ovillarse malhumorado y echarse a dormir.
Tardó varios minutos en reconocer a Torg, que estaba paseándose sin prisa frente a los compartimentos de los esclavos.
Cuando lo hizo, se asombró ante el vuelco casi de alegría que le dio el corazón.
Era alivio. Torg lo vería y avisaría a su padre.
No tendría que tomar la que siempre había considerado una decisión cobarde: Torg lo haría por él.
Y cuando su padre acudiera en su busca, no se burlaría de él por haber solicitado a gritos su ayuda.
Al analizar estos pensamientos podría haber aprendido mucho sobre sí mismo, pero apartó su mente de estas consideraciones.
Puede que no quisiera conocerse tan bien.
Se levantó de golpe. Se acercó a un rincón de su compartimento para apoyarse desafiante en la pared.
Cruzó los brazos sobre el pecho y esperó.
Era muy difícil permanecer callado e inmóvil y aguardar a que Torg se fijara en él.
Estaba recorriendo sin prisa la hilera opuesta, examinando a todos los esclavos, regateando con el carcelero para luego asentir o negar con la cabeza.
El carcelero portaba un listado que iba señalando sobre la marcha.
Transcurrido un momento, Wintrow se sintió intrigado.
Torg parecía estar adquiriendo un sustancial número de esclavos, pero estos no eran los artesanos y educados que había hablado de comprar su padre.
Vio a Torg pavoneándose, a todas luces impresionado por su importancia como comprador de carne humana.
Se contoneaba para el carcelero como si fuera alguien a quien mereciera la pena impresionar, inspeccionando a los esclavos con evidente indiferencia ante su dignidad o confort.
Cuanto más lo observaba Wintrow, más despreciable se le antojaba.
Ahí estaba, pues, el contrapunto de la falta de espíritu y chispa de los esclavos; un hombre cuya prepotencia se alimentaba de la humillación y la degradación ajenas.