Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 26 #6
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—Las odio a las dos —susurró, henchida de rencor.

Dejó caer la cajita en la alfombra junto a la cama y se acurrucó entre los almohadones.

Sabía que debía levantarse y volver a dejar la caja en el guardarropa de su madre, pero le daba igual.

Que se dieran cuenta de que la había cogido.

Quería que les quedara claro que sabía que le habían robado su regalo.

Se cruzó de brazos con impenitencia y cerró los ojos.

Entonces sintió una quietud absoluta. Su universo se fue vaciando, hasta que solo quedó una voz.

Un susurro. «Bien, Malta Vestrit. Has recibido mi regalo.

Aquí nos mezclaremos tú y yo. ¿Qué te parece si soñamos juntos?

Veamos…». Poco a poco, Malta dejó de ser consciente de que aquello no era más que un sueño.

De repente se vio dentro de un saco de arpillera, que le cubría desde la cabeza hasta las rodillas.

El olor a polvo y patatas le indicó que lo usaban para recoger los productos de la huerta.

Alguien la llevaba cargada a un hombro, bocabajo, a paso ligero y con aire triunfal, aunque la retenían contra su voluntad.

Su portador iba seguido de varios compañeros, que gritaban y reían victoriosos, pero el captor iba tan satisfecho de sí mismo que no hacía caso de la infantil algarabía.

La noche era fría y tenía las pantorrillas impregnadas de humedad.

La habían amordazado y atado las manos tras la cintura.

Luchaba por liberarse, pero temía que, si lo lograba, su portador la tirara al suelo.

Además, no tenía ni idea de dónde estaba ni de qué más le ocurriría si escapaba.

Por muy asustada que estuviera, el saco de arpillera era el lugar más seguro para ella.

No sabía nada del hombre que la llevaba, solo que daría su vida por que no le arrebataran su captura.

Un rato después, todos se detuvieron y su portador la dejó caer a sus pies, sin soltarla.

Malta podía oírlos murmurar con agitación en un lenguaje que no conocía.

Los compañeros de su portador parecían reír y exigirle que hiciera algo, a lo que él se negó afable pero rotundamente.

Al poco, Malta oyó pasos que se alejaban.

Los compañeros se habían marchado. Se había quedado a solas con su portador, que no parecía tener la intención de desatarle las muñecas. Empezó a tiritar.

Entonces sintió el frío tacto de algo metálico pasearse entre sus muñecas y al instante ya las tenía libres.

Justo después se quitó el saco de encima y la empapada mordaza de la boca.

No podía ver bien a causa de la suciedad y las hebras que se le habían metido en los ojos.

Se pasó las manos por el pelo y la cara y, acto seguido, se volvió para mirar a su captor.

Estaban solos en medio de la insondable y húmeda noche.

Una ciudad y un cruce. No sabía más. El hombre la miraba expectante.

Malta no distinguía sus rasgos. Llevaba el rostro cubierto con una capucha, desde cuyas profundidades la observaba.

El aire era espeso y pegajoso, las únicas luces, difuminadas por la niebla, eran las de unas teas que había al otro extremo de la calle.

Si echaba a correr, ¿se abalanzaría él sobre ella?

¿Acaso era aquello el juego del gato y el ratón?

¿No se arrojaría de cabeza a un peligro mayor si escapaba? Entonces se dio cuenta de que el hombre le estaba dando tiempo para que decidiera qué hacer.

Al cabo de un rato, su captor le indicó con la cabeza que lo siguiera.

Echó a andar a paso ligero por una calle y Malta fue tras él.

El hombre se movía con agilidad y confianza por la laberíntica ciudad.

Después la tomó de la mano. Malta no la retiró.

La niebla era muy densa, cegadora, casi asfixiante, y estaba tan oscuro que apenas veía más allá de sus narices.

Entre los huecos que dejaba la gran nube distinguía altísimos edificios a ambos lados de la calle por la que caminaban.

Pero la negrura y el silencio parecían envolverlo todo.

Su compañero parecía conocer muy bien el camino a seguir.

Su enorme mano era cálida y seca y le abrigaba la suya, que estaba helada.

Poco después, el hombre se salió por un lado de la calle y ayudó a Malta a bajar unos escalones antes de abrir una puerta.

Entonces se produjo una explosión de sonidos.

Malta oyó música y gente riendo y charlando, pero no entendió nada; para ella solo era ruido ensordecedor, tanto que, de haber podido hablar con su compañero, no hubiera podido oírlo.

Supuso que aquel sitio sería una especie de posada o taberna.

Había multitud de mesitas redondas y en el centro de cada una ardía una vela corta.

El hombre la llevó hasta una desocupada y le indicó que se sentara.

Él se sentó frente a ella. Entonces se quitó la capucha.

Durante un buen rato, no hicieron sino mirarse el uno al otro.

Quizá el hombre estuviera escuchando la música, que para ella era un ruido tan alto que creía que le iban a estallar los tímpanos.

La luz de la vela le permitió por fin ver el rostro de su compañero.

Era apuesto, pese a su palidez. No llevaba barba, era rubio y sus ojos eran de un castaño cálido.

Tenía un bigote no muy poblado, hombros anchos y brazos musculosos.

Al principio no hizo nada, solo la miraba.

Después, puso la mano sobre la mesa y Malta se la agarró.

El hombre sonrió. De pronto, Malta sintió que habían llegado a un nivel de entendimiento tal que se alegró de no poder expresarse con palabras que estropearan el momento.

Le pareció que transcurrieron siglos. Después el hombre hurgó en su zurrón y sacó un anillo con una piedrecita incrustada.

Malta lo miró unos instantes y después meneó la cabeza.

No porque rechazara el anillo, sino porque no necesitaba llevar ningún símbolo visible.

El vínculo que los unía era ya perfecto, de modo que no hacía falta mancillarlo con esas cosas.

Él guardó el anillo y se inclinó sobre la mesa para arrimarse a Malta.

Con el corazón a punto de salírsele por la boca, ella se acercó.

Él la besó. Solo se tocaron con los labios.

Malta jamás había besado a un hombre. La suavidad de su bigote hizo que se le pusiera la carne de gallina de todo el cuerpo.

Entonces notó la lengua del hombre, deseosa de encontrarse con la de ella.

El tiempo se detuvo como un colibrí sobre aquel dulce momento de vacilación, de decidir si abrirse o permanecer cerrada.

En ese instante oyó una lejana risa masculina que parecía aprobar su actitud.

«Eres de naturaleza caliente, Malta. Muy caliente.

Aunque tu concepto de cortejo siga anclado en la antiquísima costumbre del rapto.

—Después, todo empezó a desvanecerse, a escapársele, dejándole de recuerdo aquel cosquilleo en los labios—. Creo que tú y yo encajaremos muy bien».