26 #5
Por un momento creyó que su madre se opondría.
Entonces, mirando a Malta, se lo entregó.
Keffria miró la cajita de madera. Era ligera como una pluma.
Se fijó en el dulce olor que desprendía, un tanto más penetrante que el del sándalo.
Malta no apartó la vista de la caja, como un lobo hambriento que siguiera con los ojos los movimientos de su presa.
—Lo primero que haré por la mañana será escribirles. Creo que podré pedirle a los Kendry que la envíen río arriba por mí.
Su madre asentía con la cabeza.
—Pero asegúrate de forrar bien la caja. Nadie debe ver qué es lo que estamos devolviendo.
Rechazar una pedida de mano, sea por la razón que sea, es siempre un asunto delicado.
Lo mejor será que ambas partes lo mantengamos en secreto.
—Keffria asintió y su madre miró a Malta—.
¿Lo has entendido, Malta? No debes hablar de esto con nadie, ni con tus amiguitas ni con los sirvientes.
Hay que solucionar este malentendido de inmediato.
La niña la miró con el ceño fruncido, sin decir nada.
—¡Malta! —ladró Keffria, haciendo que su hija diera un brinco—. ¿Lo entiendes? ¡Contesta!
—Lo entiendo —refunfuñó. Miró con insolencia a su madre y se hizo un ovillo en la silla.
—Bien. Entonces no hay más que hablar. —Keffria decidió poner fin a la batalla aprovechando que la estaba ganando—. Voy a acostarme.
—Un momento —dijo Ronica con voz sombría—. Keffria, hay algo más que deberías saber acerca de las cajas de sueños. No son simples objetos. Cada una está vinculada a una persona determinada.
—¿Cómo? —preguntó Keffria a regañadientes.
—Bueno, no lo sé, evidentemente. Pero sí sé que, para crear una de estas cajas, quien la hace debe poseer un objeto de la persona a la que la quiere vincular.
—Su madre suspiró al tiempo que se dejaba hundir en la silla—.
Una no se encuentra una caja de sueños así como así.
La crearon a conciencia para Malta. —Ronica meneó la cabeza y adoptó un aire apesadumbrado—.
Malta debe de haberle entregado algo de su propiedad a algún hombre de los Territorios Pluviales y este lo tomó como un regalo.
—¡Oh, Malta, no! —exclamó Keffria consternada.
—Yo no le he dado nada a nadie —replicó Malta, desafiante, mientras se ponía en pie—. ¡No le he dado nada a nadie! —repitió chillando.
Keffria se levantó y corrió hacia la puerta. Una vez que se aseguró de que estaba bien cerrada, volvió y se enfrentó a su hija.
—Cuéntame la verdad —dijo sin más, a media voz—. ¿Qué ha pasado y cuándo? ¿Cómo has conocido a ese joven? ¿Por qué pensó que aceptarías un regalo de pedida de su parte?
Malta las miró a ambas.
—En la reunión de mercaderes —reconoció con pesar—. Salí a tomar un poco de aire. Le dije buenas noches a un cochero cuando pasé junto a él. Creo que estaba apoyado contra el carruaje de los Khuprus. Eso es todo.
—¿Qué aspecto tenía? —inquirió Ronica.
—No lo sé —contestó Malta en tono sarcástico—. Era de los Territorios Pluviales. Ya sabéis que se tapan con velos y capuchas.
—Sí, lo sé —replicó su abuela—. Pero su cochero no.
Niña insensata, ¿cómo piensas que van a bajar en carruaje por el río?
Las familias de los Territorios Pluviales tienen aquí sus carruajes y los usan solo cuando vienen al Mitonar.
Por lo tanto, los cocheros que contratan son del Mitonar.
Si hablaste con un hombre oculto por un velo, hablaste con un mercader de los Territorios Pluviales. ¿Qué le dijiste y qué le diste?
—Nada —exclamó Malta—. Solo le dije «buenas noches» al pasar por su lado. Él me respondió lo mismo. Nada más.
—Entonces ¿por qué sabe cómo te llamas? ¿Cómo es que te ha creado un sueño? —indagó Ronica.
—Lo ignoro —replicó Malta—. Puede que averiguara a qué familia pertenecía por el color de mi traje y que después le preguntara a otra persona.
—De repente, para asombro de Keffria, Malta rompió a llorar—.
¿Por qué siempre me tratáis así? Nunca me decís nada bonito, no hacéis más que acusarme y regañarme.
Pensáis que soy una ramera o una mentirosa o qué sé yo.
Me envían un regalo y ni siquiera me dejáis verlo, y encima me echáis la culpa de todo.
Ya no sé qué esperáis de mí. Deseáis que sea una niña, pero luego queréis saberlo todo y responsabilizarme de todo.
¡No es justo! —Hundió la cara entre las manos y empezó a sollozar.
—Oh, Malta —suspiró Keffria con cansancio. Se acercó a su hija y le puso las manos sobre los hombros—. No pensamos que seas ni una ramera ni una mentirosa. Es solo que nos preocupamos por ti. Intentas crecer demasiado rápido, pero en el camino hay muchos peligros que todavía no entiendes.
—Lo siento —gimió Malta—. No debería haber salido aquella noche. Pero es que el aire estaba tan cargado y me asusté tanto cuando todo el mundo empezó a gritarse…
—Lo sé, lo sé, sí que daba miedo. —Keffria le dio unas palmaditas mientras le hablaba.
Odiaba ver a Malta llorar de aquella manera.
Pero, al mismo tiempo, se sentía aliviada.
La Malta desafiante y chillona era una desconocida.
Aquella Malta solo era una niña llorona que quería que la consolaran.
Quizá esa noche habían empezado a entenderse.
Quizá aquella Malta fuera alguien con quien sí se podía razonar.
Se inclinó y estrechó a su hija, que le devolvió un breve y receloso abrazo—.
Malta —le dijo con voz queda—, escucha. Mírame.
Aquí tienes la caja. No puedes quedártela ni abrirla: hay que devolverla mañana intacta. Pero puedes verla.
Malta se sorbió la nariz y se puso derecha. Miró a la cajita, que su madre sostenía en la palma de la mano, pero no la cogió.
—Oh —dijo unos instantes después—, solo es una caja tallada. Creí que llevaría joyas incrustadas o algo. —Apartó la mirada—. ¿Puedo acostarme ya? —preguntó con voz cansada.
—Por supuesto, ve a acostarte. Seguiremos hablando por la mañana, después de que hayamos descansado todas un poco.
Malta, ya más calmada, volvió a sorberse la nariz y asintió con la cabeza. Keffria se quedó mirando a la niña mientras esta salía de la sala; después se volvió hacia su madre y suspiró.
—A veces es tan duro verla crecer…
Ronica asintió con empatía. Pero al poco dijo:
—Guarda bien la caja esta noche. Por la mañana ordenaré a un mensajero que lleve tu carta junto con la caja al puerto, a los Kendry.
Pocas horas antes de que amaneciera, Malta cogió la cajita y se la llevó a su cuarto.
La encontró donde sabía que su madre la habría escondido: en el armario «secreto» del fondo del guardarropa que había en su habitación.
Allí era donde ocultaba los regalos de la familia y sus aceites más caros.
Temía que la hubiera escondido bajo la almohada o, peor aún, que la hubiera destapado para tener ella el sueño. Pero no.
Malta cerró la puerta de su cuarto y se sentó en la cama con la cajita en el regazo.
Tanto escándalo por una simple cajita. La levantó hasta la altura de los ojos y caminó de puntillas hasta su guardarropa.
En una caja que tenía en un rincón, debajo de varias muñecas viejas, había guardado la bufanda y la joya de fuego, que parecía brillar más que nunca.
Se quedó mirándola un rato hasta que recordó por qué la había sacado.
Olisqueó la bufanda y se la llevó a la cama para comparar su olor con el de la caja.
Olían distinto, aunque en ambos casos se trataba de un aroma exótico.
Ambos eran dulces, pero se diferenciaban bien.
Entonces podría ser que la cajita no la hubiera enviado el hombre del velo.
Sí, el emblema era el mismo que el del carruaje, pero quizá la familia Khuprus acabara de comprarlo.
Lo mismo se la enviaba Cerwin. Durante años se había ido dejando un montón de pertenencias en casa de Delo.
Tras darle muchas vueltas, decidió que eso sería muy fácil y, de hecho, más probable.
¿Por qué iba un extraño con el que se había encontrado por casualidad a regalarle algo tan caro?
Lo más probable era que fuera un regalo de pedida de Cerwin.
Entonces todas las piezas encajaron. Si era cierto que el hombre del velo de los Territorios Pluviales había averiguado quién era y se había molestado en mandarle un regalo, ¿no habría aprovechado para recordarle que le devolviera la bufanda y la joya de fuego?
Desde luego que sí. Por tanto, la cajita no la había dejado él, sino Cerwin.
Cerró los ojos y abrió la caja. O eso intentó.
Abrió los ojos y la examinó mejor. Lo que pensaba que era el cerrojo no era tal.
Ya estaba enfadada cuando por fin descubrió cómo abrirla.
Y cuando la destapó, descubrió que estaba vacía.
No había nada en su interior. Ella pensaba que saltarían chispas o que brotaría una columna de estrellas o que sonaría una musiquita o que manaría alguna fragancia.
Se quedó mirando las esquinas desnudas del interior, que después palpó para asegurarse de que no se dejaba nada dentro.
Pero no notó nada. Estaba vacía. Entonces ¿qué era aquello?
¿Una broma? ¿O acaso el regalo era la cajita esmeradamente tallada y perfumada?
Lo mismo no era ninguna caja de sueños y todo habían sido imaginaciones de su abuela.
Cajas de sueños. Hasta aquella noche, Malta no había oído hablar de nada parecido.
Una oleada de rabia arrojó luz sobre el asunto: su abuela se lo había inventado para que su madre no la dejara quedarse con la caja.
A menos, quizá, que alguna de las dos la hubiera abierto ya para sacar su contenido y quedárselo para sí.