Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 26 #4
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—Así que tomó una decisión tan valiente como difícil.

Dejó de comerciar río arriba. Esto significaba que debía trabajar el doble y salir el triple de veces para obtener el mismo beneficio.

En lugar de en los Territorios Pluviales, probó suerte en los sitios más recónditos de los canales interiores, al sur de Jamaillia.

Comerció con los lugareños para conseguir bienes exóticos y escasos, que no mágicos.

Juró que así ganaría una fortuna para nosotras.

De haber vivido, es probable que lo hubiese conseguido.

—¿Padre creía que lo de la talasemia fue por culpa de la magia? —preguntó Keffria con cautela.

—¿De dónde has sacado eso? —inquirió Ronica.

—Yo era muy pequeña. Fue justo después de que los muchachos murieran.

Recuerdo que Davad estaba allí. Padre lloraba y yo estaba escondida fuera, tras la puerta.

Estaban todos en esta misma sala. Yo quería entrar, pero me daba miedo porque padre nunca lloraba.

Y oí cómo Davad Restart maldecía a los mercaderes de los Territorios Pluviales y los acusaba de haber hecho brotar la enfermedad con tanto explotar la ciudad.

Su esposa y sus hijos también habían muerto. Y Davad dijo…

—Lo recuerdo —dijo Ronica de repente—. Me acuerdo muy bien de lo que dijo Davad.

Pero eras demasiado pequeña para comprender que estaba destrozado, que había sucumbido a una fuerte depresión.

—Ronica meneó la cabeza y entornó los ojos mientras hacía memoria—.

A veces los hombres hablan sin pensar en lo que dicen.

O sin creerlo siquiera. Davad necesitaba culpar a alguien o algo de la terrible pérdida que acababa de sufrir.

Durante un tiempo, culpó a los mercaderes de los Territorios Pluviales. Pero ya hace mucho que se le pasó.

Keffria tomó aire poco a poco.

—¿Es cierto que el hijo de Davad…?

—¿Qué ha sido eso? —La repentina exclamación de su madre interrumpió la pregunta de Keffria.

Las dos se pusieron derechas y se quedaron mudas para escuchar mejor. Ronica había abierto tanto los ojos que las pupilas parecían nadar en el blanco.

—Ha sonado como un gong —susurró Keffria.

Era sobrecogedor oír el gong de los Territorios Pluviales cuando llevaban tanto rato hablando de ellos.

Le pareció oír pisadas en la entrada. Miró a su madre con estupor y se levantó de un salto.

Corrió a la puerta y la abrió de un tirón, su madre pegada detrás de ella.

Pero lo único que vieron fue a Malta en el fondo del recibidor.

—¡Malta! —gritó con estridencia.

—¿Sí, madre? —La niña apareció detrás de la esquina. Iba con la bata de noche y llevaba en las manos una taza y un platillo.

—¿Qué haces levantada a estas horas? —inquirió Keffria.

A modo de respuesta, Malta alzó la taza.

—No podía dormir. Me he hecho una manzanilla.

—¿No has oído un ruido extraño?

Malta se encogió de hombros.

—La verdad es que no. Puede que el gato haya tirado algo.

—O puede que no —masculló Ronica con preocupación. Adelantó a Keffria y corrió a la cocina. Keffria fue tras ella y Malta, llevada por la curiosidad, las siguió a ambas con la taza en la mano.

No había ninguna luz en la cocina, excepto el tenue resplandor de los fuegos.

La estancia estaba llena de olores familiares que las hacían sentirse seguras: el del fuego de los quemadores, el de la levadura del pan que cocerían por la mañana, el persistente aroma de la carne que habían cenado…

Ronica sacó una vela del armario; atravesó la cocina hasta la puerta de la calle y la abrió de un tirón.

El viento del invierno entró con furia e inundó la cocina de fantasmas de niebla.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó Keffria mientras la llama de la vela temblaba al son del viento.

—Ya no —contestó su madre, sombría. Salió al porche cubierto de escarcha. Miró a su alrededor y se agachó para recoger algo. Volvió a entrar en la cocina y cerró la puerta con fuerza.

—¿Qué es eso? —preguntaron Keffria y Malta al unísono.

Ronica posó la vela en la mesa. Junto a ella colocó una cajita de madera. Se quedó mirándola unos instantes y después miró a Malta entornando los ojos.

—La han dejado a nombre de Malta.

—¿Ah, sí? —exclamó Malta con emoción—. ¿Qué es? ¿Quién la ha dejado? —Corrió a pegarse a la mesa con los ojos encendidos de curiosidad. Siempre le habían encantado las sorpresas.

Su abuela colocó una mano con firmeza sobre la caja cuando Malta estiró la mano para agarrarla. Aquello no le hacía ninguna gracia.

—¿Qué será? —se preguntó Ronica en tono misterioso—. Creo que es una caja de sueños. Se trata de un regalo de pedida típico de los Territorios Pluviales.

Keffria sintió que se le paralizaba el corazón. No podía ni respirar, aunque Malta no hacía sino tirar de la cajita que su abuela se negaba a dejarle abrir.

—¿Qué hay dentro? —inquirió con ansia—. Dámela.

—No —dijo Ronica con firmeza—. Vas a venir con nosotras al estudio de tu abuelo. Tienes mucho que explicar, jovencita. —Cogió la cajita y salió de la cocina a zancadas.

—Madre, no es justo, ¡la han dejado a mi nombre! Dile a la abuela que me la dé. ¿Madre? ¡Madre!

Keffria se dio cuenta de que casi se había dejado caer sobre la mesa. Poco a poco se fue poniendo derecha.

—Malta, ¿no has oído lo que acaba de decirte tu abuela? ¡Es un regalo de pedida! ¿Cómo es posible?

Malta se encogió de hombros.

—¡No lo sé! ¡No sé de quién es ni qué hay dentro! ¿Cómo quieres que te explique nada si la abuela ni siquiera me deja verla?

—Ven al estudio —le ordenó Keffria suspirando. Malta salió corriendo delante de ella.

Cuando Keffria entró en la habitación, Malta ya estaba discutiendo con su abuela:

—¿No puedo verla por lo menos? Es para mí, ¿no?

—No, no puedes. Malta, esto es muy serio, mucho más de lo que parece que crees.

Es una caja de sueños. Y trae el emblema de la familia Khuprus, que es quizá la más prestigiosa de los mercaderes de los Territorios Pluviales.

No representaron a todas las familias de los Territorios Pluviales en la última reunión por casualidad.

No conviene ofenderlos ni tomarlos a la ligera.

¿Todavía quieres la caja? —le preguntó tendiéndosela.

—¡Sí! —respondió Malta con indignación al tiempo que lanzaba una mano para hacerse con la cajita. Pero Ronica la retiró a tiempo.

—¡Malta! —gritó Keffria—. No seas niña. Se trata de un regalo de pedida. Hay que devolverlo, pero con todos los respetos. Hay que dejarles claro que eres demasiado joven para aceptar la petición de mano de ningún hombre. Pero todo con suma cortesía.

—No, no lo soy —protestó Malta—. Soy demasiado joven para prometerme a ningún hombre, vale, pero ¿por qué no puedo considerar su petición de mano? ¡Por favor, abuelita, por lo menos déjame ver qué trae dentro!

—Es una caja de sueños —le explicó Ronica con sequedad—. Por lo tanto, contiene un sueño en su interior. Estas cosas no se abren para ver qué traen, sino para tener el sueño que contienen.

—¿Cómo puede haber un sueño dentro de una cajita? —preguntó Keffria.

—Magia —respondió Ronica con gravedad—. La magia de los Territorios Pluviales.

Malta se quedó boquiabierta.

—¿Puedo soñarlo esta noche?

—¡No! —bramó Ronica—. Malta, no me estás escuchando.

No puedes tenerlo bajo ningún concepto. Hay que devolverla tal como la hemos recibido, sin abrir, y explicar con toda la diplomacia posible que aquí ha habido un malentendido.

Si abres esta caja y tienes el sueño que encierra, significará que aceptas la petición de mano y estarás dando permiso a ese hombre para que te corteje.

—Bueno, ¿y tan terrible es eso? ¡Tampoco es que le prometa matrimonio!

—Si permitimos que la abras, también estaremos aceptando su pedida de mano, que sería lo mismo que decir que te consideramos una mujer madura y preparada para tener pretendientes. Pero no es eso lo que creemos —le informó Ronica con tono tajante.

Malta se cruzó de brazos, enfurruñada, y luego se sentó en una silla con la mandíbula apretada.

—Me alegraré mucho cuando mi padre vuelva a casa —anunció con voz airada.

—¿Ah, sí? —exclamó Ronica con mordacidad.

Keffria se había quedado al margen, sin saber qué hacer.

Ver enfrentarse a dos personas con caracteres tan fuertes era igual que ver las peleas de los toros en primavera, cuando se empujaban, resoplaban y desafiaban unos a otros.

Aquella era una auténtica batalla por hacerse con la autoridad, para ver cuál de las dos se alzaría victoriosa e impondría sus reglas en la casa mientras Kyle estuviera ausente.

No. De repente, se dio cuenta: Kyle no era más que otra pieza del juego para Malta.

Porque Malta había descubierto que podía manipular a su padre, que no representaba ningún obstáculo para su artería infantil; a medida que fuera creciendo, su padre sería para ella un problema cada vez menor.

Lo cierto es que creía que solo su abuela se interponía en su camino.

Su propia madre era insignificante para ella.

¿No lo era, al fin y al cabo? Durante años había vivido encerrada en la casa.

Su padre navegaba y su madre administraba las propiedades.

Ella todavía vivía en la casa de su padre, como siempre.

Cuando Kyle venía a casa, se gastaban su dinero sobre todo en divertirse.

Ahora su padre había muerto y Kyle y su madre se peleaban por colocarse al timón mientras Malta y su madre discutían por imponer sus propias reglas.

No importaba cómo se decidiera, Keffria seguiría siendo invisible e ignorada.

Malta no prestaba la menor atención a sus intentonas de imponerse. Ni nadie, de hecho.

Keffria atravesó la habitación.

—Madre, dame el regalo —le exigió en tono imperioso—. Puesto que es mi hija la que ha causado este lamentable malentendido, creo que me corresponde a mí solucionarlo.