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—Si le va bien con los esclavos, entonces tendremos suficiente —repitió—. Pero no nos sobrará nada. Madre, ¿durante cuánto tiempo podremos mantenernos libres de deudas? Si los precios del grano siguen cayendo, nosotras también caeremos. Y entonces ¿qué?
—Entonces no estaremos solas —contestó su madre con seriedad.
Keffria respiró hondo. Hablaban con frecuencia de lo que deseaban que ocurriera. Y se decidió a hablar sin tapujos de su miedo inconfesable:
—¿Crees de verdad que se producirá una sublevación contra el sátrapa?
¿Una guerra? —Le resultaba difícil incluso hablar de una guerra contra Jamaillia.
Pese a que había nacido en el Mitonar, Jamaillia seguía siendo su hogar.
Era la patria, el origen, el orgullo de las gentes del Mitonar, la base de todas las civilizaciones y saberes.
Jamaillia, la resplandeciente ciudad blanca del sur.
Su madre se quedó callada largo rato antes de contestar.
—Depende mucho de cómo responda el sátrapa a nuestros enviados.
Además, corre un rumor muy inquietante; se dice que el sátrapa va a contratar mercenarios chalazos como escoltas de los barcos mercantes jamaillios y corsarios para que se deshagan de los piratas del Paso Interior.
La gente ya ha empezado a discutir y decir que no podemos permitir que las naves armadas chalazas entren ni en nuestras aguas ni en nuestro puerto.
Pero no creo que se desate una guerra abierta.
No somos un pueblo belicoso, solo mercaderes.
El sátrapa debe saber que solo pedimos que cumpla su palabra.
Nuestros mensajeros llevan la escritura original de la constitución de nuestra compañía.
Se leerá en alto ante el sátrapa y sus compañeras.
Nadie nos puede negar lo que se nos prometió.
Tendrá que llamar de nuevo a los nuevos mercaderes.
Keffria pensó que su madre ya estaba haciendo otra vez lo de verbalizar lo que esperaba que ocurriera, intentando convertir en realidad los deseos que expresaba con sus palabras.
—Algunos pensaban que el sátrapa debía compensarnos con dinero —dijo para ver cómo reaccionaba.
—No lo aceptaríamos —dijo su madre al instante—.
Davad Restart me sorprendió mucho cuando sugirió que deberíamos establecer una cantidad y exigirla.
No se puede comprar la propia palabra. —Con voz amarga, añadió—: A veces temo que Davad haya olvidado quién es.
Pasa demasiado tiempo con los nuevos mercaderes y muchas veces habla en su nombre.
Nosotros estamos entre el mundo y nuestros parientes de los Territorios Pluviales.
¿Aceptaremos el dinero para nuestra familia?
—Me es difícil preocuparme por ellos en estos momentos. Cada vez que pienso en ellos, los veo como una amenaza para Malta.
—¿Una amenaza? —repitió Ronica casi ofendida—. Keffria, debemos tener en cuenta que desean que respetemos el acuerdo inicial. Lo mismo que nosotros le exigimos al sátrapa.
—Entonces ¿no te parece que sería como si la arrojáramos a una vida de esclavitud si llegara el día en que no pudiéramos saldar nuestras deudas y nos exigieran nuestra sangre?
Ronica guardó silencio unos instantes.
—No, no me lo parece —dijo por fin. Luego suspiró—.
No me gustaría verla partir. Pero, ¿sabes?
, nunca he oído que ningún hombre o mujer del Mitonar haya sido retenido contra su voluntad por los mercaderes de los Territorios Pluviales.
Lo que buscan son esposas y maridos, no sirvientes.
¿Quién iba a casarse con otra persona en contra de su voluntad?
Algunos viajan allí por voluntad propia y otros por contrato, aunque regresan cuando quieren.
¿Te acuerdas de Scilla Appleby? Se la llevaron a los Territorios Pluviales cuando su familia no pudo cumplir con el contrato.
Ocho meses más tarde, la trajeron de regreso al Mitonar porque allí no era feliz.
Y dos meses después Scilla envió un mensaje a los Territorios Pluviales diciendo que se había equivocado y que vinieran a buscarla. Así que no puede ser tan malo.
—Tengo entendido que su familia la amonestó para que regresara. Que su abuelo y su madre pensaban que había deshonrado a los Appleby y roto su promesa cuando regresó al Mitonar.
—Supongo que podría ser así —admitió su madre con aire pensativo.
—No quiero que Malta vaya allí contra su voluntad —anunció Keffria sin rodeos—. Ni por deber ni por orgullo. Ni siquiera por mantener limpio nuestro nombre. Si fuera necesario, creo que yo misma la ayudaría a escapar.
—Que Sa nos asista, me temo que yo también —admitió su madre tras un eterno silencio, como si le estuvieran sacando las palabras a rastras.
Keffria se quedó estupefacta. No solo por lo que acababa de reconocer su madre, sino por la gran carga de sentimientos que revelaba su voz.
Ronica siguió hablando—: Hubo un tiempo en que odié aquella nave.
¿Cómo podía haber algo que valiera tanto?
¡No solo en dinero, sino también en sus propios descendientes!
—Si padre hubiera continuado en el negocio de los Territorios Pluviales, lo más probable es que la Vivacia ya estuviera pagada —comentó Keffria.
—Es muy posible. Pero ¿a qué precio?
—Es lo que decía siempre padre —dijo Keffria despacio—.
Pero yo nunca lo entendí. Papá nunca lo explicó ni hablaba de ello delante de nosotras.
La única vez que le pregunté al respecto me salió con que no era la opción más fácil.
Aunque todas las demás familias que poseen naos redivivas tratan con las familias de los Territorios Pluviales.
Puesto que los Vestrit poseemos una nao rediviva, nosotros también tenemos derecho.
Pero padre se negó. —Después continuó como si midiera cada palabra—: Quizá deberíamos reconsiderar esa decisión.
Kyle estaría dispuesto, lo dejó claro cuando preguntó por las cartas de navegación del río Pluvia.
Hasta aquel día no lo habíamos hablado. Pensé que quizá padre ya se lo había explicado a él.
Hasta aquel día, nunca me había preguntado por qué dejamos de comerciar río arriba. Nunca surgió el tema.
—Y si manejas bien la situación, nunca lo hará —apuntó Ronica—. Sería desastroso que Kyle navegara río arriba por el Pluvia.
Aquel era otro tema delicado: Kyle. Keffria suspiró.
—Recuerdo que, cuando el abuelo vivía, navegó con la Vivacia río arriba.
Me acuerdo de los regalos que nos traía.
Una caja de música que centelleaba al son de su melodía…
—Agitó la cabeza—. No sé qué sería de ella.
—Ya más sosegada, prosiguió—: Y nunca he llegado a comprender por qué padre se negaba a comerciar río arriba.
Ronica se quedó mirando el fuego como si estuviera contando una antigua fábula.
—A tu padre… nunca le gustó el contrato con los Festrew.
Oh, amaba el barco y no lo hubiera cambiado por nada del mundo.
Pero, por mucho que le gustara la Vivacia , siempre os prefirió a vosotras, sus hijas.
Y, como tú, veía en el contrato una amenaza para sus hijas.
Detestaba verse sometido a un acuerdo en el que no había tenido voz.
—Aquí Ronica empezó a hablar casi susurrando—: En cierto modo, tenía muy mala opinión de los Festrew porque temía que se sirvieran de ese trato tan cruel para aprovecharse de él.
Quizá por aquel entonces las cosas se vieran de otro modo.
Puede que… —Titubeó y luego continuó—: Supongo que te he mentido.
Hablo de la manera que sé que debería pensar: que un trato es un trato y un contrato, un contrato.
Pero aquel contrato se hizo en tiempos más antiguos y duros.
Con todo, estamos obligados a respetarlo.
—Pero padre no lo aprobaba —insistió Keffria para volver a ese tema.
—Despreciaba los términos. A menudo comentaba que nadie podía llegar nunca a saldar por completo una deuda con los Territorios Pluviales.
Siempre surgía una deuda nueva que alargaba la anterior, de manera que con el tiempo se iban fortaleciendo las cadenas que unían a las familias que habían hecho algún tipo de negocio.
La idea le espantaba. Quería que el barco nos perteneciera de una vez por todas, sin ataduras, y que si decidíamos abandonar el Mitonar, pudiéramos hacerlo sin más.
—Aquello consternó a Keffria. ¿Abandonar el Mitonar?
¿De verdad su padre había pensado en sacar a su familia del Mitonar?
Su madre siguió hablando—: Y aunque su padre y su abuela habían comerciado con bienes de los Territorios Pluviales, siempre le pareció que estaban mancillados.
Así lo dijo: mancillados. Demasiada magia.
Siempre creyó que tarde o temprano habría que pagar toda esa magia.
Y no pensaba que para él fuera… honrado, en cierto modo, traer a nuestro mundo la magia de otro tiempo y otro lugar, la magia que quizá había sido la perdición de otro pueblo.
Quizás incluso la caída de las Orillas Malditas.
A veces hablaba de ello, bien entrada ya la noche, y decía que temía que eso acabara con nosotros y con nuestro mundo, igual que el pueblo antiguo.
Ronica guardó silencio. Ambas mujeres se quedaron inmóviles, meditabundas.
Casi nunca se hablaba de aquellas cosas.
Del mismo modo que las cartas de navegación de los canales más difíciles representaban una gran ventaja para el comercio, también tenían un gran valor los conocimientos, reunidos a base de grandes esfuerzos, que compartían el Mitonar y los mercaderes de los Territorios Pluviales.
Los secretos que intercambiaban eran tan importantes para su riqueza como los productos con los que comerciaban.
Ronica carraspeó.