Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 26 #2
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Se calló y empezó a jadear con el pecho palpitante.

Ámbar no dijo nada. Solo se oía el crujir del tronconjuro, el quejumbroso piar de las aves marinas, que atravesaban la oscuridad de regreso a sus nidos, y el incesante golpear de las olas.

Pero Ámbar no hacía el menor ruido. Quizá había salido corriendo mientras él gritaba.

O puede que se hubiera refugiado en la noche, avergonzada, como una cobarde.

Dechado tragó saliva y se frotó una ceja.

Le daba igual. Ámbar no importaba. Nada importaba, nada.

Se rascó el cuello por donde se había partido el cordón del collar.

Escuchó cómo se acercaban las olas a medida que crecía la marea.

Oyó el crepitar de la madera de deriva en la hoguera y olió el humo que se desprendía de esta.

Se sobresaltó cuando por fin Ámbar habló:

—No me ha enviado Mingsley. — Dechado la oyó levantarse de un brinco, arrimarse al fuego y remover la madera.

Al proseguir, su voz sonó tranquila y templada—: Tienes razón, la primera vez que vine aquí me trajo él.

Me propuso despedazarte en astillas solo para obtener tu tronconjuro.

Pero al verte me fue imposible hacer algo así.

Dechado , deseo con todas mis fuerzas que confíes en mí.

Para mí eres una maravilla y un misterio.

Mi curiosidad ha sido siempre mayor que mi sabiduría.

Pero más grande aún que ambas es mi soledad.

Porque me encuentro muy lejos de mi hogar y mi familia, no solo por la distancia, sino también por los años.

Las palabras de Ámbar caían sobre él como una lluvia de piedras.

Ámbar no dejaba de andar de un lado a otro mientras hablaba.

Dechado oía el ondear de sus faldas. Su agudo oído detectó incluso el ruido de dos tablas montándose.

Su collar, pensó entonces con desolación.

Ámbar recogería su regalo y se lo llevaría.

—¿Ámbar? —preguntó en tono suplicante. Pronunció el nombre de la muchacha con firmeza, pero enseguida se le quebró la voz, como le ocurría siempre que tenía miedo—. ¿Vas a llevarte mi regalo?

Tras un largo silencio, Ámbar respondió con aspereza:

—Pensé que no lo querías.

—Sí que lo quiero. Mucho. —Al ver que ella no decía nada, siguió hablando—: Ahora me odias, ¿verdad? —Su voz sonaba reposada, aunque demasiado alta.

— Dechado , yo… —Se le apagó la voz—. No te odio —prosiguió con tono amable—. Aunque tampoco te entiendo —dijo con aflicción—. Algunas veces, cuando hablas, oigo en tus palabras la sabiduría de varias generaciones. Y otras, sin previo aviso, eres como un niño malcriado.

«Doce años. Casi hombre, maldito seas, y si durante este viaje no aprendiste a comportarte como un hombre, ya nunca serás un hombre, mocoso».

Se llevó las manos a la cara y se tapó lo que quedaba de sus ojos, de los que ya nunca brotarían lágrimas traicioneras.

Después se tapó la boca con una mano para que Ámbar no lo oyera sollozar.

«Que no me mire ahora —suplicó—. Que no me vea».

Ámbar seguía hablando consigo misma:

—A veces no sé cómo tratarte. Ah, ahí está el cangrejo. Ya los tengo todos. Debería darte vergüenza, mira que tirar el collar…, como si fueras un niño que se cansa de un juguete. Espera mientras arreglo el cordón.

Se quitó la mano de la boca y respiró hondo. Se decidió a preguntar lo que más le asustaba en el mundo:

—¿Se han…? ¿Se han roto?

—No, están muy bien hechas. —Se había echado sobre la manta, junto al fuego.

Dechado podía oírla trabajar, los golpecitos que se daban las piezas unas contra otras—.

Cuando me puse a hacerlas, tuve en cuenta que estarían expuestas al viento y a la lluvia, así que las barnicé con un montón de aceite y cera.

Y han caído en blando. Pero se hubieran partido de haber chocado contra las rocas, así que yo no probaría suerte de nuevo.

—No volverá a ocurrir —prometió. Luego preguntó con cautela—: ¿Estás enfadada conmigo?

—Antes sí —reconoció Ámbar—. Pero ya no.

—No me has gritado. Estabas tan callada que pensé que te habías marchado.

—He estado a punto de irme. No soporto los gritos.

Odio que me griten y jamás le doy voces a nadie.

Sin embargo, eso no significa que nunca me enfade.

—Tras un breve silencio, añadió—: Ni que nunca me hagan daño.

«Solo mi dolor calla más que mi rabia». Es de Tinni, un poeta.

Bueno, más bien es una paráfrasis, una especie de traducción.

—Recítame el poema completo —le rogó Dechado , tomando al vuelo la oportunidad de cambiar de tema.

No quería seguir hablando de rabia, ni de odio ni de niños malcriados.

Si Ámbar le recitaba el poema, quizá se olvidara de que no se había disculpado con ella.

No quería que supiera que no podía pedir perdón.

—La nana ha dicho que preferiría quedarse con media paga, si aún podemos permitírnoslo —dijo Ronica, rompiendo el silencio que imperaba en la habitación.

Keffria estaba sentada en la silla frente a la chimenea, donde solía sentarse su padre cuando paraba en casa.

Sostenía un pequeño tambor de bordar y había colocado varias madejas de hilos de colores sobre el brazo de la silla, pero no estaba haciendo nada con ellas.

Las manos de Ronica permanecían también en reposo.

—¿Podemos permitírnoslo? —inquirió Keffria.

—Más o menos. Tendremos que comer menos y darnos menos caprichos.

Casi me da vergüenza admitir lo agradecida y aliviada que me siento porque me lo ofreciera.

Me sentí muy culpable por dejarla ir. La mayoría de las familias prefieren que sea una mujer joven la que cuide de sus niños.

Le hubiera resultado muy complicado encontrar otro sitio.

—Lo sé. Y para Selden hubiera sido devastador. —Carraspeó—. Bien. ¿Qué pasa con Rache?

—Lo mismo —contestó su madre en tono lacónico.

—Si nuestras finanzas se tambalean, puede que no sea tan esencial pagarle un salario a Rache… —dijo Keffria midiendo las palabras.

—Yo no lo veo así —la interrumpió Ronica con brusquedad.

Keffria se quedó callada, mirándola. Al poco, Ronica apartó la mirada—.

Te ruego que me disculpes. Sé que últimamente he sido desagradable con todo el mundo.

—Se esforzó por sonar dialogante—. Opino que es importante que a Rache se le pague algo.

Es importante para todas nosotras. No es tan importante como para poner a Malta en peligro, pero sí lo es más que seguir comprándonos vestidos y lacitos para el pelo.

—En realidad, estoy de acuerdo —afirmó Keffria con voz sosegada—. Pero quería discutirlo contigo. Bien. Ya que estamos de acuerdo con el tema de los gastos…, ¿nos quedará suficiente para pagar a los Festrew?

Su madre asintió con la cabeza.

—Nos queda el oro, Keffria. He separado la parte que nos pertenece de la que debemos. Podremos saldar nuestras deudas con los Festrew. Pero ya no podremos pagar a nadie más, aunque vendrán tarde o temprano a exigir que se les pague.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Keffria. Acto seguido, reflexionó y se corrigió—: ¿Qué crees que deberíamos hacer?

Ronica respiró hondo.

—Sugiero que esperemos a ver quién viene y si se muestran muy insistentes.

La Vivacia no tardará en llegar. Algunos preferirán esperar hasta entonces y otros se mostrarán muy interesados.

En el peor de los casos, habrá quien exija un pago inmediato, lo que nos obligaría a vender algunas propiedades.

—¿Crees de verdad que ese debería ser nuestro último recurso?

—Sí —contestó su madre con firmeza—. Carruajes, caballos e incluso joyas: todo eso son cosas prescindibles.

No me parece que hayamos echado mucho de menos lo que hemos vendido.

Oh, sé cuánto se ha disgustado Malta por no haber tenido ropa nueva este invierno, pero no creo que su sufrimiento sea tan insoportable como su comportamiento.

Le vendrá bien aprender a aprovechar lo que tiene; hasta ahora, nunca había tenido ocasión.

Keffria se mordió la lengua. Su hija se había convertido en un delicado tema de conversación que prefería evitar en la medida de lo posible.

—Pero ¿terrenos? —protestó. Ya había discutido aquello con su madre. No sabía muy bien por qué insistía.

—Las propiedades son otra historia. A medida que la población del Mitonar va creciendo, las mejores tierras se encarecen.

Huelga decir que, si vendemos ahora nuestras tierras, las mejores ofertas nos las harán los recién llegados.

Si se las vendemos a ellos, perderemos el favor de nuestros parientes antiguos mercaderes.

Entregaremos más poder a los recién llegados.

Además, y este es para mí el punto más delicado, estaremos vendiendo algo que no se puede reemplazar.

Siempre se puede comprar otro carruaje o un nuevo juego de pendientes, pero ya no quedan más tierras que poseer en los alrededores del Mitonar.

Una vez que vendamos nuestra parte, la habremos perdido para siempre.

—Tienes razón. ¿Crees que podremos aguantar hasta el regreso de la Vivacia ?

—Sí. Hemos tenido noticia de que se cruzó con la Victoriosa en el estrecho de Markham, lo que significa que llegará a Jamaillia como estaba previsto.

Viajar rumbo al sur siempre es peligroso en esta época del año.

—Su madre solo estaba repitiendo lo que ya sabían.

¿Por qué resultaba tan tranquilizador repetirlo?

¿Acaso creían que, si insistían lo suficiente, el destino las escucharía y les concedería todos sus deseos?

—. Si a Kyle le va tan bien vendiendo esclavos como aseguraba, cuando regrese deberíamos poder ajustar cuentas con nuestros acreedores.

—Ronica procuró hablar con tono neutral al sacar el tema de los esclavos.

Seguía sin aprobarlo. En realidad, Keffria tampoco, pero ¿qué más podían hacer?