26
Regalos
—La luz de la luna es siempre fría y afilada en invierno.
Define las sombras y las oscurece aún más.
Las rocas de la orilla parecen emerger de entre charcos de tinta y tu casco se mece en medio de la negrura.
Entonces, de las entrañas de mi hoguera, nace otro tipo de sombras que no dejan de bailar y brincar.
Por tanto, cada vez que te miro, una parte de ti es gélida y dura, la de la luz de la luna, y otra es cálida y melosa, la del fuego.
La voz de Ámbar sonaba casi hipnótica. El calor de la hoguera de madera de deriva, prendida de madrugada con gran dificultad, lo acariciaba.
El calor y el frío eran cosas que había aprendido de los hombres; el primero era agradable y el segundo, desagradable.
Pero incluso la idea de que la calidez era mejor que la frialdad era algo aprendido.
A la madera le daba igual. En cualquier caso, en una noche como aquella, era cierto que el calor sentaba muy bien.
Le dijo que estaba sentada con las piernas cruzadas, sobre una manta doblada en la húmeda arena.
Estaba apoyada contra su casco. La textura de su melena suelta era más delicada que la más suave de las algas.
Se enganchaba en las rugosidades de su casco de tronconjuro.
Cada vez que se movía, paseaba por los tablones los incontables mechones de su cabello, que seguían colgando inertes cuando se quedaba quieta.
—Casi me haces recordar cómo era ver. No lo digo solo por los colores y las formas, sino porque a veces la vista proporcionaba grandes placeres.
En vez de contestarle, Ámbar levantó una mano y apretó la palma contra los tablones. Era algo que hacía mucho y para él era como si se miraran a los ojos. Era una mirada cómplice, sin ojos de por medio. Sonrió.
—Te he traído algo —dijo Ámbar rompiendo la intimidad del silencio.
—¿Me has traído algo? —exclamó—. ¿De verdad? —Se esforzó por que no se notara lo emocionado que se sentía—. Creo que nadie me había traído nada.
Ámbar se incorporó.
—¿Cómo? ¿Nunca? ¿Nadie te ha hecho nunca un regalo?
Se encogió de hombros.
—¿Dónde iba a guardarlo?
—Bueno… Ya he pensado en eso. Esto es algo que te puedes poner. Así. Aquí, dame la mano. Estoy muy orgullosa de este, así que quiero enseñarte pieza por pieza. Me ha llevado bastante tiempo hacerlas; tuve que agrandarlas, a escala, ya sabes. Aquí está la primera. A ver si adivinas lo que es.
Las manos de Ámbar parecían diminutas en comparación con las de él cuando le abrió los dedos para ponerle su regalo en la palma.
Era algo de madera. Tenía un agujero por el que pasaba un grueso cordón trenzado.
La madera había sido lijada, pulida y modelada.
Le dio vueltas con cuidado entre los dedos.
Era curva. Tenía un saliente y acababa en forma de abanico.
—Es un delfín —dijo. Recorrió de nuevo con los dedos la columna del animal, animado por su golpe de suerte—. ¡Qué emoción! —exclamó con júbilo.
Notó que Ámbar se sentía complacida.
—Hay más. Sigue el cordón y coge el próximo.
—¿Hay más de uno?
—Claro. Es un collar. A ver si adivinas qué es lo siguiente.
—Quiero ponérmelo —exclamó. Le temblaban las manos.
Un collar; podría ponerse su regalo, que era solo para su disfrute.
No esperó a que Ámbar le contestara, solo lo agarró por el cordón y lo abrió.
Se lo pasó con cuidado por la cabeza. Por un momento se le quedó enganchado en sus destrozados ojos, pero enseguida consiguió liberarlo y colocárselo sobre el pecho.
Palpó con premura cada uno de los adornos.
Cinco. ¡Nada menos que cinco! Los acarició de nuevo, esta vez más despacio.
—Un delfín. Una gaviota. Una estrella de mar.
Un… Oh, un cangrejo. Y un pez, un fletán.
—Noto sus escamas y los círculos de los ojos—.
El cangrejo tiene los ojos al final de las antenas.
Y la estrella de mar es rugosa, y hasta tiene los hoyitos de las ventosas de debajo.
Oh, Ámbar, es una maravilla. ¿No es hermoso? ¿No me queda estupendo?
—¡Vaya, pues sí que eres coqueto! ¡ Dechado , jamás lo hubiera adivinado!
—Nunca la había oído tan complacida—. Pues sí, te sienta muy bien.
Como si fuera parte de ti. Era algo que me preocupaba mucho.
Como es evidente que eres el resultado de un maestro tallador, temía que mi trabajo pareciera infantil comparado con vuestra elegancia.
Y aunque no está bien que elogie mi propio trabajo, voy a hacerlo.
Cada pieza está hecha de una madera distinta.
¿Sabes cuáles he usado? La estrella de mar es de roble y el cangrejo lo hice a partir de un trozo de un gran pino.
Para el delfín utilicé una rama de sauce.
Solo tienes que tocarlo y pasar los dedos por sus rugosidades.
Todos son de texturas y colores diferentes.
No me gusta pintar la madera porque, como sabes, tiene su propio color.
Y creo que te queda mejor así; la madera natural de las figuras sobre tu piel curtida.
Ámbar hablaba con acelerado entusiasmo, deseosa de compartir con Dechado todos los detalles. Sonaba íntima, como si nadie más pudiera entender mejor todas esas cosas. Para él no había lisonja más dulce que el roce de su mano sobre su pecho.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Ámbar en tono implorante.
—Por supuesto. —Sus dedos retozaban con deleite entre las distintas piezas, descubriendo con cada roce nuevas texturas y relieves.
—Por lo que he oído, hay que pintar el mascarón de proa de las naos redivivas. Pero, cuando la nave gana velocidad, el mascarón adquiere su propio color, como te ha ocurrido a ti. Pero… ¿cómo?, ¿por qué? ¿Y por qué solo el mascarón? ¿Por qué no todas las partes hechas de tronconjuro?
—No lo sé —respondió Dechado con inquietud.
A veces Ámbar le hacía preguntas de ese tipo.
A él no le gustaban porque le recordaban lo diferente que era de ella.
Y siempre parecía hacérselas cuando más cerca se sentía de ella—.
¿Por qué eres del color que eres? ¿Cómo has hecho crecer tu piel o tus ojos?
—Oh, entiendo. —Durante un momento, guardó silencio—. Creía que quizá era algo que dependía de tu voluntad. Para mí eres extraordinario. Hablas, piensas, te mueves… ¿Puedes moverte por completo? Es decir, no solo tus partes talladas, como las manos o los labios, sino también la tablazón o los baos.
A veces. Una nave flexible podía soportar el azote del viento y las olas mejor que las de estructura rígida.
Era mejor que los tablones pudieran ceder un poco a las arremetidas del agua.
En ocasiones llegaban a ceder bastante, separándose unos de otros, y dejaban que entrara una fluida manta de agua que se extendía y crecía con la frialdad y negrura de la propia noche.
Pero eso sería imperdonable, una cruel traición.
Inexcusable, irredimible. Apartó de sí aquel abrasador recuerdo y se contuvo para no pronunciar la palabra en alto.
—¿Por qué lo preguntas? —inquirió con repentino recelo.
¿Qué quería Ámbar de él? ¿Por qué le hacía regalos?
Sabía que no podía gustarle a nadie. Siempre lo había tenido claro.
A lo mejor todo aquello no era más que un truco y Ámbar se había confabulado con Restart y Mingsley, aspirando solo a desentrañar sus secretos, averiguarlo todo sobre el tronconjuro para después correr a contárselo a ellos.
—No pretendía molestarte —dijo Ámbar con voz queda.
—¿No? ¿Cuál era entonces tu intención? —le dijo con desdén.
—Comprenderte —respondió afligida. En su voz no había enfado, solo amabilidad—.
En cierto modo, soy tan distinta de la gente del Mitonar como de ti.
Aquí soy una forastera y no importa cuánto tiempo me quede ni con cuánta honradez lleve mi negocio, porque siempre seré una recién llegada.
En el Mitonar no gustan los recién llegados.
Me siento sola. —Su voz sonaba ahora más aliviada—.
Por eso he acudido a ti. Porque creo que estás tan solo como yo.
Solo. Penoso. Ámbar creía que daba pena. Y que era estúpido. Lo bastante estúpido para creer que le gustaba cuando ella solo pretendía destapar todos sus secretos.
—Y porque te gustaría conocer los secretos del tronconjuro —le dijo para ver cómo reaccionaba. Su tono amable dio confianza a Ámbar, que soltó una gran carcajada.
—Mentiría si te dijera que no siento curiosidad. ¿De dónde procede la madera que puede cobrar vida? ¿Qué clase de árbol la produce? ¿Y dónde crece? ¿Es abundante? No, deben de quedar muy pocos. Las familias se endeudan durante generaciones para poseer uno. ¿Por qué?
Sus palabras le recordaban demasiado a Mingsley. Dechado soltó una carcajada estentórea y retumbante, que espantó a las aves que dormían en el acantilado y que se perdieron en las fauces de la noche como flechas silbantes.
—¡Como si no lo supieras! —le espetó—. ¿Por qué te ha enviado Mingsley aquí?
¿Acaso pensaba que te ganarías mi confianza?
¿Que navegaré gustoso por ti? Sé cuáles son sus planes.
Se cree que, si me tiene, podrá navegar sin temor por el río Pluvia y robar lo que corresponde solo a los Comercios del Mitonar y los mercaderes de los Territorios Pluviales.
— Dechado bajó la voz y prosiguió con aire meditabundo—: Se piensa que, como estoy loco, traicionaré a mi familia.
Sí, como me odian, me maldicen y me han abandonado, se cree que quiero vengarme de ellos.
—Se arrancó el collar de un tirón y lo arrojó a la arena—.
¡Pero seré fiel! ¡Siempre he sido fiel y nunca he perdido la esperanza!
¡No me importa lo que puedan decir o pensar!
He sido y soy fiel. —Alzó entonces la voz para proclamar a los cuatro vientos—: ¡Escúchame, Ludoventura!
¡Te soy fiel! ¡Solo navego para mi familia!
¡Solo para ti! —Sintió el grito reverberar en su casco.