25 #6
—Tu vida no tiene por qué estar allí —replicó Brashen a media voz—.
Hay muchos más barcos en el puerto que van a otros lugares —sugirió, quizá demasiado a la ligera—.
Podríamos viajar hacia el norte, como te dije.
En los Seis Ducados no importa si se es hombre o mujer mientras hagas bien el trabajo.
Así que no son tan civilizados. La vida allí no puede ser mucho más dura que a bordo del Segador .
Althea se quedó mirándolo en silencio. Hablar del tema la hacía sentirse mucho peor en vez de más aliviada. Aun así, acertó a decir:
—La Vivacia atraca en el Mitonar. A veces puedo verla —dijo con tristeza—. Y Kyle es mayor que yo. Quizá yo viva más que él y, si me llevo bien con mi sobrino, es probable que deje que la loca de su tía navegue con él de vez en cuando.
Brashen la miró horrorizado.
—¡No hablarás en serio! —exclamó—. ¡Pasarte la vida esperando a que otro se muera!
—Desde luego que no. Era una broma. —Mentira—. Ha sido un día horrible —anunció de repente—. Es hora de ponerle fin. Buenas noches. Me voy a la cama.
—¿Por qué? —preguntó Brashen a media voz.
—Porque estoy cansada, estúpido. —Era más cierto que nunca. Estaba exhausta, cansada de todo.
Brashen no sonó tan paciente como antes al explicarse:
—No, no me refiero a eso. ¿Por qué no has venido a verme?
—Porque no quería acostarme contigo —le espetó. Se sentía demasiado harta también como para seguir siendo educada.
Brashen se las dio de ofendido.
—Solo te invité a comer.
—Pero pretendías llevarme a la cama.
Pareció pensar en alguna mentira con la que excusarse, pero lo venció su honestidad:
—Pues sí, lo pensé. La última vez no me pareció que te lo pasaras tan mal…
Althea no quería acordarse de esa noche. Le avergonzaba haber disfrutado de lo que habían hecho y, sobre todo, le molestaba que él lo supiera.
—La última vez te dije que no volvería a ocurrir.
—Pensé que te referías a bordo…
—Me refería en cualquier parte. Brashen…, teníamos frío, estábamos cansados, habíamos bebido… Y encima lo del cindin. —Se calló, pero no encontró la manera de explicarse con más elegancia—. No hubo nada más.
Brashen arrastró las manos por la mesa. Althea sabía que estaba desesperado por tocarla, por darle la mano. Ella escondió ambas manos bajo la mesa y las apretó con fuerza.
—¿Estás segura? —murmuró con voz desgarrada.
—¿Tú no? —Miró a Brashen a los ojos, que rebosaban ternura. Él los apartó antes que ella.
—Bueno. —Respiró hondo y bebió un gran trago de cerveza. Se apoyó sobre un codo, se inclinó hacia ella y le dijo, intentando poner su mejor sonrisa—: Puedo comprar cindin si lo prefieres a la cerveza.
Althea le sonrió también.
—Mejor no —contestó con dulzura.
Brashen encogió un hombro.
—¿Y si pido más cerveza? —inquirió mientras su sonrisa se desdibujaba.
—Brashen. —Althea meneó la cabeza—. Si lo piensas bien, apenas nos conocemos. No tenemos nada en común, no somos…
—Vale —la interrumpió con rudeza—. Vale, me has convencido. No fue buena idea. Pero no me puedes culpar por intentarlo. —Se acabó la cerveza y se puso en pie—. Me marcho, pues. ¿Me aceptas un último consejo?
—Desde luego. —Se preparó para oír alguna tierna recomendación de que se cuidara mucho o de que se anduviera con ojo. En lugar de eso, lo que oyó fue:
—Date un buen baño. Apestas como un zorrillo.
Dicho esto, se marchó sin mirar atrás. De haberse dado la vuelta al salir por la puerta, el insulto hubiera perdido su efecto.
Sin embargo, la dejó allí, hecha polvo. La había insultado solo porque no quería acostarse con él.
Como si jamás la hubiera deseado por no ir perfumada y maquillada.
La última vez no le molestó y, por lo que recordaba, él tampoco olía a rosas. Qué descaro. Alzó la jarra.
—¡Más cerveza! —le gritó al amargado tabernero.
Brashen encorvó la espalda al enfrentarse a la desagradable lluvia y procuró no pensar en nada de regreso al Alero Rojo.
Se detuvo para comprarle una barrita de cindin puro a un vendedor que aguardaba en una esquina, soportando la lluvia miserablemente, y siguió su camino.
Al llegar al Alero Rojo e ir a abrir la puerta, descubrió que por las noches la trancaban.
La aporreó, furioso porque lo hubieran dejado fuera con la que estaba cayendo.
El posadero se asomó a una ventana que quedaba encima de la puerta.
—¿Quién anda ahí?
—Yo. El señor Brashen. Déjeme pasar.
—Ha dejado la sala de baños hecha un asco. No ha limpiado el hoyo. Y ha dejado las toallas hechas un gurruño.
Brashen miró hacia arriba, consternado.
—Déjeme entrar —ordenó—. ¡Está lloviendo!
—¡No es nada ordenado! —le gritó el posadero.
—¡Pero le he pagado la habitación!
Por toda respuesta, el posadero le tiró por la ventana su talego, que aterrizó en la fangosa calle y puso a Brashen perdido de barro.
—¡Eh! —gritó, pero el posadero ya había cerrado la ventana.
Brashen se quedó un rato golpeando y pateando la puerta.
Cuando se cansó, empezó a escupir todos los insultos que se le ocurrieron contra la ventana.
Le estaba lanzando también grandes bolas de barro cuando aparecieron los guardias, que se rieron de él y le ordenaron que se marchara.
Estaba claro que ya habían visto esa escena y en más de una ocasión.
Se echó el asqueroso petate al hombro y se sumergió en la noche en busca de otra taberna.