25 #5
Brashen se levantó y se alejó. Althea se imaginaba que se iría, pero Brashen detuvo al tabernero, que estaba barriendo la loza rota. Cogió una jarra de cerveza y regresó con ella a la mesa, donde se volvió a sentar. No le dio la oportunidad de hablar:
—Estaba preocupado, así que regresé al barco. Le pregunté al segundo de a bordo si sabía adónde habías ido.
—Oh.
—Eso. Oh. Lo que me dijo sobre ti no fue… —Se calló al tocarse la hinchazón de la cara, que cada vez se iba poniendo más negra—. No volveré a subir al Segador —dijo con sequedad. La miró como si ella fuera la culpable—. ¿Cómo fuiste tan estúpida de decirles tu verdadero nombre?
—¿Te lo ha contado el segundo de a bordo? —dijo Althea, que se desmoralizó aún más. Si el segundo de a bordo se lo iba diciendo a todo el mundo, cada vez tendría menos posibilidades de que la contrataran como grumete en algún otro barco. Sintió como si se la tragara un remolino de desesperación.
—No, el capitán. El segundo de a bordo me llevó con él y me preguntaron si sabía que eras una mujer.
—¿Y les dijiste que sí? —Las cosas se ponían cada vez más feas. Ahora estarían convencidos de que se había tirado a Brashen para comprar su silencio.
—De poco servía mentir. —Althea no quería saber el resto, quién había pegado primero a quién y cuándo.
Ya no parecía importar. Meneó la cabeza.
No obstante, Brashen no pensaba dejarlo ahí.
Dio un gran trago de cerveza y volvió a preguntar—: ¿Por qué les diste tu verdadero nombre?
¿Cómo esperabas seguir navegando con un talón que llevara tu verdadero nombre?
—No daba crédito a la estupidez de Althea.
—En la Vivacia —dijo a media voz—. Confiaba en poder utilizarlo para navegar en la Vivacia . Como capitana y propietaria.
—¿Cómo? —preguntó Brashen con recelo.
Entonces se lo contó. Toda la historia, aunque mientras le hablaba del juramento vacío de Kyle y de sus esperanzas de usarlo contra él y mientras Brashen negaba con la cabeza ante la temeridad de su plan, no dejó de preguntarse por qué se lo estaba contando.
¿Qué tenía Brashen para que le contara su vida, cosas que no eran de su incumbencia?
Cuando Althea terminó, Brashen permaneció un rato en silencio y luego volvió a negar con la cabeza.
—Kyle nunca mantendría una promesa así. Tendrías que haberlo llevado al Consejo de Mercaderes.
Y aunque tu madre y tu sobrino hubieran intercedido por ti, dudo que te tomaran en serio.
A la gente se le escapa la lengua cuando se calienta…
Si el Consejo de Mercaderes tomara y obligara a todos los hombres a cumplir sus juramentos, medio Mitonar estaría muerto.
—Se encogió de hombros—. Por otro lado, no me sorprende que lo intentaras.
Siempre supuse que tarde o temprano intentarías quitarle la Vivacia a Kyle. Pero no así.
—¿Y cómo, entonces? —inquirió Althea con irritación—. ¿Colándome en el barco y cortándole el pescuezo mientras duerme?
—Ah. Así que a ti también se te había ocurrido —dijo Brashen con gravedad.
Althea sonrió sin ganas.
—Casi lo primero —reconoció. Después se le borró la sonrisa—.
Debo recuperar la Vivacia . Aunque ahora sé que no estoy preparada del todo para capitanearla.
No, no te rías de mí. Puede que sea una zoquete, pero al final siempre aprendo.
Es mía, más de lo que lo será nunca ninguna otra nave.
Pero tanto la ley como mi familia están contra mí.
Tendría que luchar contra una u otra. Pero contra las dos…
—Se quedó callada y se puso derecha—. Paso mucho tiempo pensando en ella, Brashen.
—Yo también —le contesto él a modo de consuelo. Aunque lo dijera de verdad, a Althea le enfadó. ¿Cómo podía decir aquello? Vivacia no era el barco de su familia. ¿Cómo podía sentir por esa nave lo mismo que ella?
Un tenso silencio los fue separando. En ese instante entró un grupo de marineros que se sentaron en la mesa de al lado.
Althea miró a Brashen y no se le ocurrió qué decirle.
La puerta de la entrada se abrió de nuevo y entraron tres estibadores.
Empezaron a pedir cerveza a gritos antes incluso de sentarse.
Los músicos miraban a todas partes como si acabaran de despertarse y comenzaron a tocar una cancioncilla subida de tono que llevaban un rato ensayando.
Pronto la taberna volvería a estar atestada de beodos con ganas de gresca.
Mientras marcaba una y otra vez la mesa con la humedad de la base de su jarra, Brashen preguntó:
—¿Qué vas a hacer ahora?
Vaya. La misma pregunta que llevaba haciéndose ella todo el día.
—Supongo que volver a casa —respondió Althea con voz queda—. Lo que me dijiste que hiciera meses atrás.
—¿Por qué?
—Porque quizá tuvieras razón. Puede que deba regresar para arreglar las cosas, en la medida de lo posible, y continuar con mi vida.