Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 25 #4
76%

25 #4

Ya no le afligía tanto como antes pensar en la Vivacia y en su padre.

La desesperanza había reemplazado el dolor.

Se puso a pensar en aquello a lo que hasta ese momento no había querido darle vueltas: le iba a resultar casi imposible conseguir un talón a su nombre.

Solo porque era mujer. La sensación de derrota le revolvió el estómago.

Empezó a pesarle la comida que acababa de tomar y no tardó en comenzar a tiritar.

Apoyó bien los pies en el suelo y agarró el borde de la mesa con las manos para dejarlas quietas.

«Quiero irme a casa —pensó, como si fuera una niña abandonada—.

Quiero ir a algún lugar donde me sienta segura y esté calentita y la gente me conozca».

Pero no, ese hogar había desaparecido. Esos lujos formaban parte del pasado, cuando su padre vivía y la Vivacia era su casa.

Quiso arroparse con los recuerdos, pero le costaba alcanzarlos.

Estaban demasiado lejos y se sentía muy desvinculada de ellos.

Añorando su vida pasada no conseguía más que aumentar su sensación de soledad y su desesperación.

Brashen, pensó de repente. Era lo más cercano a un hogar que aquella infecta ciudad podía ofrecerle.

No era que pensara salir a buscarlo, pero se le ocurrió que podría hacerlo.

Podría, sí, si quisiera, si de verdad deseaba actuar temerariamente y no plantearse qué ocurriría al día siguiente.

Podía encontrar a Brashen y sentirse calentita y segura al menos durante unas horas.

La sola idea le resultaba tan suculenta como la visión de una mesa repleta de manjares le parecería a un hombre hambriento.

Pero no podía hacerlo. No. Ir con Brashen no era el mejor plan.

Si se iba con él, pensaría que quería acostarse con él de nuevo.

También consideró esta posibilidad. Sentía cierto interés.

Resopló con asco y se obligó a pensar con claridad.

Los ruidos procedentes de arriba sonaban degradantes y ridículos.

No. En realidad, no le apetecía hacerlo con nadie y mucho menos con Brashen.

Porque, si durmiera con él, cometería un gran error del mundo, ya que tarde o temprano uno de los dos o ambos regresarían al Mitonar.

Acostarse con Brashen en el barco no había sido lo más acertado.

Los dos estaban cansados y medio borrachos, por no hablar de lo del cindin.

Esa era la única razón por la que había sucedido.

Pero, si se reunía con él esa noche y volvía a ocurrir, Brashen pensaría que significaba algo.

Y si se reencontraban en el Mitonar… En fin, se habían acostado en el barco, sí, pero en el Mitonar ya sería algo muy distinto.

El Mitonar era su hogar. ¿Y entonces? Ni se reuniría ni se acostaría con él. Ya estaba decidido.

Ahora la pregunta era qué haría el resto de la noche y dónde dormiría. Alzó la jarra para llamar la atención de una de las muchachas de la taberna. Una vez que se la rellenó, forzó una sonrisa.

—Estoy más molido de lo que creía —dijo con inocencia—. ¿Puedes recomendarme alguna pensión o alguna posada tranquila donde también me pueda dar un baño?

La chica se rascó la nuca.

—Puedes ocupar una habitación aquí, pero no estarás muy tranquilo. De todas maneras, al final de la calle hay una casa de baños.

Al ver cómo se rascaba la chica, Althea pensó que, incluso aunque la taberna fuera un lugar silencioso, no querría dormir en una de sus camas. Confiaba en poder quitarse de encima las chinches del barco, no en tener más.

—¿Algún sitio tranquilo?

La chica se encogió de hombros.

—El Caballo Dorado, si no te preocupa el dinero. Además, tienen música y una mujer que canta. Y chimeneas en las mejores habitaciones, por lo que he oído. Y ventanas según la habitación.

Ah, El Caballo Dorado. Una vez cenó allí con su padre. Cerdo asado y guisantes. Ella le había regalado un gracioso monito de cera que había comprado en una tienda y él le habló de comprar veinte cubas de aceite fino. Eran otros tiempos. Los de la vida de Althea, no la de Athel.

—No, suena demasiado caro. ¿No hay otro sitio tranquilo que sea más barato?

La chica frunció el ceño.

—No sé, en esta parte de la ciudad no hay muchos lugares tranquilos. Por lo general, los marineros no buscan paz, ya sabes. —Miró a Althea como si hubiera visto algo extraño en ella—. Está el Alero Rojo. No sé si allí habrá baños, pero es tranquilo. Y silencioso como un cementerio, tengo entendido.

—Ya había oído hablar de ese sitio —dijo Althea con premura—. ¿Algún otro sitio?

—Ya está. Como ya te he dicho, no es paz lo que los marineros buscan por aquí. —La muchacha la miró extrañada—. ¿Cuántas posadas quieres que te diga? —inquirió, recogió la moneda con la que le había pagado la cerveza que le acababa de echar y se marchó.

—Buena pregunta —admitió Althea. Dio un trago lento.

En ese instante, un hombre que apestaba a vómito se dejó caer a plomo en la silla de al lado.

Empezaba a anochecer y la taberna comenzaba a llenarse.

El borracho soltó un fuerte eructo cuya fetidez la obligó a arrugar la nariz.

El borracho sonrió ante su desconcierto y señaló a una mujer de rostro adusto que estaba limpiando una mesa.

—Me la he tirado tres veces. Tres veces, y solo me ha cobrado la primera. —Se apoyó contra la pared y sonrió a Althea con complicidad. Tenía dos de los dientes de arriba partidos y torcidos—. Tienes que tirártela, muchacho. Te enseñaría un par de cosas, qué te apuestas. —Le guiñó un ojo con fuerza.

—Estoy seguro de que ganarías la apuesta —afirmó Althea con afabilidad. Se terminó la cerveza y se levantó. Recogió su bolsa.

Había empezado a lloviznar y se estaba levantando viento.

No tardaría en empezar a llover con intensidad.

Eligió la opción más fácil: encontraría una habitación que le gustara, la pagaría y dormiría toda la noche.

Ya tendría tiempo al día siguiente de pensar en algo.

Como, por ejemplo, encontrar trabajo en un barco que la llevara de vuelta al Mitonar lo antes posible.

El Mitonar. Ese sí era su hogar. Allí pondría fin a su sueño de recuperar la Vivacia . Se lo quitó de la cabeza.

Para cuando oscureció del todo, ya había visitado seis pensiones.

En casi todas, las habitaciones quedaban encima de una taberna o de una cuadra de herraje.

En todos los casos, eran ruidosas y estaban llenas de humo, y siempre había putas para que los huéspedes se desahogaran.

La que eligió al final no era distinta de las demás, solo que acababa de haber una pelea.

Había acudido la guardia de la ciudad para sacar a los clientes más problemáticos.

Los que se quedaron después de la pelea era porque estaban o extenuados o inconscientes de tanto beber.

En un rincón había tres músicos, aunque tocaban para sí mismos, ya que casi todos los clientes se habían marchado.

Hablaban y se reían por lo bajo, y de vez en cuando se detenían en medio de una canción para tocarla de otra manera.

Althea se sentó cerca de ellos, lo bastante para oír qué decían, aunque no lo suficiente para molestarlos.

Los envidiaba. ¿Tendría ella alguna vez amigos así?

Se lo pasó muy bien todos los años que estuvo en el barco con su padre, pero lo pagó muy caro: su padre era su único amigo verdadero.

La hija del capitán y dueño nunca pudo compartir la profunda amistad que unía a los miembros de la tripulación.

En casa era lo mismo. Hacía mucho que había roto todos los vínculos con las niñas con las que jugaba de pequeña.

Supuso que ya debían de estar todas casadas.

Quizá con los niños a los que tantas veces habían espiado y de los que siempre se reían.

Y allí estaba ahora, ataviada con harapos de marinero en una taberna de mala muerte de un puerto extranjero.

Sola. Sin más perspectivas que volver a casa con el rabo entre las patas.

Y deprimiéndose. Ya iba siendo hora de acostarse. Tras esa última cerveza, sería hora de subir a la habitación que había pagado para pasar la noche.

Entonces apareció Brashen por la puerta.

Recorrió la estancia con la mirada y la distinguió al instante.

Por un momento, se quedó paralizado. Althea se dio cuenta de que estaba enfadado.

También él se había estado peleando. Antes de que amaneciera ya se le habría puesto morada la hinchazón que tenía bajo el ojo.

Sin embargo, no creía que estuviera enfadado por eso.

A pesar de la camisa de rayas limpia que se había puesto, Althea notaba que tenía tensos sus anchos hombros y sus oscuros ojos destellaban con fiereza.

Ella no tenía por qué sentirse culpable ni avergonzada.

No le había prometido que iría con él, solo le había dicho que tal vez.

Por eso le sorprendió el escalofrío que le arañó la espalda.

Brashen atravesó la taberna a zancadas y miró a un lado y a otro en busca de una silla intacta.

No quedaba ni una, así que se sentó en el otro extremo del banco que ocupaba Althea.

Se inclinó hacia delante y empezó a hablar con voz entrecortada:

—Podías haber dicho que no. Así no me hubieras tenido sentado preocupándome por ti.

Althea tamborileó con los dedos en la mesa. Se quedó mirándolos un momento y luego miró a Brashen a los ojos.

—Lo siento, señor —le dijo a modo de recordatorio—. No creí que se preocuparía por la gente como yo. —Lo vio mirar a los músicos, que no les estaban prestando la menor atención.

—Entiendo —dijo con voz más templada. Sus ojos lo decían todo. Althea le había hecho daño, aunque no había sido su intención; ni siquiera se lo había planteado.